SUPLEMENTO

“Las necesidades artificiales están destruyendo el planeta”

ENTREVISTA A RAZMIG KEUCHEYAN

“Las necesidades artificiales están destruyendo el planeta”

Josefina L. Martínez

Entrevista con el sociólogo Razmig Keucheyan a propósito de su libro "Las necesidades artificiales" (Akal, 2021).

En septiembre de 2021 se publicó en España el libro del sociólogo Razmig Keucheyan Las necesidades artificiales. ¿Cómo salir del consumismo? (Akal). Keucheyan es profesor de sociología en la Universidad de Bordeaux, Francia. Entre sus últimos libros se encuentra La naturaleza es un campo de batalla. Ensayo de ecología política (2016) y Hemisferio izquierda. Una cartografía de los nuevos pensamientos críticos (2013).

Su libro plantea algunos interrogantes interesantes, en un momento en que la crisis medioambiental atraviesa gran parte de los debates de la izquierda y los movimientos sociales. Aunque se publicó originalmente en francés en septiembre 2019, antes de la pandemia, propone algunas reflexiones sobre la dinámica capitalista que esta crisis ha puesto aún más a la vista. El autor retoma el hilo de autores marxistas y de la izquierda radical que pusieron el foco en la cuestión del consumismo en el capitalismo. Este moldea la vida cotidiana de grandes franjas de la población a través de la publicidad, el crédito y la obsolescencia programada, en especial en los países mas ricos. En este sentido, Keucheyan se refiere a la creación de “necesidades artificiales” por el capital. Pero ¿cómo establecer democráticamente cuáles de esas necesidades son artificiales y cuáles son “auténticas”, más allá de las necesidades esenciales para la vida? Esta es una de las preguntas que guía su reflexión.

Sin compartir la visión estratégica del autor acerca de la posibilidad de una superación gradual del capitalismo, muchas de las cuestiones señaladas en el libro me resultaron sugerentes para pensar la relación entre consumo, producción y reproducción en el capitalismo actual. Quizás una de las cuestiones más interesantes es la que apunta a la coordinación para la lucha entre el movimiento obrero y los movimientos ecologistas, en una perspectiva que cuestione la propiedad privada. Un tema de enorme actualidad y urgencia. Partiendo de estas ideas, entrevisté al autor, quien amablemente respondió estas preguntas desde Burdeos, Francia, en los primeros días de diciembre.

En tu libro te refieres a la paradoja de las necesidades en el capitalismo. ¿Puedes explicarlo y darnos un ejemplo actual?

El capitalismo satisface muchas necesidades, pero su misma satisfacción conduce a la aparición de necesidades siempre nuevas. Más concretamente, promete satisfacción, pero a la larga proporciona una eterna insatisfacción al consumidor. Todos hemos experimentado este fenómeno en cierta medida: la compra no apacigua la necesidad de comprar, o sólo la apacigua durante un corto periodo de tiempo. Se desencadena una nueva necesidad de comprar. La publicidad y la "financiarización de la vida cotidiana", es decir, vivir a crédito, son dos de las principales causas de esta tendencia.

Por otra parte, es evidente que existen enormes desigualdades en cuanto a la satisfacción de las necesidades. En el capitalismo, la satisfacción de las necesidades depende del poder adquisitivo. Sin dinero, algunas de las necesidades más básicas simplemente no serán satisfechas, o lo serán mediante servicios públicos. Por lo tanto, una de las paradojas de las necesidades en el capitalismo es que, por falta de dinero, muchas necesidades esenciales de las personas de todo el mundo no se satisfacen, mientras que las personas que pueden permitírselo son capaces de satisfacer necesidades "artificiales" mediante el consumismo. Esto es absurdo. La única manera de salir de esta contradicción es desconectar la satisfacción de las necesidades de la lógica del dinero y de los mercados. Esto es urgente, ya que la proliferación de necesidades "artificiales" también está destruyendo el planeta, porque lleva a producir y consumir demasiadas cosas.

Las tendencias ecodestructivas del capitalismo plantean una paradoja adicional, la experiencia de la privación sobre lo que antes se consideraba como algo dado para siempre. Los bosques, el agua limpia, el aire respirable... Como resultado de esta privación, ¿surgen nuevas resistencias?

