SUPLEMENTO

Partido, estrategia revolucionaria y perspectiva socialista en el siglo XXI

Diego Lotito

Partido, estrategia revolucionaria y perspectiva socialista en el siglo XXI

Diego Lotito

Artículo basado en la charla realizada en la IV Escuela de Verano de la CRT en Madrid, los días 1 al 3 de julio de 2022, que aborda el carácter estratégico de la construcción de un partido revolucionario leninista de combate y las tareas que tenemos por delante las y los revolucionarios de la CRT para avanzar en este objetivo en la lucha por una perspectiva socialista en el siglo XXI.

Introducción

La idea del partido ha dado lugar a todo tipo de debates y controversias en el movimiento marxista internacional, desde Marx a esta parte. En las últimas cuatro décadas, en lo que llamamos la restauración conservadora, la herencia de la monstruosa degeneración estalinista junto con el triunfalismo capitalista generaron un profundo descrédito a la idea del partido de tipo “leninista”. Ya desde antes de la caída del muro de Berlín, y mucho más después de ello, proliferaron todo tipo de ideas contrarias a la idea del partido revolucionario, desde el autonomismo al posmarxismo y el posmodernismo, hasta los nuevos experimentos políticos surgidos al calor de la crisis del neoliberalismo, desde partidos anticapitalistas amplios hasta partidos mediáticos neorreformistas y populistas tributarios de la video política.

Frente a estos proyectos, la mayoría de los cuales hoy está en profunda crisis, nosotros seguimos reivindicando la necesidad de la construcción de un partido obrero revolucionario de vanguardia que sea el instrumento para la conquista del poder por la clase trabajadora y la lucha por el socialismo a escala internacional. Partiendo de esta concepción y de las condiciones concretas en que estamos desarrollando nuestra actividad los distintos grupos de nuestra corriente internacional, la Fracción Trotskista – Cuarta Internacional (FT-CI), en distintos niveles discutimos permanentemente las vías tácticas y estratégicas para construir partidos revolucionarios para la lucha de clases y reconstruir la Cuarta Internacional.

Estas condiciones, para resumirlo, son por un lado la falta de radicalización y tendencias militantes, derrotas y desvíos previos en el movimiento obrero donde priman tendencias conservadoras. Pero, por el otro, también el surgimiento de nuevos procesos de la lucha de clases, ciclos de revueltas y huelgas generales en distintos países, nuevas formas de pensar en la juventud y, sobre todo, una reactualización de la época imperialista de crisis, guerras y revoluciones, como venimos discutiendo a partir de la Guerra en Ucrania y el fortalecimiento de la OTAN.

Decía que nuestra corriente tiene la voluntad de extender su influencia con el objetivo de construir partidos revolucionarios y lo hace con múltiples iniciativas y giros políticos. Para ello nos propusimos aprovechar las más avanzadas técnicas de comunicación para lanzar la Red Internacional de La Izquierda Diario, con 15 publicaciones en 7 idiomas en países muy importantes, para desplegar desde allí una propaganda y agitación política revolucionaria. En Argentina se ha consolidado el Frente de Izquierda y de los Trabajadores Unidad y nuestro partido hermano, el PTS, viene de hacer su XIX Congreso donde discutió cómo desarrollar la lucha de clases y la autoorganización, al mismo tiempo que despliega un discurso político socialista para construir un fuerte partido de vanguardia. En Francia nuestros camaradas han dado un gran paso en la construcción de una nueva organización trotskista después de una conferencia con centenares de delegados, ante la decadencia de los viejos grupos de la extrema izquierda francesa y los variados intentos malogrados de construcción de grupos anticapitalistas sin delimitación entre reformistas y revolucionarios, como el NPA, o grupos sectarios, sindicalistas, como es Lutte Ovriere, lo que llamamos grupos centristas. Y nuestros compañeros lo están haciendo con referentes obreros que ya son personalidades nacionales de su país, como Anasse Kazib. Del mismo modo nuestros camaradas de Left Voice en pleno corazón del imperialismo norteamericano están haciendo grandes avances, o también nuestros hermanos y hermanas del PTR de Chile. Y también la CRT, que viene avanzando, no sin contradicciones como discutimos en nuestro II Congreso, con el objetivo de sentar las bases de un nuevo partido revolucionario en el Estado español.

Aunque las vías tácticas y los ritmos de desarrollo de las organizaciones que conformamos la FT-CI son diversos, hay una idea fuerza que nos unifica y que intentaré que sea un hilo conductor de esta reflexión: la relación entre el despliegue de la autoactividad de la clase trabajadora, es decir su autoorganización, y el papel fundamental del partido revolucionario para desarrollarla.

El debate y la reflexión teórica y estratégica es clave para la tarea que nos proponemos. Por eso, entre otras cosas, hacemos estas Escuelas de Verano en Madrid y Barcelona. En una charla en la escuela del año pasado abordé la cuestión de las estrategias para la revolución. Hoy quiero abordar un elemento estratégico clave: el partido y, por ende, la dirección. Y quiero hacerlo a partir de tres preguntas: ¿Por qué partido?, ¿Qué partido? y ¿Cómo construir ese partido?

I. ¿Por qué partido?

En esta charla no pretendo hacer un debate exhaustivo sobre la teoría del partido revolucionario. Estaría bien hacerlo en un seminario especifico, con el tiempo necesario. Esto es solo un esbozo de algunas cuestiones centrales para abordar el problema. La pregunta de por qué hace falta un partido está inevitablemente vinculado a otra pregunta ¿“Partido para qué?”. En cierto modo, todo este debate está vinculado a esta pregunta. Porque lo que queremos discutir es cuál es el mejor instrumento de organización de la clase obrera y las y los explotados para superar el capitalismo, para la revolución social y la construcción de una sociedad socialista. Por eso no discutimos sobre los partidos en general. Nuestro debate es con las corrientes o sectores del movimiento obrero o de lucha que tienen como objetivo terminar con el capitalismo, obviamente no con los partidos que representan a la burguesía o sectores de la pequeña burguesía explotadora.

El partido es una organización que aglutina a un colectivo alrededor de un programa y objetivos comunes. Por eso es una organización permanente, no ocasional, y por tanto tiene una estructura organizativa territorial (ya sea regional, nacional o incluso internacional). Pero esta es una descripción superficial del partido, no su esencia. Lo central de un partido político es que expresa determinados intereses de clase o de fracciones de clase. Eso no quiere decir que los partidos se presenten proclamando explícitamente esta representación, al menos no en el estadio de desarrollo del capitalismo en el que vivimos en el que la democracia liberal se ha extendido en todo el globo. Solamente los partidos revolucionarios proclaman abiertamente que son partidos de clase. Los partidos burgueses, pequeñoburgueses o populistas, se presentan como representantes de toda la nación, del pueblo, etc. En el caso de la burguesía, esto es así porque como parte de sus mecanismos de dominación buscan presentar sus intereses particulares como los intereses del conjunto. Pero lo importante es que sin importar el tipo que sea, los partidos siempre expresan un interés de clase y son instrumentos políticos de las clases: unos para mantener su dominación, otros para librarse de ella.

El partido por el que nosotros peleamos, y sobre el que queremos debatir hoy, es el que lucha por terminar con la explotación capitalista e instaurar una sociedad comunista mediante la revolución proletaria. Esto ya plantea un primer problema. La historia de la humanidad está plagada de revueltas y revoluciones, pero la revolución de nuestro tiempo, la revolución proletaria, tiene características específicas que hacen que sea una empresa sumamente difícil. Por varios motivos: Primero, es por primera vez en la historia una revolución realizada por la clase explotada que no posee el poder económico, como si sucedió con la burguesía y de la nobleza feudal. Segundo, es una revolución que no busca restaurar las condiciones previas (como lo hicieron las revoluciones de esclavos y campesinos en el pasado), o legalizar el cambio de poder que ya había sido alcanzado ya en el plano económico, sino derrocar el poder existente para establecer uno totalmente nuevo, que es un objetivo consciente. Tercero, por este objetivo, a diferencia de las revoluciones burguesas que avanzaban o incluso retrocedían, pero esto no detenía el desarrollo automático del capitalismo como nuevo modo de producción, la revolución proletaria debe conquistar nacional e internacionalmente nuevas bases sociales durante años y décadas hasta la abolición de las clases y la extinción del estado, sino retrocede.

