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ELECCIONES CATALANAS

La CUP dobla sus resultados, pero Vox gana terreno en el voto anti-establishment en clave reaccionaria

En las principales localidades obreras la extrema derecha dobla o triplica el resultado de la CUP. Vox capitaliza un voto de descontento con una salida radical reaccionaria. La moderación da rédito electoral pero desarma a la izquierda ante el auge de la extrema derecha.

Santiago Lupe

@SantiagoLupeBCN

Lunes 15 de febrero | 14:15

Las elecciones dejan un panorama en el centro del tablero marcado por el fracaso de la Operación Illa y la revalidación de una mayoría independentista que, todo apunta, tratará de formar un nuevo gobierno entre los viejos partidos procesistas. No hay pues gran variación. Judicatura y Moncloa deben pensar que para un viaje así no hacían falta tantas alforjas.

Si bien el PSC ha logrado recuperar y mejorar todo lo perdido desde la etapa Maragall, algo nada irrelevante, el objetivo de conseguir una Generalitat del mismo color que el gobierno “progresista” y sin ninguna veleidad independentista no se ha logrado. Los partidos del establishment catalán, quienes han estado al frente de la Generalitat y el procés en la última década, serán los encargados de gestionar el retorno a la normalidad autonómica que ya asumen -más allá de discursos para la galería- y la gestión de la peor crisis social y económica en décadas.

Sin embargo el 14F deja novedades más importantes en los extremos del tablero. Por izquierda, una recuperación de la CUP desde su caída en 2017, logrando 9 diputados y un 6,67% de los votos. Por derecha el descalabro de Cs hasta el borde del abismo, el perenne estancamiento del PP y, sobre todo, una irrupción de la extrema derecha de Vox con un 7,69% de los votos y 11 escaños.

La CUP dobla sus resultados ¿qué expresa esta subida en 2021?

Este lunes muchos se congratulaban del buen resultado de la CUP. No solo en las filas de la izquierda independentista, que ya anoche en palabras de su diputado Carles Riera se felicitaban y reiteraban su oferta de apoyo para un gobierno independentista con mayoría progresista, es decir de ERC. También otros referentes, como Raul Camargo exdiputado de Podemos en la Comunidad de Madrid y militante de Anticapitalistas, señalaba que se trata de un “magnífico resultado” y que “con la que está cayendo, que una fuerza anticapitalista tenga este resultado es una proeza”.

Ahora bien la interpretación del voto a la CUP en este 2021 no puede ser la misma que en 2012, 2015, 2017 o 2019, si atenemos a las principales contiendas electorales en que se ha venido presentando. En su estreno, aunque con un resultado mucho más modesto – 3 escaños y un 3,48% del voto- la CUP era percibida como una fuerza antiestablishment y con un discurso anticapitalista, capitalizó en Catalunya una parte de la crisis de representación desatada tras el 15M en el resto del Estado que confluyó con la remergencia de la cuestión nacional ese mismo año.

En 2015, aparecía como el ala consecuente y desligada de las políticas más criminales del gobierno de Artur Mas, logrando su hasta ahora mejor resultado con 10 diputados y un 8,2% de los votos. En 2017 bajó a los 4 diputados y un 4,46%, después de convertirse en el ala izquierda del procesismo y acompañar todas las “jugadas maestras” y el “independentismo mágico” de Puigdemont. En 2019, el 6,42% y los 2 diputados en las Cortes, recogieron gran parte del malestar con el procesismo que se expresó en las movilizaciones contra la sentencia y un espíritu de rechazo al malmenorismo que llevó al resto de la izquierda parlamentaria a ser el furgón de cola del actual gobierno “progresista”.

Ahora bien ¿qué ha expresado el voto CUP en este 2021? No es fácil responder a esta pregunta, pero en las claves de la campaña electoral y la política de la CUP en el último año puede haber algo de respuesta. La CUP ha optado, según explican en sus propios documentos estratégicos y los fundamentos de su programa electoral, por intentar ganar centralidad. Una cantinela ya escuchada en los momentos iniciales de Podemos y que, como entonces, implicaba la rebaja programática a aquello posible y plausible. De anticapitalismo ni rastro.