La privación es un concepto que tomo prestado del gran psiquiatra británico del siglo XX Donald Winnicott (1896-1971). Se interesaba por los casos de trastornos mentales entre los niños que tenían su origen en una necesidad antes satisfecha que ya no lo estaba: casos de privación, como él los llamaba. Cuando los padres se divorcian, por ejemplo, el niño ya no disfruta de un entorno emocional estable, pero el recuerdo de ello puede volver a perseguirle. Según Winnicott, esto puede llevar a diversas formas de rebelión, o incluso de violencia. Enseñó que la rebelión era una forma normal de hacer frente a la necesidad no satisfecha durante mucho tiempo.

En mi libro, doy un significado político a este concepto de privación. La crisis medioambiental puede interpretarse como una forma de privación colectiva: las necesidades que antes se satisfacían -agua limpia, aire respirable, etc. - ya no están disponibles, o son cada vez más escasas. El sentimiento de privación que experimentan muchas personas da lugar a nuevas formas de resistencia o reivindicaciones políticas. En mi libro me interesó especialmente el movimiento por el derecho a la oscuridad o dark-sky. Se trata de un reciente movimiento social internacional que lucha contra la contaminación lumínica, es decir, el exceso de iluminación en entornos urbanos y naturales, que provoca enfermedades entre los humanos, altera los ciclos naturales de vida de animales y plantas, y hace desaparecer la oscuridad nocturna. La idea de que la oscuridad es una necesidad humana básica, y que hay que luchar por recuperarla, me parece muy interesante, y propia de una nueva forma de movimiento social surgida en el contexto de la crisis medioambiental. Por lo tanto, como en Winnicott, este es un caso en el que la privación lleva a la resistencia.

En el libro argumentas que, como nunca antes, es relevante la afirmación de Marx de que los intereses del proletariado coinciden con los de la humanidad en su conjunto... ¿Por qué?

Es un poco una provocación, pero al mismo tiempo es profundamente cierto: el capitalismo industrial es la principal causa de la crisis medioambiental, entre otras cosas porque depende en gran medida de los combustibles fósiles. Como han demostrado muchos autores, la revolución industrial fue posible gracias al carbón, el gas y el petróleo. Sin ellos, la historia moderna habría resultado muy diferente, desde el punto de vista económico, pero más en general.

Ahora, la gran pregunta es: ¿es concebible el capitalismo sin combustibles fósiles? Probablemente sí, pero va a ser un capitalismo muy diferente al actual. Especialmente, la tendencia a la globalización que hemos presenciado en los últimos cuarenta años tendrá que detenerse. Independientemente de lo que ocurra en el futuro desde el punto de vista de las innovaciones tecnológicas, es necesaria una profunda reestructuración de las relaciones sociales y económicas. La dinámica de crecimiento que ha caracterizado a las economías modernas desde el siglo XVIII está condenada, si queremos limitar la frecuencia y la gravedad de las catástrofes naturales, los colapsos de la biodiversidad y las contaminaciones.

Lo que Marx llamó "revolución" es nuestra mejor oportunidad para lograr este objetivo. No será necesariamente violenta. Pero implicará, al menos, cuestionar la propiedad privada y los derechos a la acumulación infinita de capital a la que conduce, y sustituirla por formas de propiedad colectiva, por ejemplo, lo que la Premio Nobel de Economía Elinor Ostrom llamó "bienes comunes". Esta revolución no sólo se apoyará en las clases populares, lo que Marx llamó efectivamente el proletariado. Pero sólo podrá tener éxito si las clases populares de todo el mundo participan en ella, en alianza con otras clases. De ahí que los intereses de la humanidad -encontrar una solución a la crisis medioambiental- coincidan más que nunca con los intereses de las clases populares.

Sin embargo, entiendo que este proceso difícilmente pueda ser pacífico o gradual. Tú dices también en el libro que desde hace varias décadas la crisis ambiental es objeto de militarización y que los grandes ejércitos del planeta se preparan para “guerras del clima”, ya que ven la crisis climática como una batalla campal en la cual la creciente escasez puede producir conflictos extremos. ¿No estamos hablando entonces de situaciones catastróficas, de una inusitada violencia, y la posibilidad de estallidos sociales más generalizados?