Por todas estas peculiaridades que consideramos los marxistas sobre la revolución proletaria, esta no sólo requiere de una madurez de los factores “objetivos” (una crisis social creciente que exprese el hecho de que el modo de producción capitalista ha cumplido su misión histórica y la división de las clases dominantes), sino también de una madurez de los llamados factores “subjetivos” (madurez de la conciencia de clase del proletariado y de su dirección). Si estos factores “subjetivos” no están presentes, o lo están en grado insuficiente, la revolución será derrotada.

Considerando estas dificultades, a priori uno podría suponer que entre quienes se proponen terminar con el capitalismo la idea de que hace falta una organización política que tenga este objetivo es algo elemental, pero no es así. Hay muchos que consideran que no hace falta un partido para la revolución social. Entre estos, los principales detractores de la idea del partido son los anarquistas.

Los debates con el anarquismo vienen de larga data y no vamos a desarrollarlos aquí. La cuestión del partido opuso a Marx y los marxistas a los anarquistas desde la Primera Internacional. “La organización del proletariado en clase, o sea en partido político”, como define el Manifiesto Comunista, no es una fórmula al pasar, sino que expresa una de las claves estratégicas del pensamiento de Marx y Engels que enfrentó violentamente al marxismo con el anarquismo. Como dice el historiador laborista G.D.H. Cole, “donde Marx acentúa la necesidad de una dirección centralizada y una organización de clase disciplinada, Bakunin ponía su fe en la acción espontánea de los trabajadores individuales y en los grupos primarios que sus instintos naturales de cooperación social lo llevaran a forma, cuando la necesidad surgiese” (G.D.H. Cole, Historia del Pensamiento Socialista, Tomo II).

La lógica antipartido del anarquismo se corresponde con su estrategia política de oposición a toda forma de “poder”. Por eso, si bien compartimos con los anarquistas el objetivo último (el comunismo), la estrategia para alcanzarlo es opuesta, al punto que en su caso termina siendo su negación. El ejemplo más sangrante de esto se vivió en la revolución española, cuando la CNT se niega a tomar el poder en Catalunya y se lo entrega al gobierno burgués de Companys, mientras más tarde ingresa al Frente Popular que liquida la revolución.

Colindante con el anarquismo, también el sindicalismo revolucionario se ha opuesto a la idea del partido. Esta corriente nace en Francia a fines del siglo XIX a partir de diversas escisiones de socialistas y anarquistas. Uno de sus principales teóricos fue Georges Sorel. Su principal documento fundacional es la Carta de Amiens, adoptada como principio por la CGT francesa en 1906, donde se establece una estricta distinción entre el sindicato y la ideología política. La clave de su lógica es que el sindicato es la institución fundamental para proteger a los trabajadores de los capitalistas y del Estado (o de cualquier abuso) como para organizar la vida productiva administrativa de la sociedad. Al mismo tiempo que se oponía al parlamentarismo y a la intelectualidad -porque sostenía que transmitía la ideología de la burguesía entre las masas obreras-, para evitar la cooptación del Estado y defender la unidad de la clase obrera, Sorel desarrolló la idea del mito de la huelga general. El problema es que, como polemizó León Trotsky con Rosa Luxemburg, “cualquiera que sea su potencia, la huelga general no resuelve el problema del poder, no hace más que plantearlo. Para apoderarse del poder, se requiere organizar la insurrección, apoyándose en la huelga general”. Y para organizar la insurrección, hace falta un partido.

Por eso, aunque el sindicalismo revolucionario se opone tajantemente a la idea de una vanguardia organizada en partido, desarrollan la teoría de la “minoría activa”, ¿y que es una minoría activa, ligada por la unidad se sus ideas, sino un partido? Por eso Trotsky sostiene que la CGT “es un partido que intentó diluir a sus miembros en la asociación sindical, o al menos enmascararse tras los sindicatos”. Por esta vía el sindicalismo revolucionario, lejos de lograr la unidad de toda la clase contra los partidos y el Estado como predicaba, terminó transformándose en una burocracia obrera integrada al régimen.

Otro cuestionamiento ha sido el de la corriente conocida como comunismo consejista o la escuela germano-holandesa de los Raden Kommunisten. Sus principales exponentes fueron Anton Pannekoek, Otto Rühle y Herman Gorter, quienes rechazaban la necesidad de un partido revolucionario de vanguardia, como también de los sindicatos, en nombre de la espontaneidad de las masas. Según el consejismo, los partidos y los sindicatos son formas de organización correspondientes a la etapa reformista del movimiento obrero, y por lo tanto se transforman en fuerzas contrarrevolucionarias cuando se abre una situación revolucionaria porque obstaculizan el desarrollo de la autonomía proletaria. Los debates con esta corriente tuvieron lugar en el marco de la Revolución rusa, donde sostenían que al existir los soviets el partido debía disolverse, o incluso planteaban prohibir la creación de partidos revolucionarios en nombre de la soberanía de los consejos.

Esta visión niega el carácter central del partido para la preparación de la insurrección y la propia construcción del socialismo. Al mismo tiempo, era estrechamente nacionalista, ya que no consideraba que la conquista del poder en un solo país era solo una trinchera de la lucha por la revolución internacional, para lo cual el partido (no solo nacional, sino internacional) sigue siendo un instrumento clave. Por otro lado, al negar la necesidad del partido una vez desarrollados los soviets, o incluso planteado su prohibición, imitaban los errores de los partidarios estalinistas del partido único, que rechazaban la soberanía de los consejos obreros en nombre de la omnipotencia del partido.

Por último, los autonomistas, que abrevan en la tradición anarquista por un lado y en las elaboraciones del autonomismo italiano, y posteriormente las de Toni Negri o John Holloway, también se oponen a la organización partidaria, en muchos casos con argumentos eclécticos, vinculado a una estrategia que abdica de la lucha por el poder político y la reivindicación de la autogestión en sí misma. Es lo que, en otra charla, llamamos la estrategia de “huir del capitalismo” tomando una idea de Erik Olin Wright. En nuestros círculos de intervención quizá sean unos de los principales objetores de la idea de partido en los movimientos sociales, donde prima un “movimientismo” del activismo como fin en sí mismo.

Es un hecho que la experiencia del aplastamiento por parte de la burocracia estalinista de la democracia de los consejos en la Unión Soviética y los países bajo su influencia, la caída del Muro de Berlín y la desintegración de la ex URSS, así como la posterior etapa de restauración capitalista, han hecho -no solo al nivel de las masas, sino de sectores de la vanguardia-, que la idea misma de partido leninista se considere sinónimo de una burocracia totalitaria. Por ello es necesario recuperar y reafirmar la tradición del marxismo revolucionario en este terreno.

En su Introducción al libro “Control Obrero, Consejos Obreros y Autogestión”, una compilación un poco ecléctica pero muy interesante, Ernest Mandel plantea cuales son las raíces objetivas de la necesidad de partidos revolucionarios de vanguardia. Enumera tres:

“1) El carácter parcial y parcelario de la experiencia que pueden adquirir, tanto de la sociedad burguesa como de la lucha de clases, los colectivos de obreros de empresa o de localidad (carácter que resulta en definitiva de la división capitalista del trabajo y de sus consecuencias sobre la conciencia elemental a la cual puede acceder el trabajador que se halla sometido a ella);
2) La diferenciación ideológica inevitable de la clase obrera, diferenciación que resulta tanto de las diferencias en las tareas y en los orígenes sociales, cuanto de factores que se derivan de la superestructura (influencia familiar, formación en la escuela, diversas influencias ideológicas sufridas etc.);
Y 3) El carácter discontinuo de la actividad política de las masas, la periodicidad de los ascensos revolucionarios.”

