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La universidad de clases excluye cada vez más a la clase obrera de la formación universitaria

Una reciente investigación desvela que tan sólo uno de cada cuatro estudiantes concilia el trabajo con los estudios y uno de cada diez estudiantes procede de familias con estudios y rentas bajas. Las políticas neoliberales -aplicadas también por la izquierda neorreformista- y las sucesivas crisis inherentes al sistema capitalista han agravado en los últimos años la tendencia de restricción de acceso de la clase trabajadora a la universidad pública.

Natalia Lago

Lunes 13 de junio
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El Estudio de la Xarxa Vives d´Universitats, realizado entre más del 50 mil estudiantes en 20 universidades públicas de Valencia, Baleares y Catalunya, desvela que el 58% de los estudiantes de grado universitario pertenecen a familias con un nivel adquisitivo alto, y el 32% a familias de nivel adquisitivo medio, componiendo los hijos de la clase trabajadora tan sólo un 10%.

De manera prácticamente similar ocurre con la composición del estudiantado de los máster. También, mientras que 36,1% de la población, según el INE 2021, tiene un nivel bajo de formación, en la universidad pública sólo hay un 18,8% de estudiantes cuyos progenitores tiene un bajo nivel formativo. Aquí, la relación entre el nivel de formación y la clase social es evidente. El acceso universitario está reservado a los hijos de personas que en su momento ya pudieron acceder a la educación universitaria -es decir, personas con nivel adquisitivo medio y alto-, y en última instancia, restringe el acceso de la clase trabajadora a la universidad, rompiendo así con el mito burgués sobre la igualdad de oportunidades que supuestamente brinda lo público en el sistema capitalista.

Miremos más de cerca los resultados del estudio. Según estos datos, los progenitores son los máximos financiadores de los gastos globales del grado o máster, mientras las becas y el trabajo componen solo un 17% de los ingresos para pagar la carrera. Los estudiantes de clase trabajadora cuyas familias no les pueden pagar el grado universitario, si quieren estudiar una carrera deben trabajar o acudir a una beca para financiarla. Becas que, en efecto, son una miseria y perpetúan la exclusión de la clase trabajadora de la llamada educación superior.

Esto, de la mano de las tasas abusivas de los grados y másteres, y la precariedad laboral de la juventud deriva en -como bien ilustra el estudio- que en la universidad haya en su mayoría estudiantes cuyas familias pueden financiarles los estudios. Así, el 51% de les estudiantes se dedican exclusivamente a la formación universitaria, y tan sólo un 26% concilian de manera continuada el trabajo con el estudio.

La posibilidad de asistencia a clase viene determinada por poder dedicar el tiempo enteramente al estudio o tener que conciliar con un empleo, y es un factor decisivo sobre la calidad del aprendizaje para el estudiante, así como su desempeño en términos de aprobar o suspender, que en última instancia tiene consecuencias económicas: tener que pagar una segunda tasa que duplica el precio de la primera.

Esta tendencia viene acentuada con el plan Bolonia, que impone la evaluación continua, evaluando las prácticas semanales y asistencia a clase, y dificulta aún más la compaginación de trabajo y estudio. Si eres de clase trabajadora es muy probable que tengas que trabajar para financiar una educación superior poder asistir menos a clase, lo cual implica una nota menor y una mayor posibilidad de suspender y pagar al próximo curso una tasa más alta. Mientras, los estudiantes de clase alta un porcentaje mucho mayor de dedicación completa a los estudios; así lo evidencian los resultados de la investigación.

La ofensiva neoliberal iniciada en los 90 era una reacción a la oleada de protestas en los años 70 (como mayo del 68), pues no se trataban de denuncias parciales, sino de un profundo cuestionamiento del capitalismo, aunque falto de un partido revolucionario que ejerciera de vanguardia cristalizadora de la transformación. La derrota dio paso a una restauración burguesa y a la pérdida de derechos, a ataques a los trabajadores y a la gestión empresarial de los servicios públicos que a día de hoy sigue sufriendo la clase trabajadora.

Las políticas neoliberales del PSOE, Podemos y el Partido Comunista continúan materializando esta tendencia e inciden sobre la progresiva exclusión de la clase trabajadora de la educación universitaria. La LOSU, aplicada por el exministro de Podemos, mantiene la subida de precio de las tasas y la insuficiencia de las becas, y facilita aún más el gobierno de empresas multinacionales sobre las universidades públicas.

Esta ley mantiene también el Plan Bolonia; una reconversión industrial aplicada al ámbito concreto de la educación universitaria que incide aún más sobre la dificultad de conciliar trabajo y educación superior. La precarización de la juventud y de la clase trabajadora en su conjunto, como parte también de la ofensiva neoliberal y del imperante neorreformismo, se afianza con la reforma laboral de Yolanda Díaz, que reactualiza la del Partido Popular de 2012; un factor que incuestionablemente determina el acceso a la universidad.

No obstante, más allá de la expulsión de los hijos de la clase trabajadora de los estudios universitarios -que implica que la producción y reproducción de conocimiento se salvaguarda para la clase explotadora y la casta burócrata-, la universidad pública es una institución burguesa al servicio del capital. La intromisión y gobernanza de las empresas sobre los presupuestos, qué compone el plan de estudios y qué se investiga pone el conocimiento y los estudiantes al servicio de la rentabilidad del mercado, y no de las necesidades de la clase trabajadora y los sectores oprimidos, mismo tiempo que disciplina a los y las futuros -si no presentes- trabajadores en la productividad.

Las propias pruebas de acceso imprimen ya este carácter alienante -con serios efectos sobre la salud mental- y segregador; funcionan como una primera criba de les hijes de la clase obrera: quienes tienen que conciliar con trabajo, cuidar de sus hermanos pequeños por imposibilidad de los progenitores por cuestión laboral, quienes no pueden pagar academias ni clases particulares y vayan a la escuela pública, o quienes no pueden pagar las tasas de la selectividad y del grado.

El Estudio de la Xarxa Vives d´Universitats aporta datos relevantes que evidencian carácter segregador de la universidad del capital y pone sobre la mesa, una vez más, la necesidad de una denuncia que vaya más allá de cuestiones corporativas como la gratuidad de los estudios universitarios o de la expulsión de las empresas del gobierno de la universidad (que por supuesto también), pues mientras haya explotadores y explotados el acceso al conocimiento continuará siendo desigual.

Por ello, es imprescindible retomar dos importantes tradiciones del mayo francés: llevar a cabo un cuestionamiento radical del sistema capitalista y retomar la unión de las luchas; es decir, la alianza de los estudiantes con la clase trabajadora y los sectores oprimidos, combatiendo en la calle de la mano de quienes son explotados por esa misma clase capitalista y pasando de la crítica de la universidad de clases a la crítica de la sociedad de clases.


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