SUPLEMENTO

Francia: detrás de la gestión policial del Covid-19, el miedo a una gran explosión social

Juan Chingo

FRANCIA
Murales virales: Barcelona, por TVBoy.

Francia: detrás de la gestión policial del Covid-19, el miedo a una gran explosión social

Juan Chingo

[Desde París] La pandemia del coronavirus está poniendo en crisis a los gobiernos del mundo entero. La falta de preparación, la falta de todo tipo de material sanitario así como la crisis estructural del hospital público, después de años de reformas neoliberales, tocan de forma más o menos aguda al conjunto de los países de la economía mundial capitalista. Si ya una crisis sanitaria como esta, ligada a una depresión económica que por prever su intensidad nos obliga a referirnos ni más ni menos que a la crisis de 1929 (y en los pronósticos más pesimistas podría ser incluso peor) va a poner a prueba a todos los gobiernos capitalistas, la particularidad en Francia es que la misma se desarrolla ya sobre un terreno político y social minado. La estrecha base social del gobierno Macron desde sus inicios y sus decisiones lo catapultaron a ojos de la población desde el comienzo como presidente de los ricos. Luego vino la sucesión inédita de movimientos de protesta desde la sublevación histórica de los Gilets Jaunes –la crisis desde abajo más importante desde 1968– a la reciente huelga general contra la reforma jubilatoria –la huelga en el transporte público más larga de la historia– que Macron al comienzo de la crisis sanitaria fue obligado a suspender. Todos estos elementos son la prueba de un clima social en ebullición, la demostración de la emergencia de un nuevo ciclo de la lucha de clases abierto ya en 2016 contra la reforma laboral del anterior gobierno de Hollande y que adquirió bajo el macronismo nuevas alturas.

Una apariencia de unidad nacional que no contiene el crecimiento de la bronca social

Al comienzo de la crisis del coronavirus la popularidad del jefe de Estado volvió a subir. Este salto es un clásico en tiempos de crisis, como ya había mostrado el anterior gobierno después de los atentados terroristas de 2015, para terminar como el gobierno más impopular de la V República. Pero esta progresión es muy desigual y muestra el carácter aparente de la misma. Como dice el encuestador Bernard Sananès: “Es un crecimiento fuerte y sensible que se produce principalmente sobre su base electoral y sus núcleos de apoyo, como los ejecutivos […] Esta progresión no significa unidad nacional” [1].

De conjunto, la comunicación gubernamental no inspira confianza, la transparencia de la información oficial es cada vez más cuestionada y las opciones de salud del gobierno dividen a la población. Al día de hoy, a casi un mes del inicio del confinamiento y con la perspectiva de que este se prolongue, la desconfianza hacia el ejecutivo sobre el manejo de la crisis alcanza su más alto nivel, el 56 % de los encuestados. Es que, por primera vez en la historia de Francia, al menos desde los principales conflictos en los que la clase dominante embarcó al país en el siglo XX, la burguesía y su gobierno están poniendo en peligro la vida y la salud de millones de personas mintiendo deliberada y descaradamente sobre la pandemia, llamando por un lado a la población a confinarse utilizando métodos policiales para aplicarlo, al mismo tiempo que empuja a una fracción significativa de la clase trabajadora a ir a trabajar con un nudo en el estómago por temor al contagio y de la falta de todo material de protección. En otras palabras, la pandemia exacerba la desigualdad y suscita más que nunca un resentimiento contra la clase dominante. Esto es lo que constata el diario suizo Le Temps que afirma:

Faltaba un nuevo detonador. Una buena razón para reconectar, en Francia, el altavoz de las cóleras y los resentimientos. He aquí que el Covid-19 y la proliferación de las angustias consiguientes al confinamiento estricto puesto en marcha por el gobierno después del 16 de marzo están en tren de jugar ese rol. Cólera contra la falta de equipos de protección de la infantería del estado de urgencia sanitario que son los enfermeros, pero también los recolectores de basura, los cajeros, los repartidores o los carteros. Derecho de retiro cada vez más reclamado por la CGT, redoblado por un llamado a la huelga. Procesos políticos en todos los niveles contra el jefe de Estado y el gobierno, acusados de haber perdido los meses de enero y febrero focalizándose en la reforma de las jubilaciones –ahora suspendida– más que en los preparativos sanitarios indispensables frente a la epidemia. Desarraigo de los electores y de los candidatos locales elegidos, atrapados por la organización más que cuestionable, el 15 de marzo, de una primera vuelta de unas elecciones municipales de las que el segundo turno anunciado para el fin de junio parecería bastante irrealizable. Ofensiva antinomenklatura médica por el infectólogo marsellés disidente Didier Raoult… [2].