Por esas razones la vanguardia se separa inevitablemente de las masas de la clase obrera. La constituyen los elementos que, por un esfuerzo individual (y colectivo en el marco de una organización), logran superar el carácter parcial y fragmentario de la conciencia de clase de las masas. Vale decir que, si bien esta explicación de Mandel es muy didáctica, él mismo desarrollará una concepción unilateral de la vanguardia que lo llevará a todo tipo de posiciones oportunistas, como veremos brevemente más adelante.

Pero quizá el fundamento más importante que justifica la existencia de la organización revolucionaria de vanguardia es el rol que juega para favorecer el futuro ascenso revolucionario sin tener que empezar cada vez de cero, preservando las lecciones teóricas y estratégicas del pasado, difundiendo un programa y educando una nueva generación preparada para los combates decisivos con el objetivo de garantizar la lucha por el poder.

Dicho de otro modo, el partido revolucionario de vanguardia es indispensable para asegurar la victoria de la revolución. Como dice Trotsky, la victoria es una “tarea estratégica” y exige una concentración de esfuerzos, una conciencia de la madurez de las condiciones objetivas y subjetivas, un análisis minucioso de los preparativos y de las intenciones del adversario, la elaboración de una verdadera ciencia de la revolución a la cual las masas en su conjunto apenas si pueden acceder. En la historia han estallado cientos de revoluciones espontáneamente, pero no se ha visto una sola que haya triunfado espontáneamente. Como decimos a veces, no hace falta revolucionarios para que estallen revoluciones, hacen falta para que triunfen.

Vinculado a este último aspecto, hay otros tres elementos adicionales que fundamentan por qué hace falta un partido revolucionario de vanguardia:

1) Para que se desarrolle la espontaneidad revolucionaria de las masas y sus organismos de autoorganización en un sentido revolucionario. No hay ninguna contradicción entre la necesaria espontaneidad de las masas y la función de una organización de vanguardia. Por el contrario, sin ella, los partidos conciliadores y la propia burguesía evitan que se desarrollen;

2) Para combatir los riesgos de deformación burocrática del poder obrero, mediante el pluripartidismo soviético, es decir, la participación en los organismos de poder obrero de todos los partidos que defienden la revolución. La sola autogestión no constituye una garantía suficiente contra la degeneración estalinista, porque en el periodo de transición del capitalismo al socialismo la supervivencia de la división social del trabajo y la economía capitalista, así como todo tipo de instituciones ideológicas y culturales del viejo régimen, siguen operando. Como explica Trotsky en su Teoría de la Revolución Permanente, la revolución no se detiene después de la toma del poder, continúa en el terreno de todas las relaciones sociales y, sobre todo, en el terreno internacional;

Y 3) La existencia de una organización revolucionaria internacional, un partido mundial de la revolución socialista, que permita sintetizar toda la experiencia revolucionaria alrededor de una estrategia común, integrando en un todo coherente la elaboración teórica y práctica de los movimientos de vanguardia en cada país. Aunque este más que un fundamento de la necesidad del partido, es una condición del tipo de partido que hace falta.

II. ¿Qué partido?

Ya hemos establecido que para nuestros fines es necesario un partido. Ahora la pregunta que le sigue es, ¿Qué tipo de partido? Algo ya hemos adelantado, pero vamos a profundizar en esta idea y ponerla en contraste con otras perspectivas. En un artículo con título “El partido leninista como instrumento de combate” publicado en 2013, Fredy Lizarrague de la dirección del PTS argentino abordaba pedagógicamente este problema. Decía:

“En la historia de los partidos obreros han existido dos tendencias predominantes: los partidos ‘de masas’ y los partidos de vanguardia que se proponen conquistar influencia de masas. La diferencia entre ambos es enorme. En el primer tipo, el caso emblemático son los partidos socialdemócratas de principios del Siglo XX, como el SPD alemán. Un aparato electoral, donde los ‘militantes’ son una base pasiva que colaboran de vez en cuando en la organización electoral, o participan de la ‘gestión’ de las distintas instituciones donde actúa el partido (sindicatos, cooperativas, etc.). Estos partidos adoptaron una estrategia reformista descartando cualquier transformación revolucionaria de la sociedad y se transformaron en ‘social traidores’ al apoyar a sus propias burguesías para ir a la guerra imperialista. Los Partidos Comunistas occidentales de la corriente ‘eurocomunista’, en la década del ’70, iniciaron este curso convergente con los socialdemócratas.”

“El segundo tipo de partido es el que llamamos ‘partido leninista’, inspirados en las lecciones de los bolcheviques que llevaron al triunfo de la Revolución Rusa. (…) Se trata de partidos ‘comunistas’ por su programa y estrategia, que agrupan a la vanguardia de la clase obrera y que se proponen dirigir a millones. Son partidos que se proponen dirigir a los sindicatos y demás instituciones de ‘tiempos de paz’ de las masas, se presentan a elecciones, pero lo hacen en la perspectiva de forjar una dirección política y fracciones revolucionarias del movimiento obrero para desde allí dirigirse al conjunto de la clase obrera y demás sectores oprimidos de la sociedad, impulsar la lucha revolucionaria y, en su curso, desarrollar organismo como los ‘concejos obreros’ o ‘soviets’ que se conviertan en los órganos de la revolución y del futuro gobierno de los trabajadores, en la lucha por la extensión de la revolución internacional y la construcción del socialismo.”

Pero, ¿De dónde proviene esta segunda concepción que es la que nosotros defendemos? En el “¿Qué hacer?”, un texto clásico de 1902, así como en textos posteriores, como “Un paso adelante, dos pasos atrás” de 1904, se condensa buena parte de la batalla de Lenin por la construcción del partido bolchevique como un partido de vanguardia.

En el marco de la lucha contra el “economicismo” (o tradeunionismo), uno de los hitos de esta batalla fueron las discusiones en el Segundo Congreso del Partido Obrero Socialdemócrata Ruso (30 de julio - 23 de agosto de 1903). Uno de los grandes debates fue sobre el primer párrafo de los Estatutos, escrito por Lenin, y quién era considerado miembro del partido. Decía: “Se considerará miembro del Partido Obrero Socialdemócrata de Rusia a quien acepte su programa y apoye al partido, tanto financieramente como mediante su participación personal en una de sus organizaciones”. Martov, dirigente de la fracción que después se llamará menchevique (“minoría”), proponía que dijera que “colabore personalmente con el mismo de un modo regular”. La fracción de Lenin, que luego será la bolchevique (“mayoría”) sostenía, por el contrario que había que restringir el concepto de miembro del partido para “separar a los que trabajan de los que simplemente charlan”, y terminar con el caos en materia de organización que era el partido ruso entonces. Esto, que parece una discusión “organizativa”, encerraba dos concepciones opuestas ante la separación entre las masas y la vanguardia obrera que llevaron a la escisión del partido y el nacimiento del bolchevismo: la idea de una organización de masas amplia, difusa, y la idea de un partido de “revolucionarios profesionales”.