Cuando la moderación rinde electoralmente

Sus propuestas las sintetizó muy bien Dolors Sabater en el debate electoral de TV3 al reivindicar casi como propio el contenido de los decretos sociales aprobados por el Parlament en esta legislatura y suspendidos por el Constitucional. Ni nacionalizar la banca mediante la expropiación de las entidades financieras que se han seguido enriqueciendo durante la crisis, ni los pisos de los grandes tenedores si éstos los sacan al mercado, ni las empresas que cierran si no es compensando las inversiones iniciales de los capitalistas... El programa para resolver las grandes problemáticas de paro, vivienda o pobreza acababan allá donde empiezan los límites impuestos por sus potenciales socios, nada menos que JxCat y ERC, los que han gestionado la pandemia y la crisis con las mismas recetas que el gobierno central.

Esta moderación era la contracara de una hoja de ruta que resonaba a procesismo por todos lados. Un gobierno independentista ante el cual la CUP asumiría todas las responsabilidades necesarias, mano extendida a ERC, JxCat y los Comunes para acordar los grandes “consensos de país”, un nuevo referéndum, forzar la negociación con el Estado y la intervención de la comunidad internacional. Una política de acercamiento y búsqueda del acuerdo con quienes son percibidos por cientos de miles, sobre todo quienes más están padeciendo las consecuencias de la crisis, como parte del estatus quo. No obstante son quienes gobiernan en Moncloa y el Palau.

Con este perfil, identificar la subida de la CUP solo como una capitalización de anticapitalismo o voto anti-establishment es problemático. No queremos decir que no hay voto que expresa polarización por izquierda entre las papeletas de la CUP pero esto no parece ser la tendencia que explica la subida, sino más bien el suelo del que partía. La búsqueda de la centralidad y la formulación de un procesismo 2.0 que suena menos mágico que la DUI de Borrás y Puigdemont, ha atraído a la CUP una porción del electorado de ERC y JxCat. Que este trasvase de voto no se haya reflejado en la misma proporción en la bajada de los partidos procesistas se explica por la alta abstención y cómo esta ha penalizado más al bloque unionista.

El otro fenómeno por izquierda que mantiene su agotamiento es el de los Comunes. Conservan su ya pésimo resultado de 2017 y aparecen como una suerte de ICV refundada, como una fuerza auxiliar o socia de gobierno de los social-liberales, como ya hacen en Moncloa o en el principal Ayuntamiento catalán, el de Barcelona. Votar Podemos en el resto del Estado, o Comunes en Catalunya, no tiene ya ni un halito de voto contestatario o antirégimen, ya ni digamos anticapitalista.

Vox irrumpe y se abre camino entre clases medias arruinadas, juventud y localidades obreras

La otra novedad, y podríamos decir que la principal y más preocupante, ha sido la emergencia de Vox. Es cierto que la derecha de conjunto baja casi 20 puntos respecto a 2017. Es consecuencia de la recuperación por parte del PSC de gran parte del electorado trasvasado a Cs en pleno pico del procés. Pero que las primarias de la derecha las gane su versión más ultra y el análisis de donde y quienes han votado a Vox, es no solo un aviso de peligro sino una primera advertencia de qué políticas no sirven en absoluto para combatir a la derecha populista. Los mejores resultados de Vox, allí donde ha obtenido un porcentaje por encima de su media, un 7,69%, se han obtenido en dos ejes fundamentalmente.

Por un lado localidades costeras y ancladas en el monocultivo turístico. Ciudades como Salou (18,4%), Cambrils (13,16%), Vila-Seca (19,33%), Roses (15,59%) o Lloret (12,17), por nombrar las más conocidas. Lugares con una fuerte población migrante sin derecho a voto y a la vez donde la crisis ha golpeado de forma más severa en forma de quiebras de pequeñas empresas turísticas y desempleo. Vox no solo ha agitado en campaña un discurso españolista u homófobo, sino que ha desplegado todo un programa de “rescate” populista hacia estos sectores oponiéndolo explícitamente a la inmigración.

El otro caladero de votos han sido localidades obreras de los cinturones de Barcelona, Tarragona y Girona. Hablamos de L’Hospitalet de Llobregat (9,65%), Cornellà (9,12%), Badalona (9,75%), Sant Andreu de la Barca (13,1%), Terrasa (9,18%), Abrera (11,45%), Martorell (8,08%), Salt (10,36%), Figueres (12,13%), Reus (10,16%) o las propia Tarragona (12,04%).

