SUPLEMENTO

El retorno de Kautsky después de vivir un siglo… de imperialismo

Matías Maiello

Fotomontaje: Juan Atacho

El retorno de Kautsky después de vivir un siglo… de imperialismo

Matías Maiello

El clima ideológico a nivel internacional está cambiando. Hace años que se va orientando progresivamente hacia los polos. Los elementos de “crisis orgánica” abren paso a nuevas formas de pensar. Uno de los epicentros de esto lo tenemos en el corazón del imperialismo: Estados Unidos. El fenómeno Trump por derecha. Por izquierda, lo que el semanario The Economist denominó “El ascenso del socialismo millennial”, según el cual más de la mitad de los jóvenes entre 18 y 29 años tienen una visión positiva de la palabra “socialismo”.

Una nueva generación de jóvenes comienza a buscar a tientas alternativas frente a la decadencia capitalista. Ahora bien, si esto es así desde el punto de vista de los sectores de masas, en lo que respecta a sus referentes actuales como Bernie Sanders u Ocasio Cortez, su “socialismo” no pasa de alguna reforma impositiva progresiva o planes como el llamado “Green New Deal”, que plantean la utopía de humanizar pacíficamente un capitalismo en decadencia.

Renovadas tendencias a la militancia se han expresado en torno al Democratic Socialists of America (DSA), que ha llegado rápidamente a los 50 mil miembros. Pero de cara a las próximas elecciones presidenciales en EE. UU. y el lanzamiento de la candidatura de Bernie Sanders, sectores mayoritarios de la dirección del DSA se disponen a motorizar la campaña “Bernie 2020” actuando, como dicen, “adentro y afuera” nada menos que de uno de los principales y más antiguos partidos burgueses imperialistas del mundo: el Partido Demócrata.

Kautsky en Nueva York

En este contexto tiene lugar un fenómeno muy particular en el debate estratégico: el renovado interés por la figura de Karl Kautsky y la reivindicación de una “socialdemocracia pre-1914”; no casualmente en un país como EE. UU., donde aquella tradición se mantuvo históricamente marginal. Estos debates vienen atravesando las páginas de Jacobin, publicación teórico-política ligada al DSA que ha adquirido creciente popularidad en los últimos años. Su editor, Bhaskar Sunkara, ha planteado en reiteradas oportunidades la idea de una vuelta a la socialdemocracia previa a la Primera Guerra Mundial, y ligada a esta idea, la reivindicación del legado de Kautsky. Recientemente retoma estas polémicas en su libro The Socialist Manifesto.

No es un planteo aislado; desde el punto de vista teórico, el académico norteamericano Lars Lih hace años que viene ensayando una reapropiación de Kautsky y una vuelta a una socialdemocracia “de los orígenes”. En Estrategia socialista y arte militar, que escribimos junto con Emilio Albamonte, nos hemos dedicado in extenso a la polémica con Lih y las elaboraciones de Kautsky en el marco de los debates estratégicos y programáticos de la socialdemocracia internacional a principios del siglo XX. También en el artículo “Revolución o desgaste, leyendo a Kautsky entre líneas” publicado en la revista impresa de Left Voice.

Uno de los capítulos más recientes de este debate puede rastrearse hasta el artículo de Vivek Chibber “Nuestro camino al poder” e incluyó, entre otras, las intervenciones de James Muldoon (“Recuperando lo mejor de Karl Kautsky”), de Eric Blanc (“Por qué Kautsky tenía razón (y por qué debería importarte)”), así como respuestas de Charlie Post (“Lo ‘mejor’ de Karl Kautsky no es lo suficientemente bueno”), Luis Proyect (“Abajo el neo-kautskismo”), o Mike Taber (“Kautsky, Lenin y la transición al socialismo: una respuesta a Eric Blanc”). Sobre este debate hemos publicado en Ideas de IzquierdaKautsky y los debates actuales en la izquierda de Estados Unidos” de Nathaniel Flakin, aparecido originalmente en Left Voice.

En estas líneas retomaremos algunos aspectos de la polémica en cuanto a la relación entre estrategia y programa, y respecto a este último, la cuestión del antiimperialismo como problema fundamental.

