SUPLEMENTO

¿Más allá de los mil y un marxismos?

Juan Dal Maso

MARXISMO

¿Más allá de los mil y un marxismos?

Juan Dal Maso

A propósito de Tras las huellas del marxismo occidental, de Santiago Roggerone y los debates que viene generando.

El libro Tras las huellas del marxismo occidental, de Santiago Roggerone, publicado este año por Ediciones IPS, como parte de una iniciativa tendiente a incorporar miradas distintas (aunque no necesariamente contrapuestas) en la colección Debates Marxistas Contemporáneos, viene generando una serie de intercambios que hacen al panorama actual del marxismo y varias de sus encrucijadas teóricas y políticas.

En este artículo, quisiera retomar varios puntos de las distintas discusiones que se vienen realizando, junto con otras cuestiones relacionadas con los planteos del libro, además de recomendar su lectura.

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Cartografías, esquematismos y lecturas críticas

Es muy difícil pensar los problemas del marxismo en la actualidad sin una mínima lectura de lo que fue el marxismo del siglo XX. Aquí radica la importancia de trabajos como los de Perry Anderson tales como Consideraciones sobre el marxismo occidental y Tras las huellas del materialismo histórico. Si a estos dos libros sumamos, como hace Santiago en su libro, Hemisferio Izquierda de Razmig Keucheyan, podemos darnos una idea de lo que ocurrió con buena parte de la teoría marxista (y las llamadas “teorías críticas”) desde la década de los ’30 del siglo pasado hasta la actualidad.

No es lo mismo tener un mirada caótica del pasado que una mirada ordenada en torno a un esquema (en el caso de estos tres libros: marxismo clásico desde 1848 a la Segunda Guerra Mundial, centrado en la política, la economía y la estrategia, marxismo occidental, centrado en los temas filosóficos, estéticos y teóricos en general, de los ’30/40 hasta los ’70 y después desplazamiento del marxismo por otras teóricas críticas, dentro de las cuales es una más, aunque recuperando autoridad desde la crisis de 2008).

Libros como estos tienen el mérito de dotarnos de ciertas coordenadas y un resumen más o menos esquemático de lo que pasó con el marxismo. Por supuesto, esto conlleva una serie de problemas típicos de los esquemas y resúmenes: vistos en general parecen consistentes, pero vistos en detalle lo parecen menos, los recortes que se hacen se justifican en función de determinados aspectos, pero son arbitrarios en función de otros; se despachan demasiado rápido posiciones y elaboraciones que merecen mayor detalle.

En este contexto, me parece que del mapeo de Anderson en Consideraciones se pueden señalar varias cuestiones:

•sirve para entender lo que pasó con el marxismo en Italia, Francia y Alemania durante la segunda posguerra (y desde un poco antes);
•algunos de los parámetros que establece pueden ser discutidos en función de su generalidad, tanto respecto de qué significa “práctica política” como desde el agrupamiento por cambios formales o innovaciones temáticas, cuando los autores son de períodos y contextos bastante diferentes. Hilando fino, aparecen todo tipo de problemas que permitirían discutir en qué medida los autores aludidos podrían encajar o no en la categoría;
•aunque Anderson no lo hubiera planteado abiertamente de ese modo, se lo suele tomar (y quizás por el nivel de generalización que busca establecer está sugerido por él mismo) como un mapa de todo el marxismo durante el período considerado y no como correspondiente a una parte.

No se trata, sin embargo, al menos desde mi óptica, de “exigir” a Anderson lo que no pudo, no supo o no quiso hacer, sino simplemente de constatar los límites de una reflexión de la que quedan afuera una buena parte de las elaboraciones marxistas del período, realizadas en otras coordenadas (especialmente los países del viejo bloque del Este y América Latina), por lo que sin Anderson no se puede y al mismo tiempo con Anderson no alcanza para entender el marxismo del siglo XX.

