SUPLEMENTO

Marxismo, interseccionalidad y política de coaliciones

Josefina L. Martínez

Marxismo, interseccionalidad y política de coaliciones

Josefina L. Martínez

Reflexiones sobre marxismo e interseccionalidad, a propósito del libro de Ashley J. Bohrer. ¿Cómo articular las luchas contra las opresiones y la explotación?

En Marxism and Intersectionality [1], Ashley J. Bohrer busca poner en diálogo las teorías de la interseccionalidad y el marxismo. La tesis de la autora es que, en los debates entre ambas tradiciones, se suele polemizar con “la peor versión” de cada una en vez de tomar en cuenta sus elaboraciones más ricas. Considera que hay que diferenciar entre múltiples formas de interseccionalidad y diferentes corrientes del marxismo. Y que, en realidad, se puede encontrar una afinidad entre lo mejor de ambas tradiciones, así como entre lo peor de ambas, expresado en sus caricaturas. Sostiene que, al menos en sus mejores versiones, estas teorías reflexionan sobre la relación no mecánica entre raza, género, clase y sexualidad, así como la que se establece entre explotación y opresiones. Y que, al mismo tiempo, ambas están orientadas hacia “prácticas de activismo, agitación y transformación”. Esto significa, para la autora “que las cuestiones de estrategia son siempre centrales”.

En una entrevista a propósito de la publicación de su libro, Bohrer resume su propuesta:

“Si tuviera que decirlo en los términos más claros que pudiera, diría que el libro presenta un argumento muy sencillo: un análisis exhaustivo del capitalismo requiere ideas y herramientas tanto de la tradición marxista como de la interseccional.”

En este artículo hacemos un repaso de las tesis principales de Bohrer. El contrapunto que realiza la autora entre ambas teorías sistematiza muchos debates, por lo que resulta un aporte interesante. También son acertadas varias definiciones, en especial, acerca de las críticas erróneas que suelen hacerse desde la interseccionalidad hacia el marxismo, tomando como blanco una versión economicista y mecanicista del mismo. Sin embargo, no compartimos sus conclusiones sobre la “complementariedad necesaria” entre marxismo e interseccionalidad en varios aspectos centrales. Esta idea, por lo menos tal como está expuesta en el libro, tiende a diluir importantes diferencias teóricas, políticas y, sobre todo, estratégicas entre ambas tradiciones.

En diversos artículos venimos abordado el debate sobre interseccionalidad y marxismo, acerca de la relación entre capitalismo, patriarcado y racismo, así como algunos debates recientes sobre estos temas en el feminismo anticapitalista. Desde nuestro punto de vista, se trata de profundizar en los fundamentos teóricos para una práctica política revolucionaria que se proponga articular las luchas contra la explotación y todas las opresiones en una perspectiva emancipatoria. Con ese objetivo, compartimos esta lectura crítica del libro de Bohrer.

Historia y debates entre marxismo e interseccionalidad

En la primera parte del libro, Bohrer hace repaso por lo que considera “una historia compartida” entre marxismo e interseccionalidad o sus antecedentes en el siglo XIX y XX. En la segunda parte, sintetiza algunas de las críticas que desde el marxismo se hacen a la tradición interseccional, así como aquellas que se hacen desde esta hacia el marxismo. Finalmente, plantea lo que considera que son vías para la confluencia, analizando temas como la relación entre opresión y explotación, la dialéctica y las contradicciones. Bohrer considera que hay que “repensar el capitalismo” como un sistema que está “esencial, lógica e históricamente constituido tanto por la explotación como por la opresión”. Y en su libro apunta a mostrar que “la mayoría de los teóricos reducen el capitalismo ya sea a la opresión o a la explotación.” Finalmente, aborda lo que considera el principal aporte estratégico de las teorías de la interseccionalidad, lo que define como una “política de coaliciones”. Volveremos sobre esta cuestión más adelante.

