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¿Es posible un sistema educativo que no replique las dinámicas del capitalismo?

El paradigma neoliberal y las dinámicas capitalistas han penetrado tan profundamente en nuestro sistema educativo que nos resulta muy difícil imaginarnos una enseñanza diferente a la que nos encontramos todos los días y cuyos males se profundizan en este periodo de selectividad elitista, clasista y diría hasta cruel.

Bera Rojas

Lunes 6 de junio
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Tacharían de utópico a todo aquel que se atreviera a hablar en voz alta de un modelo de enseñanza sin exámenes, democrático, descentralizado, abierto a la experimentación, en relación con la vida y puesto al servicio del progreso social y no del mercado y sus grandes empresas. Aquellos que hablan del capitalismo como “el fin de la historia” también apelarán a este sistema educativo, que aniquila todo pensar en común y al mismo tiempo la realización de las personalidades individuales, como “el fin de las enseñanzas posibles”.

Pero al igual que se equivocan al afirmar la inmortalidad del capitalismo, se equivocan al afirmar la irrenunciabilidad de este sistema que nos hace competidores, que nos clasifica entre válidos e inválidos según unos criterios impuestos, fijos e inadaptables y, sobre todo, que nos prepara para ser una mercancía más que vender como fuerza de trabajo, sin dejar florecer nuestras propias singularidades.

No hace falta recurrir a la imaginación para hablar de una educación alternativa a la que nos ofrecen los estados capitalistas. Afortunadamente, podemos recurrir a la historia, aunque sea justo la historia que no te enseñan en el instituto. Hablo de los primeros años tras el triunfo de la Revolución rusa, los años de mayor creatividad, en los que se puso la inteligencia y la mano de obra al servicio de construir una sociedad nueva, comunista, sin clases sociales y que terminara de romper definitivamente con la pasada.

Fueron muchas las medidas absolutamente novedosas que se tomaron en el ámbito educativo: la abolición de los exámenes y los premios, la no intervención del poder central en el establecimiento de programas escolares y en la selección del personal docente; la elección directa de los profesores por la población local que también podía destituirles, etc.

Apostando por una enseñanza universal, mixta, laica, politécnica y gratuita a todos los niveles. Por primera vez, la educación dejaba de ser el medio para las aspiraciones individualistas de aquellos que se la pudieran permitir y se convertía en una herramienta para la transformación social, para el desarrollo de un nuevo tipo de ser humano que pensara en la colectividad.

En contraposición a la tendencia actual, llevaron a cabo un proceso de democratización de la educación, impulsando la formación de “soviets de enseñanza” en los que profesores y estudiantes mayores de 12 años elegidos democráticamente junto a representantes de la población trabajadora de la localidad (muchos padres de esos estudiantes) y un representante del departamento local de educación decidían qué se estudiaba cada año, de qué manera, etc., adaptando el programa a las necesidades del momento, el lugar y los intereses de los educados.

Nada más lejos de nuestra realidad presente, en la que profesores y estudiantes nos tenemos que enfrentar a cumplir unos programas imposibles, decididos estatalmente sin la participación de éstos en su definición, totalmente desactualizados, alejados de los intereses de la juventud y de las necesidades de la comunidad, y, cómo no, con contenido divulgativo del “triunfo capitalista”. A pesar de los avances tecnológicos, científicos y pedagógicos, estos se convierten por orden de los distintos gobiernos en los mismos contenidos de hace generaciones y materiales más caros.

Hemos naturalizado que nos impongan el temario académico y los medios para trabajarlo, que nadie nos consulte qué nos gustaría aprender o qué nos resultaría más útil para nuestro desarrollo personal y vital y para resolver los problemas que nos atañen como sociedad, pero no es una realidad inevitable.

Aquellos años tras la primera revolución triunfante nos demostraron que no tenemos que renunciar a la educación, sino que podemos democratizarla, pensarla, discutirla y ponerla a servicio de las mayorías sociales. Puede ser una herramienta para el progreso social, para que seamos más felices, más creativos, personas con criterio, con espíritu crítico, comprometidas con la política y que desarrollan habilidades distintas en función de sus propios talentos.

Imaginemos por un segundo cómo hubiera sido nuestra infancia o nuestra juventud si hubiéramos podido decidir qué aprender, en qué lugar, haciendo qué actividades y con qué profesores. Si hubiéramos podido desarrollar también habilidades manuales, si nos enseñaran otros oficios no como mano de obra gratuita sino como revalidación también del trabajo no intelectual. Si hubiéramos podido reivindicar nuestras distintas características y capacidades. No es tan utópico, una versión muy minimizada y parcial de esa flexibilidad y libertad, pero sin salirse del marco legal, capitalista se llama "currículum negociado" y aún así se usa muy excepcionalmente en muy pocos colegios para el 1% del alumnado con menos problemas.

Si hubiéramos podido sentirnos realizados fomentando nuestras propias potencialidades e inquietudes, y no siendo preparados para entrar de forma abrupta al mercado capitalista en el que tras de ti hay una lista infinita de personas con currículum que “deciden libremente” no morirse de hambre. Esto sería sólo un botón de muestra. Imagina las posibilidades del sistema educativo en una sociedad que no sea capitalista, basada en la explotación y el afán de lucro, sino socialista, sin explotación ni opresión.