Estas ideas están desarrolladas en distintos textos, pero especialmente en el “¿Qué hacer?”. En ese texto, Lenin plantea que la conciencia socialista en el movimiento obrero solo puede venir “desde afuera”, es decir, de la intelectualidad revolucionaria organizada en partido. Que por sí solo, el movimiento obrero solo podía llegar al tradeunionismo. Después de 1905 y el surgimiento de los Soviets, así como en escritos de los años posteriores a la derrota, Lenin precisa su propia posición. ¿Por qué? Porque los soviets creados espontáneamente por las masas mostraron que podían ir más allá del sindicalismo y crear organismos de autoorganización que podían transformarse en órganos de poder. Ahí plantea que el partido debía volcarse plenamente a intervenir en los soviets y fortalecerse al calor de su desarrollo. Pero digo “podían”, en condicional. Porque si seguimos la Historia de la Revolución Rusa, los soviets por sí mismos no devienen necesariamente en un doble poder, independientemente de lo desarrollados y espontáneos que sean. Lo son solo embrionariamente, para tomar la propia terminología de Lenin cuando dice que “lo espontáneo es la forma embrionaria de lo consciente”.

Aunque las masas estén autoorganizadas, si sus organismos son dirigidos por conciliadores no van a avanzar en una perspectiva revolucionaria. En efecto, en el transcurso de la Revolución rusa, Lenin barajó que fueran los comités de fábrica y no los soviets los que se desarrollasen como organizamos de autoorganización de masas para la conquista del poder, porque en los primeros meses de la revolución los soviets estaban liderados por los mencheviques y los eseristas. La historia mostró como finalmente los bolcheviques después de la ofensiva fallida de Kornilov conquistaron la mayoría de los soviets de Moscú y Petrogrado, que fueron decisivos para la insurrección de octubre. Es decir, los soviets se transformaron en organismos plenamente revolucionarios. Sin la intervención del Partido Bolchevique, los soviets en manos de los conciliadores habrían sido el camino más largo (y sangriento, porque los mencheviques y SR tenían una política guerrerista) para terminar instalando un poder burgués.

Así, en otro nivel, sigue operando un límite en la lucha de las masas por el socialismo. La precisión que hace Lenin sobre su propia lectura en el “¿Qué hacer?” es en este sentido dialéctica, no unilateral. Para que los soviets se transformen de órganos embrionarios del poder revolucionario en órganos efectivos y centrales del poder revolucionario victorioso, un gobierno obrero revolucionario, hace falta el partido y la estrategia. Es por ello que, en su balance de la revolución del 1905, Lenin sostiene que no se trata de “soviet o partido”, sino “soviet y partido”.

Trayendo esta discusión a nuestros días y a la concepción de partido que defendemos, como plantean Emilio Albamonte y Matías Maiello en “Estrategia socialista y arte militar”, sin un partido revolucionario con vocación hegemónica que impulse la autoorganización defendiendo un programa que responda a los intereses del conjunto de las clases y sectores oprimidos (como los pobres urbanos o los campesinos), y que combata contra todas las opresiones (hegemonizando a los movimientos de mujeres, ambientalista, antirracista), no puede desarrollarse un doble poder revolucionario y socialista, porque siempre la revolución será frenada por el estado burgués en sus objetivos corporativos. Esto es lo que sucedió en múltiples ejemplos de surgimiento de organismos de tipo soviético en la historia del Siglo XX que no desembocaron espontáneamente en el poder obrero. Por eso nuestro modelo de partido es uno que tiene un programa sovietista, considerando esta dialéctica entre soviets y partido como uno de los problemas estratégicos centrales para la revolución.

Volviendo al inicio, tanto el “modelo” del partido de masas como el partido de vanguardia, han generado en la historia, y siguen generando, amplios debates y controversias en el movimiento socialista. Me quiero a referir a dos debates de actualidad.

De Podemos y Syriza al “neokautkismo” norteamericano y el DSA

Mientras que Europa los antiguos partidos socialdemócratas se transformaron hace tiempo en social liberales imperialistas, en cierto modo el modelo socialdemócrata fue retomado por las formaciones neorreformistas, como Syriza o Podemos en el Estado español. Pero, ¿podemos caracterizar que Syriza o Podemos han sido partidos de este tipo? Si y no. ¿En que sí? En que tienen (o tuvieron) una base pasiva, electoral, aparte de una orientación conciliadora con el régimen burgués, etc. Pero en lo fundamental, no: ambos carecían de un anclaje orgánico en la clase obrera. Así, estos partidos se han transformado en el mejor de los casos en socios menores de Gobiernos imperialistas como Unidas Podemos en el Gobierno del PSOE. Como escribió alguna vez nuestro compañero Juan Dal Maso, que es un especialista en Gramsci, el neorreformismo tiene todo lo malo de la vieja socialdemocracia y nada de lo “bueno”.

Ahora Yolanda Diaz, que es vicepresidenta segunda y ministra de Trabajo del gobierno de imperialista junto al PSOE, acaba de presentar su proyecto “Sumar” para intentar darle una sobrevida al neorreformismo. Y lo hace con un proyecto que no solo está claramente a la derecha de Podemos, basado en una idea genérica de que la “sociedad civil” y “los colectivos sociales” tengan el protagonismo, “ensanchar la democracia e impedir el paso a las derechas”, y frases vacías por el estilo.

Pero las credenciales reales de Yolanda Diaz, no el discurso, son que como ministra de trabajo ejerció como la mejor defensora de los intereses del IBEX35 y la CEO, que aplaudieron su “reforma laboral”, y que ante la derechización del gobierno en el frenesí militarista que desencadenó la guerra en Ucrania se ubicó como su principal defensora. El “nuevo proyecto” no tiene nada de nuevo, se sostiene en la vieja burocracia política del PCE e IU, y en la igualmente vieja y corrupta burocracia sindical de CCOO y UGT. Y su objetivo político no es otro que preservar algo del voto de la “izquierda” para volver a gobernar con el PSOE en pleno auge militarista e imperialista.

Ahora bien, mientras de este lado del Atlántico los neorreformismos se hunden o están en una profunda crisis, o quieren reinventarse en forma aún más conservadora, en Estados Unidos la crisis orgánica de la democracia imperialista está dando fenómenos nuevos. Por derecha, como sabemos el trumpismo. Por izquierda, lo que el semanario The Economist denominó “El ascenso del socialismo millennial”, según el cual más de la mitad de los jóvenes entre 18 y 29 años tienen una visión positiva de la palabra “socialismo”. En este contexto, la “hipótesis socialdemócrata” está experimentando una suerte de renacimiento a partir del nacimiento del Democratic Socialists of America (DSA), que reivindica esa tradición, y ha pasado rápidamente de 5 mil a aproximadamente 55 mil militantes en la actualidad, y continúa creciendo.

Lo interesante para el debate estratégico y sobre qué partido necesitamos, es el renovado interés que ha suscitado la figura de Karl Kautsky, uno de los principales líderes del SPD alemán, y la reivindicación de una “socialdemocracia pre-1914”. Este giro está impulsado por distintos intelectuales y académicos como Lars Lih, quién hace años que viene predicando una vuelta a una socialdemocracia “de los orígenes” y con el que Emilio Albamonte y Matías Maiello debaten extensamente en su libro Estrategia Socialista y Arte Militar. Otros que impulsan este “giro kautskiano” son Bhaskar Sunkara, editor de la revista la Jacobin, estrechamente ligada al DSA, y autor de The Socialist Manifesto, e intelectuales como Eric Blanc, Vivek Chibber o James Muldoon, entre otros.

¿Qué sostienen? Resumiendo, que la teoría de Kautsky (y su esquema de “estrategia de desgaste” versus “estrategia de derrocamiento”), daría fundamentos a la estrategia popularizada como “inside-outside” (adentro-afuera) del Partido Demócrata. Uno de los principales defensores de esto es Eric Blanc, que sintetiza esta política diciendo que “Bernie Sanders, Alexandria Ocasio-Cortez y otros radicales recién electos han aumentado las expectativas de los trabajadores y han cambiado la política nacional. Los socialistas deben participar en este crecimiento electoral para promover movimientos de masas y organizar a cientos de miles de personas en organizaciones independientes de la clase trabajadora”. En la práctica, esta estrategia es apoyar a sectores del ala izquierda del Partido Demócrata cuyo “socialismo” no pasa de alguna reforma impositiva progresiva o planes como el llamado “Green New Deal”, planteando la utopía de humanizar pacíficamente al imperialismo en decadencia, con la ilusión de crear una ruptura por izquierda que supere a la burocracia del Partido Demócrata.