Lo que quiero señalar es que, para pensar el panorama del marxismo actual, es necesario volver sobre estos trabajos clásicos, pero de alguna manera “descentrarlos”, correrlos de sus propios ejes, no tomarlos al pie de la letra y de esa manera contextualizarlos, para que nos sigan siendo útiles. Aunque parezca paradójico, necesitamos tanto el esquematismo como su lectura crítica.

Un mérito del libro de Santiago es tratar de hacer eso, especialmente con la obra de Perry Anderson primero, para intentar trazar un panorama del “marxismo global” (categoría que Santiago retoma de Fredric Jameson) actual, después.

El problema de la teoría y la práctica política

En las charlas de presentación del libro de Santiago, la cuestión de la relación entre “la teoría y la práctica” fue un punto de discusión central. Esto es así por varias razones. La primera de ellas, es que es una de las cuestiones principales relacionadas con la categoría de marxismo occidental, puesta en discusión en el libro. La segunda, es que guarda relación estrecha con la discusión de si se puede reconstituir una relación entre la teoría marxista y el movimiento de masas, en términos más cercanos a los del “marxismo clásico” o no.

Como bien señaló Eduardo Grüner en la charla realizada en Filosofía y Letras de la UBA, muchos de los “marxistas occidentales” tuvieron roles políticos y militancia política. Similares consideraciones hicieron también Omar Acha (en la misma charla que Grüner) y Alberto Bonnet en la UNQ. Aquí creo que efectivamente pegan bien en un cierto punto débil del planteo de Anderson o mejor dicho un señalamiento en términos muy genéricos de un “divorcio estructural entre este marxismo y la práctica política” y “disolución del vínculo entre teoría y práctica” [1].

Sin embargo, se puede plantear que, con ambivalencias y simplificaciones incluidas, Anderson señalaba una cuestión atendible en la actividad de los llamados “marxistas occidentales”: el rol secundario de la intervención política específica en relación con la producción teórica y la falta de una oposición frontal o consecuente al estalinismo.

Entonces, en cierta medida, ambas cosas son ciertas, buena parte de los “marxistas occidentales” realizaron actividad política, pero no siempre y no en todos los casos tuvo una relación clara con su actividad teórica y al mismo tiempo su oposición al estalinismo fue inconsecuente. Esto conllevaría entonces la necesidad de señalar cierto nivel de simplificación en el esquema de Anderson y por ende poner en duda que la categoría de “marxismo occidental” tal cual la define permita comprender cabalmente un hilado fino de las trayectorias específicas de los intelectuales agrupados en la categoría.

Algo así señalamos con Ariel Petruccelli cuando optamos por la categoría de “comunistas críticos” para Althusser y Sacristán [2]. Aprovecho, de paso, para responder a la objeción presentada por Santiago acerca de esta definición, señalando que la categoría de marxismo occidental “continúa detentando una importante capacidad explicativa ante términos rivales como el de comunismo crítico” dado que a pesar de “ganar mayor especificidad para dar cuenta de trayectorias como la de Louis Althusser”, esta definición “pierde en apertura y generalidad”, que es lo que buscaba Anderson en sus Consideraciones sobre el marxismo occidental [3].

Cuando señalamos que Althusser y Sacristán no encajan con exactitud en la categoría de “marxismo occidental” (con excepción del Althusser de la “edad de oro”) lo hacemos porque Althusser hizo intervenciones políticas específicas y explícitas desde el balance del ‘68 en adelante, formulando con sus límites un balance del estalinismo y en el caso de Sacristán fue dirigente del PSUC-PCE (defendiendo públicamente la Primavera de Praga) hasta que rompió con ese partido y desarrolló una militancia de tipo social sin partido, junto con sus intervenciones teóricas (cabe aclarar una vez más que Sacristán no aparece en el mapeo de Anderson). La objeción de Santiago sobre que la categoría de marxismo occidental explica más que la de “comunismo crítico”, podría ser cierta, en el sentido de que esa conceptualización le permitió al historiador marxista británico abarcar un amplio espectro de elaboraciones, pero no parece congruente con la operación teórica que está criticando, ya que nuestro interés no era “explicar más” que Anderson, sino señalar una especificidad que se pierde en su “explicación mayor” y cuyo reconocimiento permite evaluar en términos más productivos las trayectorias de estos marxistas para pensar su potencialidad en el presente, es decir explicar “menos pero mejor”.

