SUPLEMENTO

La muerte del artista en la era de los billonarios y la economía digital

Clara Mallo

La muerte del artista en la era de los billonarios y la economía digital

Clara Mallo

Reseña sobre "La muerte del artista. Cómo los creadores luchan por sobrevivir en la era de los billonarios y la tecnología" del ensayista y crítico William Deresiewicz.

El libro es una de esas novedades editoriales ineludibles para artistas, diseñadores, estudiantes de Bellas Artes y amantes del arte; pero no solo, también para todos aquellos que consumen música, cine, diseño, moda o arte visual a través de internet. Un ensayo publicado por Capitán Swing cuya traducción ha estado a cargo de Mercedes Vaquero Granados.

¿Hasta qué punto ha cambiado el arte y la figura del artista con la nueva era de la economía digital? Esta es la pregunta que vertebra el ensayo. El objetivo del autor, como desvela, no es otro que tratar de “describir los cambios de la era digital que afectan a la producción artística y al Arte en mayúsculas y conocer hasta qué punto estos implican cambios profundos en el mundo del Arte”.

Artesano, bohemio y profesional, así son los tres paradigmas de artista que ha dado la Historia, tres paradigmas perfectamente definidos en este trabajo, que, como señala el autor, se encuentran sujetos o arraigados en “tres sistemas de apoyo económico”. Cada uno de estos paradigmas descritos minuciosamente en el libro implicaba sus propios tipos de formación, de público, sus modos de exposición, publicación y actuación; también su propia comprensión del arte y sobre su papel en la sociedad. Por supuesto, no son etapas perfectamente separadas: “hubo superposición entre los diferentes paradigmas, transiciones largas.” La pregunta que trata de responder Deresiewicz es si hoy podemos estar presenciando el surgimiento de un nuevo paradigma de artista.

Ese arraigo a los sistemas económicos que señala el autor hace que este libro no hable solo de arte, sino también de dinero, de mercado, de contratos, de derechos de autor, de canales de venta y distribución, de royalties, de tasas en estudios artísticos superiores, de los precios de alquiler, de la precariedad... Quizá algún posible lector ya se esté llevando las manos a la cabeza. ¡¿Un libro de Arte que habla de dinero?! Pero el autor no engaña, o mejor dicho advierte: “Este es un libro sobre arte y dinero, sobre la conexión entre ambos y sobre cómo esa relación está cambiando y transformando a su vez el arte. Es un libro sobre cómo los artistas (…) se ganan la vida, o lo intentan, en la economía del siglo XXI.”

Quizá esta pregunta indiscreta comenzó a rondar la mente de Deresiewicz cuando se dió cuenta de la existencia de dos relatos absolutamente opuestos. Llama la atención que, en el mundo del arte –incluyendo en este concepto la música, el cine y todo lo audiovisual–, existen dos relatos contrapuestos sobre cómo ganarse la vida como artista en la era digital: “uno viene directamente de Silicon Valley y es el que predica que nunca ha existido mejor momento para ser artista; el otro, el de los artistas que plantean que cada vez es más difícil crear arte (y vivir de ello) en la era digital, o al menos ser sostenible para los artistas.”

El crítico adelanta: “me inclino a creer en la (versión) de los artistas”. Pero como no se trata de una cuestión de fe, precisamente el objetivo de este trabajo es describir los cambios de la era digital que afectan a la producción artística y conocer hasta qué punto estos implican cambios profundos en el mundo del arte.

Y aquí Deresiewicz entra en materia. A través de cantidad de experiencias de artistas, músicos, escritores a los que ha entrevistado, el ensayista desmonta el mito o narrativa tecnoutópica que pareciera salir de los despachos de Google, Youtube o TikTok. Advierte que la gran mayoría de artistas, incluso los que trabajan toda su vida y viven del arte, no se hacen ni ricos ni famosos, es más, tienen una vida marcada por la precariedad. Existe un sesgo de selección que solo nos muestra los artistas de éxito, un minúsculo porcentaje de aquellos que se dedican al arte.

