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Los “valores europeos” se hunden en el barro de Idomeni

Turquía gana terreno como gendarme de Europa contra los refugiados. Grecia pretende desmantelar el campamento de Idomeni mientras la UE cierra sus fronteras: “no vengáis a Europa”.

Josefina L. Martínez

Viernes 11 de marzo de 2016
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Foto: Varios refugiados intentan atrapar comida en el campo de refugiados cercano a la localidad de Idomeni, 11 de marzo de 2016, EFE/Yannis Kolesidis

Durante casi una semana estuvo lloviendo en el campamento de refugiados de Idomeni, frontera de Grecia con Macedonia. El barro y el agua estancada atrajeron las serpientes, algunas de hasta dos metros de largo. El lugar donde conviven más de 15.000 personas se ha transformado en un verdadero infierno helado y húmedo.

Los relatos de los periodistas y activistas desde el lugar son estremecedores. Niños que duermen en el barro porque no alcanzan las tiendas de campaña, enfermedades, frío y hambre. Médicos del mundo dice que comenzaron a tratar enfermedades típicas de las trincheras de la Primera guerra mundial, como la gangrena en los pies que se produce después de días de tenerlos sumergidos en el barro. Este viernes hubo peleas entre los refugiados por algunas de las raciones de comida que llegan en camiones.

Turquía se reafirma como gendarme de las puertas de Europa

El acuerdo de los 28 Estados miembros de la UE con Turquía establece un “retorno exhaustivo, de gran magnitud y por la vía acelerada a Turquía de todos los migrantes irregulares que no estén necesitados de protección internacional”. Es decir, que al considerar a Turquía un “país seguro”, se niega el derecho de asilo a todos los refugiados que hayan atravesado su territorio. Turquía se reafirma en su papel de gendarme de las puertas de Europa, custodiando que nadie pueda atravesarlas y de este modo “poner fin a la crisis migratoria en Europa”, como anuncia el comunicado de la UE.

La firma del acuerdo con Turquía generó tensiones internas en la UE, pero no exactamente por motivos “humanitarios”. Los países del bloque del este cuestionaron nuevamente el plan de “cupos” para distribuir refugiados entre todos los países; no quieren recibir a nadie.

En el caso de Bulgaria, el gobierno amenazó con vetar el acuerdo si Turquía no se compromete a “sellar” también la frontera que comparten ambos países y ha levantado una valla que alcanzará pronto 160 km. Otros países como Francia y Bélgica exigieron que antes de entregar los 3.000 millones de euros adicionales a Turquía y flexibilizar los visados, se garantice el cumplimiento del pacto. Es decir, los gobiernos europeos están preocupados por garantizar que Turquía sea un socio “fiable” y puedan sacarse de encima a cientos de miles de refugiados.

Turquía ya viene cumpliendo el papel de “fortaleza” para la protección de las fronteras de Europa en los últimos años. En ese país sobreviven en pésimas condiciones casi 2 millones de refugiados, al igual que en Líbano. Del otro lado del Mediterráneo, un papel similar lo juega Marruecos, otro régimen represivo “amigo” de Europa, que le custodia las fronteras al Estado español.

La UE despliega un cinismo fenomenal y hace caso omiso a la represión de los regímenes de estos países hacia su propia población, hacia sectores disidentes o pueblos que luchan por la autodeterminación, como los kurdos o los saharauis. Los “valores europeos” se hunden en el barro.

Grecia, una cárcel al aire libre

El gobierno griego comenzó a distribuir panfletos en tres idiomas a los miles de refugiados de Idomeni para informarles que no van a poder cruzar a Macedonia y que está preparando centros de acogida en Grecia para su traslado. El objetivo es desmantelar el campamento de Idomeni y llevar a los refugiados a estos centros (se están construyendo 15 nuevos) hasta decidir cuántos de ellos serán “devueltos” a Turquía. En Grecia están atrapadas actualmente unas 50.000 personas, según cálculos oficiales.

La agencia para los refugiados ACNUR ya ha denunciado que las deportaciones masivas que se están preparando contradicen toda la legislación internacional sobre el tema, ya que niegan el principio de que toda persona tiene derecho a que se considere individualmente su petición de asilo antes de denegarla.
La resolución de esta crisis muestra que toda la retórica sobre los derechos de los refugiados, los estatutos de la Convención de Ginebra de 1951 y todos los tratados internacionales se terminan donde comienzan las fronteras reales y los intereses de los gobiernos europeos. Detrás de las vallas y los muros aparece la verdadera cara de la Unión Europea y toda su hipocresía.


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Josefina L. Martínez

Nació en Buenos Aires, vive en Madrid. Es historiadora (UNR). Autora de No somos esclavas (2021). Coautora de Patriarcado y capitalismo (Akal, 2019), autora de Revolucionarias (Lengua de Trapo, 2018), coautora de Cien años de historia obrera en Argentina (Ediciones IPS). Escribe en Izquierda Diario.es, CTXT y otros medios.

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