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La política de Bolsonaro y Biden para la crisis social en Cuba

La derecha proimperialista en América Latina busca aprovechar la crisis cubana para sus propios fines.

Miércoles 14 de julio | 19:58

La derecha proimperialista en América Latina busca aprovechar la crisis cubana para sus propios fines. Este fue el caso de Jair Bolsonaro, quien buscó apropiarse demagógicamente unas protestas que en su mayoría combatían ataques económicos similares a los aplicados por su gobierno de extrema derecha en Brasil. Bolsonaro dijo que "quiere la libertad en Cuba" y expresó "apoyo y solidaridad con el pueblo cubano". Siguió de cerca el discurso del imperialista Joe Biden, presidente de Estados Unidos, quien hipócritamente afirmó que está “con el pueblo cubano y su claro llamado a la libertad”.

Como durante los atentados terroristas del Estado asesino de Israel contra los palestinos en la Franja de Gaza, o durante la represión del gobierno de Iván Duque contra la rebelión masiva en Colombia, Biden y Bolsonaro se unen como buenos aliados para transmitir sus anhelos “democráticos” golpistas (algo que torna ridícula la idea de Biden como un “mal menor” frente a Trump -idea que la izquierda brasileña alimentó en gran medida). De hecho, toda la crítica situación en Cuba está configurada, en gran medida, por el criminal embargo mantenido desde los años sesenta por Estados Unidos.

Lo cierto es que las demandas centrales de las protestas en La Habana se dirigieron contra los ajustes antiobreros y antipopulares de la burocracia estalinista del Partido Comunista de Cuba, encabezada hoy por Miguel Díaz-Canel: contra la escasez de insumos, los altos precios de los alimentos y los cortes de luz en medio de la crisis sanitaria provocada por el coronavirus. Estos reclamos legítimos se hacen mientras Cuba atraviesa el peor momento de la pandemia, con reportes de centros de salud colapsados, falta de medicamentos y otros productos esenciales. Recordando que en el Brasil de Bolsonaro, Mourão y sus militares, el gobierno tuvo una administración catastrófica de la pandemia, superando con creces los 500 mil muertos, una de las peores situaciones sanitarias del mundo.

En este contexto, también se expresaron consignas como "Patria y Vida" o "Libertad", impulsadas por sectores de derecha que son funcionales a una política de mayor apertura económica y reformas pro mercado. A partir de las reformas liberalizadoras impulsadas por Raúl Castro desde 2010. Reformas que permitieron a sectores con acceso al dólar hacer negocios y explotar mano de obra, aunque de forma controlada y limitada por el Estado. Esos sectores de derecha no tienen relación con los manifestantes que plantean demandas legítimas por la defensa de sus derechos sociales.

Las declaraciones de Bolsonaro responden a demandas internas y externas. Desde el punto de vista geopolítico, responde a las demandas de Washington, que realizó una inusual visita a Brasil a través del jefe de la CIA, William Burns. El director de la agencia de espionaje estadounidense, famoso por apoyar todos los golpes militares en Sudamérica durante las décadas de 1960 y 1970 -con el objetivo de frenar la influencia de la Revolución Cubana de 1959- llegó para encuadrar a Bolsonaro en las condiciones de permanencia en el cargo hasta 2022, incluyendo no solo la continuación de los ajustes económicos y las privatizaciones, sino también la lealtad a la agenda imperialista.

El antagonismo a los planes de la burocracia china, como la entrada de la tecnología 5G en Brasil, y las provocaciones a Venezuela, regidas por el autoritarismo bonapartista de Nicolás Maduro, fueron temas de conversación. También fue importante alinear a Bolsonaro con los ataques contra la población cubana, el apoyo al embargo criminal de Estados Unidos contra la isla y la campaña por la “libertad”, que en el caso de la retórica imperialista en Cuba siempre ha estado ligada a la restauración de la miseria capitalista para hundir lo que queda del legado erosionado de la Revolución, desgastado por la burocracia castrista.

Además de lamer las botas del imperialismo norteamericano, antes de Trump y ahora de Biden, Bolsonaro agita el fantasma del "comunismo" y su propia figura como la que impediría que Brasil adopte los regímenes de Cuba y Venezuela. Con el mismo espléndido aplomo del capitalismo neoliberal, oculta que ni Venezuela (que no pasó por ninguna revolución y fue dirigida por el chavismo, un fenómeno nacionalista burgués con tintes autoritarios, con militares involucrados en la corrupción al igual que en Brasil) ni Cuba (cuya burocracia castrista bloqueó la dinámica internacional de la Revolución Cubana y actuó para debilitar todas las bases de esas conquistas sociales expropiadas a la lucha de los obreros y campesinos cubanos) tienen nada que ver con el comunismo. Sobre todo, su cinismo hace creer que Lula y el PT, que gobernaron el capitalismo brasileño durante 13 años en alianza con la Casa Blanca, representarían algún peligro para los intereses de Washington.