Como dijimos, en el capítulo inicial, Bohrer desarrolla la tesis de una historia compartida entre ambas tradiciones. En el siglo XIX, destaca como precursoras a la maestra Maria Stewart, Sojourney Truth o Ida B. Wells Barnet. Luchadoras afroamericanas que combinaron la lucha abolicionista contra la esclavitud, con la pelea por los derechos de las mujeres y en especial de las mujeres trabajadoras. Para el comienzo del siglo XX, Bohrer toma como referencia las elaboraciones de algunas militantes negras del Partido Comunista de Estados Unidos, así como una tradición más amplia de la izquierda del movimiento negro a nivel mundial. Menciona las experiencias que se hicieron para organizar espacios de mujeres negras trabajadoras, como la Harlem Women Day Workers League [trabajadoras domésticas] o la Harlem Tenants League [inquilinas contra desahucios, huelgas de alquileres, etc.]. Destaca la figura de Louise Thompson, quien en un texto de 1936 denunciaba que el Bronx se había transformado en un “mercado esclavo” para las trabajadoras domésticas negras. [2] Bohrer recupera también la figura de Claudia Jones, otra militante comunista, quien introduce en la década de 1930 la idea de “triple opresión” y el concepto de “superexplotación” de las mujeres negras.

En este apartado cabe señalar, sin embargo, una importante limitación. Bohrer plantea al pasar que, según varios autores, la política de los PC hacia las opresiones en estos años era “contradictoria u oscilante”, pero no se detiene a analizar el tema. No da cuenta, por lo tanto, de lo que significó el estalinismo como enorme bloqueo contrarrevolucionario para una perspectiva que se propusiera terminar radicalmente con la explotación y todas las formas de opresión. Esta ausencia en el análisis no es para nada secundaria, ya que no permite comprender gran parte de los debates y también los “malos entendidos” que se irán desarrollando entre las perspectivas interseccionales y el marxismo en las décadas siguientes.

Continuando con el recorrido histórico, Bohrer recupera la figura de Francis Beal [3], miembro de la Third World Women´s Alliance que publicaba el periódico Triple Jeopardy a fines de los años 60. Para Bohrer, estas elaboraciones se podrían considerar antecedentes de la interseccionalidad, aun cuando varias autoras han señalado que se trataba de un modelo “aditivo” (como suma de opresiones). Boher hace referencia también a las teorías del “punto de vista”, que ponen el foco en la idea de que los grupos oprimidos cuentan con una ventaja epistemológica privilegiada para comprender su opresión. Explica que el riesgo de este tipo de posiciones es homogeneizar en exceso al grupo oprimido, como si no hubiera importantes diferencias internas. Finalmente, dedica un apartado a las autoras que se suelen considerar como referentes afines a la interseccionalidad, desde las posiciones del Combahee River Collective a fines de los años 70, a la obra de Angela Davis, Audre Lorde y Benita Martínez.

Después de este recorrido, Bohrer se detiene en las elaboraciones de las feministas negras norteamericanas que a partir de los años 80 teorizaron sobre la interseccionalidad utilizando este concepto. Se suelen considerar las fundadoras de esta corriente, como Kimberle Crenshaw, Patricia Hill Collins y otras. En su mayoría, se trata de trabajos que tuvieron gran difusión en la academia, en un período marcado por el retroceso de la actividad y radicalidad de los movimientos sociales y la clase obrera, que habían tenido peso en las décadas previas. Algo que, sin dudas, también explica algunos límites de estas propuestas.

Ahora bien, Bohrer plantea varias preguntas centrales que surgen sobre la interseccionalidad: ¿Se trata de una ontología o una cuestión epistemológica? ¿Una forma de describir la experiencia de múltiples opresiones, un concepto o una teoría? ¿Es un campo de estudios o una metodología para aplicar en diversas áreas? Lo único claro, parece, es que hay diferentes posturas en cada una de estas cuestiones. Bohrer sugiere entonces que la interseccionalidad es un conjunto o constelación de teorías, que ponen el foco en la relación entre diferentes opresiones. A pesar de su heterogeneidad, estas teorías se podrían agrupar en una tradición común porque responden a un principio general: la idea de la equivalencia entre opresiones, de una relación no jerárquica entre estas.