Resuelto el falso mito, Deresiewicz sigue analizando la situación actual del arte, los artistas y su relación con el mercado. Para ello, analiza el “panorama general” y la “nueva coyuntura” llegando a la conclusión de que, dada la profundización de la tendencia hacia la precariedad en el capitalismo y cómo esta se ha generalizado, afectando a cada vez más sectores sociales, el artista de “clase media” –entrecomillado por el autor– está desapareciendo. O dicho de otro modo: “la mayoría de artistas son incapaces de ganarse la vida a nivel de clase media”.

El autor apunta a que hay algunos hechos que han llevado a esta paupérrima situación financiera del artista del siglo XXI. Lo que llama la desmonetización del contenido que ha supuesto la era de internet, el arte visual y performativo, la música, el cine... Todo es intercambiado a través de Internet sin coste alguno para quien lo consume. Otro de los hechos será lo que define como “declive de la industria cultural”. Industria cultural entendida como los instituciones con o sin ánimo de lucro que producen o venden el arte que realizan los artistas. Según el autor, esta industria se rige por una diversificación de riesgos, nadie quiere perder dinero, por lo que la apuesta por artistas o la promoción es cada vez menor.

En toda esta “nueva coyuntura” el autor no solo ve aspectos negativos. También enumera algunos aspectos que para él pueden ser buenas noticias para los artistas en la era digital. Internet permite un acceso directo al público, y esto supone la posibilidad de eludir a los mediadores o los filtros que hay en el mundo del arte, esto a su vez abre la puerta a los artistas para el micromecenazgo o crowdfunding, que como el autor advierte, no es la panacea.

El autor además pone en cuestión la idea de democratización y diversificación de las artes que supuestamente ha traído la era de Internet. Tras mostrar algunos fragmentos de entrevistas concluye que la “mayor ventaja para un artista es el dinero”. Muchos de sus artistas entrevistados coinciden en que la mayoría de los que llegan a tener éxito provienen de familias adineradas. La propia red de apoyo que permite arriesgar, así como una educación en la que el eje artístico tenga peso, solo está al alcance de unos pocos. Esto no es ningún secreto y rompe con la supuesta democratización del arte.

Tanto la idea de la democratización que el propio Deresiewicz pone en cuestión, como todos aquellos aspectos que enumera como positivos, encajan perfectamente con la visión meritocrática del capitalismo, aquella idea perversa en la que todos tenemos las mismas oportunidades, y dependiendo del esfuerzo que estemos dispuestos a hacer conseguiremos un mayor o menor éxito en nuestros objetivos. Esta idea quizá en el mundo del arte está mucho más presente que en otros ámbitos.

El artista y sus distintos paradigmas

Vista la nueva coyuntura, que podríamos definir como de gran precariedad para el artista, y perversa en cierto modo, Deresiewicz avanza en desarrollar la idea de artista, aquel del cual predice su muerte. Para conocer al artista de hoy también es interesante conocer al artista del pasado. Así que el libro hace un recorrido por parte de la Historia del Arte y las distintas ideas de artistas que se han ido configurando. Un repaso marcado por la idea de la que partió el libro: “el arte está determinado por el dinero, por las disposiciones materiales bajo las cuales se produce; en un lenguaje más claro por la forma en la que se paga a los artistas.”

La cuestión de qué es el arte y para qué sirve ha cambiado a lo largo de la historia, y también quién es el artista. Estas ideas han sufrido profundas transformaciones a lo largo de la Historia acompañando a los cambios sociales y políticos. En el Renacimiento comenzó a modificarse el patrón general del arte. Es en este momento cuando el arte dejó de ser algo exclusivamente religioso y los artistas anónimos. Sin embargo, la creatividad seguía siendo algo divino, no adquirido y la imitación era el criterio esencial del arte. El mecenazgo era el principal medio de promoción artística, sujeto a la nobleza y clero y esto hacía que el arte no fuera un canal de crítica social. El artista sale del anonimato en este momento, es el momento en que Vasari publica Las vidas de los más excelentes artistas, pero pasarán varios siglos hasta que el artista se encumbre como profeta, héroe y revolucionario.