Ni Biden ni Bolsonaro se preocupan por las penosas condiciones de vida de la población trabajadora en Cuba, y mucho menos por la situación de los presos políticos en las manifestaciones durante la represión de la burocracia del Partido Comunista Cubano (como Frank García Hernández, Marco Antonio Pérez y Maikel González, todos defensores del socialismo, a los que hay que saber diferenciar claramente de los "manifestantes" proimperialistas, en el marco del rechazo a la represión estatal). Por el contrario, entre bambalinas, están en agradecido acuerdo con las reformas pro-capitalistas que Díaz-Canel y el Ejército cubano están llevando a cabo, que implican la eliminación del peso cubano convertible (CUC) y una devaluación del 2400% de la moneda nacional, la reducción general de los subsidios, con la eliminación directa de los subsidios juzgados "innecesarios" por el gobierno, así como el fin de la participación estatal mayoritaria obligatoria en sectores clave de la economía.

El gobierno cubano, por su parte, ha utilizado esta instrumentalización política de la derecha para justificar la represión y un discurso que criminaliza las protestas, sin dar respuesta a las agónicas demandas de millones de cubanos. Díaz-Canel denunció la participación de Estados Unidos en "acciones desestabilizadoras", equiparando las demandas legítimas de las movilizaciones con la política repugnante de Estados Unidos y sus aliados como Bolsonaro. La respuesta fue la detención y la represión contra quienes se manifestaban, independientemente de sus banderas, buscando silenciar el descontento.

Las declaraciones de Bolsonaro son reprobables, tanto por su política reaccionaria como por su colaboración con el criminal bloqueo estadounidense contra Cuba. Batallar contra las provocaciones del imperialismo y la derecha latinoamericana es un deber de todos los pueblos de la región. Sin embargo, no se puede ser consecuentemente antiimperialista sin enfrentarse a la burocracia reaccionaria castrista que hace todo lo posible por restaurar el capitalismo en Cuba. Miguel Díaz-Canel dice en el diario oficial Granma que "él defiende la revolución por encima de todo". Una hipocresía descarada, ya que actúa aprovechando la pandemia para adelantar medidas que faciliten la destrucción de las conquistas que quedan de la Revolución Cubana.

La burocracia del Partido Comunista de Cuba es totalmente impotente para hacer frente a las amenazas de Biden, Bolsonaro y toda la derecha regional. Defiende sus propios privilegios de casta, buscando que en una eventual restauración completa del capitalismo en la isla, los funcionarios de la camarilla estatal sean los beneficiarios directos. Este es el camino que siguieron las burocracias estalinistas en Rusia, China y Europa del Este después de llevar a cabo la restauración capitalista y convertirse en nuevos empresarios sobre la base de la apropiarse de los activos nacionalizados. Los estalinistas brasileños como el PCB y la UP, instrumentalizan la batalla correcta contra el imperialismo y la derecha para la defensa reaccionaria de esta casta parasitaria que reprime las manifestaciones legítimas contra los ajustes a los trabajadores. Son una vergüenza, digna de la política de adaptación a la burguesía "institucional bonapartista" que hoy se opone a Bolsonaro.

Tampoco estamos de acuerdo con las posiciones de sectores como el MES / PSOL, que si bien defienden correctamente la legitimidad de las manifestaciones, lo hacen como amistosos asesores de la burocracia castrista. El PSTU, que considera que el capitalismo ya ha sido completamente restaurado en Cuba (abandonando la defensa de lo que queda de las conquistas sociales de 1959), no puede combatir consecuentemente al gobierno de Díaz-Canel, y propone una especie de "revolución de color" [1] que da cabida a los intentos restauracionistas de la burguesía "gusana" instalada en Miami. La LIT / PSTU ya debería saber, por su catastrófica política de "revoluciones democráticas" de los procesos de desestalinización de 1989, que su camino conduce a la restauración capitalista, abandonando el legado programático de la revolución política de Trotsky, e ignorando los riesgos que presentan los sectores de la derecha.

No ignoramos que en las complejas contradicciones de la crisis cubana hay sectores proimperialistas y restauracionistas, contra los que combatimos duramente. Justamente por eso, una salida de fondo sólo es posible a través de una nueva intervención revolucionaria de las masas, política y social, que frene el rumbo restauracionista, derroque a la burocracia castrista y acabe con su régimen de partido único, conquistando la libertad política para todos los partidos que defiendan las conquistas de 1959. Sobre esta base es necesario imponer un verdadero gobierno obrero y popular basado en la autoorganización de las masas y en la democracia obrera, donde haya plena libertad de organización sindical y donde los trabajadores urbanos y rurales puedan democráticamente planificar la economía, revocando todas las concesiones que el PC cubano hizo a los capitalistas.

Una dinámica similar debería expandirse internacionalmente para que no vuelva a caer en el callejón sin salida del estalinismo y su concepción utópica y reaccionaria del socialismo en un solo país (o en una sola isla). Eso es lo que más teme Bolsonaro, y eso es lo que acabaría con su demagogia en apoyo a las manifestaciones en Cuba. La lucha contra el imperialismo y sus lacayos en América Latina tendría un enorme apoyo con la autoorganización revolucionaria de las masas cubanas, expulsando a la derecha golpista de sus manifestaciones y derrotando los ajustes de la burocracia estatal. Sería otro ingrediente explosivo en el polvorín que es América Latina.



[1En alusión a la serie de movilizaciones producidas en la primera década de este siglo en varios países de la antigua periferia de la ex-URSS, caracterizadas por su orientación democrático-liberal y alentadas por el imperialismo norteamericano (NdeT).





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