Coincidimos en que esta es una cuestión central para definir los contornos de las teorías interseccionales, por lo que es clave profundizar en el tema. ¿Qué significa para la interseccionalidad la idea de equivalencia entre opresiones? ¿Cuál es la diferencia con la explicación marxista acerca de la relación entre explotación y opresiones? ¿Y qué consecuencias políticas se desprenden de esto? Antes de abordar estas cuestiones, repasemos los seis postulados que para Bohrer definen las teorías de la interseccionalidad.

I) La inseparabilidad de las opresiones. Desde este ángulo, las teorías de la interseccionalidad cuestionan las teorías de un solo eje. Un ejemplo son las críticas de las feministas negras al feminismo radical, y, más en general, a todas las corrientes feministas esencialistas que tienden al “separatismo”. Las teorías interseccionales sostienen que las opresiones están interrelacionadas y mutuamente construidas. Este es sin dudas el punto fuerte de la interseccionalidad, y lo que hace que esta perspectiva en la actualidad sea atractiva para quienes no se sienten interpelados por corrientes separatistas que estratégicamente dividen a los oprimidos entre sí. De hecho, muchos activistas de los movimientos sociales actuales se consideran “interseccionales” en el sentido progresivo de buscar la unidad en las luchas. Esta es una sensibilidad muy presente en amplios sectores de jóvenes que se consideran anticapitalistas, transfeministas o antirracistas, más allá de si conocen o no el conjunto de las formulaciones teóricas que se han hecho desde las teorías de la interseccionalidad o desde el marxismo.

II) La idea de que no se puede hacer un ranking ni jerarquizar entre opresiones. La tradición interseccional rechaza situar algunas opresiones como primarias, mas importantes que otras, etc. Y esto, en dos sentidos. Por un lado, la idea de que ninguna opresión es más importante que otras (ontológicamente, políticamente, etc.) Y, en segundo término, el postulado de que ninguna es causa unilateral de las otras. Para Bohrer, esto significa que ningún tipo de opresión se podría situar como prioritaria, en el sentido de que, al resolverla, se resolverán “automáticamente” todas las otras.

Esta tesis se plantea, sobre todo, como advertencia para no subordinar la lucha contra las opresiones a otras motivaciones. Ese tipo de posiciones, que planteaban “postergar” las demandas del pueblo negro contra el racismo, o de las mujeres por sus derechos, en función de determinadas alianzas políticas con fuerzas burguesas, fueron defendidas por los Partidos Comunistas estalinistas desde los años 30. Tal como denunció el marxista de trinitario CLR James, el Partido Comunista de Estados Unidos se ató por completo a la política imperialista y la maquinaria de guerra de Roosevelt hacia la Segunda Guerra Mundial, poniendo en suspenso cualquier atisbo de lucha de clases, la lucha por los derechos civiles o contra las opresiones. Esto llevó a un desencanto generalizado de muchos activistas negros con el Partido Comunista. [4] Por su parte, el estalinismo en la URSS impuso una reacción en toda la línea contra gran parte de los derechos conquistados por las mujeres en los años revolucionarios. Esto contrasta con las enormes conquistas que la Revolución significó para las mujeres. Desde la aprobación de la igualdad jurídica ante la ley, el divorcio sin condiciones, el derecho al aborto libre y gratuito, la despenalización de la homosexualidad y de la prostitución, a una serie de medidas para avanzar en la socialización del trabajo doméstico. Con este objetivo se creó el Zhenotdel, una comisión especial para el trabajo entre las mujeres obreras y campesinas. Desde allí se impulsó la creación de guarderías, comedores, lavanderías, casas cuna y escuelas públicas para la alfabetización de las mujeres. Se eligieron delegadas en todo el territorio, para que las mujeres fueran protagonistas de estos desafíos en la lucha por el socialismo. En cambio, a partir de 1936, con la aprobación de la nueva constitución soviética, el curso fue el contrario. Se anularon derechos como el aborto libre y se disolvió el Zhenotdel, mientras se promovió desde el Estado una ideología volvía a posicionar a las mujeres en el espacio privado, como “guardianas del hogar” y la maternidad.