Estrategia: de te fabula narratur

Entre los defensores de Kautsky, Eric Blanc es uno de los más decididos. Su tesis es que la teoría de Kautsky daría fundamentos a la estrategia de los editorialistas de Jacobin popularizada como “inside-outside” (adentro-afuera) del Partido Demócrata, que sintetiza de la siguiente manera: “Bernie Sanders, Alexandria Ocasio-Cortez y otros radicales recién electos han aumentado las expectativas de los trabajadores y han cambiado la política nacional. Los socialistas deben participar en este crecimiento electoral para promover movimientos de masas y organizar a cientos de miles de personas en organizaciones independientes de la clase trabajadora”.

El aumento de las expectativas entre amplios sectores es un hecho más que promisorio. Pero suena contradictorio proponerles a aquellos jóvenes, trabajadores y trabajadoras, juntar fondos y militar las elecciones para candidatos que se presentan por uno de los principales partidos capitalistas del planeta con el objetivo supuesto de desarrollar una organización independiente de la clase trabajadora. Y efectivamente lo es. Para hacerle justicia a Kautsky, como señala Nathaniel Flakin, hay que señalar que no proponía presentar candidatos por los partidos de la burguesía sino que sostenía, por lo menos, la necesidad de un partido y candidatos propios.

Más allá de esto, es interesante retomar el balance que hace Blanc sobre el propio Kautsky, cuando señala:

Lo que causó la degeneración del SPD [Partido Socialdemócrata de Alemania, por sus siglas en alemán] no fue un error teórico, sino el surgimiento inesperado de una casta de burócratas partidarios y sindicales […] La mayor limitación política de Kautsky antes de la guerra fue que él, como todos los demás marxistas de la época, no pudo predecir ni prepararse para el crecimiento de esta burocracia. Como fue el caso con Rosa Luxemburg y Vladimir Lenin, quienes asumieron incorrectamente que un aumento en la lucha de clases eliminaría a los “líderes oportunistas” o los obligaría a regresar a una postura de lucha de clases.

Si bien su afirmación respecto a Rosa y Lenin no es precisa, Blanc tiene razón al señalar el peso de la burocracia en la degeneración del SPD. Sin embargo, la primera pregunta que a uno se le viene a la mente es por qué si Kautsky no pudo con la burocracia política y sindical de un joven partido obrero, Blanc se siente confiado para burlar a la burocracia política (y sindical) del partido burgués más antiguo del mundo haciéndole creer que sus candidatos son demócratas cuando “en realidad” se propondrían construir un partido independiente de trabajadores.

Blanc podría decirnos que se proponen contrarrestar aquellas presiones “promoviendo movimientos de masas” pero justamente es él quien dice que –supuestamente– Luxemburg y Lenin “asumieron incorrectamente” que el aumento de la lucha de clases por sí mismo eliminaría aquellos obstáculos. Además, si hay algo en lo que tiene experiencia histórica el Partido Demócrata es en cooptar a los sectores de izquierda que surgen de los movimientos sociales, como hizo con el movimiento obrero de la CIO en la década de 1930, o con la izquierda del movimiento por los derechos civiles y contra la guerra de Vietnam, o más recientemente con el movimiento por los derechos de los inmigrantes en los 2000.

El desarrollo de un aceitado aparato de cooptación/coerción –lo que Gramsci desarrolló bajo el concepto de “Estado integral”– especialmente por parte de los Estados imperialistas, sus regímenes y sus partidos como forma de neutralización de los movimientos de izquierda, podía ser una novedad para Kautsky, Lenin o Luxemburgo a principios del siglo XX; pero para quienes vivimos en el siglo XXI hace mucho que ya no lo es.

Programa: esa cosa llamada imperialismo

Toda aquella hipótesis estratégica del “inside-outside” solo parece sostenerse a condición de relegar a un plano secundario el contenido concreto del programa, es decir, respondiendo la pregunta del “cómo” hacer desligada del “qué” se pretende conquistar. Aquí queremos tomar un aspecto del programa de importancia clave.

Señalamos que Blanc en su intervención destaca atinadamente el surgimiento de la burocracia (política y sindical) como elemento fundamental en la degeneración de la socialdemocracia alemana. Sin embargo, este argumento, así presentado, se detiene a la hora de indagar sobre las bases de la fortaleza de aquellas burocracias. De hecho, se trata de un elemento extrañamente devaluado en el conjunto del debate, a saber: el carácter imperialista del Estado y la democracia con la que Kautsky pretendía conciliar.

