SUPLEMENTO

La herejía de la Revolución rusa

Matías Maiello

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Ilustración: @marcoprile

La herejía de la Revolución rusa

Matías Maiello

Este 7 de noviembre se cumplen 104 años de la Revolución de Octubre, una mezcla de fechas que se debe a la discrepancia entre el calendario gregoriano usado hasta hoy y el juliano que regía en la Rusia de los zares. El paso de más de un siglo amerita comenzar por la pregunta: ¿por qué seguimos discutiendo sobre ella? Ángulos para ensayar una respuesta hay muchos pero acá nos interesa el más, si se quiere, “general”: la Revolución Rusa partió en dos la historia mundial. Si la Gran Guerra de 1914 había sido un golpe decisivo a la idea de “progreso”, tan cara al relato capitalista, la Revolución de Octubre expuso algo mucho más peligroso: una alternativa. Por primera vez, clases explotadas y oprimidas, despojadas del poder económico, del acceso a la cultura, pasaban a convertirse en clases dominantes a través de los Consejos de diputados obreros y campesinos (soviets), los cuales expresaban una inédita capacidad de autoorganización de las masas. La característica fundamental “semifantástica” –decía Trotsky en la Historia de la Revolución rusa– de esta revolución consistió en la enorme madurez de la clase trabajadora rusa respecto a todas las antiguas masas urbanas que habían protagonizado revoluciones hasta entonces. El partido bolchevique, que agrupaba sus sectores más perspicaces y decididos, lograba conducir con éxito la toma del poder, y aquellos soviets se constituían en el pilar de una democracia de otra clase, donde los “desarrapados” ahora estaban llamados a definir no solo el rumbo político de la sociedad sino la planificación de la economía sobre la base de la propiedad estatal de los medios de producción. Nacía la primera república de los trabajadores de la historia.

De esta forma, en 1917 las trabajadoras y trabajadores de Rusia desmentían la pretensión “universalista” de la burguesía que postulaba sus intereses particulares como intereses de “toda la humanidad”. Quedaba expuesto aquello que decía Marx sobre que, bajo el capitalismo, “la aplicación práctica del derecho humano de la libertad es el derecho humano de la propiedad privada”. Léase fábricas, bancos, empresas y demás medios de producción –sociales– en manos de un puñado de capitalistas, y frente a ellos, masas de trabajadores y trabajadoras “libres” de vender su fuerza de trabajo o morirse de hambre. Un “universalismo” nutrido también de la expoliación y opresión del resto de los pueblos del mundo, desde África hasta los confines de Asia y América. El mismo que bajo las banderas de la “civilización” había llevado a aquella Gran Guerra Mundial en la que cada potencia pugnaba por aumentar su parte de botín. La mayor matanza de historia de la humanidad hasta entonces, que luego quedaría relegada al lugar de “Primera” y superada en toda su barbarie por la “Segunda”.

En ese contexto, la “Declaración de los derechos del pueblo trabajador y explotado”, convertida en texto constitucional de la nueva república soviética en 1918, proclama: “como misión esencial abolir toda explotación del hombre por el hombre”, “hacer triunfar el socialismo en todos los países”, “declara patrimonio de todo el pueblo trabajador toda la tierra”, “ratifica el paso de todos los bancos a propiedad del Estado obrero y campesino”, plantea la “completa ruptura con la bárbara política de la civilización burguesa, que basaba la prosperidad de los explotadores de unas pocas naciones elegidas en la esclavitud de centenares de millones de trabajadores” de todo el mundo. También el derecho a la autodeterminación de los pueblos que antes se encontraban bajo el yugo del imperio zarista con el “propósito de crear una alianza efectivamente libre y voluntaria” y por lo tanto el derecho de los obreros y campesinos de cada nación a decidir si deseaban unirse o no y en qué condiciones a la federación. A su vez, bajo la nueva república los derechos dejan de ser de “el hombre”, se instaura la igualdad legal entre hombres y mujeres, se reconocen las uniones de hecho, se establece el derecho al divorcio y al aborto, se crean guarderías, lavanderías y comedores comunitarios, se elimina la criminalización de la homosexualidad y la persecución a las mujeres en situación de prostitución.