En cualquier caso, estas discusiones implican una serie de “proporciones definidas” en la relación entre teoría y política y una evaluación de la medida en que unas u otras posiciones buscaron ensayar alternativas al estalinismo.

El tema gana en confusión, sin embargo, cuando se pretende afirmar al mismo tiempo, que los marxistas occidentales fueron políticos pero que la unidad de teoría y práctica es imposible, o extremadamente difícil. Así se ha planteado, con matices, en diversas intervenciones que en torno del libro de Santiago han buscado destacar la insuficiencia del planteo andersoniano sobre el divorcio entre teoría y práctica política en los llamados “marxistas occidentales” (Grüner, Acha, Bonnet y en cierta forma el propio Santiago), contra las que Ariane Díaz y Christian Castillo plantearon la pertinencia de la concepción clásica que busca articular la teoría y la práctica política como una marca distintiva del marxismo.

Me parece que en este punto se han ido mezclado diversos niveles: a) la relación del marxismo con la clase trabajadora, b) relación entre la teoría y la práctica política específica del marxismo y c) la relación entre la teoría y la práctica como problema filosófico (en este aspecto hizo particular hincapié Omar Acha). Se puede considerar que c) podría ser un fundamento para a) y b), en el sentido de que en el marxismo hay una correlación o traducibilidad entre una concepción general de la práctica, la cuestión de la relación del marxismo con el movimiento obrero y la de la relación entre teoría y política. Pero precisamente la existencia de estos niveles, plantea un conjunto de mediaciones sin las cuales no se puede entender la problemática. En el mismo marco, si parece más o menos claro que resulta inexacto presentar al llamado “marxismo occidental” como totalmente despolitizado, tampoco debería adjudicarse al “marxismo clásico” una concepción fantasiosa de una unidad total y homogénea entre la teoría y la práctica política.

Más allá de estas consideraciones extremadamente generales, mi impresión es que la contraposición entre marxismo clásico y marxismo occidental no representa con exactitud los problemas del marxismo actual, aunque algo de ella sigue vigente, en el sentido de que hay una división entre el marxismo militante y el marxismo académico (siendo este cuantitativamente abrumador en relación al primero). Tenemos otros problemas más específicos, a los que quisiera hacer referencia para cerrar.

“Mil y un marxismos”, trotskismo y nueva síntesis

Santiago concluye sus reflexiones sobre la trayectoria del “marxismo occidental” señalando que sería más adecuado hablar en la actualidad de un “marxismo global”. Cabe preguntarse asimismo si el marxismo no ha sido “global” per se, dado que si corremos el eje del esquema andersoniano y marcamos la existencia de marxismo en otras áreas diferentes de Europa occidental en el mismo período, al menos por simultaneidad, siempre existió algo de marxismo global. Pero considerando el bloqueo que implicó el estalinismo para una globalidad más plena, podemos señalar que la dinámica global es más fuerte ahora que en los años de la segunda posguerra. Pero ¿en qué reside el carácter global del marxismo actual? Se puede responder que en la obsolescencia de la división Oriente/Occidente o en las dificultades de sostener la oposición entre clásico y occidental en los mismos términos en que lo hizo Anderson en los ‘70. Podemos acordar en ambas cuestiones, pero si el marxismo actual es “global” por extensión geográfica y equiparación de preocupaciones temáticas, no lo es por homogeneidad teórico-política y unidad de propósitos. En este sentido, el marxismo actual es tan global como fragmentario.