Los beneficios de la expoliación colonial habían redundado en un crecimiento del ingreso per cápita, muy fuerte hasta 1902, luego más lento, acompañado de la expansión de la legislación social de la época de Bismarck (jubilación, “seguro de enfermedad”, seguro de accidentes de trabajo, etc.), que algunos suponen precursor del llamado “Estado de bienestar”. Esa situación, que atravesó la etapa de expansión de los sindicatos y el SPD, marcó las fuertes presiones del partido a su integración al régimen.

Lenin, posteriormente, conceptualizará este fenómeno señalando cómo los gigantescos superbeneficios de los capitales imperialistas, muy superiores a los que obtienen exprimiendo a su propia clase trabajadora, son los que permiten corromper a los dirigentes obreros y cooptar a la capa superior de los trabajadores de los países centrales, ya sea directa o indirectamente, en forma abierta u oculta. Desde aquel entonces el imperialismo ha sufrido muchas transformaciones pero, sin duda, este mecanismo sigue operando.

Si uno quiere encontrar el secreto de la increíble capacidad del Partido Demócrata norteamericano para cooptar enormes movimientos progresivos de masas, la respuesta, sin duda tiene que ver con esto: se trata de uno de los dos pilares de la mayor potencia imperialista de Tierra durante los últimos tres cuartos de siglo. Comparado con EE. UU., el Imperio alemán de los junkers encabezado por el káiser Guillermo II, al que tuvo que enfrentarse Kautsky, se parece a la tribu de los dothraki dirigidos por Khal Drogo de la serie Game of Thrones.

En las polémicas como la actual, pareciera que el problema del imperialismo pudiese ocupar un segundo plano. No esta demás recordar los antiguos debates sobre Obama. Por ejemplo, hace justo 10 años, David Harvey, en una conferencia en Buenos Aires, nos decía que se podía presionar a Obama para que haga un nuevo New Deal y que recorte el presupuesto militar a la mitad. Fue el mismo presidente que terminó apodado como “el Señor de Drones”, con guerras e intervenciones en Irak, Siria, Libia, Yemen, Afganistán, recordado también en América Latina por la legalización de los golpes en Honduras y en Paraguay.

La lección de Kautsky

El apoyo por parte de la bancada parlamentaria del SPD a los créditos de guerra para que el Estado alemán participe de la masacre imperialista en 1914 marcó un antes y un después en la historia del movimiento obrero mundial. Sin embargo, las presiones a adaptarse al imperialismo alemán vinieron desde toda la etapa previa.

Un punto de inflexión importante fueron las elecciones de 1907, en la que todos los partidos del régimen concentraron su campaña electoral en la defensa del imperialismo alemán contra “el peligro” de la socialdemocracia. A pesar de la tremenda presión, el SPD mantuvo sus votos en términos absolutos (pasó de 3.010.800 de votos en 1903 a 3.259.000 de votos en 1907), aunque retrocedió levente en términos porcentuales (de 31,7 % al 29 %), pero, por el sistema antidemocrático imperante, perdió 38 bancas. A pesar de que su base electoral se mantuvo firme, un sector de la dirección del SPD lo interpretó como una derrota que debía llevar a la “rectificación” de su posición frente al imperialismo alemán.

A partir de 1908-09 empezaron declaraciones de aceptación de la “defensa nacional” y el colonialismo en el Reichstag. En la “crisis de Agadir” de 1911 (producto del envío de un buque alemán a Marruecos controlado por Francia), que casi adelanta 3 años la guerra mundial, el SPD, a pesar de su millón de afiliados, se había mostrado impotente frente al militarismo alemán. Progresivamente el antiimperialismo fue pasando a un lugar cada vez más secundario en la búsqueda de acomodarse al proceso electoral de 1912, y más adelante con el fin de no entorpecer posibles acuerdos con sectores liberales en el parlamento. Para 1914, la dirección del SPD aceptó conservar su organización legal a cambio de apoyar la guerra y garantizar la paz interior (garantizando la prohibición de las huelgas, por ejemplo). Como constataba Lenin: “El derecho del proletariado a la revolución ha sido vendido por un plato de lentejas”.

¿Vale la pena volver sobre la experiencia de la socialdemocracia alemana de principios del siglo XX para pensar problemas actuales? Claro que sí, pero sobre todo por las lecciones que nos puede facilitar para el presente. Sin embargo, conclusiones como las que extrae Eric Blanc parecen ir en el sentido inverso, cuando nos dice:

Algunos izquierdistas creen que no debemos apoyar a Bernie porque se está postulando dentro del Partido Demócrata y/o debido a sus limitaciones políticas (por ejemplo, en temas de política exterior o su definición de socialismo). Esta crítica no es una razón seria para negar el respaldo….