Para esto, reivindican el Programa de Erfurt, que fue votado en el Congreso del Partido Socialdemócrata alemán (SPD) en 1891. Este programa fue el modelo de todos los programas de la socialdemocracia a nivel internacional a desde entonces y ocupó un lugar fundamental en el establecimiento de una división tajante entre “programa mínimo” y “máximo”, el cual fue criticado por Engels. O sea, plantear demandas que se consideran “posibles” y dejar el “horizonte socialista” para los días de fiesta.

Los problemas de los neokautskianos son muchos, pero vamos a concentrarnos en dos: por un lado, creen que pueden superar a la burocracia de uno de los dos partidos imperialistas más fuertes del mundo y su capacidad de cooptación, lo cual es como poco ridículo. Aunque destacan el rol de la burocracia (política y sindical) fue fundamental en la degeneración de la socialdemocracia alemana, no plantean por qué: el carácter imperialista del Estado alemán y el surgimiento de la aristocracia obrera, una capa del movimiento obrero sobornada con el dinero de la expoliación de otros pueblos, con lo cual Kautsky y la socialdemocracia pretendían conciliar. ¿Cómo terminó el abandono del antiimperialismo por parte del SPD?: el apoyo a los créditos de guerra para que Alemania participe de la masacre imperialista en 1914, lo que determinó la bancarrota definitiva de la Segunda Internacional.

Por otro lado, la recuperación de la vieja separación del “programa mínimo” y “programa máximo” que hacen los neokautskianos responde a que consideran a las propias instituciones de la democracia capitalista como un puente para cambiar las cosas (en esto no se diferencian de los neorreformistas). La clave entonces es ganar muchos votos y para eso el programa debe dejar de lado los temas que puedan complicar la relación con los votantes más conservadores de la clase trabajadora. Dicho de otro modo, como las demandas del movimiento de mujeres o del movimiento negro pueden “dividir” a la clase, se las debería ubicar en un segundo plano frente a las reivindicaciones puramente económicas. Los neokautskianos dicen que buscan unir a la clase trabajadora, pero en los hechos su estrategia termina logrando lo opuesto: la desarticulación hegemónica.

Nosotros, lejos de cualquier visión metafísica o idílica del movimiento obrero, creemos que la unidad de las filas obreras es un combate político que tiene como eje la total independencia del Estado capitalista. Y para ello, el punto de partida no es la conciencia del obrero conservador, sino los elementos más progresivos que da la propia realidad en cada momento, como por ejemplo estamos viendo en la Generación U, cuyas experiencias muestran la unidad entre la lucha contra la explotación y las múltiples opresiones del capitalismo.

En síntesis, los neokautskianos, por un lado, le capitulan al imperialismo norteamericano y al partido demócrata; por el otro se amoldan a los intereses de la aristocracia obrera y las burocracias sindicales norteamericanas, levantando un programa corporativo que impide avanzar hacia una articulación hegemónica del movimiento obrero con otros movimientos sociales. Esta política es opuesta a dar pasos en la construcción de un partido verdaderamente independiente de la clase trabajadora, antiimperialista y socialista.

El caso del NPA y los partidos amplios

El segundo ejemplo que quiero abordar es el de los llamados partidos amplios y en especial el NPA francés, impulsado por la antigua LCR, o lo que llamamos la corriente mandelista, por su máximo dirigente, Ernest Mandel, que fue uno de los principales líderes de la Cuarta Internacional a la salida de la Segunda Guerra Mundial. Si el debate anterior es con intelectuales y sectores que no se referencian en el trotskismo o el leninismo, este debate está en nuestro terreno, por así decirlo.

La cuestión del partido leninista de vanguardia no ha estado exenta de controversias dentro del propio movimiento comunista. La principal es por supuesto el combate de los “bolcheviques leninistas”, como les llamaba Trotsky, a la concepción estalinista del partido único. Esta degeneración monstruosa nada tiene que ver con el leninismo, ni el partido de vanguardia que reivindicamos. Ya sea en su forma de partidos estalinistas, o maoístas, o los partidos ejercito guerrilleros, el partido único sostenido en una burocracia omnipotente es lo opuesto a la idea del partido de Lenin. En el Estado español, como en otros países, hay pequeños grupos y corrientes que siguen defendiendo esta tradición nefasta y se dedican a construir sectas estalinistas comandadas por “líderes bienamados” que inoculan en sectores de la juventud esta perspectiva reaccionaria. Para nosotros es clave desenmascarar estos proyectos, reivindicando la tradición revolucionaria del bolchevismo y el combate del propio Lenin contra la degeneración burocrática del partido y el estado obrero ruso.

Dicho esto, me voy a referir a debates sobre el partido que han tenido lugar en el movimiento trotskista. En los partidos de vanguardia, incluidos aquellos que defienden la perspectiva del partido leninista de combate, no todos son revolucionarios, también hay partidos que denominamos centristas. Esta es una categoría científica del marxismo que permite diferenciar a los grupos, organizaciones, o incluso sectores del movimiento de masas en situaciones agudas, que oscilan entre posiciones reformistas y revolucionarias. La vieja LCR francesa, que dirigió el giro hacia el lanzamiento del NPA, era una típica organización centrista.

La construcción del NPA se apoyó fundamentalmente en un análisis del período que en resumen decía que la caída del Muro de Berlín y la extinción de la URSS habrían puesto fin a un período histórico abierto con la revolución rusa de 1917, abriendo otro en el que la revolución proletaria no estaba en el horizonte mediato. Una de sus tesis fundacionales era que las hipótesis estratégicas con las que habíamos actuado hasta el momento (es decir, la estrategia revolucionaria de la III y la IV Internacional) perdieron actualidad y estaríamos “huérfanos de hipótesis estratégica”. Por eso había que repensar la cuestión estratégica y retomar elementos de “lo mejor” de las diferentes tradiciones y corrientes del movimiento obrero y revolucionario. Esto, que suena muy bien, significaba en realidad que el partido no tenía que establecer ninguna frontera entre reformistas y revolucionarios. Así el NPA nació sin delimitación estratégica.

Al mismo tiempo, la Liga primero y el NPA después, no tuvieron ninguna política seria para construirse en el movimiento obrero. Por ende, el partido nació con una mínima delimitación de clase y una muy débil composición social. El resultado es que, con el paso de los años, el NPA no solo se estancó, sino que disminuyó activamente. Mientras la antigua LCR tuvo cerca de 3.000 miembros, y el NPA alguna vez declaró 9.000, se redujo a solo 1.000 cuando todavía militaban allí nuestros camaradas de la CCR, que eran casi 300.

Como parte de esta deriva, el NPA experimentó una serie de divisiones, y algunos miembros se unieron a la formación neorreformista de Mélenchon, y este año el partido en su conjunto hizo alianzas electorales con esta fuerza. Hoy el NPA está en una crisis terminal. Su fracción mayoritaria excluyó a su ala izquierda, nuestros camaradas de la CCR, porque planteaban justamente que había que hacer un partido revolucionario y no ir a remolque del proyecto de Mélenchon.

Todas las experiencias de “partidos amplios” que vimos en los últimos años mostraron sus estrechos límites: o bien colapsaron o se encuentran en crisis total, no solo porque se demostraron impotentes para dar una alternativa frente a la crisis, sino también tomados desde el punto de vista de sus propios objetivos. En Inglaterra la coalición RESPECT terminó estallando. En Brasil tenemos el caso del PSOL de Brasil hoy subordinado a Lula. Y en el Estado español, aunque Anticapitalistas por su debilidad no se animó a lanzar un NPA ibérico, terminó liquidándose dentro de Podemos y hoy está tratando de recomponerse después de un enorme retroceso.