El miedo a la revancha de los proletarios

La combinación de una crisis sanitaria inédita más una depresión económica descomunal en el marco de una fuerte batalla geopolítica entre grandes potencias –y entre estas contra los países de la periferia capitalista ya visible por los escasos recursos sanitarios– puede dar lugar a una explosión social a nivel mundial. En Francia todos los sensores están ya en alerta. Es que en el medio de la bronca a las decisiones de los de arriba y el temor a ser contaminados, los trabajadores esenciales –como se los llama– comienzan a sentir su poder y no será fácil que este sea olvidado, más aún, es probable que haya un pase de facturas una vez pasado lo peor de la crisis sanitaria. Es ese cambio en la relación de fuerzas que se está cocinando lo que llevó al gobierno portugués a no dudar en prohibir las huelgas. En Francia las muestras de preocupación gubernamentales están a tope. Según cuenta el diario Le Monde:

En la cima del Estado y los altos mandos, algunos han hecho la misma constatación y temen que la crisis sanitaria desemboque en una crisis social, evocando una “giletjaunización” de la crisis. “El malestar actual puede hacer resurgir un fenómeno de lucha de clases”, estima el diputado de La República en Marcha (LRM) de Deux-Sèvres Guillaume Chiche. Hoy, las funciones vitales del país son aseguradas exclusivamente por los empleados y los obreros. Son las categorías más precarias que ocupan los oficios más esenciales para la buena marcha del país y que son por otro lado las más expuestas al riesgo sanitario de contaminación. Esto debería acentuar de manera legítima sus reivindicaciones.

Y agrega el mismo diario:

Una situación juzgada peligrosa por algunos macronistas. “No hay que dejar que se instale la idea de que habría dos Francias, la de los trabajadores sobre el terreno y la del teletrabajo, la que está confinada en los HLM y la de las residencias secundarias; la de los PMS y la de los grandes grupos”, previene el delegado general de LRM, Stanislas Guerini. Antes de advertir: “El riesgo de que las fracturas se exacerben entre estas dos Francias es real” [3].

En otras palabras, la crisis sanitaria actual está no solo reforzando la posición social de los sectores más explotados de la clase sino que al mismo tiempo está generando un sentimiento aún difuso de clase en oposición a la Francia del CAC 40, apoyada en una base estrecha de las clases medias superiores. Igual constatación hacen los encuestadores. Así, Jérôme Fourquet, director de IFOP plantea que

En la opinión, uno constata una queja muy fuerte contra la falta de barbijos y de tests, con la idea de que los primeros que la van a sufrir son los asalariados, que continúan trabajando en el terreno. Esto reactiva un resentimiento de la Francia de abajo contra los tecnócratas, acusados de no haber preparado suficientemente el país para afrontar una crisis como esta. Nos encontramos con el síndrome del movimiento de los “Gilets Jaunes”, con la idea de que la clase política habría fallado colectivamente [4].

Las trampas de los falsos amigos del pueblo

Está claro que nuevas revueltas XXL se preparan. Ellas pueden estallar frente a la penuria alimenticia o el alza de los precios de los productos de primera necesidad o muy probablemente porque el brutal daño económico arriesga golpear particularmente en las filas de las "primeras trincheras" de la crisis sanitaria, que generalmente son las primeras en ser sacrificadas en una crisis. Esto último puede desencadenar una oleada de furia en los sectores más precarizados y explotados de la clase trabajadora que durante el confinamiento tienen un cierto reconocimiento simbólico de su rol social e incluso en algunos casos ciertas primas. A la imagen de la "prima excepcional del poder adquisitivo", también conocida como la "prima de Macron", creada en diciembre de 2018 para hacer frente a la sublevación de los Gilets Jaunes y evitar su extensión a los trabajadores de las grandes empresas, que figura nuevamente en el Ley de Finanzas 2020 y fue llevada, durante la crisis actual, a 1200 euros. Por supuesto, en el seno de la patronal nadie habla de aumentar los salarios, más aun teniendo en cuenta el hecho de que en varias empresas donde se mantiene la actividad se produjeron huelgas para exigir el pago de la "prima de Macron", como entre los trabajadores de Gestamp (subcontratista automotriz) en Theil-sur-Huisne, en Orne, en Marie Surgelés, en Maribeau, en Vienne, en Comdata (call center) de Chalon-sur-Saône, en Agis (agroalimentario), en Herbignac, en Loire Atlantique, o en los recolectores de basura en Grand-Poitiers. Una señal de que la radicalidad está lejos de haberse suspendido a pesar del clima actual.