De igual modo, los partidos comunistas occidentales en la posguerra también llamaban a poner en “suspenso” las luchas de las mujeres y sectores más oprimidos de la clase obrera. El ejemplo del Partido Comunista Italiano en la posguerra (que llegó a ser el PC más grande de occidente) es paradigmático. Durante todo un período abandonó la lucha por el derecho al divorcio en función de lograr una alianza con la Democracia Cristiana. Puede comprenderse, entonces, que parte de los movimientos sociales que emergieron en los años 60 y 70 tuvieran una importante desconfianza hacia el marxismo “oficial”, a partir de esta experiencia con el estalinismo. Sin embargo, como señalamos antes, el libro de Bohrer no examina la trayectoria del estalinismo, lo que debilita el análisis de conjunto.

Los otros postulados de las teorías de la interseccionalidad serían: III) La necesidad de pensar simultáneamente las diferentes opresiones, en vez de hacerlo por separado. Esto está relacionado con los anteriores, remarca la idea de que no debería haber primacía de ninguna sobre otra. IV)Para Bohrer las teorías de la interseccionalidad le dan importancia a la cuestión de la identidad y cómo experimentan los sujetos, individuos o grupos las opresiones. Según la autora, esto no sería un fundamento para priorizar una tendencia a la “separación” sino como base para poder construir una “coalición”. V) Considera que la interseccionalidad no es solo una teoría con peso en espacios académicos, sino que esta orientada hacia el activismo. Y, por último, VI) considera que la interseccionalidad es también una ontología del poder, que permite explicar cómo opera este y al mismo tiempo es una crítica del poder.

Sobre las críticas cruzadas entre interseccionalidad y marxismo

Bohrer sostiene que, en su mayoría, las críticas del marxismo a la interseccionalidad no apuntan al blanco, sino a las “peores versiones” de aquella. En este sentido, considera equivocadas las críticas de la interseccionalidad como teorías individualistas y posmodernas, reformistas/liberales, que no le dan atención a la cuestión de clase y que no logran explicar las causas de las opresiones. Sobre la afinidad entre interseccionalidad y posmodernismo [5] Bohrer contra argumenta que no todas las teorías interseccionales se limitan a experiencias individuales y que algunas conceptualizan a un nivel más estructural o de grupo. Tampoco acuerda con que el foco solo esté puesto en cuestiones de discurso o lenguaje, para lo cual cita autoras interseccionales que explícitamente marcan distancia con el postestructuralismo. Sin embargo, también reconoce que una de las autoras “fundadoras” de la interseccionalidad, Kimberle Crenshaw, sostuvo que esta teoría se vinculaba a la teoría posmoderna. En síntesis, se infiere que existen elaboraciones interseccionales más afines al postestructuralismo, mientras otras toman distancia explícita. Sobre el argumento de que se trataría de una teoría multicultural o reformista, Bohrer responde del mismo modo: que haya una reapropiación de este tipo no invalida el cuerpo central de la interseccionalidad, ya que muchas autoras son críticas de la multiculturalidad liberal.

Nos parece más relevante detenernos en las dos últimas críticas. La que apunta a que las teorías de la interseccionalidad disminuyen la importancia de la cuestión de clase y la que sostiene que no logran explicar las causas subyacentes a los mecanismos de opresión y explotación. En este artículo desarrollamos nuestra visión, el mismo sentido. Las teorías de la interseccionalidad tienden a poner el acento en la multiplicación de los ejes de opresión, pero al mismo tiempo suelen diluir el análisis de clase, a la que consideran como una “opresión más”. Ya sea por la vía de equiparar la clase con una categoría estadística de bajos ingresos, o reduciéndola al “clasismo”, es decir, a las actitudes de discriminación política o cultural por parte de grupos dominantes. También planteamos que señalar las diferencias entre la explotación de clase y las opresiones no implica hacer una jerarquía de agravios, ni determinar cuál es más importante para la experiencia subjetiva de las personas. Sino que se trata de tener una comprensión mayor del modo en que operan en la sociedad capitalista.