Debates históricos

Haciendo un breve paréntesis, quisiera decir que el debate con el mandelismo sobre la cuestión de partido y estrategia tiene raíces históricas. Uno de los debates más relevantes fue entre Ernest Mandel y Nahuel Moreno, que tiene lugar en varios textos, entre los más importantes “Democracia socialista y dictadura del proletariado” de Mandel, y el “El partido y la Revolución” y “Dictadura Revolucionaria del Proletariado” de Moreno.

Mandel, junto con Michel Pablo, otro de los dirigentes de la Cuarta Internacional a la salida de la Segunda Guerra, fueron los promotores de una línea desastrosa que se llamó el “entrismo sui generis”, que tiene lugar en las décadas de los 50 y 60. ¿Qué era esto? Hacer entrismo en los partidos comunistas estalinistas. ¿Cómo lo justificaron? Diciendo que la tercera guerra mundial era inevitable y que los partidos comunistas y las corrientes de izquierda de los movimientos nacionalistas burgueses o de los partidos socialdemócratas, se iban a lanzar a guerrillas, a luchas revolucionarias que los llevarían a tomar el poder. Por eso había que diluirse en los PC, para estar “del lado bueno de la historia”. Esta línea, que duró prácticamente dieciocho años, convirtió al trotskismo europeo en pequeños grupos cada vez más débiles. Tanto que cuando estalla el Mayo del 68 la LCR aún seguía dentro del PCF, que fue el principal bombero del proceso revolucionario francés.

Mandel no llega a desarrollar la idea de los partidos amplios que sus seguidores llevarán adelante años posteriores. Aunque si desarrolla una idea vanguardista y subjetivista del partido, con la cual intenta justificas teóricamente la adaptación del Secretariado Unificado a las “vanguardias guerrilleras” latinoamericanas y la aceptación de la concepción guerrillerista del guevarismo, y posteriormente a las vanguardias juveniles post 68.

Posteriormente Mandel desarrollará una teoría sobre la “democracia socialista”, en la que termina capitulando a la democracia burguesa, planteando que la transición al socialismo podía combinar formas soviéticas e instituciones de la democracia burguesa formal. Por ejemplo, llega a sostener que la dictadura del proletariado debería regirse por la “norma programática y de principio” de dar “libertad política ilimitada” a todas las corrientes políticas, incluso las contrarrevolucionarias. Al mismo tiempo, Mandel profundizará esta adaptación a las presiones democrático burguesas en su valoración del giro eurocomunista de los partidos estalinistas europeos, que considera un carácter progresivo o un posible carácter progresivo. Siguiendo esta lógica en los 90 la ex LCR española, después de su estallido tras una fusión monstruosa con los maoístas del MC, termina entrando durante una década en los 90 a Izquierda Unida.

Nahuel Moreno, que fue el principal dirigente del trotskismo argentino en la posguerra, criticó duramente la línea de Mandel. En la cuestión del partido, Moreno sostiene que la visión de Mandel es subjetivista por considerar a la vanguardia como un fenómeno permanente y el partido solo debe orientar su política hacia esta, no sobre el conjunto de la clase obrera. Obviamente Moreno reconoce que la vanguardia obrera es un sector sobre el cual debe trabajar el partido y construirse, pero dice correctamente que “esas vanguardias no definen la política del partido, ni sus consignas, ni su organización, ni sus análisis”. En el caso de Mandel, esta concepción sirve para justificar su capitulación a la vanguardia guerrillerista y la estrategia de la lucha armada. Si rastreamos esta lógica hasta nuestros días, no es muy diferente de cómo actúan los mandelistas en la actualidad, aunque lo hagan en forma degradada. Por ejemplo, mimetizándose en la vanguardia de los movimientos, adoptando parte de su ideología e incluso estrategia, como hemos visto en la intervención de Anticapitalistas en el movimiento de mujeres, lgtb+, o en Andalucía impulsando un movimiento soberanista andaluz en clave policlasista.

La crítica de Moreno, que aquí estamos resumiendo muchísimo, es correcta en muchos aspectos, aunque no la defendemos en bloque. En el debate sobre la democracia socialista, por ejemplo, su incidencia en el rol represivo del estado obrero contra la reacción tiende a justificar al estalinismo. Del mismo modo, en relación a la cuestión de partido, Moreno debate con una autoridad de defensa del partido leninista que después no se condice con su propia política y con lo que terminó siendo el MAS argentino, un aparato centrista que no pasó la prueba de la historia y estalló en mil pedazos.

Nosotros, que provenimos de la corriente morenista (el PTS nace en 1988 tras romper con el MAS argentino), rompimos con la concepción de Moreno en un proceso que se fue dando en un período de muchos años. Uno de sus documentos fundamentales es un texto de 1994, titulado “Polémica con la LIT y el legado de Nahuel Moreno”, firmado por Manolo Romano, que fue una elaboración colectiva de la dirección del PTS y en especial de Emilio Albamonte.

Recapitulando, ¿qué es para nosotros el partido leninista de vanguardia?

En la actualidad, los regímenes democrático-burgueses presionan hacia la construcción de partidos integrados en el régimen, como Podemos o los neorreformismo, en el mejor de los casos “partidos amplios” sin delimitación estratégica revolucionaria, que están subordinados al electoralismo o el sindicalismo, o generalmente una combinación de ambos. Pero sea cual sea el caso, todos tienen algo en común: su oposición a forjar verdaderas fracciones revolucionarias en el movimiento obrero al calor de sus experiencias de lucha y organización para construir un partido leninista.

Por eso, para nosotros un partido leninista es el que despliega un programa socialista hacia el conjunto de las masas explotadas, al mismo tiempo que se propone agrupar a la vanguardia de la clase obrera de miles o decenas de miles (que no es permanente, sino que avanza y retrocede bajo los influjos de la lucha de clases), para dirigir a millones en los momentos de radicalización. Por eso todo lo que hace el partido: su intervención en la lucha de clases, en los sindicatos, en las elecciones, en las universidades e institutos, en la difusión del programa, la agitación y la propaganda, lo hace con esta perspectiva.

Esta concepción implica, como planteamos al inicio, que existe una cierta separación entre el partido y las masas, porque la clase obrera no adquiere conciencia “para sí” sino en los momentos revolucionarios. Por eso, el partido leninista es el que se propone intervenir en el seno de la clase obrera con el objetivo de que la experiencia histórica de la lucha de la clase obrera -sintetizada en teoría, estrategia y programa-, se haga carne en un sector de la clase que, a través de distintos engranajes (como son los sindicatos, agrupaciones, coordinadoras), con el objetivo de ganar para su política a fracciones del movimiento obrero y la juventud oprimida. Esta fuerza material es la que facilita que el partido se dirija al conjunto de la clase obrera con una política hegemónica para impulsar la lucha revolucionaria y, en su curso, desarrollar organismos de autoorganización que sean los futuros órganos de poder revolucionario. Una vez más: ¡soviets y partido!

Al mismo tiempo, un partido leninista comprende y actualiza su programa, tácticas y estrategias a partir de una “base muy sólida de la teoría marxista”, poniéndola a prueba permanentemente en la práctica. Por eso el partido interviene en todos los terrenos de lucha (teórica, política, económica) para conquistar la mayor “riqueza de experiencias”, como diría Lenin, poniéndose sistemáticamente a prueba en cada combate de la lucha de clases, actuando siempre en función de lo más avanzado de la experiencia real de los trabajadores y la juventud.

Esta práctica no solo se desarrolla a escala nacional, sino también internacional. Por eso el tipo de partido que defendemos considera esencial el internacionalismo práctico, con el objetivo de lograr, como dice Lenin, la “riqueza de vínculos internacionales y un excelente conocimiento de las formas y teorías del movimiento revolucionario mundial”. En este sentido, nuestro partido es internacional e internacionalista por su propia esencia.