Sí. La militarización de la crisis climática, con la creciente posibilidad de “guerras verdes” o “guerras climáticas”, es un tema que elaboré en mi anterior libro, La Naturaleza es un campo de batalla (traducido al español por Clave Intelectual, 2016). Las grandes potencias y sus ejércitos llevan décadas preparándose para un mundo en el que los recursos (petróleo, agua, etc.) se vuelven escasos, las migraciones climáticas podrían desestabilizar regiones enteras, especialmente en el Sur Global, y las catástrofes naturales tendrán consecuencias perturbadoras. Los ejércitos consideran que tendrán un papel importante en la gestión de este caos climático. Curiosamente, en la mente de los militares, por ejemplo en los ejércitos estadounidense o francés, esto conecta con otro tema: el terrorismo. Muchos estrategas militares creen que el caos climático provocará más pobreza y desigualdades, y que esto fomentará las redes terroristas en el Sur Global, que prosperarán gracias al caos. De ahí que consideren que su papel no sólo es el de mantener la paz, sino también el de garantizar o restablecer la “seguridad natural”, es decir, gestionar los recursos y los ecosistemas para que la pobreza no crezca completamente fuera de control. Es lo que he llamado el “nuevo ecologismo militar”.

En cualquier caso, que el mundo en el que nos adentramos se vuelva cada vez más violento es ciertamente una posibilidad. Pero no es inevitable y, en mi opinión, las fuerzas políticas y sociales de la izquierda deberían defender que las transformaciones profundas de nuestro sistema económico -para ser claros: el fin del capitalismo- es la única manera de contener la violencia dentro de ciertos límites.

Me interesó especialmente en tu libro el tema de las alianzas entre el movimiento ecologista y el movimiento obrero. Dices que ha habido una división histórica, que poco a poco se ha ido superando. ¿Dónde ves estos avances?

Hasta hace poco, en muchos países, los movimientos ecologistas y el movimiento sindical han tenido escaso contacto. Esto ha sido así por varias razones. El movimiento sindical, por ejemplo, mantuvo una lucha por la mejora de las condiciones materiales de vida de los trabajadores, a través del aumento de los salarios. El progreso se definía a menudo como el acceso a siempre más cosas: una casa, uno o dos coches, aparatos eléctricos, etc. En los países del Norte Global, el auge económico de la posguerra hizo que el progreso en este sentido fuera hasta cierto punto posible para muchas personas.

Por otra parte, desde al menos los años 70, los movimientos ecologistas han llamado la atención sobre los destrozos medioambientales provocados por la masificación de este estilo de vida. Sin embargo, lo han hecho con nula o escasa sensibilidad hacia las cuestiones que aborda el movimiento laboral: desigualdades, explotación, alienación, etc. De ahí que estos dos movimientos hayan vivido casi siempre separados.

Pues bien, esto ya no es así. El movimiento laboral es cada vez más consciente de que las clases populares son las primeras víctimas de las catástrofes naturales o de las contaminaciones. Por ejemplo, los negros y los pobres fueron las principales víctimas del huracán Katrina, en Nueva Orleans en 2005. Por lo tanto, a los sindicatos les interesa abordar las cuestiones relacionadas con la crisis medioambiental.

Por otra parte, cada vez más movimientos ecologistas comprenden que no tiene sentido intentar convencer a las clases populares de la urgencia de la crisis medioambiental si no son capaces de articularla con un discurso sobre las desigualdades, la calidad de vida y de trabajo, el progreso, etc. Como ha dicho el movimiento de los "Gilets jaunes" en Francia, "El fin del mundo y el fin del mes deberían ser parte de una misma lucha" ("Fin du monde, fin du mois, même combat").

Poniendo el foco sobre algunas de estas luchas laborales recientes, los trabajadores de Amazon han realizado huelgas y acciones en varios países. ¿Qué papel crees que desempeñan los trabajadores de la logística en el capitalismo actual?

La logística siempre ha sido una parte importante de la economía capitalista. Sin embargo, con la globalización, con cadenas de producción cada vez más largas, complejas e internacionales, se ha vuelto aún más importante estratégicamente. Así, las huelgas de los trabajadores de la logística pueden interrumpir el flujo de mercancías y, por tanto, el proceso de valorización capitalista. Esto es lo que las hace políticamente tan centrales hoy en día. Esta es una idea que ha sido desarrollada, entre otros, por el gran sociólogo estadounidense Kim Moody.

