SUPLEMENTO

Fin de ciclo del procesisme y el fracaso de la unidad popular

Federico Grom

Cynthia Luz Burgueño

Fin de ciclo del procesisme y el fracaso de la unidad popular

Federico Grom

Cynthia Luz Burgueño

El fracaso de la estrategia de la Unidad Popular de la CUP frente al fin de ciclo del processisme. Tropezar con la misma piedra, no; darle vueltas durante una década.

La profunda crisis del procesisme desencadenó en el final de una etapa política clave en Catalunya: el fin de ciclo del procesisme y el desmantelamiento del movimiento democrático catalán es un hecho, la ruptura del Govern conformado por los dos partidos independentistas históricos, es la muestra más palpable.

Esto desprende una serie de preguntas para volver a debatir en términos de estrategia; algo imperiosamente necesario frente a una crisis sin precedentes tras una pandemia mundial, el inicio de la guerra en Ucrania, y un panorama de inflación que amenaza con la recesión económica, mayores tensiones interimperialistas, crisis políticas agudas, fracturas entre los Estados y muy probablemente agudización de la lucha de clases y conflictividad social. Por lo tanto, se volverán a poner en un futuro, impredecible en sus tiempos, la cuestión nacional en Catalunya y la pelea por el derecho de autodeterminación entre los problemas de primer orden sin resolver por el reaccionario Régimen del 78.

El procesisme ha sido el camino más largo para llegar al mismo sitio y desgastar las ilusiones de decenas de miles en el camino. Un camino recorrido también por la izquierda independentista de la mano de los creadores de “las estructuras del nuevo Estado”, de “la Revolución de las sonrisas”, de la independencia “de la ley a la ley” y la República de los diez segundos; de los mismos que no prepararon la más mínima medida de resistencia frente al Estado español, que no defendieron hasta el final a los miles de personas procesadas. Más temerosos de que las fuerzas que podían desatar fueran más allá de su voluntad, como lo hicieron el 1 y el 3 de octubre.

Fin de ciclo del procesismo: la crisis del rol de los partidos de la burguesía y pequeña burguesía catalana

"El procés, definitivamente, se ha cerrado”, sentenciaba Jordi Sànchez, ex secretario general de JxCat y uno de los primeros presos políticos, tras la ruptura de Junts con el Govern de coalición con ERC. “Se cierra una etapa” también decía, sobre un período que comenzó hace una década, desde que en 2012 la política catalana se había caracterizado por la búsqueda permanente de un acuerdo entre los dos grandes partidos independentistas.

¿A qué nos referimos cuando hablamos de procés? a una etapa en la que estos partidos, y el mundo posconvergente, conformaron un frente nacionalista junto a la CUP, en menor medida, para dirigir lo que acabó siendo el mayor movimiento democrático de Europa en la última década. Una dirección política conformada también por las entidades soberanistas, ANC (Assemblea Nacional de Catalunya) y Omnium, que actuaban como tentáculos orgánicos del Govern, como parte del frente independentista de la burguesía y pequeño burguesía catalana.

Estamos hablando entonces de un fin de ciclo de una década que comenzó a gestarse antes del 2012, cuando las aspiraciones democráticas del pueblo catalán emergieron como parte de la enorme crisis de régimen inaugurada tras el 15M. El “no nos representan” tras el impacto de la crisis de 2008 y las políticas de recortes en Catalunya tenía el rostro de los políticos de la Generalitat gobernada por los convergentes. Las caras de los Pujol i Artur Mas eran las más odiadas cuando miles llenaban las plazas, hasta asediar el Parlament en 2011 para evitar la aprobación de un gran paquete de recortes. Estallaba el movimiento estudiantil con huelgas en las universidades, mientras se desarrollaron dos jornadas de huelgas generales con importantes combates en las calles de Barcelona.

Así se fue gestando un gran sentimiento de ruptura con el Régimen del 78 que en Catalunya se desarrolló por la vía de constituir una república catalana independiente, que tuvo su expresión en las Diadas, despertando su masividad en el año 2012 con un ochenta por ciento de la población catalana, según un sinfín de encuestas, que apoyaría el derecho a decidir. Y cerca de la mitad, a veces algo más, a veces algo menos, la independencia.