Santiago concluyó la charla en la UNQ, planteando una reivindicación de la posición del PTS frente a la teoría señalando que nosotros sabemos que para que haya una emancipación posible, el marxismo no se puede reconstruir solamente con el trotskismo. Dejó planteado el problema de qué relación se puede establecer hoy entre el trotskismo (como la única corriente militante antiestalinista consecuente que se ha mantenido viva en las últimas décadas) y las variadas formas de “marxismo global” o “mil y un marxismos”. A eso intentaré referirme para terminar.

Los “mil y un marxismos” de la actualidad han aportado en las últimas décadas una serie de elaboraciones a tener en cuenta:

• un conocimiento más profundo de la obra de Marx y Engels, tanto por la publicación de textos antes inéditos como por la publicación de estudios significativos sobre su pensamiento;
• análisis de las características del imperialismo y el capitalismo actuales y de la crisis capitalista actual con sus aspectos específicos;
• elaboraciones sobre la relación entre producción y reproducción en el capitalismo, el rol de las mujeres y el feminismo;
• análisis de la obra de autores que aportan en diversos elementos de teoría política o marco teórico general, así como cuestiones más específicas como los problemas de la hegemonía, el Estado o la ideología;
• elaboraciones sobre la cuestión ecológica vista desde una óptica marxista, con posiciones varias; así como reflexiones sobre marxismo y ciencia.
• estudios sobre los cambios en la clase obrera, el desarrollo de la logística y otros sectores, su rol en el capitalismo y las consecuencias posibles para la lucha de clases.

Las discusiones sobre la relación entre el marxismo y los problemas estratégicos (sobre la que venimos haciendo eje tanto el PTS como la FT que es la corriente internacional de la que forma parte) viene más rezagada, habiendo sido Daniel Bensaïd su principal reintroductor en las últimas décadas (más allá de nuestras diferencias con sus orientaciones políticas), siendo retomada desde otra óptica por Isabelle Garo en su reciente Communisme et stratégie, que forma parte de su programa de investigación sobre el pensamiento de Marx (con Garo el desacuerdo político es mayor que con el Bensaïd de los ‘90/2000, aunque apreciamos mucho su trabajo teórico y tenemos una relación cordial).
Pero para un marxismo centrado en la estrategia, los puntos anteriormente señalados como posibles aportes de los “mil y un marxismos” no pueden ser desconocidos, ya que implican un enriquecimiento del marco teórico del marxismo en términos generales y también en relación con problemáticas específicas.

Señalemos a su vez qué cuestiones fundamentales puede aportar la teoría de Trotsky de manera específica a una recomposición del marxismo:

•la teoría de la revolución permanente como explicación global del carácter y proceso de las revoluciones contemporáneas, que a su vez incluye o se relaciona con:
•la generalización de la problemática de la dualidad de poderes y la auto-organización;
•la crítica (incluyendo programa y estrategia alternativos) del estalinismo. [4]

Los cruces que hemos realizado desde el PTS desde hace ya varios años entre las teorías de Trotsky y Gramsci se basan en que ambas teorías presentan un solapamiento de sus bases conceptuales (ambas aluden al problema de la revolución contemporánea, ambas parten de un marco teórico marxista en general y de los primeros años de la Tercera Internacional en particular y utilizan conceptos tales como hegemonía, revolución permanente, guerra de posición y de maniobra, pero dispuestos en modos diversos según el autor y el contexto) así como que la dinámica “virtuosa” de la revolución permanente no se ha verificado en los procesos que tuvieron lugar en las últimas décadas. Esto está ligado a las condiciones impuestas por la ofensiva neoliberal, el largo, lento y limitado proceso de recomposición de la subjetividad revolucionaria de la clase trabajadora (y con ella de la izquierda) así como con la puesta en práctica de mecanismos de “pasivización” burguesa, consistentes en fomentar la fragmentación e integración de los movimientos organizados en torno de reclamos puntuales y la consiguiente separación de las luchas democráticas de la pelea por el socialismo. De allí que la lucha por una política hegemónica que busque reunificar a la clase trabajadora como tal y con los movimientos sociales aparezca como la forma embrionaria de la revolución permanente.

