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Golpe fallido: ¿oportunidad para Erdogan o expresión de la crisis?

Erdogan busca utilizar el fallido golpe como trampolín para impulsar su proyecto bonapartista. Pero el fracaso del golpe no significa la superación de la crisis permanente del régimen turco.

Baran Serhad

Munich | @El_Comandante

Jueves 21 de julio de 2016 | 18:58

En la tarde del 15 de julio hubo un intento de golpe militar contra el presidente Erdogan y el AKP (Partido del Desarrollo y la Justicia). Que el golpe haya sido fallido no significa de ningún modo la superación de la crisis permanente del régimen de Erdogan.

Por la noche del 15, cuando el intento de golpe fue obligado a retroceder, Erdogan aterrizó en el Aeropuerto Atatürk, en Estambul, donde recientemente 45 personas murieron en un ataque del Estado Islámico. Allí, el presidente turco llamó al golpe de Estado "una bendición de Dios" y anunció que haría una limpieza completa del aparato militar. Este mensaje no debe entenderse solo como una declaración de guerra contra los golpistas. Su idea es proceder a la transformación sistemática del estado turco.

Erdogan está usando el golpe como un trampolín para su bonapartismo. Es una victoria provisoria, ya que la derrota del golpe no significa una estabilización del régimen, que está en una crisis permanente. Un ejemplo de esta crisis es especialmente la limpieza de las instituciones nacionales, una de las más profundas desde la creación de la república turca. Después del golpe fallido, Erdogan teme otro intento de golpe y trata de tener un control total del estado.

El bonapartismo tropieza

El carácter de crisis permanente de Turquía como nación se basa en muchos factores: la República de Turquía es una semicolonia. Esto expresa la influencia masiva del capital extranjero. Particularmente el desarrollo industrial de la economía turca está muy subordinado a las empresas imperialistas. La economía turca no es lo suficientemente fuerte ni económica ni políticamente para comprometerse con la pequeña burguesía y la clase obrera.

Esto muestra el conflicto permanente entre la burguesía occidental de Estambul (Asociación de empresarios y hombres de negocios de Turquía, tüsaid, por su nombre en turco) y la burguesía religiosa conservadora (Asociación de Industriales independientes y la Asociación de Empresarios, müsiad, por su nombre en turco), y la política anti obrera de Erdogan, que lleva 18 mil accidentes evitables en lugares de trabajo desde 2002.

La lucha armada por la liberación del pueblo kurdo desde la colonización de Kurdistan presupone el desarrollo de un gigante militar para la burguesía turca.
Los intentos de opresión sobre el pueblo kurdo a través de la fuerza militar y asimilación política fallaron una y otra vez, a expensas de que los gastos fueran una gran carga económica. El fuerte aparato del estado y militar se convirtieron en un obstáculo para la estabilidad económica y política del régimen. En 2002 el AKP tomó el gobierno, ensombrecido por una profunda crisis económica. El propósito histórico fueron la desregulación económica, las reformas políticas y la política diplomática exterior, para levantar las contradicciones de la burguesía turca en la cuestión del pueblo kurdo: un "contrato de paz", empujando hacia atrás al gigante militar de la economía y el estado, y la privatización fue el medio para un nuevo curso.

Además, Turquía tiene una ubicación geopolítica que se caracteriza por intensos conflictos y permanentes intervenciones imperialistas.

El balance del AKP no muestra ninguna otra cosa más que el cumplimiento del modelo de estado como “personificación ideal del capital nacional total”: el proceso de acercamiento a la UE queda atascado en repetidas ocasiones. Nadie cree que haya una membresía en poco tiempo. Erdogan, primero como jefe de gobierno, y ahora como presidente que en los hechos “gobierna el gobierno”, tiene experiencias de derrotas en política exterior, en relación a sus esfuerzos por establecer un poder regional. Cambió su política sobre la cuestión kurda, de la diplomacia a la táctica militar.

Su régimen actual se basa en el intento de instalar un bonapartismo. Pero los factores objetivos y subjetivos no lo dejaron jugar como “conciliador” que en consentimiento con la burguesía se eleva por encima de las clases. Al contrario: está usando métodos bélicos y nacionalistas, que permite la consolidación de una base pero no el cumplimiento de los intereses de los distintos actores imperialistas ni de la burguesía de Estambul.

El rol de la burguesía imperialista en una semicolonia es especialmente importante, ya que posee la mayoría de los medios principales de producción, y el destino de la burguesía local está ligado a la colaboración con el imperialismo. Ante los ojos del capital, la legitimación de un régimen bonapartista se origina en la intensificación de conflictos entre clases, debido al bajo grado de organización y división de la clase obrera y la ausencia de un partido revolucionario de masas, que no parece ser urgente.

Mientras Erdogan debería ubicarse por encima de las clases para ser un Bonaparte, solo recibe el apoyo de una fracción de la burguesía. Esa es la razón principal de los tropiezos de su bonapartismo, y de que el régimen de Erdogan esté en crisis. Ni siquiera la “normalización” de la relación con Rusia e Israel, luego de la confrontación, fue exitosa sino que más bien fue expresión de la política de tropiezos de Erdogan.

A la luz de estas contradicciones fue el intento de golpe de una camarilla, que fue aislada en condiciones de clase, pero consideraba el tiempo maduro para la caída de Erdogan.

La opción más probable de Erdogan es llevar a cabo el sistema presidencial de facto, por eso lleva adelante la defensa y captura de posiciones en las instituciones nacionales, a través de los procesos de limpieza, para la búsqueda de consentimiento con otras alas de la burguesía local e imperialista.

El intento de golpe ha terminado con la rendición de los golpistas, pero las contradicciones internas y de política exterior del régimen se mantienen, no es extremo pero sí altamente inestable.






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