Santiago Lupe, en su artículo “El procés se hunde ¿Por qué la “unidad popular” no emerge como alternativa?” hablaba del procés como “desvío maestro” de la mayor afrenta contra el Régimen del 78.

Claramente, el fin de un ciclo que comienza en 2012, significa el fin o la crisis de una etapa en la cual los partidos históricos de la burguesía catalana actuaron de forma habilidosa para transformarse -bajo múltiples crisis y rupturas- en adalides de la independencia. ERC comenzó un ascenso vistiéndose con la bandera del independentismo para competir con los convergentes. Estos se reconvirtieron también con un discurso de ‘ruptura’ con la vieja convergencia con el rostro de Puigdemont; aunque manteniendo enormes continuidades como pudimos ver la gestión de la pandemia. Este cambio de piel o “desvío maestro” fue la estrategia adoptada por los partidos independentistas para hacer frente a la crisis de representación que había golpeado duramente al bipartidismo español, así como a CiU y a ERC.
Como decía Santiago Lupe, “Los partidos que en 2011 eran parte del “no nos representan” catalán pasaron a ponerse al frente del principal movimiento heredero de aquella indignación y que la había transformado en un impulso contra del Régimen del 78 con aspiración constituyente. Pero las consecuencias fueron desastrosas para el movimiento democrático catalán, ya que esta dirección supuso un corsé desde el minuto cero de este ciclo, con el único fin de preservar el andamiaje político y el orden social del capitalismo catalán y español, que se vio amenazado si tomaba otro rumbo; tal como amenazaban con irse todas las patronales catalanas”.

Fin de ciclo de una década de procesos de movilizaciones, huelgas y levantamientos del movimiento democrático catalán

Antes de partirse en pedazos, la unidad nacional del procesismo burgués acabó sus objetivos finales: desviar y derrotar al movimiento independentista catalán en las calles. Por ello, cuando hablamos de fin de ciclo, tenemos que referirnos también al final de una etapa de levantamientos y movilizaciones del movimiento democrático catalán. Eso no quiere decir que se haya apagado para siempre este profundo movimiento, sino que, hacia un futuro resurgimiento, tendremos que pensar las lecciones más importantes, así como nuevas reconfiguraciones políticas en Catalunya.

Su punto álgido fue el referéndum del 1 de octubre, en el que las masas catalanas salieron a defender las urnas para votar, bajo un auténtico Estado policial cuya represión del búnker del 78 fue avalada por todos los partidos del Régimen. La respuesta de parte de las masas fue nada más y nada menos que una huelga política dos días después, el 3 de octubre, que tuvo un seguimiento histórico; una expresión clara de que había una voluntad mayoritaria de llevar adelante esta ruptura.

Por tanto, cabe preguntarse cuáles son los motivos por los cuales esta enorme fuerza social no logró sus aspiraciones.

Sacar las lecciones hasta el final de esta derrota, es clave para las corrientes de izquierda, anticapitalistas y revolucionarias. Y la principal lección para pensar los motivos del fin de este ciclo de movilizaciones es, el rol y la claudicación de la dirección procesista, pieza clave de esta derrota.

¿Qué balance hace la CUP de este proceso?

Tras la actual crisis del Govern, Dolors Sabater y Eulalia Reguant, diputadas del Parlament por la CUP, dijeron que "La ruptura del gobierno es una muestra más del colapso de una legislatura que podría haber abierto un nuevo ciclo, pero que ya hace meses que se ha visto que no”. Reguant apuntó que “la estrategia de pacto con el gobierno español y la patronal, no permite afrontar las crisis que vivimos y que “tampoco posibilita llegar a los retos colectivos que tenemos como país en relación al derecho a la autodeterminación y por tanto a la consecución de la independencia”.

El primer punto de debate sobre la estrategia de la CUP, es que el procesismo viene demostrando desde hace una década que no se podría haber “abierto un nuevo ciclo” a favor del derecho a la autodeterminación, como propugnaban como lema desde la CUP en su campaña electoral de enero del 2021, ni mucho menos enfrentar la represión del Estado.