Estos gestos imperdonables abrieron una verdadera caja de pandora, y con ella una oleada revolucionaria internacional. Uno de sus grandes centros fue Alemania, que a diferencia de la decadente Rusia zarista, era una de las principales potencias mundiales. La idea que movilizó a Lenin y Trotsky fue que el triunfo de la revolución alemana, con su poderosa clase obrera, su industria y tecnología, uniéndose a la vasta Rusia soviética, podría constituir el pivote de la revolución mundial. De hecho, los destinos de la revolución alemana y la rusa, estuvieron estrechamente ligados. Un vínculo que a la historia oficial le conviene olvidar. Pero lo cierto es que a partir de octubre/noviembre de 1918, con la insurrección de los marinos de Kiel –que simplemente se negaban a morir por el “honor” del Káiser–, la lucha de clases se extendió como reguero de pólvora por Alemania erigiendo a su paso Consejos de Obreros y Soldados por todo el país. Pero una burocracia, anterior a la stalinista, salvó a la burguesía: la de la socialdemocracia alemana encabezada por Friedrich Ebert. Personaje a quién Carl Schorske, el gran historiador de la socialdemocracia, bautizó “el Stalin de la socialdemocracia”, aunque hasta hoy presta su ilustre nombre a una tradicional fundación promotora de los “valores democráticos”. Claro que tampoco había en aquel país un partido como el bolchevique. Los grandes líderes revolucionarios como Rosa Luxemburg y Karl Liebknecht fueron masacrados a instancias de Ebert y aquellos “valores” de la democracia.

El aislamiento internacional producto de esta derrota fue un duro revés para la República de los Soviets. Meses antes había arrancado la guerra civil en Rusia con el levantamiento de la Legión Checoslovaca en mayo de 1918. Pronto los revolucionarios se verán enfrentados a 14 ejércitos imperialistas coaligados con las fuerzas contrarrevolucionarias de la vieja sociedad. Para la defensa de la revolución, los bolcheviques, con Trotsky a la cabeza, pondrán en pie un ejército de más de 5 millones de obreros y campesinos. La guerra civil se prolongará por más de treinta meses hasta que en noviembre de 1920 la derrota de las tropas al mando del barón Wrangel decidirá el resultado de la guerra a favor de los revolucionarios. Mientras tanto, la revolución alemana tendría nuevos capítulos. Ya creada la Internacional Comunista en 1919, uno de sus grandes partidos será justamente el alemán. En 1923 se abrirá un nuevo proceso revolucionario, cuya derrota marcará un punto de inflexión, no solo en Alemania sino también en Rusia. Será uno de los elementos que contribuya al fortalecimiento en la URSS de una burocracia que con los años se convertirá en casta gobernante y se valdrá del poder del Estado para conservar sus privilegios, dando lugar al fenómeno del stalinismo.

Lenin, que muere en 1924, había dedicado los últimos tiempos de su vida a la lucha contra esta burocracia que comenzaba a enquistarse en el Estado de los soviets y el partido bolchevique. Trotsky continuará esta pelea, con diversas alianzas a través de los años; su biografía va a quedar asociada a la lucha sin cuartel contra el stalinismo para recuperar el poder para los soviets en Rusia y extender la revolución a nivel internacional. Recuerda Christopher Hitchens que “Winston Churchill, en un ácido retrato de Grandes contemporáneos, describió a Trotsky, incluso en un exilio impotente, como el ‘ogro’ de la subversión internacional”. Se trataba –una vez más– de activar el “freno de emergencia”, como diría Walter Benjamin, para detener la marcha hacia el abismo de la barbarie capitalista. Finalmente la derrota del largo proceso de la revolución alemana que había comenzado allá por 1918 solo pudo llegar de la mano de Hitler en 1933. El triunfo de nuevas revoluciones hubiera podido ahorrarle a la humanidad la barbarie de Auschwitz y el gulag, y evitar la masacre a gran escala que tuvo lugar con la Segunda Guerra Mundial, pero el capitalismo, para desgracia de la humanidad, sobrevivió.