¿El hecho de que Sanders se postule por uno, sino “el” principal partido imperialista del mundo, puede ser una cuestión secundaria? Todo, incluida la “lección Kautsky”, indicaría que no. Y no creemos que esta apreciación se deba simplemente a que escribimos desde América Latina, donde desde luego no puede considerarse una cuestión menor. Por otro lado, nos habla de “limitaciones políticas” “en temas de política exterior” sin considerar necesario detenerse un momento en ello.

Pero, sin dudas, vale la pena hacerlo. Si tomamos el racconto de Jeffrey St. Clair en Bernie & the sandernistas, vemos que si bien Sanders se opuso a la autorización de la guerra de Irak en 2002, votó a favor de la Iraq Liberation Act de 1998 que llamaba a “eliminar el régimen encabezado por Saddam Hussein”, la que dio respaldo a las operaciones de la CIA, un régimen de sanciones así como de bombardeos. También votó varias veces a favor de la guerra en Serbia, así como de la Authorization for Unilateral Military Force Against Terrorists (AUMF) de George W. Bush de 2001. Y la lista continúa. Más recientemente, en el marco del abierto intento de golpe del pasado 23F por parte de la derecha venezolana (y regional) de la mano de Trump, Bolton, Pierce, Abrams y compañía, que trataron de camuflar hipócritamente con la idea de “ayuda humanitaria” (mientras están en curso sanciones económicas brutales), Sanders salió a exigir que Maduro “permitiera la ayuda humanitaria en el país”, legitimando de hecho la acción golpista.

No hay lucha por el socialismo sin antiimperialismo

Uno de los fenómenos más promisorios en la actualidad es el giro ideológico hacia izquierda, en particular de la juventud, que se está dando en Estados Unidos (también, con sus particularidades en otros países imperialistas como Gran Bretaña). Elementos de un nuevo “sentido común” comienzan a emerger en el marco de las tendencias a las crisis orgánicas; los mismos pueden estar anticipando procesos políticos y de la lucha de clases más radicalizados. Es una enorme noticia para quienes luchamos por el socialismo en todo el mundo. El siglo XX nos mostró lo indispensable que es no desperdiciar esas energías.

Hace unos años, entrevistado por la New Left Review, Bhaskar Sunkara señalaba como su objetivo con Jacobin, contribuir a que surgiese

… una corriente de oposición en Estados Unidos entre el 5 y el 7 por 100 que se identificara como socialista o que apoyara a un candidato socialista. Si sucediera eso en el centro del mundo imperialista, se crearía un gran espacio para otros y permitiría que el eslabón débil del capitalismo se rompiera en algún sitio.

Efectivamente un hecho de esta magnitud tendría amplísimas consecuencias para el mundo entero. Sin embargo, actualmente su publicación Jacobin está abocada a un objetivo muy diferente, poniéndose a la cabeza de convencer a los jóvenes que salen a la vida política viendo positivamente la palabra “socialismo” de ir detrás del Partido Demócrata y la candidatura de Sanders, dejando como problemas secundarios cuestiones tan caras al movimiento obrero como el antiimperialismo. Esta política se opone por el vértice a dar pasos en la construcción de un partido verdaderamente independiente de la clase trabajadora, antiimperialista y socialista.

A este respecto, nunca está demás tener presente aquella afirmación que hiciese Walter Benjamin en sus Tesis sobre el concepto de historia a propósito de la socialdemocracia, sobre que “no hay otra cosa que haya corrompido más a la clase trabajadora alemana que la idea de que ella nada con la corriente”. Si hay una lección fundamental del desarrollo de la socialdemocracia alemana es que no hay ni puede haber una política socialista sin una lucha consecuente antiimperialista. Kautsky, mal que le pese a Blanc y quienes quieren retomar su legado, no tenía razón, y cuanto más pronto tomemos nota de ello, más preparados estaremos para los combates actuales y aquellos por venir.

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Matías Maiello

Nació en Buenos Aires en 1979. Es Lic. en Sociología y docente de Sociología de los Procesos Revolucionarios (UBA) desde 2004. Militante del Partido de los Trabajadores Socialistas (PTS) y miembro del staff de la revista Estrategia Internacional. Es coautor junto con Emilio Albamonte del libro Estrategia Socialista y Arte Militar (2017).
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