Evidentemente, el hecho de que estamos ante una derrota del movimiento, es una cuestión que aún la izquierda independentista no reconoce. Pero entonces, ¿por qué, como afirma Reguant, la CUP continuó hasta hace unos meses apostando por lo que podría haber sido un “nuevo ciclo” de la legislatura con ERC y Junts?

Los resultados de la estrategia de los partidos de ERC y Junts eran inevitables, la derrota estaba asegurada: la posibilidad de que la demanda democrática de la autodeterminación quedara vinculada a las reivindicaciones sociales que planteó el 15M y las huelgas de 2012 -contra la precariedad laboral, el desempleo, los desahucios, los recortes- iba a ser y así lo fue, conjurada por ellos.

¿Por qué entonces la izquierda independentista optó por la “Unidad Popular” con los mismos partidos que defendían y aplicaban los recortes a la sanidad y la educación pública y planes privatizadores? ¿Por qué luchaban por las demandas democráticas con estos partidos que, como no podía ser de otra manera, recularían ante el Estado antes que apelar a la movilización de la clase trabajadora y los sectores populares para hacerle frente?

Así lo señalamos muchos en 2012, por lo que fuimos tachados de sectarios por parte de sectores de la izquierda independentista o hasta de la izquierda anticapitalista. Pero el “procesismo” fue confirmándolo a cada paso: del 2012 al 2017 posponiendo una y otra vez cualquier desafío. En 2017 cuando querían que el 1-O fuera una jornada de “colas en los colegios” y el 3-O cuando llamando a un descafeinado “paro de país” junto a las patronales. Y lo hicieron en las semanas, meses y años siguientes, desmovilizando, reduciendo el derecho a decidir a una declaración simbólica, absteniéndose a la movilización y autoorganización necesaria para enfrentar la represión del Estado, a pesar de que todo el Govern acabó en la cárcel o en el exilio.

Con esta sucesiva cadena de desvíos y derrotas, desde el 2017 hasta la actualidad el retroceso del movimiento era inevitable. ERC y JxCat siguieron promoviendo la desmovilización, mientras desde la Generalitat actuaba con la represión contra quienes seguían desafiando al régimen, tal como vivimos en 2019 en las manifestaciones contra la sentencia. Se abrían nuevos objetivos para el procesismo: recuperar la normalidad autonómica que paliase los castigos en financiación y retirada de empresas infringidos por el 1O. Y de la mano del gobierno del PSOE en 2018 y con el gobierno de coalición con Unidas Podemos en 2019, esta vía de restauración autonómica se fue consolidando con concesiones mínimas.

La historia de estos partidos está repleta de ejemplos que lo ilustran, desde los hechos de octubre de 1934 hasta los llamamientos a la calma de las primeras horas del golpe de Estado de 1936.

La crisis de estrategia de la “Unidad Popular” y la alianza de clases
Para la Esquerra Independentista, ¿Qué significa estratégicamente, más allá de su lírica, la Unidad Popular? ¿A qué clases o sectores de clase incluye, a cuáles excluye y de cuales se pueden prescindir? ¿Debe incluir a partidos como la extinta CiU, ERC o JxCat, para apuntar hacia una ‘ruptura’?

Si bien la clase burguesa catalana, como tal, no estaba ni está a la cabeza de un proyecto independentista, sí lo están –por lo menos formalmente, aunque ahora con menor credibilidad- los partidos que históricamente representan sus intereses comunes. No sin diferencias ni contradicciones e incluso con fracciones que expresan sectores de la pequeño burguesía y sectores medios.

Pero además se dieron desde la mayoría de una institución, la Generalitat, de la cual no se puede obviar su carácter de clase, ni antes, ni después de su integración al régimen surgido de la Transición.