Como apunta el autor: “Esta evolución no cayó en el vacío. La aparición del arte y de los artistas fueron componentes de la transformación que llamamos modernidad”. Algo que acompañó también el desarrollo del capitalismo. En este contexto, el arte y los artistas siempre encerraron una paradoja: “Por un lado el Arte nació como rechazo a los principios del mercado. El arte estaba por encima del comercio y sus consideraciones vulgares. En un mundo en el que todo se valoraba por su precio y se juzgaba por su utilidad, el arte era inestimable”. Así, los artistas estaban por encima del dinero y sus compromisos. “En un mundo que pasaba a ser dominado por otro tipo de hombre, el burgués, el artista evolucionaba hacia su antagonista y opuesto: el bohemio.”

Sin embargo, lejos de toda la visión idealista, el autor advierte que fue el propio capitalismo el que permitió la emergencia del arte, tal y como lo concebimos hoy. Esto ocurrió al liberarlo del mecenazgo, al permitir al artista liberarse del control económico directo de las antiguas clases dominantes y vender su obra directamente al público a través de gremios, academias, talleres o marchantes “lo que significaba, en la práctica, venderlo a la creciente clase media, ese público progresista y educado que haría del arte una religión.”

Pero, lejos de toda idealización, esta liberación del artista que permitió el acceso al mercado no supuso para este una absoluta liberación. Desde el comienzo de este desarrollo, al mismo tiempo que el artista se eleva como profeta, vemos como su imagen queda vinculada a la de la pobreza. Fuera del control de los gremios y la academia todo se liberaliza. He aquí a paradoja: “(El Arte) no podía vivir con el capitalismo, y no podía vivir sin él. El mercado liberó a los artistas de la Iglesia y del señor, pero solo para arrojarlos al mercado.”

Este es el prolongado tránsito que Deresiewicz define como el cambio de paradigma del artesano al bohemio y que encierra esa gran paradoja que hoy podría hacer llevar las manos a la cabeza a aquellos que ven el arte como como algo autónomo, como una esfera elevada fuera de las leyes de toda realidad, y de la realidad capitalista.

El boom de la posguerra, según Deresiewicz fue otro de los momentos que empujaron a un nuevo cambio de paradigma, los treinta gloriosos propiciaron la primera clase media masiva del mundo, con tiempo libre, ingresos disponibles y aspiraciones de “mejora”. El arte se convirtió en un bien público. Es la época en que se gestó el Estado del bienestar y se fundaron los grandes museos bajo la promoción de los estados. Todo esto se profundizó bajo el neoliberalismo, el arte se institucionalizó y el artista pasó a estar necesariamente vinculado a las instituciones. Los premios y las becas eran la vía para la supervivencia.

He aquí un nuevo paradigma de artista para Deresiewicz, quien plantea que en el nuevo marco se produce una profesionalización de los artistas. Un profesionalismo, que, para él, es una suerte de compromiso. Algo a medio camino entre la vocación y un trabajo. Algo a medio camino entre abstenerse del mercado y estar inmerso en él. En este momento, el artista no lidia directamente con las fuerzas financieras –aunque depende ellas– sino que lo hace su galerista o la universidad para la que trabaja.