Esto se relaciona con la cuestión de la causalidad. Varios autores señalan que las teorías de la interseccionalidad fallan justamente ahí, porque no pueden dar una explicación de las causas de las opresiones, ni de su articulación con la explotación. Analizan o describen sus interacciones, pero dándolas como algo “dado”. Así lo plantean, por ejemplo, David McNally y Sue Ferguson, contraponiendo la interseccionalidad al enfoque de la teoría de la reproducción social:

"Aunque la teoría de la interseccionalidad ha planteado importantes cuestiones y ha generado importantes conocimientos, tiende a fracasar a la hora de explicar por qué existen y se reproducen estas múltiples opresiones en el capitalismo tardío, y dar cuenta del cómo de su interacción. Dado que su enfoque es holístico y unitario, la teoría de la reproducción social está, en nuestra opinión, potencialmente mejor equipada en estas áreas." [6]

Ante estas críticas, la respuesta de Bohrer resulta poco convincente. Sostiene por un lado que la mayor parte de los objetos de estudio de la interseccionalidad están en el siglo XX y XXI y que por eso no se ocupan de los orígenes históricos o las causas de las opresiones. Dice también que si las teorías interseccionales no dan una explicación más sistemática del funcionamiento del capitalismo es porque no es su objeto. Incluso hace una refutación por el absurdo, planteando que nadie exige que la interseccionalidad pueda explicarnos cómo construir un puente, o confirmar si Cesar cruzó o no el Rubicón. Y que, del mismo modo, ni a la interseccionalidad ni al marxismo se les debería exigir que expliquen “todo el universo y a su vez cada micro-acontecimiento a su interior”. [7]. El argumento no se sostiene. Claro que nadie pretende que la interseccionalidad y el marxismo expliquen cada contingencia de la historia, ni mucho menos “todo el universo”. Pero para una teoría social que pone el foco en las múltiples opresiones es clave explicar las causas profundas que llevan a su reproducción sostenida. Esto algo elemental si de lo que se trata es de ir más allá de una descripción de los fenómenos, para intentar transformarlos de raíz.

Por ejemplo, si consideramos las relaciones patriarcales, estas surgieron hace miles de años atrás, pero fueron reconfiguradas por el capitalismo, del mismo modo que ocurre con el racismo o la homofobia. El feminismo socialista toma en cuenta estas relaciones sistémicas entre opresión y explotación, así como la relación entre reproducción social y producción. En el capitalismo, gran parte de los trabajos de reproducción social (no todos) destinados a reproducir diariamente o generacionalmente la fuerza de trabajo se realizan en el hogar. Se trata de un trabajo no pago y generizado, llevado adelante en su mayoría por las mujeres, pero que no se reconoce como tal. La ideología de la domesticidad y los cuidados, así como el conjunto de las ideologías familiaristas velan el funcionamiento de esos “talleres ocultos” del capital, tal como los define Nancy Fraser. Al mismo tiempo, tal como han planteado varias feministas negras, esa ideología de la domesticidad nunca incluyó del todo a las trabajadoras negras, que trabajaron fuera de sus hogares como esclavas, sirvientas o trabajadoras asalariadas, desde los comienzos del capitalismo. Es decir, que los mecanismos de opresión no son entidades ahistóricas, sino que han adquirido un contenido social específico en el marco de las relaciones sociales capitalistas.

Retomando los argumentos de Bohrer, en otro capítulo hace la operación inversa y aborda las críticas más frecuentes desde la interseccionalidad hacia marxismo. La idea de que el marxismo sería un reduccionismo economicista, que impone una primacía de la clase por sobre el resto de las opresiones -lo que llevaría a “postergar” sus demandas-. O el argumento, afín a la crítica poscolonial, de que marxismo es eurocéntrico y otorga demasiada prioridad a la producción sobre la reproducción. La polémica con este tipo de posiciones la hemos abordado en otros artículos. No podemos retomarlas ahora, aunque es importante señalar que la mayor parte de estas críticas parten de un descomunal desconocimiento de las elaboraciones del marxismo, o, como ya indicamos, de la amalgama directa entre estalinismo y marxismo. Por su parte, Bohrer sostiene que en muchos casos se trata de prejuicios que se apoyan en la peor versión del marxismo. Por ejemplo, ante quienes presentan al marxismo como reduccionismo economicista, Bohrer hace referencia a algunos escritos de Engels donde este polemiza con quienes reducían las contradicciones sociales al puro aspecto económico.