Pareciera que estos sectores no solo fueran indispensables para lograr en esta unidad popular una mayoría como la conciben desde la Esquerra Independentista, sino que para la tarea de conquistar el derecho de autodeterminación nacional se les presupone un rol central. No por nada la principal posición política de Poble LLiure está en el Consell per la República, configurado por amplios sectores del independentismo y de JxCat. Otras sensibilidades, como Endavant, no participan de organismos como este pero se han plegado de forma casi idèntic durante esta década a esta política de subordinación y conciliación de clases.

Por otro lado, considerando que aun la mayoría de la clase trabajadora está atada a las direcciones burocráticas de CCOO y UGT y que en ningún caso pasaron de un apoyo formal en Catalunya al derecho a decidir, mientras en el resto del Estado daban un apoyo pasivo a la “legalidad constitucional”, creemos que es necesario pensar sus motivos y por qué no emergió un ala del movimiento obrero que interviniera en la lucha por la autodeterminación. Empezando por reconocer la enorme debilidad de la izquierda independentista catalana en el movimiento obrero en general y la desconfianza que generó en buena parte del mismo, sus socios en el procés para el “acuerdo de país”.

Cuestión poco o nada problematizada, en especial si se pretende en esa unidad popular que la clase trabajadora sea algo más que “base de maniobra” discursiva, sino la fuerza social indispensable para llevar adelante un programa que enfrente la clase dominante.

Es innegable el carácter transversal de un movimiento democrático que fue popular y, por lo tanto, interclasista. Así como el necesario frente único en la acción siempre que tuviera un sentido progresivo, por ejemplo contra la represión del Estado central. El problema está en que la estrategia de ‘unidad popular’ transfiere estas cuestiones directamente a la dirección del movimiento, tejiendo alianzas políticas con el enemigo que va a acabar, como acabó, derrotándolo. Y además, en detrimento de o directamente abandonando una estrategia de clase. El carácter interclasista del movimiento refuerza la necesidad de disputar qué clase va a hegemonizar el proceso, si la clase trabajadora o la burguesía, a través de la pequeñoburguesía y sus agentes. ¿Quién hegemoniza el proceso? Para la CUP, la respuesta a esto siempre fue: que lo haga el frente nacional catalán dirigido por los partidos del procés.

Por tanto, estamos ante una crisis también de la estrategia de la unidad popular, que no es más que la estrategia de colaboración de clases practicada durante toda esta etapa o ciclo, que llegó a su fin. Este fin de ciclo del processisme, muestra una vez más, la incapacidad de la pequeño burguesía o de sectores de ésta, de conquistar de forma íntegra demandas democráticas, como el derecho de autodeterminación. Ha quedado patente que esta dirección teme más desatar las fuerzas sociales necesarias para hacer realidad la República independiente de Catalunya, que a los castigos y la represión del Estado central. Empujados a llegar incluso más lejos de lo que les hubiera gustado, se han rendido sin pelea alguna.

Aun hoy, frente a la debacle del Govern, la CUP insiste en un comunicado sobre la unidad popular del 13 de octubre de 2022, que se “inicia un proceso de diálogo interno para presentar una propuesta de mínimos a todos los agentes sociales y políticos del país”.

Sin estrategia para vencer al poder del Estado

“La victoria no es el fruto maduro de la ‘madurez’ del proletariado. La victoria es una tarea estratégica” decía León Trotsky en “Clase, partido y dirección”.

En un artículo “Restauración autonómica y orfandad estratégica de la izquierda independentista para vencer” debatimos contra el concepto que propuso Albert Noguera de “estrategia intersticial”, la cual “rehuyendo del enfrentamiento directo con el Estado, consiste en construir y normalizar transversalmente en la cotidianidad del país, ciudades y pueblos, formas de institucionalidad social y de práctica política republicana paralela”. Consideramos que esta hipótesis se inscribe en la estrategia etapista de la CUP. [1]

Ahí planteamos que “Estamos ante un debate estratégico fundamental, que es la definición del Estado y su relación con la estrategia. Quizás aquí radiquen las raíces teóricas del giro socialdemocratizante de la CUP que la lleva a profundizar la colaboración de clases. El Estado, lejos de ser solo una “forma socialmente reconocida y legítima de unicidad de poder, (…), una construcción social creada a partir de una imputación atributiva de legitimidad que tiene lugar a través de un procedimiento mental de la gente”, son fuerzas y cuerpos de seguridad, cárceles, judicatura, prestos a actuar como toda la fuerza de la coerción, cuando los elementos de consenso no son suficientes.” [2]

Pero aunque la “normalización de formas de institucionalidad social y de práctica política republicana paralela” pueda dañar la legitimidad del Estado y el Régimen, es innegable, que no resuelve el problema del enfrentamiento con el “Estado real”.