Ambos conjuntos de reflexiones, las de los “mil y un marxismos” y las del trotskismo, se han desarrollado de manera independiente y con pocos (aunque algunos) vasos comunicantes.

Pensando en la actualidad, mi hipótesis (plausible pero por ahora no del todo comprobable) es que después de una academización que llegó para quedarse, estamos asistiendo a una relativa o parcial repolitización del marxismo teórico, porque el capitalismo impone cada vez más la discusión sobre la necesidad de alternativas, porque los experimentos “neorreformistas” fueron bastante desastrosos en sus resultados y porque surgen nuevas camadas que protagonizan luchas diversas que van desde la recomposición sindical hasta las revueltas. De allí que las posibilidades de tender un puente entre ambos conjuntos de reflexiones y avanzar, aunque sea parcialmente en recomponer un marxismo militante que otorgue importancia a la teoría están más planteadas que hace unas décadas.

Como hemos señalado en otra parte, esto requiere una hábil (o no muy hábil pero intelectualmente honesta) performance que intente combinar la defensa de las herramientas teórico-políticas de la propia tradición (en este caso, el trotskismo) y la práctica de cierto “marxismo genérico” que permita recuperar de los “mil y un marxismos” todo aquello que hoy puede servirnos tanto para pensar teóricamente como para hacer política. Aquí apelaría a la categoría gramsciana de “nueva síntesis” (vinculada con el concepto de “nueva inmanencia”), que para el comunista sardo implicaba la reconstitución del marxismo más allá de las tendencias "ortodoxa" y "revisionista" (personificadas por Plejanov y Croce), buscando reunificar las aristas filosóficas, históricas, económicas y politicas del marxismo.

Esta “nueva síntesis” (entendida como un proceso de convergencia más que de total homogeneización) implica a su vez volver sobre la actualidad de la teoría de la revolución permanente como posible núcleo teórico-político de la reconstrucción del marxismo. Puede pensarse como un objetivo de mediano plazo, en función del cual los debates que estamos comentando resultan muy relevantes y merecen ser profundizados.


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NOTAS AL PIE

[1Anderson, Perry, Consideraciones sobre el marxismo occidental, México, Siglo XXI, 1987, p. 41.

[2Petruccelli, Ariel y Dal Maso, Juan, Althusser y Sacristán. Itinerarios de dos comunistas críticos, Bs. As., Ediciones IPS, 2020, pp. 277/279.

[3Roggerone, Santiago, Tras las huellas del marxismo occidental, Bs. As., Ediciones IPS, 2022, pp. 128/129.

[4Notemos de paso, paradójicamente, que en estas cuestiones era en las que Anderson veía problemas importantes en las elaboraciones de Trotsky, afirmando que la mecánica del pasaje de las revoluciones “democrático-burguesas” a socialistas no se había verificado en la práctica (señalando insólitamente el caso de Bolivia en 1952), que el Frente Popular Francés era distinto del español y que el análisis del estalinismo había sido parcial ya que no contemplaba el rol represivo del “Estado obrero” ni se podía extender la noción de “revolución política” a países cuyas revoluciones surgieron sin democracia proletaria como Vietnam o Cuba. Ver Anderson, Perry, Consideraciones sobre el marxismo occidental, ob. cit., pp. 143/147.
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Juan Dal Maso

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(Bs. As., 1977) Integrante del Partido de los Trabajadores Socialistas desde 1997, es autor de los libros El marxismo de Gramsci (2016), traducido al portugués y al italiano, Hegemonía y lucha de clases (2018), traducido al inglés, y Althusser y Sacristán (2020), escrito junto con Ariel Petruccelli.
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