En este marco de una desconfianza aguzada respecto del personal político y las élites dominantes, el móvil económico puede dar lugar a un cóctel explosivo: una situación prerrevolucionaria o revolucionaria, como la que vivió Rusia, con todas las diferencias del caso, como producto de los sufrimientos inauditos de la Primera Guerra Mundial. Frente a las acuciantes demandas de paz, pan y tierra fueron los bolcheviques los mejor preparados y decididos que los otros partidos y fracciones de clase para responder a la catástrofe que amenazaba al proletariado.

Los elementos apuntados señalan una cierta maduración embrionaria de la conciencia de clase, pero para afirmarse, para cristalizarse en conciencia para sí, debe avanzar en un programa proletario claro. La crisis actual plantea la oportunidad de superar los ángulos muertos de la perspectiva de los Gilets Jaunes tanto con respecto a su actitud frente a la gran patronal que salió bastante indemne de la revuelta como sus ambigüedades con respecto al Estado-nación. A condición de desenmascarar a aquellos falsos amigos del pueblo que utilizarán este sentimiento para fortalecer un proyecto populista de derecha en el peor de los casos o de izquierda en el mejor e incluso nuevas variantes de izquierda burguesa, es decir, distintas variantes de conciliación de clases en el marco del capitalismo francés en decadencia.

Esto último es el proyecto de Yannick Jadot de Europe Écologie-Les Verts, quien prefiere claro a Mélenchon y Ruffin de la Francia Insumisa, que quiere incorporar a los Verdes. Digamos al pasar contra las mistificaciones que unos y otros hacen de estos momentos, que las concesiones que tanto en 1936 como en 1945 arrancaron los trabajadores fueron por su acción directa y el temor de la burguesía a la revolución, sea la huelga con ocupación de fábricas en 1936 o su resistencia armada al final de la Segunda Guerra. Volviendo a Jadot, este ecolo-macronista, cabeza de lista en las elecciones europeas, que asume su estrategia de discutir tanto con la izquierda como con la derecha plantea que:

Debemos convencernos de que con las fuerzas vivas de nuestro país podemos reparar la sociedad, respetar y proteger a las mujeres, los hombres y la naturaleza y promover una economía resiliente, innovadora, pujante y justa. Que somos capaces de unir a los franceses y de movilizarlos en torno de una nueva esperanza, de un proyecto solidario que nos proyecte más serenamente hacia el futuro.

Para finalizar, dice que EELV lucha, antes que nada, por “contrarrestar las estrategias de repliegue” propuestas por “los nacionalistas” de Marine Le Pen. “Frente a la opción peligrosa y populista, frente a un modelo liberal que se ha perdido en las arenas de la mundialización, la vía ecologista es la única legítima” [5].

Frente a perspectiva de una depresión capitalista solo comparable a la Gran Depresión, esta variante de reciclaje a la derecha de la vieja izquierda institucional en crisis luego de la debacle del PS plantea que es posible “producir y consumir de modo diferente” en el cuadro del actual sistema económico sin la menor convulsión, es decir sin lucha de clases. Este discurso, que tenía un espacio entre el mélenchonismo y ante el giro a la derecha de Macron en las grandes ciudades, se dirige hoy a los sectores de clase media deprimidos que querían una ciudad verde y bio pero con todas las ventajas de la globalización (viajes, turismo, etc.). Es decir, el mundo de la mundialización capitalista que viene de derrumbarse con el COVID19.

Frente a este reformismo burgués, el discurso de Mélenchon suena más radical. Él llama a una revolución. Pero no una revolución proletaria y socialista para acabar con el sistema capitalista y el dominio del gran capital sobre la economía francesa. No, Mélenchon nos dice que: “No combatimos contra otros enemigos más que los errores, los abusos de un modo de vivir. Ha llegado el momento de cambiar radicalmente. Tal es la Revolución que debe cumplir la civilización humana de nuestra época”.

Su otra gran consigna es la planificación, pero no la planificación de una economía socialista frente a la anarquía inherente a la competencia capitalista exacerbada en tiempos de crisis, sino la planificación dentro del Estado burgués, es decir, reemplazar el librecambismo y aperturismo del Estado neoliberal por una vuelta al dirigismo gaullista, tan amado por el antiguo Partido Comunista Francés de Marchais. Todo detrás de una estrategia que busca recuperar sus oportunidades como “presidenciable” después de los errores que le han criticado incluso en su propio campo en el pasado y que explican, según ellos, la debacle electoral de la FI en las elecciones europeas de 2019. Como él mismo lo explica en una entrevista en “La Croix”: “Hemos salido de las lógicas de la pura conflictualidad, que es nuestro método habitual para crear conciencia en los ciudadanos, para pasar a una estrategia de causa común”. En fin, cuando más las fuerzas del proletariado deben prepararse frente la brutalidad de la crisis capitalista, Mélenchon, al igual que Sanders en Estados Unidos, que tira la toalla en el medio del huracán, nos llama a relajar los músculos, no a endurecerlos para un combate de clase.