Por último, una cuestión vital después de la experiencia del estalinismo: la organización y el régimen interno. El régimen de partido que defendemos se basa en los principios del centralismo democrático, que es lo opuesto al centralismo burocrático que instauró el estalinismo. Esto significa que el partido garantiza la máxima libertad interna para el debate, pero “golpea como un solo puño” cuando interviene en la lucha de clases y en la realidad política. Este principio no es una fórmula que se aplica del mismo modo en todo tiempo y lugar, sino que está guiado por una política correcta en cada situación de la lucha de clases.

Tener claridad sobre la necesidad de construir un partido de combate leninista es lo que nos permite en momentos preparatorios como el actual, tratar en la medida de nuestras pequeñas fuerzas responder correctamente a los desafíos de la lucha de clases (y sus expresiones políticas) y comenzar a forjar las y los cuadros que serán capaces, en los momentos agudos de la lucha de clases, vencer los golpes de la represión, no ceder a los “cantos de sirena” del frente popular, y organizar a decenas de miles para dirigir a millones que lleven al triunfo de la revolución.

III. ¿Cómo construir ese partido?

Llegamos entonces a la última cuestión: ¿Cómo construir ese partido? ¡Gran pregunta! Si hubiera un manual que sirviera para todo tiempo y lugar sería fantástico y quizás ya lo habríamos construido. Pero no lo hay. Eso no significa que no haya una serie de principios generales que sean la síntesis de la tradición y la experiencia revolucionaria anterior. Para nosotros, esa experiencia y tradición es la del bolchevismo y la Tercera Internacional en vida de Lenin, condensada en sus primeros cuatro congresos, así como la tradición de la Cuarta Internacional antes de su degeneración centrista después de la Segunda Guerra Mundial.

Por ejemplo, el Tercer Congreso de la Internacional Comunista adoptó entre sus resoluciones las “Tesis sobre la estructura, los métodos y la acción de los Partidos Comunistas”, es decir, sobre la organización y la construcción de los partidos adheridos a la Internacional Comunista. Es un documento de una gran riqueza, que condensa una serie de elementos políticos fundamentales, de organización, acción política, lucha de clases, dirección, y hasta técnica. Pero reitero, está dirigido a partidos. En ese momento los partidos comunistas, no ya en Rusia que se había conquistado el poder, sino en Europa u otros países de América, por ejemplo, tenían en el peor de los casos decenas de miles de afiliados, incluso cientos de miles. Y en un momento histórico determinado.

Por eso en su punto 2, las Tesis advierten que “no puede haber una forma de organización inmutable y absolutamente conveniente para todos los partidos comunistas. (…) Las particularidades históricas de cada país determinan a su vez formas especiales de organización para los diferentes partidos”. Pero ojo, “esas diferenciaciones tienen un cierto límite”, agrega. “La similitud de las condiciones de la lucha proletaria en los diferentes países y en las distintas fases de la revolución proletaria constituye, pese a todas las particularidades existentes, un hecho de esencial importancia para el movimiento comunista. Esta similitud es la que proporciona la base común para la organización de los partidos comunistas de todos los países.”

En el último medio siglo la clase trabajadora mundial ha sufrido enormes cambios. Por ejemplo, es mucho más diversa, racializada y feminizada que nunca antes en la historia. La explotación de clase está ampliamente atravesada por todas las opresiones de género, de raza, sexualidad, nacionalidad, etc. Al mismo tiempo, la desruralización ha avanzado a niveles nunca vistos, generando fenómenos nuevos como los inmensos bolsones de pobres urbanos que se han formado alrededor de megalópolis. Como contracara de todo esto, la clase trabajadora cuenta hoy con un potencial hegemónico inédito para articular los sectores populares y los movimientos que enfrentan estas opresiones. En otro terreno, también se ha modificado extraordinariamente la técnica, con el surgimiento de internet, las redes sociales y el big data, que han revolucionado la comunicación política. Por eso no tomamos estas Tesis como si fueran un manual. Pero el carácter de la época imperialista no solo persiste, sino que se reactualiza. Por tanto, esa “base común” para la organización de partidos revolucionarios en todos los países se mantiene plenamente.

Junto con la experiencia de la Tercera Internacional, también la lucha de Trotsky por la construcción de la Cuarta Internacional en condiciones dificilísimas, representa un acervo en el que nos basamos para pensar hoy la construcción del partido. La creatividad de Trotsky durante la década del 30 por construir nuevos partidos y una nueva internacional después de la traición de la III Internacional en manos del estalinismo, no tiene parangón en la historia. Sus consejos, giros tácticos e iniciativas audaces son una verdadera escuela para pensar la construcción de partidos de vanguardia. Estas experiencias, como fueron la táctica de entrismo en los partidos socialistas en Francia y otros países, la política de partido de trabajadores en Estados unidos, hasta la propia difusión de la Cuarta Internacional mediante el Manifiesto por un Arte Revolucionario junto con el movimiento surrealista, son para nosotros enormemente valiosas. Porque el mayor elemento diferenciador para nosotros en la FT-CI es que aún no somos partidos, como tampoco lo eran los grupos trotskistas en los ‘30. Nuestro problema es como pasar de ser grupos de propaganda, o incluso grupos de propaganda y acción, a partidos de vanguardia. Y esto aplica incluso al PTS, que es una organización mucho más grande, pero que estrictamente están en tránsito a convertirse en un partido.

Esta cuestión es clave, porque en la historia del trotskismo, la tensión de pasar de grupos pequeños de propaganda a organizaciones de vanguardia con influencia de masas, con peso parlamentario, roles de dirección en sectores amplios, ha dejado todo tipo de experiencias fallidas que tenemos que superar.

Entonces, ¿Qué hacer? La construcción del partido es una tarea que se desarrolla en múltiples terrenos en los que se establece una determinada relación entre la propaganda, la agitación política y la organización de la clase trabajadora y la juventud, con el fin de desarrollar la lucha de clases que surge por la propia explotación y opresión del capitalismo en una lucha política del conjunto de la clase obrera por una perspectiva socialista.

Hay aspectos que corresponden a los métodos de construcción y organización de partido que ya hemos abordado en el punto anterior, como la cuestión del centralismo democrático. Y daremos por presupuesto que el partido que queremos construir debe organizarse alrededor de miembros activos. Es decir, militantes que paguen sus cuotas, se organicen en equipos que se reúnen regularmente, que difunden su prensa y participan de la lucha de clases con su línea política. Pero no solo eso. Lo más importante es que somos militantes con convicciones comunistas, que como dicen las Tesis antes citadas, ponemos cotidianamente “a disposición del partido su fuerza y su tiempo en la medida en que pueda disponer de él en las circunstancias dadas y que siempre consagren al partido lo mejor de sí”.

Por otro lado, no es lo mismo la organización y la construcción del partido en condiciones de legalidad que de clandestinidad. Por ello, hoy dedicaremos atención a la construcción en las condiciones concretas que se nos plantea el problema, que es de la legalidad burguesa, a pesar de la creciente represión y persecución. Dicho esto, voy a tratar de sintetizar en seis dimensiones centrales de la tarea de construcción de partido:

1) Impulsar la lucha de clases y construir fracciones revolucionarias

En primer lugar, el partido se forja y se construye cotidianamente en la lucha de clases. “En cada huelga se esconde la hidra de la revolución”, dijo alguna vez Von Puttkamer, que era un prusiano reaccionario. Por eso nosotros impulsamos cada lucha que nuestras fuerzas no lo permitan, por más modesta y por más pequeñas que sean sus reivindicaciones. Y lo hacemos interviniendo en los problemas concretos de la vida de los trabajadores, ayudándolos en su lucha a formular sus reivindicaciones ante los capitalistas, a desarrollar entre ellos el espíritu de solidaridad y la conciencia de la comunidad de sus intereses con el resto de la clase obrera.