Ilustración: @marcoprile

De la caída del muro de Berlín a la caída del muro de Wall Street

La gran herejía de la República de los Soviets fue, nada más ni nada menos, que mostrar la posibilidad de otra historia y que no había ningún “interés general”, ni nada “natural” en que un puñado de capitalistas concentre la propiedad de los medios de producción y reproducción sociales, en que toda la sociedad tenga que estar organizada en función de sus ganancias, o en que la mayor parte de los pueblos del mundo estén oprimidos por un selecto grupo de potencias para que se puedan mover los engranajes del capitalismo “global”. Desde luego, cuando una verdad así se encarna en la historia, es difícil ocultarla. Tomó casi todo el resto del siglo XX. Fueron necesarios Hitler y Stalin, las bombas atómicas del imperialismo “democrático” norteamericano en Hiroshima y Nagasaki, los bombardeos masivos sobre la población civil en Dresde a la salida de la Segunda Guerra Mundial. También las diferentes burocracias que emularon al stalinismo en las revoluciones de posguerra, la derrota decenas y decenas de procesos revolucionarios, en las colonias y semicolonias, en los centros imperialistas, y de aquellas que se levantaron contra las burocracias al otro lado de la “Cortina de Hierro”. A su vez, frente a la lucha de clases en “Occidente” y especialmente en Europa, el capitalismo ensayó la idea un “Estado de bienestar” para aminorar el contraste, y en la periferia, ante las enormes luchas de los pueblo oprimidos, el llamado proceso de “descolonización” allanándose a la independencia formal de múltiples países para tratar de atemperar las rebeliones contra la dominación imperialista.

Difícil entender algo de todo esto sin dimensionar la relevancia histórica de la Revolución rusa. De allí la euforia que trajo la Restauración burguesa, con mayúscula, a partir de la última década del siglo pasado. Tiempos en que Francis Fukuyama decretara el “fin de la historia” (de la lucha de clases), que vino con “el fin” de la clase obrera, del trabajo, de las ideologías, de los Estados nacionales, etc., y el prefijo “post” despegará a la popularidad para designar todo, desde el “posmodernismo” hasta, como no podía ser de otra manera, el “posmarxismo”. Toneladas de propaganda se utilizaron para identificar al “comunismo” como proyecto emancipatorio con las dictaduras burocráticas parasitarias de los ex Estados obreros. La historiografía liberal-conservadora, Orlando Figes, Richard Pipes, Robert Service, etc., gastó ríos de tinta para darle entidad a ese planteo. Una vez “ordenada” nuevamente la historia y supuestamente exorcizada la herejía de la Revolución de Octubre, el capitalismo, en modo “neo” liberal, se sintió en condiciones –y ante la necesidad determinada por sus requerimientos de acumulación– de desmantelar los muros de contención del viejo “Estado de bienestar” y volver a ajustar las cadenas de los países de la periferia con el llamado “Consenso de Washington”.

Pero aquella euforia no era solo espiritual sino bien material. La restauración capitalista en aquellos Estados donde se había expropiado a la burguesía abrirá enormes espacios “nuevos” para la valorización del capital. A Rusia, ex segunda potencia mundial, le correspondió el desmantelamiento de buena parte de su industria y pasar a depender de las exportaciones de gas y petróleo. Pero el caso de China fue muy diferente. Se transformará en un motor central del capitalismo que explica buena parte del devenir de la economía mundial hasta hoy. A su vez, la incorporación de cientos de millones de nuevos trabajadores al mercado mundial con muy bajos salarios va posibilitar el avance sobre las condiciones de vida de la clase trabajadora a nivel global y el aumento de la plusvalía absoluta obtenida por el capital para contrarrestar la caída de su tasa de ganancia. La paradoja es que China debe su existencia actual a la unificación e independencia del país conquistada por la revolución de 1949 que expropió a la burguesía y avanzó en la planificación (burocrática) de la economía. Es decir, que solo gracias a haberse apropiado mediante la restauración capitalista de aquello que se generó en contra suya, la burguesía imperialista logró una de sus principales fuentes de desarrollo del último tiempo, basada en enormes niveles de explotación y precarización, que poco tienen que envidiarle a los de dos siglos atrás.