Para el marxista revolucionario León Trotsky, la estrategia implica “prever la transformación de la política en conflicto armado y prepararse para ese momento como lo hacen las propias clases dominantes”. Las demandas democráticas se dirimen en la lucha de clases y no en los acuerdos por arriba o en los parlamentos.

La insurrección democrática, cobertura radical de una estrategia estéril

Bajo el título de “Un nou cicle” la CUP presentó un programa en las pasadas elecciones autonómicas en el que sostienen la necesidad de una insurrección democrática. Una especie de concatenación de acciones (referéndums, huelgas generales, decisiones unilaterales, etc.) que lleven al Estado a tener que aceptar/negociar la autodeterminación de Catalunya. Pero, ¿cómo se llega concretamente a este escenario?

Para la CUP, la insurrección democrática “como una movilización sostenida en el tiempo” es la clave para conseguir el derecho de autodeterminación. Pero esta acción radical se limitaría a ser un elemento de simple presión sobre la comunidad internacional y el propio Estado español como forma de forzar unas negociaciones que desemboquen en un referéndum acordado. Una dinámica de acciones “radicales” puestas al servicio de una estrategia de negociación con el Estado con un objetivo imposible.

De esta manera, toda la radicalidad que tuvo la lírica de su propuesta, estuvo al servicio de un plan que en su contenido es moderado, asumible por la dirección procesista que, sin embargo, después de su giro de vuelta al autonomismo se encuentra hoy en bancarrota con de la ruptura del Govern. Y por lo tanto, una propuesta funcional a buscar la “unidad estratégica” y “grandes acuerdos nacionales” con los partidos de la burguesía y la pequeñoburguesia catalana.

La estrategia desplegada por la CUP para los Países Catalanes comparte la ilusión de que, para la obtención de la independencia y las transformaciones sociales, la estrategia es la de conciliación con su respectiva burguesía, en este caso por medio del acuerdo con sus partidos políticos históricos. Mientras que la necesaria independencia política de la clase trabajadora para llevar adelante transformaciones revolucionarias y la lucha de clases están ausentes.

Esto implica negar la centralidad de la única fuerza social que con una política hegemónica tiene la capacidad de dislocar el estado burgués, derrotar la represión y llevar hasta el final la consecución de las aspiraciones democráticas populares: la clase trabajadora.

Socialismo y autodeterminación nacional: ¿etapismo o estrategia independiente?

¿Cuál es el “encaje” del socialismo que la izquierda independentista siempre tuvo como divisa en sus banderas? ¿Es una fase posterior a la independencia, después de la conquista de un Estado catalán burgués? ¿O es el socialismo, una condición para ejercer la autodeterminación?

Para la CUP “la autodeterminación es una pieza clave en la vía a el socialismo en el contexto de los países catalanes”, o dicho de otra manera por ellos mismos “la clave para poder ejercer el resto de soberanías”. Sin embargo, para quienes luchan en la perspectiva del socialismo revolucionario, es justamente a la inversa. El socialismo, es decir la derrota del Estado de la burguesía y la constitución de un poder obrero y popular, es la vía para que la autodeterminación nacional sea una realidad. La “soberanía” política de la clase obrera y su emancipación de los partidos de la burguesía y la pequeño burguesía es la clave para pelear por el socialismo.

Como demostró la monstruosa degeneración burocrática de la URSS en manos del estalinismo, el socialismo no se puede construir “en un solo país”, si hay una “etapa” en algún sentido, lo es en el de la extensión de la revolución en el plano internacional. [3]

Por ende, no se podrá configurar esta transformación en una “etapa” por los derechos democráticos como el de autodeterminación, en donde se puede pelear la independencia de Catalunya, y otra posterior, que encare las trasformaciones sociales anticapitalistas. Estamos viviendo hoy el fracaso de esta estrategia etapista.

