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Huelgas y protestas en Bielorrusia contra el fraude electoral

El presidente de Bielorrusia, Alexander Lukashenko, ha gobernado el país desde 1994. Sin embargo, su régimen está siendo cuestionado luego de que unas elecciones probablemente manipuladas desataron manifestaciones sin precedentes a las que se ha sumado un desafiante movimiento obrero.

Miércoles 19 de agosto | 08:55

 

El domingo 9 de agosto, el presidente bielorruso, Alexander Lukashenko, ganó un sexto mandato, con el 80% de los votos, en una disputada elección contra Svetlana Tikhanovskaya, quien desde entonces se exilió en Lituania. 

Lukashenko, que ocupa el cargo desde 1994, ha sido acusado de falsificar los resultados de las elecciones en numerosas ocasiones, y han surgido pruebas de que esta elección reciente ha continuado la tendencia. 

Las protestas contra el gobierno estallaron inmediatamente, y las masas tomaron las calles en manifestaciones sin precedentes contra el régimen de Lukashenko. Desde el jueves, el movimiento sindical en Bielorrusia, que tiene leyes estrictas que restringen su actividad, también ha sido parte activa del levantamiento popular con huelgas y acciones de trabajadores automotores, de refinerías de petróleo y trabajadores tanto estatales como de empresas privadas. 

La respuesta del gobierno a estas protestas ha sido una fuerte represión. En los últimos días, gran parte del mundo se ha conmocionado por la terrible brutalidad policial que está teniendo lugar en las calles de Bielorrusia. Lento pero seguro, los elementos de la sociedad pro-Lukashenko se están volviendo en su contra. Mientras tanto, la policía en Bielorrusia realmente ha estado a la altura de su nombre: la mano opresiva del estado, aterrorizando a los manifestantes con gases lacrimógenos, porras y balas de goma de forma arbitraria. Si bien se sabe que Bielorrusia es un estado autoritario, esta es la primera vez en su historia que las fuerzas de seguridad han empleado tácticas tan brutales a gran escala. 

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Actualmente, Bielorrusia se encuentra en medio de una crisis social y económica. Para comprender las razones detrás de esto, tenemos que dividir los eventos en dos partes, antes de la pandemia de coronavirus y después. 

Aunque la legitimidad de Lukashenko se ha puesto en duda, Lukashenko fue considerado, según los estándares postsoviéticos, un presidente decente o incluso bueno. A diferencia de otros estados postsoviéticos, gran parte de la economía bielorrusa permaneció bajo control estatal. Así, a cambio de libertades democráticas, los bielorrusos tenían cierto nivel de seguridad social y una garantía de empleo a diferencia de muchos de los otros estados de la ex URSS. 

Sin embargo, todo esto cambió después de la crisis financiera de 2008 que llevó a una capitulación tardía a las políticas neoliberales. La crisis actual desencadenada por el coronavirus solo profundizó los crecientes problemas. Lukashenko, tratando de evitar el pánico masivo o una crisis económica, restó importancia al virus como una psicosis masiva y, al igual que otros "líderes", promovió pseudo-curas como el vodka y el baño. 

Sin embargo, al coronavirus no le importan las palabras o las declaraciones, y ni siquiera le importa lo que piense Lukashenko. Sin medidas de precaución, el virus se propagará más y más en Bielorrusia, donde las infecciones se dispararon, pero Lukashenko aún se negó a actuar. Simultáneamente, a pesar de no llevarse a cabo las medidas de bloqueo, la economía y las condiciones de trabajo se deterioraron a una velocidad mucho mayor. Si bien las empresas se han beneficiado de las "medidas de subsidios" del Estado, los trabajadores han perdido parte de sus salarios como resultado de la jornada parcial impuesta y algunos incluso han perdido sus puestos de trabajo por completo. 

En esta atmósfera, varios movimientos de oposición liberales y populistas, por lo demás periféricos, se lanzaron sobre la insatisfacción popular. El principal candidato fue Viktor Babarika, un prominente banquero que muchos bielorrusos consideraron un posible puente entre Europa y Rusia debido a sus vínculos con la empresa conjunta ruso-bielorrusa Belgazprombank. También estuvo Valery Tsepkalo, ex embajador en Estados Unidos. Otro candidato fue Syerhei Tihanovskiy, un popular bloguero que dirigió una campaña masiva en todo el país. Bajo la presión de la clase dominante, Lukashenko les prohibió a los tres postularse, incluso encarcelando a Babarika y Tihanovskiy. La esposa de Tihanovskiy, Svetlana Tikhanovskaya, se presentó en su lugar como la principal candidata de la oposición en las elecciones de la semana pasada. Ex profesora de inglés y luego ama de casa, durante su campaña exigió la liberación de los presos políticos, la organización de elecciones justas, y realizó una campaña populista para unir a la clase trabajadora con empresarios y profesionales de la clase media bajo el lema “Somos el 97%”.

Para Rusia, la crisis que emerge en Bielorrusia es una oportunidad para detener los intentos de acercamiento de Lukashenko y contener el riesgo de perder influencia sobre un país con el que comparte fronteras. A pesar del interés estratégico de Putin en Bielorrusia, las protestas no han expresado hasta ahora un fuerte sentimiento anti-ruso. Mientras tanto, la UE, encabezada por Alemania, ha dado luz verde recientemente a las sanciones contra funcionarios bielorrusos. 

Sin duda, estas protestas y las huelgas lideradas por la clase trabajadora han puesto de relieve el nivel de descontento hacia el régimen de Lukashenko. Si bien muchos han comparado las protestas actuales con las de la plaza ucraniana Maidán o las otras revoluciones de color neoliberales, aunque hay similitudes, las protestas en Bielorrusia son diferentes. A diferencia de las otras revoluciones de color que obviamente fueron guiadas por las políticas de las potencias occidentales y tenían una ideología clara, que al ser reformas económicas neoliberales unidas al ultranacionalismo, la protesta bielorrusa pudo resistir la cooptación de la influencia burguesa proimperialista. Sin embargo, esto ciertamente no significa apoyar a Lukashenko, quien él mismo ha contribuido a destruir cualquier movimiento socialista real de la clase obrera que emerja en Bielorrusia. En cambio, la clase trabajadora debería levantarse para enfrentarse tanto al régimen de Lukashenko, a la clase capitalista rusa como a la influencia imperialista "occidental". Al darse cuenta de su poder, la clase trabajadora en Bielorrusia puede construir sus propias organizaciones políticas y dar ejemplo a las clases oprimidas y explotadas de todo el mundo. 

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