Por supuesto, la condición para que esto ocurra es la sindicalización: a través de la lucha y la organización, los trabajadores logísticos deben crear su propia identidad de clase, al igual que los mineros, por ejemplo, tenían su propia identidad de clase en los siglos XIX y XX, cuando el carbón era la principal fuente de energía que alimentaba la acumulación de capital. Como hemos visto en el caso de Amazon, los empresarios harán todo lo posible para evitar que los trabajadores experimenten y desarrollen su propio poder de clase. Además, la aparición de una conciencia de clase entre los trabajadores de la logística se ve dificultada por el hecho de que Amazon y otras plataformas dependen de redes logísticas multinacionales. Cuando los trabajadores se ponen en huelga en Italia, por ejemplo, Amazon puede recurrir a almacenes situados, por ejemplo, en Polonia o Alemania. Por lo tanto, es aún más necesario que el aumento de su identidad de clase vaya acompañado de un internacionalismo renovado. Sólo si la solidaridad internacional crece entre ellos, los trabajadores logísticos podrán convertirse en el gran oponente del proceso de valorización capitalista. Esta será una de las grandes batallas políticas del siglo XXI.

Volviendo sobre las “necesidades artificiales” que abordas en tu libro: una crítica a las necesidades ficticias creadas por el capitalismo no debería implicar una variante de un socialismo de la escasez. En todo caso, una nueva sociedad en la que los productores-consumidores puedan tomar el control tendrá que aprender a diferenciar entre las necesidades auténticas y las necesidades artificiales, de forma colectiva, tomando en cuenta la relación con la naturaleza y las condiciones de reproducción de la vida. ¿Cuál es tu visión sobre esto y lo que llamas comunismo del lujo?

Una especie de decrecimiento material es una condición necesaria para la invención de un mundo habitable. En las próximas décadas, simplemente tendremos que utilizar menos cosas como insumo, y hay que verter menos cosas en los ecosistemas que nos rodean. Esto es válido tanto para los países en desarrollo como para los desarrollados, pero es evidente que estos últimos tienen que asumir una mayor parte de la carga, y en los países más ricos los ricos, que simplemente no deberían poder seguir con su estilo de vida contaminante.

¿El decrecimiento material equivale a la escasez como sistema económico? Desde luego que no. El término clave aquí es la sobriedad. Combina tres ideas. La primera es que el progreso no es necesariamente material o cuantitativo. Hay que alcanzar un cierto nivel de bienestar material para todos, por supuesto, pero pasado este nivel la mayoría de las mejoras en el bienestar son cualitativas. En segundo lugar, la sobriedad implica igualdad. La transición a un modelo económico sostenible debe ser una oportunidad para reducir drásticamente las desigualdades, entre y dentro de los países. La gente aceptará reducir su huella ecológica siempre que esto se aplique a todos, de forma igualitaria, sin privilegios.

Y por último, la sobriedad implica vivir dentro de los límites de la tierra. El crecimiento económico sin fin no es posible ni deseable. "Comunismo del lujo" es un concepto que utilizo para referirme a un mundo en el que la sobriedad y no la rentabilidad se convierten en la norma. Piensa en lo que significa "lujo": ¿significa que el bien de lujo se produce a escala masiva? No, al contrario, implica que el objeto está hecho con materiales de calidad, que tiene algo especial y que lo vas a cuidar. Creo firmemente que la sobriedad como principio organizador de la sociedad puede conducir al progreso de todas las personas.

Lo queramos o no, con el aumento de las temperaturas, el mundo está a punto de experimentar cambios drásticos. La alternativa no está entre el cambio y el statu quo, el statu quo ya no está disponible para nosotros como una opción. La alternativa está entre los cambios planificados y basados en un criterio de justicia, y el caos. "Comunismo de lujo" es el nombre que doy a la primera de estas vías.


VER TODOS LOS ARTÍCULOS DE ESTA EDICIÓN
COMENTARIOS
CATEGORÍAS

[ecología y ambiente]   /   [Ambiente]   /   [Consumismo]   /   [Karl Marx]   /   [Capitalismo]   /   [Entrevista]   /   [Ecología]

Josefina L. Martínez

@josefinamar14
Nació en Buenos Aires, vive en Madrid. Es historiadora (UNR). Autora de No somos esclavas (2021). Coautora de Patriarcado y capitalismo (Akal, 2019), autora de Revolucionarias (Lengua de Trapo, 2018), coautora de Cien años de historia obrera en Argentina (Ediciones IPS). Escribe en Izquierda Diario.es, CTXT y otros medios.
COMENTARIOS