Bohrer concluye que la mayor parte de las críticas cruzadas entre el marxismo y la interseccionalidad se deben a un “fallo en la comunicación”. Y, como ejemplo de que sería posible una aproximación mayor, dedica otro capítulo a lo que llama un “marxismo queer, antirracista y antiimperialista”. [8]

Acerca de la intersección de la explotación y las opresiones: ¿política de coaliciones o hegemonía?

Bohrer repasa diferentes aproximaciones a la relación entre opresiones y explotación. Desde aquellas corrientes más economicistas, para las cuales el único eje es la noción de explotación, a las que, desde la interseccionalidad, consideran a la explotación como una forma más de opresión. Frente a estas polarizaciones, y con el objetivo de lograr un marxismo más interseccional, o una interseccionalidad más anticapitalista, Bohrer propone la noción de “equiprimordialidad”. [9] Esto -afirma la autora- permitiría mantener las diferencias explicativas entre explotación y opresiones, pero postular una equivalencia de prioridades en el plano estratégico. ¿Y como se expresaría esa idea? Mediante una “política de coaliciones” y de solidaridad entre los movimientos.

Retomemos el debate sobre la relación entre opresión y explotación. ¿Qué implica reducir una a la otra? En primer lugar, digamos que las opresiones atraviesan a la clase obrera (que en la actualidad está más feminizada y racializada que nunca), pero al mismo tiempo constituyen ejes o polos de articulación de movimientos propios (movimiento feminista, antirracista, LGTBI, etc.), integrados por diferentes y contradictorios sectores de clase. La idea de que la explotación subsume todas las opresiones, y que, por lo tanto, las luchas que toman a estas como pivote serían secundarias, no permite dar una respuesta a las enormes fragmentaciones de la propia clase obrera, con el objetivo de lograr su unidad. Pero una concepción economicista de este tipo tampoco posibilita que la clase trabajadora pueda erigirse como clase hegemónica de una alianza con el resto de los oprimidos. Algo que solo puede hacer si toma como propias las demandas de todos estos sectores, contra el Estado y los capitalistas. Es decir, si logra superar el estadio de las luchas económicas, sindicales o corporativas para constituirse como clase independiente y hegemónica.

Ahora bien, si abordamos esta cuestión desde el ángulo opuesto, para las teorías interseccionales la explotación tiende a ser una opresión más. En el caso de Bohrer, aunque mantiene una diferenciación en el plano teórico, tiende a disminuirla cuando pasa al plano estratégico. Y justo en este punto es donde pensamos que se encuentra la mayor debilidad de las propuestas interseccionales, aun en sus “mejores versiones”. Porque esta “equiprimordialidad” o equivalencia como principio general en la estrategia diluye el papel que la clase trabajadora puede tener en la articulación de la alianza entre explotados y oprimidos. Y, estratégicamente, el que puede tener para superar un sistema basado en la explotación de clase y las múltiples opresiones. La idea de una “política de coaliciones” parece implicar que esas alianzas serán aleatorias, sin que la clase trabajadora juegue un papel preponderante en las mismas. Un papel, que, para el marxismo revolucionario no se basa en ningún esencialismo ni reduccionismo de clase. Sino en el hecho de que esa clase trabajadora feminizada y diversa ocupa posiciones estratégicas en la producción y la reproducción. Es, por lo tanto, la única clase que puede dislocar el conjunto de la producción capitalista, pero que también tiene la capacidad potencial de reorganizar toda la producción y la reproducción sobre nuevas bases, para forjar una sociedad de nuevo tipo.

La política de coaliciones, tal como está formulada en el libro de Bohrer, tiene varios problemas. En primer lugar, no parece tomar suficientemente en cuenta esta cuestión de que las opresiones atraviesa también a la clase obrera, como planteamos antes. Es paradójico, ya que, si bien la interseccionalidad plantea esto en el análisis, pareciera que, al pasar al plano político, regresara a una suerte de estrategia “aditiva”.