En su afán de revolucionar todos los aspectos de la vida, los y las revolucionarias rusas se propusieron hacer de la educación una cosa radicalmente distinta a lo hecho por los estados burgueses. Radicalmente distinta a lo que siguen haciendo ahora, que no es otra cosa que preparar a una mayoría para ser sumisa fuerza de trabajo y a una minoría para ser jefes, es decir, seguir reproduciendo esa dicotomía de una mayoría explotada y una minoría explotadora.

La educación soviética lo que quería era desarrollar las aptitudes de todos los niños y jóvenes por igual sin distinción en su origen familiar, situación económica o género. Apostando por una igualdad real de oportunidades, y no por lo que tenemos ahora de modelo “meritocrático” que expulsa de las universidades a la mayoría de jóvenes de origen obrero. Para ello establecieron una red única de enseñanza, una escuela unificada y fomentaron el vínculo entre la escuela y la producción. Con esto último hago referencia a que el aprendizaje no renunciaba a la práctica ni se basaba en la memorización mecánica de libros de textos, sino que se enseñaban múltiples procesos productivos en una formación politécnica para un mayor conocimiento de la realidad social, del medio ambiente, de la tecnología, de los distintos oficios, etc.

Es decir, una enseñanza activa que evitara la forma actual de aprendizaje: la memorización y el vómito sin una verdadera interiorización de contenidos.
Pero para revolucionar definitivamente la educación había que dar un paso más allá. Tenían que superar el sistema de calificaciones, exámenes y premios y así lo hicieron.

Porque la “meritocracia” capitalista no casa con la transformación de consciencias que requiere una sociedad socialista. Porque evaluar, calificar y juzgar a nuestros niños y jóvenes no es la manera. Porque la competitividad no es un impulso real al aprendizaje, es la muerte de la creación en común, es un individualismo que te conduce a la carrera académica para la posterior carrera laboral que en una sociedad comunista no tiene razón de ser.

Reformulo la pregunta que he hecho anteriormente: ¿Cómo habría sido nuestra infancia y nuestra juventud si hubiéramos aprendido sin exámenes? ¿Realmente habríamos aprendido menos? ¿Cómo veríamos nuestras relaciones sociales? ¿Habríamos sido más felices? Hoy en día parece imposible renunciar a un sistema de calificaciones, pero es solo uno de los logros del capitalismo en el plano de las ideas, porque hace un siglo ellos lo hicieron en el plano de la realidad material.

Otro de los hitos del capitalismo en el plano educativo en la actualidad y que los revolucionarios rusos se propusieron derrocar, es la separación absoluta de la enseñanza y las circunstancias sociales, la discusión política y los problemas que sufrimos. En medio de una guerra en Ucrania, una emergencia climática y una crisis económica post- pandémica en los centros educativos se sigue con el programa pactado como si nada ocurriera.

Podría caer un meteorito que los profesores seguirían viéndose obligados a continuar con el programa de límites y logaritmos para cumplir con los criterios de evaluación. Resulta evidente, que los centros de enseñanza no están al servicio del progreso social sino al servicio la reproducción del paradigma neoliberal. No importa lo que esté sucediendo a tu alrededor, debes seguir memorizando como una máquina antes del examen final para sacar la máxima nota posible, para tener la mejor media posible, para luego obtener el mejor puesto posible entre tanta precariedad, en una lucha constante por seguir creyéndote la película cada vez más difícil de creer de poder llegar a ser “tu propio jefe”, sin tiempo para la reflexión sobre los hechos socio-políticos que te acontecen y sobre cómo poder resolver sus mayor retos.

Los socialistas no queremos eso, los socialistas queremos una educación que nos recuerde nuestra condición de sujetos históricos con la capacidad de cambiar las cosas. Una educación que nos haga reflexionar sobre lo que estamos vivamos como sociedad, que ponga la inteligencia futura al servicio del progreso y la felicidad de la humanidad, que nos ayude a ser sujetos más políticos y más conscientes de nuestra realidad. Citando a Lenin: “nuestro trabajo en el terreno de la enseñanza es la misma lucha para derrotar a la burguesía; declaramos públicamente que la escuela al margen de la vida, al margen de la política, es falsedad e hipocresía”.

Aprendamos de aquellos que nos antecedieron y pensemos en otra educación posible y en cómo poder llegar a ella. No es cuestión de soñar ingenuamente volver a un momento de máxima creación rompedora como fue la Revolución rusa. Es cuestión de ser realistas y de luchar por lo que hoy nos venden como imposible, atendiendo a las evidencias históricas y siguiendo el ejemplo de los únicos que han conseguido hacer de la educación una herramienta para el desarrollo de los individuos y de la felicidad colectiva. Sin poder evitar entonces proponernos algo todavía más ambicioso, sí, lo mismo que se propusieron ellos y que se acercaron a lograr: una sociedad sin clases sociales, sin ningún tipo de opresión ni explotación, en definitiva, una sociedad comunista.


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