Todo este fin de la historia es el que está llegando, valga la redundancia, a su fin desde la caída del “muro de Wall Street” con la crisis de 2008. China pasó a ser parte de la disputa por los mercados internacionales. Los cientos de millones de trabajadores incorporados en su momento al mercado mundial para bajar los salarios ya no impiden la escasez de inversiones rentables. Estos límites cada vez más estrechos a la valorización del capital están en la base de los desequilibrios geopolíticos. La financiarización de la economía que oficia de válvula de escape llevó el estallido de la burbuja inmobiliaria en 2008, cuya “salida” fue inyectar más y más dinero para salvar a los bancos y las corporaciones. Como resultado tenemos un salto enorme en términos de desigualdad, a niveles comparables a los existentes durante las primeras décadas del siglo XX, que está en la base de los ciclos de revueltas que vienen atravesando gran parte del globo desde aquel entonces. La dinámica ecodestructiva del capitalismo tiene como uno de sus grandes símbolos en la actualidad a la pandemia del covid-19, y ha dado lugar a una situación completamente inédita para la humanidad: la tendencia hacia la descomposición de sus condiciones naturales de producción y reproducción. Por si faltaba una muestra de la crisis de la “globalización” capitalista, el llamado “gran atasco” de las cadenas de producción globales está allí para ratificarla.

Dicho esto, podemos volver a la pregunta inicial sobre la vigencia de la Revolución de Octubre.

La actualidad de una herejía contra el capitalismo

En contraste con todo este escenario del fin del “fin de la historia”, pareciera “más fácil imaginar el fin del mundo que el final del capitalismo”, como dijera alguna vez Fredric Jameson. Entonces ¿qué amerita seguir discutiendo la Revolución de Octubre pasado más de un siglo? O dicho de otra manera, ¿por qué el ataque al comunismo sigue siendo uno de los caballitos de batalla de la derecha que van desde Trump a Bolsonaro hasta personajes de reparto como Milei? En primer lugar, porque muestra –y nos recuerda– que no es “natural” que un puñado de milmillonarios que acumule la riqueza equivalente a la que posee la mitad de la humanidad; que vivamos en el “planeta de los slums” (villas miseria, favelas), como lo llamó Mike Davis, que alberga a alrededor de 1 de cada 6 habitantes del mundo; que el Mediterráneo se haya convertido de una gigantesca fosa común para migrantes que huyen de la guerra y la miseria; entre otras maravillosas postales de la “globalización” contemporánea.

Ahora bien, las grandes revoluciones –empezando por la Revolución rusa– que han logrado triunfar durante el siglo pasado, lo han hecho en países atrasados, semicoloniales o coloniales. Misteriosamente para el capitalismo que se ufana de ser la gran vía de “desarrollo”, solo dos países pasaron de aquella situación a estar entre las principales potencias mundiales en el siglo XX y lo que va del siglo XXI: Rusia y China, en los cuales casualmente hubo revoluciones que expropiaron los medios de producción a la burguesía. Sin embargo, el comunismo propiamente dicho no puede surgir dentro de los límites de los países atrasados, ya que no consiste en una mejor distribución de la escasez, que no hace más que reavivar la lucha por la subsistencia y el hobbesiano “todos contra todos” al que nos tiene acostumbrados el capitalismo. La burocracia que se erigió por sobre la clase trabajadora en aquellos procesos, en última instancia, fue hija de aquella lucha por la subsistencia producto del atraso y el aislamiento; por eso resaltábamos el especial entrelazamiento de los destinos de la Revolución rusa y la alemana. El siglo XX ya demostró la inviabilidad de la utopía reaccionaria del estalinismo de construir el “socialismo en un solo país”. Dicho esto, podemos preguntarnos: si bajo la bota de aquella burocracia la sustitución de la propiedad privada y de la anarquía capitalista por la propiedad estatal de los medios de producción y la planificación económica permitieron que la URSS pasara de ser un país capitalista atrasado con resabios semifeudales a convertirse en la segunda potencia mundial, cuán enormes son las posibilidades que se abrirían hoy para la construcción del comunismo si el aparato tecnológico y la enorme riqueza de países como Estados Unidos, Alemania o Japón fuesen tomados en sus manos por los trabajadores.