En la posguerra se pasa del comercialismo a la institucionalización del arte. Esto el autor advierte que tiene sus virtudes, pero también sus vicios. Un ejemplo ilustrativo: asistir a la escuela de arte te convierte en un estudiante, es decir en un dócil y obediente sujeto. Otro ejemplo: “Cuando uno trabaja en una universidad, aprende a ser un académico, a adaptarse y a seguir adelante. Y si bien el afán de lucro corrompe, la protección frente al mercado engendra su propia corrupción, aunque sea menos obvia.” Uno de los objetivos de la institucionalización es el control, esto se consigue por distintas vías. Una como advierte el autor: la limitación de acceso a un determinado campo y, por tanto, aumentar el poder adquisitivo de los especialistas en el mismo. Se empezó a configurar en este momento una suerte de artistas de “clase media” que empezaban a llevar una vida de clase media, un estatus de clase media, y “como era de esperar, también pasaron a mostrar valores de clase media.”

¿Un nuevo paradigma de artista?

Artesano, bohemio y profesional, estos son los tres paradigmas de artista que ha dado la Historia y como señala el autor, se encuentran sujetos o arraigados en “tres sistemas de apoyo económico”. Intuimos en la lectura que el bohemio surge con la liberalización económica del capitalismo y el profesional con la institucionalización de campos como la cultura propia de la época neoliberal. Esto son periodos y etapas que, sin duda, más allá de la terminología que utilicemos para definir al artista, causaron cambios profundos en la producción artística y en la figura del artista. Llegado a este punto y tras conocer todos los cambios que han generado un impacto en el mundo cultural, Deresiewicz se pregunta si no estamos ante un nuevo paradigma de artista.

Para el autor el modelo profesional está en declive, ya que las instituciones que lo ha sustentado se reducen o desaparecen. Está surgiendo un nuevo paradigma, aún por definir, pero sobre el que el autor adelanta algunas pinceladas. Aunque advierte que las predicciones son casi siempre erróneas. “Lo que ofrezco es un conjunto de observaciones, por necesidad provisionales, sobre las características que el arte y el artista, parecen estar asumiendo en nuestros días.” Este nuevo paradigma queda desarrollado a lo largo de los últimos capítulos.

La advertencia a la que aludíamos anteriormente no es menor. Tras ver las definiciones del nuevo paradigma surgen grandes interrogantes. Hablar no solo de cambios –que los hay y se encuentran extensamente desarrollados a lo largo de este ensayo–, sino además de un nuevo paradigma de artista, implicaría que estamos viviendo profundos cambios en la estructura económica y social, y nos llevaría inevitablemente a pensar que estamos viviendo una nueva etapa. ¿Pero de qué calado? ¿Hasta qué punto ha cambiado el capitalismo en su estructura y bases con la nueva era de la economía digital? ¿Y hasta qué punto estos cambios han afectado en la figura del artista? Todas estas preguntas surgen de la lectura de este ensayo.

Es innegable que ha habido importantes cambios en los últimos años. La crisis de 2008 profundizó aquella tendencia a la precarización presente en el capitalismo y exacerbada en la época neoliberal. Esa precarización que afecta a millones de personas, incluidos los artistas y que les aleja de ese ideal de “artista de clase media”. Estamos ante la profundización de una tendencia que viene desarrollándose desde hace varias décadas y ante la cual hoy encontramos las peores consecuencias. Las consecuencias de la crisis capitalista iniciada en 2008, que el capitalismo aún no ha logrado superar, también trajeron consigo un desprestigio enorme de la ideología del neoliberalismo en particular, y del capitalismo en general. Lo que Perry Anderson definió como “la ideología más exitosa de la historia mundial” hoy está puesta en tela de juicio por amplios sectores. Es inevitable entrever en este ensayo este descontento y este rechazo a un modelo económico y social que empuja a la precariedad a millones de personas en el mundo, incluidos los artistas.


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Clara Mallo

Madrid | @ClaraMallo
Nació en Zaragoza en 1989. Historiadora del Arte y Máster en Cultura Contemporánea: Literatura, Instituciones Artísticas y Comunicación Cultural por la Universidad Complutense de Madrid. Escribe sobre cultura y sociedad en Izquierda Diario.
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