Al mismo tiempo que no comulgamos con este esquema etapista– con diferentes formulaciones históricas desde el menchevismo, el estalinismo o diversos populismos y fenómenos de liberación nacional en el siglo XX- y la colaboración de clases que desprende en la política, huimos de las posiciones de la “izquierda” que bajo un discurso “de clase” rechazan las aspiraciones democráticas del movimiento o a lo sumo, proponen un “referéndum pactado con garantías jurídicas”; una quimera reaccionaria que solo puede servir a mantener la opresión nacional española. Como el rol que jugó Podemos e IU, totalmente adaptado al régimen español, clave para cubrir por izquierda la ofensiva del régimen contra el movimiento catalán. [4]

La república catalana será una república de la clase trabajadora o no será

Creemos que estos son los grandes debates de estrategia dentro de la izquierda anticapitalista, que acaban perdiendo la perspectiva de que, primero, sin una lucha consciente contra las clases dominantes y su Estado, toda revuelta termina desviada -en gobiernos que buscan reconstruir los regímenes en crisis que administran la decadencia capitalista- o derrotada. Hoy podemos ver este resultado en la experiencia catalana, con un movimiento dirigido por los partidos del procesisme para desviar todo hacia una restauración autonómica.

En segundo lugar, se acaba perdiendo una perspectiva de clase. Por ejemplo, la CUP, asimila acríticamente las formas “ciudadanas” o “movimientistas” que adoptan las revueltas en la actualidad, y de este modo abandonan una perspectiva de lucha para que la clase trabajadora tome un papel central, hegemónico.

La jornada de huelga general del 3 de octubre y su alto seguimiento desmiente la idea de que la clase obrera no podía intervenir por algún tipo de problema objetivo. Mostrando que, incluso mientras las direcciones políticas y sindicales mayoritarias no estaban por esa jornada, sino por una “aturada de pais”, se dieron esa enorme huelga y manifestaciones después de la represión. La CUP y la esquerra independentista, en vez de apostar por desarrollar ese camino, vuelve a insistir una y otra vez en la trampa del frente nacional catalán y la política de colaboración de clases.

Para Noguera la transformación de las últimas décadas del capitalismo productivo a uno financiero o inmaterial junto con el desarrollo de la robótica, “permite al capital reconstituirse en un poder social independiente de la plusvalía que se mantendría y se multiplicaría sin intercambio directo con el trabajo en la esfera productiva…”. [5] Ya no es vital la clase obrera para la producción del capital, lo que da argumentos “teóricos” para fundamentar la pérdida de peso económico y centralidad política de la clase trabajadora como sujeto político; lo cual no tiene el más mínimo sustento empírico. Por el contrario, la clase obrera es más extensa que nunca en su historia. Y más allá de su fragmentación, la robotización, entre otras transformaciones, también hay tendencias opuestas. Y, en términos generales, la clase trabajadora sigue estando potencialmente "al mando" de todas las “posiciones estratégicas” sobre las que funciona la sociedad (transporte, comunicaciones, la gran industria, los servicios en general, etc.).

Y en tercer lugar, se olvida la necesidad de un combate, no sólo con las instituciones de los regímenes políticos y sus partidos, sino con las corrientes neorreformistas que se preparan para desviar tales procesos de revueltas. Es decir, no se trata de negar la espontaneidad, sino de pensar en la necesidad de canalizarla, en disputa con las direcciones políticas que buscarán capitalizarla para perspectivas reformistas.

En un artículo muy interesante, Matías Maiello planteaba cómo esta reflexión lleva a un problema parecido al que daba cuenta Lenin en su clásico folleto ¿Qué hacer? a principios del siglo XX: “El “elemento espontáneo” es la forma embrionaria de lo consciente, pero cuanto más poderoso es el auge espontáneo de las masas, más se hace necesario el desarrollo de los elementos conscientes, es decir, de fuertes organizaciones revolucionarias”. Sin embargo, tendencias como la CUP sostienen la ecuación contraria: que el auge espontáneo permite obviar la lucha contra el reformismo y la burocracia y, en el caso catalán, contra las direcciones del procesismo.