Para plantearlo más claramente. La clase obrera necesita asumir la lucha contra la opresión de las mujeres, contra el racismo y la homofobia de acuerdo con el principio de que “nadie es libre si todes no somos libres”. Pero no se trata solo de establecer una “política de coalición” con los movimientos, sino también del hecho de que son demandas propias de una clase obrera feminizada y diversa. Es decir, que, en gran parte de los casos, no se trata demandas “externas” a la clase obrera. Las mujeres trabajadoras (nada menos que el 40% o 50% de la clase) necesitan enfrentar el machismo, el acoso sexual, la violencia de género, o pelear por la socialización de los trabajos domésticos. Tomemos el caso de los derechos reproductivos. Que las organizaciones de la clase obrera como los sindicatos defiendan la lucha activa por el derecho al aborto libre y gratuito no es solo para “aliarse” al movimiento de mujeres (como si se tratara de una total exterioridad). Es también porque millones de mujeres trabajadoras se enfrentan al dilema de tener que abortar en condiciones insalubres y clandestinas, mientras las ricas pueden hacerlo en clínicas privadas. Es decir, se trata de que la clase trabajadora asuma las demandas más sentidas de sus sectores más oprimidos, como las mujeres, las personas racializadas, la juventud. Claro que, junto con demandas que son más específicas de las mujeres trabajadoras, como la lucha por la igualdad salarial o contra el acoso sexual de los jefes, hay otras que son reivindicaciones democráticas más amplias, como los derechos reproductivos o la separación de la Iglesia del Estado, que afectan también a sectores de las clases medias. Finalmente, hay otro plano, donde la política hegemónica adquiere más la forma de una política de “alianzas”, como en el caso de la unidad entre la clase trabajadora y los movimientos campesinos o pueblos originarios o cuando se plantea la unidad entre el movimiento obrero y el movimiento estudiantil, con el movimiento ecologista, etc.

A su vez, la idea de una política de coaliciones no problematiza el hecho de que al interior de los movimientos hay intereses diferenciados e incluso opuestos. En el movimiento feminista o el movimiento LGTBI, por ejemplo, esto se ve claramente cuando grandes empresas capitalistas como el Banco Santander o Coca Cola despliegan políticas de “Pinkwashing” o de feminismo liberal, financiando iniciativas, conferencias y ONGs de todo tipo, para darle su propia orientación al movimiento. Hace unos años, durante la jornada del 8M las trabajadoras del Banco Santander hicieron un piquete para garantizar la huelga de mujeres, pero la dirección del banco les envió la policía. El movimiento de mujeres también está atravesado por contradicciones de clase. Por otra parte, movimientos sociales muy masivos como el Black Lives Matter en Estados Unidos o el movimiento de mujeres en el Estado español, fueron en gran parte desactivados detrás de la idea de apoyar electoralmente al “mal menor” contra la derecha. La acción del Partido Demócrata, así como de la coalición “progresista” entre Podemos y el PSOE al interior de estos movimientos, muestra que no es suficiente plantear una política de coaliciones, si no se defiende una estrategia de independencia de clase y de autoorganización.

Por último, la política de coaliciones, si solo se plantea como sumatoria de movimientos, resulta insuficiente para derrotar al capitalismo. Como hemos señalado, este tipo de coaliciones pueden llevar adelante acciones comunes de protesta y movilizaciones, incluso luchas radicales. Pero si no se ponen al frente los métodos de lucha de la clase trabajadora, como la huelga general, si no se construyen organismos de autoorganización, ni se defiende un programa de independencia política, articulado alrededor de una estrategia socialista revolucionaria, difícilmente puedan pasar de luchas de presión. Si la tarea que nos ponemos por delante es derrotar al capitalismo y las fuerzas represivas del Estado burgués será necesario ir más allá y articular una fuerza social que sea capaz de triunfar. La clase trabajadora, feminizada y diversa, se encuentra en una posición especial para encabezar esta alianza de todas y todos los explotados y oprimidos porque, como dijera Marx, no tiene que perder más que sus cadenas. Al liberarse a sí misma de la explotación capitalista puede abrir paso a terminar de raíz con todas las opresiones. No porque estas vayan a terminarse “automáticamente” ni mucho menos después de la toma del poder. [10] Sino porque se destruirían las bases materiales que en la sociedad capitalista imponen su constante reproducción. Se podrá emprender, entonces, de forma colectiva y autoorganizada la tarea de erradicar todo atisbo de opresión patriarcal, racial o sexual: revolucionar de forma radical la vida.