Contrastan los resultados de Vox en estas localidades del cinturón industrial con los resultados obtenidos aquí por la CUP: L’Hospitalet de Llobregat (3,519,65%), Cornellà (3,84%), Badalona (5,48%), Sant Andreu de la Barca (12,94%), Terrasa (5,5%), Abrera (3,41%), Martorell (4,56%), Salt (9,11%), Figueres (5,93%), Reus (7,45%) o las propia Tarragona (5,59%). En casi todas ellas la extrema derecha duplica, cuando no triplica, los votos obtenidos por la candidatura que tendería a expresar una polarización opuesta, por izquierda.

Cuando Vox cala más que la CUP entre los sectores perdedores de la crisis

El discurso demagógico y racista de Vox está interpelando más a una parte de los llamados perdedores de la globalización, sean pequeños propietarios arruinados o sectores muy explotados de la clase trabajadora. El otro dato preocupante en este sentido es que en la franja de edad más jóvenes, de 18 a 44 años suponen el 20% de todos los votos de Vox.

La moderación programática, dejar en un cajón propuestas demasiado radicales e inasumibles por los que pretendes que sean tus socios, aparecer como un partido que busca la centralidad, tiende la mano y busca el consenso con los que cientos de miles -no hemos hablado aquí de la otra estrella de la jornada la abstención de casi uno de cada dos votantes- consideran “los de siempre”... puede dar un excelente resultado electoral. Ahora bien ¿sirve para resolver realmente los grandes problemas sociales? ¿Para avanzar en la conquista de derechos democráticos? ¿Y para enfrentar a la extrema derecha y su avance entre sectores populares y juveniles? La respuesta es un triple no.

Ni ERC ni JxCat gobernarán en contra de las grandes familias y empresas a las que llevan años representando. Lo más que podrán conceder serán medidas parciales como los decretos que reivindicaba Sabater, que, como su ayuntamiento del “cambio” en Badalona, no resolvió ni algo tan elemental como los asentamientos de población migrante que llevaron al crimen social del incendio en el Gorg. Ni tampoco a conquistar el derecho a decidir, como demostraron ostensiblemente en 2017.

Sobre la extrema derecha, tender la mano a quienes han trabajado y trabajan para generar las condiciones sociales para su emergencia, no es tampoco una vía. Son los partidos del establishment y quienes les acompañan, es decir el viejo procesismo aquí y los social-liberales y el neorreformismo en Moncloa, quienes aplican las políticas de racismo institucional, generando ciudadanos sin derechos y trabajadores de segunda, quienes convierten Canarias en la nueva Lesbos o persiguen a los manteros en Barcelona. Sobre años de políticas así, que en ningún momento se plantean revertir ni suavizar, es sobre lo que se puede asentar los discursos y propuestas racistas de Vox.

Son ellos los que permiten que esta crisis se descargue sobre la clase trabajadora en forma de desempleo de masas y miseria, los que niegan los recursos y las medidas que afectarían a los grandes capitalistas para resolver el problema de vivienda, suministro y precariedad de servicios públicos... los que abonan pues el terreno para la guerra entre pobres que alienta la extrema derecha.

Combatir la extrema derecha desde una movilización independiente de los gobiernos y partidos del régimen, por una salida anticapitalista a la crisis que la ha engendrado

Que la izquierda que se autodefine como anticapitalista conciba enfrentar a la derecha tendiendo puentes y buscando la unidad de los demócratas para hacerle un círculo sanitario a la extrema derecha, la deja pegada justamente al mismo establishment cuyo rechazo cada vez mayor entre amplias capas sociales de la clase trabajadora y otros sectores populares, es el que es bien explotado demagógicamente por Vox.

No es con más unidad y acuerdos con los responsables de la actual crisis que se puede enfrentar a este producto “made in Régimen del 78”, sino justamente con una política opuesta. Hace falta construir una izquierda que no tenga complejos en plantear medidas radicales, que también asusten a las mentes bienpensantes del mainstream -como se ruborizan hipócritamente con las de Vox- pero porque hablen abiertamente de expropiar a los expropiadores, a la banca, las grandes empresas... de pelear por imponer mediante la autoorganización y movilización estas demandas. Por no resignarse ante el cierre de fábricas y pelear por su ocupación, puesta a producción por sus plantillas y luchar por la nacionalización sin indemnización.

Por medidas que ofrezcan realmente una solución a los grandes problemas sociales, y una hoja de ruta que no repita los abrazos con los Mas o Sánchez de turno, sino una movilización independiente de la clase trabajadora desde la que poder combatir efectivamente a la extrema derecha y el veneno racista con el que quiere dividir a nuestra clase.






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