Frente a estas falsas salidas decimos que no hay ninguna solución frente a la catástrofe que nos amenaza sin tocar los intereses del CAC 40, es decir, los grandes ricos y grandes grupos económicos que gobiernan Francia, cuya riqueza equivale a 30 % del PBI, aquellas 500 grandes fortunas que se multiplicaron por tres en los últimos diez años alcanzando un record de 650 mil millones de euros. Ahí hay dinero de sobra para reconstruir el hospital público, para hacer un plan de viviendas que termine con los alojamientos insalubres de las banlieues, donde el confinamiento es particularmente duro para sus habitantes, y que mejore el nivel de vida, de salud y de esparcimiento de todos aquellos que tienen fines de mes difíciles, como reclamaban los Gilets Jaunes, en el marco de una economía planificada que sea respetuosa del hombre y de la naturaleza. A la vez es necesario que pueda dar posibilidades de desarrollo a miles de pequeños productores, artesanos y comerciantes que hoy en día temen caer en la desgracia por el peso de la deuda capitalista y la presión de los grandes grupos de la Gran Distribución o de las grandes empresas industriales como Airbus o Peugeot que todo el tiempo ponen presión sobre sus márgenes tirando a la bancarrota y a la pauperización a miles de ellos; en especial a nuestros agricultores que antes de la crisis actual se suicidaban frecuentemente frente a la falta de perspectivas y reconocimiento de su métier. No es posible ningún cambio radical sin que todos los gigantes del CAC 40, entre otros, sean expropiados, nacionalizados y puestos bajo el control democrático de los trabajadores. Esta será la condición sine qua non de la planificación socialista de la economía.

Frente a la crisis de la mundialización capitalista y los impasses del patriotismo económico, retomemos más que nunca el internacionalismo proletario

El dirigismo económico que nos propone Mélenchon frente a los desbordes incontrolables de la mundialización neoliberal va de la mano de una vuelta al viejo patriotismo económico. En un reciente twit llega a alabar al ex miembro del PS, Arnaud Montebourg, quien preconiza la desmundialización. Dice Mélenchon: “Apasionante entrevista de Arnaud Montebourg. Noto las convergencia de las preocupaciones, a veces hasta en la última palabra. ¡Bravo!”

En esa entrevista, el antiguo ministro de industrialización de Hollande, responsable del cierre de los altos hornos de Florange, es duro con el actual mandatario y se pregunta si Macron es el mejor ubicado para hablar de patriotismo económico, al tiempo que llama al Estado a encarar una “reconstrucción ecológica”: “La menor cantidad de importaciones posibles, una economía más volcada hacia el mercado interno continental con buenos salarios y mejores precios para pagar a los que producen aquí” [6]

Estos falsos amigos del pueblo frente a la crisis de la mundialización capitalista solo nos planten una vuelta a los estrechos límites del soberanismo, es decir una vuelta al caduco Estado-nación, cuando la pandemia en curso y la crisis capitalista ponen más que nunca sobre el tapete la necesidad de la coordinación y la solidaridad internacional. Sin embargo, esta necesidad básica se choca más que nunca a la obstinación de cada Estado y burguesía de las grandes potencias imperialistas y capitalistas quienes priorizan el sálvese quien pueda y sobre todo pisotear a los más débiles. Esto se demuestra en la despiadada guerra comercial por los insumos contra los países de América Latina, África y Asia, donde las potencias imperialistas como Francia se garantizan los test, mascarillas, etc., muestra patética de piratería moderna.

