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Licorice Pizza, un juego encantador y extravagante

La nueva película de Paul Thomas Anderson está nominada en los premios Oscar por las categorías mejor película, mejor director, y mejor guión original

Diego De Angelis

Martes 22 de marzo
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Como si buscara desmarcarse de la condición opresiva y neurótica que caracteriza gran parte de su filmografía, como si decidiera saltear transitoriamente sus delirios y obsesiones, después de una serie de películas deslumbrantes y enigmáticas como The Master (El maestro, 2012), Inherent Vice (Vicio propio, 2014) y Phantom Thread (El hilo fantasma, 2017), Paul Thomas Anderson, uno de los grandes cineastas del cine norteamericano contemporáneo, presenta  Licorice Pizza (2021), una hermosa comedia romántica.

Casi veinte años después de Punch-Drunk-Love (Embriagado de amor, 2002), su primera incursión en el género, su noveno largometraje, filmado en 35mm, transcurre en la década del setenta, en el Valle de San Fernando (Los Ángeles), y cuenta la historia de un amor en ciernes, cuyo principal estorbo para consumarlo no es otro que la diferencia de edad que existe entre sus protagonistas. Un adolescente de quince y una joven diez años mayor se cruzan inesperadamente en el patio de un colegio secundario y, a partir de esa circunstancia, fundan una trama sensible sostenida por una certeza que descubren pronto y que Anderson expresa mediante una secuencia notable en el comienzo del film, bajo la suave influencia de una canción de Nina Simone: el placer que supone estar juntos. Si el inicio de una película es decisivo, en tanto anuncia un determinado orden narrativo y formal, los primeros minutos de Licorice Pizza brillan por su indudable encanto.

Acaso el mismo encanto que despliega Gary Valentine (Cooper Hoffman) ni bien advierte la presencia de Alana Kane (Alana Haim) y hace todo por impresionarla y así lograr que acepte salir con él esa misma noche, convencido de que ella es el amor de su vida. A la joven le divierte su atrevimiento, aunque marca de entrada un límite respecto de sus intenciones (“puedo ser tu amiga, pero no puedo ser tu novia. Es ilegal”). Finalmente acepta el convite sin poder disimular una sonrisa. Alana no sabe muy bien qué hacer con su vida, detesta su trabajo como empleada en una empresa de fotografía, se pelea con todo el mundo -en especial con su padre y con sus hermanas-, pero apenas conoce a Gary comienza a sentirse atraída -y no por eso menos conflictuada- por su energía y desparpajo adolescente. Decide entonces acompañar cada uno de los emprendimientos que se le ocurren al muchacho, quien después de una breve carrera como actor infantil intenta llevar adelante una serie de ideas tan singulares como la ropa que elige para vestirse. "Soy artista. Es mi vocación”, expresará Gary a modo de presentación

Porque Gary se embarca en proyectos de baja estofa pero lo suficientemente estimulantes como para entusiasmar al séquito de amigos que lo sigue a todas partes.
Se dedicarán, por ejemplo, a la venta e instalación de camas de agua, un negocio incipiente que termina por arrastrarlos a la casa de Barbra Streisand, la cual se encuentra férreamente custodiada por Jon Peters (Bradley Cooper), peluquero y, por esos años, pareja de la célebre actriz y cantante. Lo que sucede entre Peters y el grupo de vendedores constituye uno de los momentos más bizarros de un film que no prescinde de algunas figuras del viejo Hollywood, las cuales funcionan por supuesto como referencias de una determinada época de la industria cinematográfica. En otra escena memorable de Licorice Pizza , aparece Jack Holden (Sean Pean), un experimentado actor que una noche pretende seducir a Alana a través de las líneas de diálogo de una de sus películas -Los puentes de Toko-ri (1954, Robson)-, casi un monólogo que no puede olvidar ni dejar de repetir como un mantra. Holden terminará por subirse borracho a una moto para ejecutar una peligrosa acrobacia, bajo las indicaciones precisas de un viejo amigo director de cine interpretado por el inefable Tom Waits.

A medida que avanza el film de Anderson, entre los protagonistas se consolida un tipo de relación que contrae la lógica de un juego sentimental de idas y vueltas, alegrías y desavenencias, muchas de los cuales se desencadenan cuando Alana se percibe rodeada de adolescentes mayormente despreocupados por lo que sucede su alrededor. Si ella observa con preocupación las noticias sobre un embargo de petróleo que deja a Estados Unidos sin gasolina -y, en consecuencia, sin el material con el cual se produce aquello que venden-, Gary se entretiene leyendo avisos sexuales.

Tales desencuentros, sin embargo, acaban por esfumarse ni bien resurge entre ellos un deseo irresistible de volver a verse (al menos hasta la próxima fricción). De eso se trata el asunto entre Gary y Alana: lograr estar juntos y correr, correr una y otra vez y cada vez que puedan, cifra de un frenesí vital que no se extingue. Esos momentos, sostenidos por una grandiosa banda de sonido (el film de Anderson cuenta con una composición original de Jonny Greenwood y canciones de Chuck Berry, The Doors, Sonny & Cheer, Mc Cartney, Bowie, Seal & Crofts, entre otros), alcanzan para reafirmar la destreza del cineasta y convertir a Licorice Pizza en una película esplendorosa, ligeramente extravagante y ciertamente encantadora.

FICHA TÉCNICA
Elenco: Alana Haim, Cooper Hoffman, Sean Penn, Bradley Cooper, Tom Waits, Ben Safdie, Joseph Cross, Skyler Gisondo, Mary Elizabeth Ellis, Harriet Sansom Harris,
Dirección: Paul Thomas Anderson
Guión: Paul Thomas Anderson
Fotografía: Paul Thomas Anderson y Michael Bauman
Música: Jonny Greenwood
Dirección de arte: Samantha Englender
Edición: Andy Jurgensen
Duración: 133m
País: EEUU
Año: 2021


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Diego De Angelis

Nació en Buenos Aires en 1983. Licenciado en Letras en la UBA, escribe sobre literatura y cine en diferentes medios. Programa y coordina el ciclo "Cine para lectores".

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