El libro de Bohrer, como señalamos al comienzo, tiene el mérito de poner en debate la tradición de la interseccionalidad con el marxismo, señalando varios puntos de convergencias y divergencias. Desde nuestro punto de vista, el marxismo revolucionario cuenta con herramientas teóricas y estratégicas muy superiores para comprender la dinámica de la totalidad capitalista. Y, sobre todo, para proponerse superarla.


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NOTAS AL PIE

[1Ashley J. Bohrer; Marxism and Intersectionality. Race, gender, class and sexuality under contemporary capitalism, 2019, transcript, Bielefeld

[2Thompson escribe que allí las mujeres encuentran una “triple explotación” como trabajadoras, como mujeres y como negras. Louise Thompson: Toward a Brighter Dawn (1936). Viewpoint Magazine, oct. 31, 2015.

[3Francis Beal, “Double Jeopardy: To Be Black and Female" es un texto que se publicó en 1969

[4“El resultado fue inmediato e inequívoco. De sus 2.000 miembros [negros] en el estado de Nueva York, el Partido Comunista ha perdido más del 80% y lo mismo ocurrió en todo el país.” J.R. Johnson; “The Negro Question”, 15 de agosto de 1939. Disponible en: https://www.marxists.org/archive/james-clr/works/1939/08/negro1.htm. Johnson era el apodo del marxista negro CLR James.

[5La autora toma como referencia la crítica que hace Delia Aguilar. Esta autora ha señalado que, en el paso de las teorías de la “triple opresión” hacia las formulaciones de la interseccionalidad, se perdió un nivel de materialidad relacionado con el capitalismo como tal, hacia teorías más inclinadas a un análisis discursivo.

[6David McNally and Sue Ferguson; “Social Reproduction Beyond Intersectionality: An Interview”, Viewpoint Magazine, October 31, 2015. Disponible en: https://viewpointmag.com/2015/10/31/social-reproduction-beyond-intersectionality-an-interview-with-sue-ferguson-and-david-mcnally/

[7Idem, traducción propia

[8En este campo incluye autores muy disímiles, desde los autonomistas Toni Negri, Silvia Federici y Maria Mies, a los teóricos subalternos indios, representantes del llamado marxismo negro como Cedric Robinson, el marxismo queer de Holly Lewis o el marxista francés afín al trotskismo Daniel Bensaid. Menciona también algunas elaboraciones clásicas del feminismo socialista, como la obra de Clara Zetkin, además de los trabajos de Marx y Engels.

[9En inglés: equiprimordiality.

[10En su Teoría de la Revolución Permanente, León Trotsky da cuenta de este aspecto al plantear que, tras la conquista del poder del estado por la revolución socialista, “a lo largo de un período de duración indefinida y de una lucha interna constante, van transformándose todas las relaciones sociales. La sociedad sufre un proceso de metamorfosis. Y en este proceso de transformación cada nueva etapa es consecuencia directa de la anterior. Este proceso conserva forzosamente un carácter político, o lo que es lo mismo, se desenvuelve a través del choque de los distintos grupos de la sociedad en transformación. A las explosiones de la guerra civil y de las guerras exteriores suceden los períodos de reformas ‘pacíficas’. Las revoluciones de la economía, de la técnica, de la ciencia, de la familia, de las costumbres, se desenvuelven en una compleja acción recíproca que no permite a la sociedad alcanzar el equilibrio. En esto consiste el carácter permanente de la revolución socialista como tal.”
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Josefina L. Martínez

@josefinamar14
Nació en Buenos Aires, vive en Madrid. Es historiadora (UNR). Autora de No somos esclavas (2021). Coautora de Patriarcado y capitalismo (Akal, 2019), autora de Revolucionarias (Lengua de Trapo, 2018), coautora de Cien años de historia obrera en Argentina (Ediciones IPS). Escribe en Izquierda Diario.es, CTXT y otros medios.
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