Estos falsos izquierdistas solo buscan un reciclaje de la producción nacional, cubriéndose por izquierda con una falsa planificación a la que asocian a los sindicatos, buscando competir en casi el mismo terreno con el soberanismo reaccionario de Marine Le Pen. Más estructuralmente, este patriotismo económico sigue como la sombra al cuerpo el giro o adecuación de fracciones centrales de la patronal a la crisis de la mundialización capitalista. Una muestra elocuente de lo que decimos es el planteo de Philippe Varin, ex CEO de Peugeot (¡¡aquel que cerró Aulnay, una de sus principales fábricas en la región parisina!!) y hoy día presidente de France Industrie, quien plantea que: ”La cuestión fundamental es la relocalización de actividades en Francia. En esta crisis, hay una verdadera oportunidad”. Citando las “tendencias pesadas”:

Un inevitable impuesto al carbono encarecerá los transportes, la importancia de las materias primas o los bienes intermediarios para nuestra soberanía, la digitalización permite fabricar en series más pequeñas, una mejor respuesta a la demanda de clientes cercanos [7].

Cuando la crisis actual ha mostrado la impotencia brutal de las autoridades y de cada Estado nacional frente a la propagación de la crisis sanitaria, cuando la crisis del coronavirus ha hecho surgir una conciencia universal en donde la vida y la muerte de millones depende de nuestras decisiones colectivas, delegarlas en un Estado y una clase que solo puede defender sus mezquinos intereses de clase y nacionales únicamente puede llevarnos a un nuevo impasse.

Qué decir de los que una vez más hoy siguen esperando que la Europa del Capital sea solidaria, como es el caso de los intelectuales, artistas, economistas y políticos de Alemania y Francia encabezados por Daniel Cohn-Bendit, Joschka Fischer o Jürgen Habermas, entre otros, que piden a la Comisión Europea la creación de un ‘Fondo Corona’ para asumir el endeudamiento provocado por la pandemia de forma conjunta. Como dicen en su llamamiento:

¿Para qué puede servir la UE si en tiempos del coronavirus no muestra que los europeos se apoyan mutuamente y luchan por un futuro común? No se trata tan solo de un deber por solidaridad, sino que también responde a nuestro propio interés. En esta crisis estamos todos los europeos en el mismo barco. Si el Norte no ayuda al Sur, entonces no solo se perderá a sí mismo, sino también a Europa.

Frente la crisis del COVID19 y la impotencia de la burguesía mundial para conjurarla, resuenan fuertemente las palabras de Marx en el Manifiesto del Partido Comunista, cuando distingue la revolución proletaria de todas las revoluciones anteriores:

Todas las clases que le precedieron y conquistaron el poder procuraron consolidar las posiciones adquiridas sometiendo a la sociedad entera a su régimen de adquisición. Los proletarios solo pueden conquistar para sí las fuerzas sociales de la producción aboliendo el régimen adquisitivo a que se hallan sujetos, y con él todo el régimen de apropiación de la sociedad. Los proletarios no tienen nada propio que asegurar, sino destruir todos los aseguramientos y seguridades privadas de los demás. [...] Hasta ahora, todos los movimientos sociales habían sido movimientos desatados por una minoría o en interés de una minoría. El movimiento proletario es el movimiento autónomo de una inmensa mayoría en interés de una mayoría inmensa. El proletariado, la capa más baja y oprimida de la sociedad actual, no puede levantarse, incorporarse, sin hacer saltar, hacer añicos desde los cimientos, hasta el remate, todo ese edificio que forma la sociedad oficial.

Frente a la conciencia universal que tanto la crisis ecológica como la pandemia del coronavirus actualizan, solo una clase como el proletariado, basándose en su solidaridad internacional, es decir en el internacionalismo proletario, puede estar a la altura de los desafíos de la hora. Cualquier otra salida, más tarde o más temprano, nos lleva a la barbarie.

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NOTAS AL PIE

[1Les Echos, 2/4/2020.

[2“Le Covid-19, un coronavirus français en ‘gilet jaune’”, Le Temps, 1/4/2020.

[3“La majorité face au risque d’un front social causé par le coronavirus”, Le Monde 31/3/2020.

[4“Coronavirus : entre volte-face du gouvernement sur les masques et prolifération des ‘fake news’, la parole politique mise à mal”, Le Monde, 6/4/2020.

[5“Yannick Jadot: ‘Avec cette crise, nous, les écologistes, avons une responsabilité accrue’”, Le Parisien, 30/3/2020.

[6Libération, 7/4/2020.

[7“Il faudra un superplan de relance industrielle”, Le Monde, 25/3/2020.
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Juan Chingo

Integrante del Comité de Redacción de Révolution Permanente (Francia) y de la Revista Estrategia Internacional. Autor de múltiples artículos y ensayos sobre problemas de economía internacional, geopolítica y luchas sociales desde la teoría marxista. Es coautor junto con Emmanuel Barot del ensayo La clase obrera en Francia: mitos y realidades. Por una cartografía objetiva y subjetiva de las fuerzas proletarias contemporáneas (2014).
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