Y acá entra otro problema fundamental “naturalizado” por la burguesía: qué entendemos por “riqueza”. En el capitalismo la producción está organizada y tiene como fin no la satisfacción de las necesidades sociales, sino la ganancia. La misma surge del tiempo de trabajo no pago que le roba el capitalista al trabajador, de esa diferencia –“plusvalía”– entre el valor de la fuerza de trabajo y lo que esta efectivamente produce en determinada jornada laboral. Así, los avances actuales de la ciencia, de la tecnología y de la cooperación del trabajo que posibilitan producir lo mismo en menor tiempo, no se traducen en mayor tiempo de ocio, en una reducción progresiva del tiempo dedicado al trabajo como imposición, sino en crecientes fortunas de “milmillonarios” en un polo, y en el otro polo, en desocupación, subocupación y “masas marginales” por un lado, y sobreocupación, jornadas extenuantes y trabajadores “rotos” por el otro. Es que si bien la fuerza de trabajo para el capitalista es un “costo”, no puede prescindir de ella porque es su única fuente de ganancia genuina, y tampoco de la desocupación que le es indispensable para presionar a la baja de los salarios. Por eso, como señala Marx, el capitalismo pone al tiempo de trabajo como única medida y fuente de la riqueza.

Pero esta forma de medir la riqueza no es más que una imposición miserable que solo se sostiene por la persistencia del capitalismo. No hay nada “inevitable” en la apropiación por el capital del tiempo disponible en forma de plusvalía. Tampoco hay nada “natural” en la producción y el uso por parte del capital de una población excedente (desocupada) que ofrece tiempo de trabajo disponible como palanca para asegurar que la oferta y la demanda de fuerza de trabajo sean siempre favorables al capital. La alternativa a esto, como decía Marx, pasa porque la masa de trabajadores se apropie ella misma de su propio trabajo excedente, convertirlo en “tiempo libre”, en tiempo de ocio, una palabra que por obvias razones la “ética” del capitalismo siempre buscó degradar pero que incluye –y de hecho es lo único que hace posible–, entre otras cosas, el desarrollo de la cultura, la ciencia y el arte e incluso el propio ejercicio democrático de la política para las y los trabajadores. Y allí está para atestiguarlo la incomparable efervescencia en todos estos terrenos durante los primeros años de la Revolución rusa, la experimentación artística de todo tipo, las disputas entre vanguardistas y proletkultistas, el “soviet teatral”, los encendidos debates sobre la educación, sobre psicología, sobre ciencia, sobre derecho y todo tipo de debates que siguen despertando el interés hasta hoy. Todo esto, cabe agregar, en un país atrasado, que atravesaba una situación dificilísima, venía de la guerra mundial y estaba bajo el ataque de 14 ejércitos imperialistas.

Solo hace falta algo de imaginación histórica para proyectar una idea aproximada de la potencialidad para liberar las facultades creadoras del ser humano y conquistar una relación más armónica con la naturaleza que tendría esta otra forma de medir la riqueza por el tiempo de ocio y no por el tiempo de trabajo con el actual estado de la ciencia, de la tecnología y de las fuerzas productivas. Retomando la frase de Jameson, podríamos resumir nuestra respuesta al por qué seguir discutiendo la Revolución de Octubre 104 años después en pocas palabras: porque nos permite pensar el fin del capitalismo en lugar del fin del mundo. Esa es su gran herejía. Claro que solo se trata su aspecto más general, también dejó enormes conclusiones sobre el camino para hacerla realidad –que hemos abordado en otros lugares–, pero en tiempos donde los discursos neorreformistas, “populistas de izquierda”, “posneoliberales” no se cansan de apelar a la miseria de lo (im)posible –seguir con el capitalismo hasta el precipicio–, es un buen lugar por donde empezar.


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Matías Maiello

@MaielloMatias
Buenos Aires, 1979. Sociólogo y docente (UBA). Militante del Partido de los Trabajadores Socialistas (PTS). Coautor con Emilio Albamonte del libro Estrategia Socialista y Arte Militar (2017).
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