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Oliveira, Talita y el tablón: Cortázar y el-amor-lenguaje

En el aniversario del natalicio de Julio Cortázar y como regalo amoroso de una lectura personalísima, un comentario sobre su novela más famosa: Rayuela.

Lujan Oliva

Viernes 26 de agosto de 2016
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Todo es caótico desde los ojos de Oliveira, toda lógica es aplastante en un mundo lleno de convenciones extraordinariamente limitantes.

Se habló hasta el cansancio de la búsqueda como tema central de Rayuela, y la ansiedad que produce no llegar del otro lado, al fondo de las cosas, donde en realidad no hay fondo sino construcción transformable de cierto orden que puede ser mejor si tenemos la capacidad de optar; e incluso mejor si podemos imaginar algo distinto y ejercer el derecho de reclamarlo como expresión máxima de libertad. Aunque esa es la parte en que Oliveira frena, en ese conflicto aparente entre ser y hacer donde no es ninguna de las dos cosas, que él ve por separado.

Se habló mucho también sobre el juego, diluyente de ataduras del deber ser, que desautomatiza conductas precisamente porque evidencia que las conductas y roles son lo que son, construcciones humanas, transformables, ni tan serias ni aniquiladoras. Máscaras humanas. Y del juego como estrategia asombrosa, placentera, creativa; para llevar a cabo esa búsqueda.

Cuando pensamos en Rayuela, pensamos en la historia de amor de Oliveira y la Maga. Cuando sus juegos coinciden, los encuentros casuales en la ciudad, en los cuartos de hotel, todo fluye a través del deseo de llegar al otro en ese embargo de emociones que traduce en palabras el capítulo siete. Pero no es suficiente, no alcanza para Oliveira; ese ser racional cuyos puentes deben atravesar el lenguaje. Y la Maga posee otro lenguaje, imposible para Olivera, tan sólo distinto, que la vuelve inalcanzable, cuando se posiciona por encima de ella, o por debajo, da igual, el resultado es el mismo.

Y es hasta el capítulo cuarenta y uno, ingenioso capítulo en que los pasajes parisinos son reemplazados por un tablón de madera que pende entre dos departamentos porteños, el de Oliveira y su amigo Traveler; por donde cruza Talita, que se puede entender hasta qué punto ese puente debe estar conformado de palabras.

Olivera, sabe lo suficiente para comprender que la complejidad de las palabras está más en lo que no pueden decir que en lo que dicen, y que más allá del quehacer conciente se encuentra lo inexplorado, y que el juego permite apropiarse de los significados y que construir un mismo lenguaje con otro es verdaderamente haber atravesado el puente.

Es en el contraste, entre el diálogo de Oliveira yTalita, más allá del juego físico al que se exponen, uno a través de la ventana y la otra a mitad del tablón sobre la calle; y el diálogo de dentista y café con leche de Grekepten, donde escuchamos las primeras palabras de amor de Olivera. Y es en contraste entre este encuentro de juegos del cementerio y preguntas balanza junto a las noches de insomnio de las que la maga es ajena, cuando entendemos la magnitud del desencuentro, de la fatalidad inevitable entre Oliveira y la Maga.

Compartir un mismo lenguaje en el juego, es la propuesta de Rayuela. El concepto de amor también se ve traspasado por la necesidad real de encontrar un fondo a las palabras en su ruptura plena. Allí donde el sujeto deja de estar atravesado por las convenciones y el inconciente logra asomar. Y es la disposición al juego, querer llevar adelante el desafío de inventar las propias reglas y ser responsable por ello lo que hace de esta propuesta lúdica, una visión de mundo crítica y comprometida. Ese pasaje, Oliveira lo encuentra en Talita y Julio lo propone a sus lectores.

Porque es un amor más auténtico, el de dos personas que construyen el lenguaje donde se encuentran.


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