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“Isadora”, o la soberbia actuación de Vanessa Redgrave en el clásico de Karel Reisz

En esta magnífica obra del realizador británico, Vanessa Redgrave, militante trotskista, logra meterse de lleno en la personalidad turbulenta de la bailarina y coreógrafa Isadora Duncan, una mujer que combina el egocentrismo con la entrega altruista a las causas en las que cree.

Eduardo Nabal

Martes 19 de abril
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Karel Reisz fue uno de los nombres salidos del llamado “free cinema” inglés. Igual que sus compañeros de su generación, siguió, con éxitos y fracasos, inspiración y debacles, por los senderos de la industria del cine, adentrándose en nuevos territorios sin perder nunca, del todo, su personalidad artística.

El director de la casi neorrealista “Sábado noche, domingo mañana” y la satírica “Morgan, un caso clínico”, realizó en 1968 uno de sus mejores filmes, al menos de los rodados en color, una a la vez fiel y original aproximación biográfica a la mítica bailarina Isadora Duncan.

El peso del filme recayó en una de las mejores y más esforzadas interpretaciones de Vanessa Redgrave, que recogió con una mezcla de fidelidad y lirismo en la puesta en escena la personalidad atormentada y pasional de un personaje femenino complejo, impulsivo, inestable, pero casi siempre fiel a sí mismo.

Reisz en esta ocasión, como ocurriría con posterioridad en su filme “Dulces sueños”, demostró ser un gran director de actrices, conteniendo el exceso y afilando sus caracterizaciones, ya se tratara de Vanessa Redgrave o Jessica Lange en el papel de la cantante Passy Claine.

Con una cuidada y, a ratos, un tanto afectada iluminación de Larry Pizer, trabajando todos los matices de la luz y la gama de colores, Reisz se valió de un inteligente guion en el que contribuyo la escritora inglesa Margaret Drable, mostrando las estructuras capitalistas y patriarcales que la célebre bailarina quiso sortear sin conseguirlo nunca del todo.

Su libertad en las relaciones con los hombres, sus danzas en las que emplea todo su cuerpo y sus trajes de colores -que acaban teniendo una significación sociopolítica- nos muestran a una mujer que, en cierto sentido, parece fuera del tiempo que le ha tocado vivir. Así, cuando hacía el final de la película Duncan baila en un teatro de EEUU envuelta en una capa roja traída de la Unión Soviética es pronto abucheada por las fuerzas emergentes del fascismo de la época.

Redgrave, militante trotskista, logra meterse de lleno en la personalidad turbulenta de una mujer que combina el egocentrismo con la entrega altruista a las causas en las que cree, como demuestra en su viaje final a una Rusia donde puede enseñar baile y a la vez dejar que se expresen a su manera, gentes azotadas por la pobreza y las contradicciones en las que acabó sumida finalmente la Revolución.

Sus relaciones con los hombres son igual de esquivas, rozando el desequilibrio, y hay varios momentos trágicos de su vida, como la muerte de sus dos hijos en accidente de coche y el descubrimiento de que su verdadero mecenas admira más el filón de oro que puede sacar de una bailarina superdotada que el verdadero alcance de su talento.

El filme esta narrado, en algunos momentos, de forma fragmentaria, con saltos espacio temporales, pero mantiene una cálida belleza visual que no de desgarra incluso en los momentos más terribles de la vida de Duncan. Así gasas, filtros, y trucos con la luz van acompañados por una intensa banda sonora de piano de Maurice Jarre que, en ocasiones, anuncia una nueva salida de la actriz a los escenarios. Pero Reisz también sabe aproximarse a una mujer insegura y abatida que trata de dar sentido a su vida escribiendo sus diarios bajo la luz de una vela.

Hoy día sus coreografías de corte comunista pueden parecernos algo simplista, pero lo cierto es que su amor por el poeta revolucionario Sergey Yesenin, también marco un drástico giro vital. Aduladores y mecenas se confunden con los verdaderos amigos, pero Duncan parece buscar una libertad creativa que nunca llega, llegando a confiar en los presagios de las videntes.

La ambientación es casi perfecta y la aproximación al personaje a la vez fiel e imaginativa lo que hacen de “Isadora” una de las grandes películas del desigual realizador inglés.


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Eduardo Nabal

Nació en Burgos en 1970. Estudió Biblioteconomía y Documentación en la Universidad de Salamanca. Cinéfilo, periodista y escritor freelance. Es autor de un capítulo sobre el new queer cinema incluido en la recopilación de ensayos “Teoría queer” (Editorial Egales, 2005). Es colaborador de Izquierda Diario.

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