La elección democrática del pueblo catalán de decidir si quiere constituirse en un Estado propio o no, trastoca de tal manera el orden existente y genera tales resistencias entre los capitalistas catalanes y españoles, que su consecución efectiva, está ligada indisolublemente a vencer esta resistencia por la vía de la acción revolucionaria y de transformaciones sociales en un sentido socialista.

Y lo será en tanto que podamos construir una organización revolucionaria que agrupe a los sectores más conscientes de nuestra clase para que peleen consecuentemente por esta perspectiva y ayude a que la clase trabajadora se deshaga de los actuales dirigentes en los sindicatos mayoritarios, las ilusiones que alimentan desde la izquierda reformista y los rasgos de defensa del nacionalismo español que hay todavía en franjas importantes de nuestra clase.

La República catalana será de la clase trabajadora o no será, y para ello la lucha fraternal junto al resto de las y los trabajadores del Estado se torna imprescindible. Por tanto, una Catalunya independiente y socialista, solo podrá ser posible si en el resto del Estado se desarrolla la solidaridad con este pueblo hermano desde la convicción de que un pueblo que oprime a otro no puede ser libre. La única posición que puede soldar la unidad de la clase trabajadora de todo el Estado en una lucha común que permita acabar con la Monarquía y el Régimen. En la perspectiva de extender el derecho a decidir a todas las nacionalidades históricas del Estado español, soldando la fraternidad entre sus pueblos y la clase obrera, en el camino de la construcción de la libre Federación de Repúblicas Socialistas Ibéricas.


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NOTAS AL PIE

[1Albert Noguera Fernández, “D’Amèrica Llatina al Bàltic: repensar l’estratègia d’alliberament nacional”, Catarsi, 21 de mayo de 2021,(https://catarsimagazin.cat/damerica-llatina-al-baltic-repensar-lestrategia-dalliberament-nacional/)

[2Federico grom y Cynthia Luz Burgeño. Restauración autonómica y orfandad estratégica de la izquierda independentista para vencer. https://www.izquierdadiario.es/Restauracion-autonomica-y-orfandad-estrategica-de-la-izquierda-independentista-para-vencer

[3Federico Grom y Guillermo Ferrari “El marxismo revolucionario y la enmancipacion de las naciones oprimidas: Stalin y Trotsky. https://www.izquierdadiario.es/El-marxismo-revolucionario-y-la-emancipacion-de-las-naciones-oprimidas-Stalin-y-Trotsky

[4Ivan Vela. “Podemos: a la saga del PSOE, súbditos de la Corona y el Régimen del 78 frente al derecho democrático catalán” https://www.esquerradiari.cat/Podemos-a-la-saga-del-PSOE-subdits-de-la-Corona-i-del-Regim-del-78-enfront-del-dret-democratic

[5Albert Nogera y Jule Goikoetxea. Estallidos. Revueltas, clase, identidad y cambio político. Ed Bellaterra. p. 19
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Federico Grom

Barcelona | @fedegrom
Vive en Barcelona. Técnico en edición e ilustrador. Es militante del la Corriente Revolucionaria de Trabajadores y Trabajadoras (CRT) y escribe en la sección de Política y Mundo Obrero de Izquierda Diario.es

Cynthia Luz Burgueño

Barcelona | @LubCynthia
Doctora en Historia en la Universidad de Barcelona (UB), especializada en clase trabajadora durante el franquismo y la Transición. Escribe sobre marxismo y lucha de clases, género y clase, precariedad y feminización del trabajo. Ha sido curadora de la exposición «Las Kellys. Lucha de mujeres en la Barcelona precaria», en La Virreina-Centre de la Imatge. Es coautora del libro «Patriarcado y Capitalismo. Feminismo, clase y diversidad» (AKAL), 2019. Comité Editorial de IzquierdaDiario.es. y escribe en ’Contrapunto’.
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