Pero no intervenimos en las luchas como “sindicalistas” o “gente solidaria”. Ponemos todos nuestros esfuerzos en hacerlo de un modo “leninista”, tratando de desarrollar corrientes o fracciones revolucionarias al interior de las organizaciones de masas. Este principio, que fue una gran innovación de Lenin, parte de la idea de que es indispensable una fuerza material de combate que pueda enfrentar no solo al Estado, sino también a la burocracia al interior de las organizaciones de masas (sindicales, políticas, sociales) como condición para poder efectivamente desarrollar las tendencias más progresivas de la lucha. Por eso nosotros buscamos la generalización y la intensificación de las luchas, unificando a todos los sectores -estén sindicalizados o no-, impulsando el frente único, pero forjando fracciones revolucionarias en una lucha sin tregua contra las burocracias sindicales para superarlas, con el objetivo de que estas se eleven al plano político.

2) El combate por la autoorganización

Sin desarrollar la autoorganización, la más amplia democracia obrera, no se puede construir el partido que queremos. ¿Cuál es la forma suprema de la autoorganización obrera? Los consejos obreros o soviets. Y ¿por qué es relevante para un partido revolucionario que se desarrollen organismos de tipo soviético? Porque esa es la forma organizativa que adquiere el frente único de masas, lo que describe aquella famosa frase de “golpear juntos y marchar separados”. O sea, la unidad de acción de diferentes sectores y tendencias de la clase obrera (reformistas, centristas, y revolucionarias) para determinados objetivos mientras que el partido revolucionario lucha por su programa.

La virtud estratégica de la táctica de frente único es que permite acelerar la experiencia de las masas con sus direcciones tradicionales y potenciar la influencia del partido revolucionario para conquistar la mayoría de la clase obrera y hegemonizar a los aliados, a través de la acción común que pone a prueba programas y estrategias.

Obviamente los soviets no pueden surgir en cualquier momento, sino sólo en los momentos revolucionarios o prerrevolucionarios. Por eso no agitamos “soviets” como consigna de acción. Pero si impulsamos a cada momento que sea posible y en la medida de nuestras fuerzas las más variadas formas de autoorganización que sirvan de ejercicio para la clase obrera antes de los momentos decisivos: comités de lucha, asambleas, coordinadoras, o la forma que adquiera la autoorganización obrera en la lucha de clases, como una forma de organizar a la vanguardia y en esa experiencia construir el partido.

Hay quienes sostienen que los soviets en las sociedades “occidentales” no son posibles, porque son sociedades complejas, en las que el estado regula la mayor parte de la vida social. Esto es verdad, es lo que Gramsci llama el “estado integral”, ampliando sus funciones para burocratizar las organizaciones de masas y formar una “policía política” que impida que se desarrollen en forma revolucionaria. Pero el problema es cómo combatirlo. Ya vimos como Mandel quería combinar soviets y formas de representación parlamentarias burguesas. Para nosotros, es al revés. Como planteó nuestro camarada Emilio Albamonte hace poco en una reunión de la FT, y cito de memoria, cuanto más compleja es la sociedad, más hace falta el soviet como vía de organizar la lucha y la sociedad misma, aunque sea en los límites de una ciudad. Porque a más compleja es la sociedad, no hay otra institución con poder que ligue lo social y lo político y tenga la autoridad para dirigir a la mayoría de las masas, es decir lograr la hegemonía, que los soviets.

3) Agitación política y programática

Otro de los aspectos centrales de la actividad del partido es la agitación política y programática. ¿Cuál es el objetivo de la agitación política? Obviamente dar a conocer nuestras ideas. Pero, ¿para qué? Para ayudar a transformar por medio de esta, junto con la propaganda y la organización, la lucha espontánea de la clase trabajadora contra los capitalistas en una lucha política de toda la clase por una perspectiva socialista. Semejante tarea no se puede hacer sin un trabajo centralizado y concentrado. Y el mejor instrumento para ello es la prensa del partido, dicho en un sentido amplio, considerando todos los medios de comunicación disponibles en nuestro tiempo.

Lenin vincula al rol de la prensa una idea central: los revolucionarios no deben actuar como “tradeunionistas”, limitándose a los problemas del sindicato, sino “tribunos del pueblo”, capaces de “reaccionar contra cualquier manifestación de arbitrariedad y de opresión (…) de aprovechar el menor detalle para exponer sus convicciones socialistas y sus reivindicaciones democráticas, para explicar a todos la importancia histórica mundial de la lucha emancipadora del proletariado”. (¿Qué hacer?)

Pensado desde este punto de vista, nuestros diarios y nuestra red internacional, que son una enorme conquista y una herramienta privilegiada para la agitación de nuestro programa y nuestra perspectiva revolucionaria, al mismo tiempo que actúan como un organizador colectivo de la actividad del partido. Por eso necesitamos que el diario exprese una organización de combate, una herramienta viva, que refleje la vida social y política desde un punto de vista de clase y agite nuestra salida política.

Para ello el rol de las consignas y el programa transicional es fundamental. Pero no cualquier consigna, ni de cualquier modo. Nahuel Moreno, por ejemplo, sostiene que una consigna aislada o bloques de dos o tres consignas “mínimas” pueden jugar un rol transicional porque movilizan, pero esta termina siendo una vía por la que se le capitula a distintos agentes de la burocracia o la “reacción democrática”, como la llamó el propio Moreno. Para nosotros, las “consignas” no son solo para “movilizar” sino para ligar mediante un programa de acción revolucionario la “necesidad inmediata que moviliza” a consignas transicionales (como el control obrero, la escala móvil de salarios o la expropiación de ciertos grupos capitalistas, etc.) que tiendan a desarrollar una estrategia soviética y la perspectiva del poder obrero.

4) Tácticas de organización

Obviamente para poder influir en los niveles que planteamos antes el partido necesita fortalecerse y construirse. Para esto es necesario un trabajo paciente de estructuración y enraizamiento en el movimiento obrero y la juventud. Esto, no sin mucha dificultad, lo hacemos desarrollando tácticas de organización. Contra toda pasividad sectaria que esté a la espera de que surja una lucha -que es la contracara del movimientismo permanente o el sindicalismo-, intentamos construir el partido impulsando permanentemente tácticas especiales que se constituyan como “círculos concéntricos” de influencia y organización.

Esta idea, que también es de Lenin, responde a la necesidad práctica de lograr, mediante el desarrollo de formas tácticas de organización cuyos radios de acción abarcan a sectores cada vez más amplios (de allí la idea de círculos concéntricos), el aumento de la influencia del partido y las ideas socialistas. Puede ir desde agrupaciones junto a militantes independientes (como lo hacemos con Contracorriente y Pan y Rosas, o agrupaciones sindicales), hasta organismos más amplios como comités, plataformas o asambleas, que nos permitan hacer una experiencia militante común con sectores mucho más amplios, aunque inicialmente puedan ser pasivos.

Estratégicamente, es una actividad preparatoria para construir “volúmenes de fuerza” que se puedan volcar a la lucha de clases cuando llegue el momento, pero también para las batallas políticas que libramos en las estructuras obreras y estudiantiles en las que estamos. Para esto, la creatividad es la clave, en oposición al rutinarismo sectario.

Pero, como en todos los casos, las tácticas por sí mismas no resuelven el problema de la construcción del partido. Para ampliarlo sistemáticamente es necesario que sus equipos planifiquen esta actividad, combinando la agitación audaz con la propaganda paciente. Ya que naturalmente, a la vez que los “círculos concéntricos” aumentan el número de personas con las que el partido se relaciona, disminuye su nivel de conciencia. Desde ya que el ritmo dependerá de cómo se desarrolle la situación de la lucha de clases, pero sin darle a esta tarea la mayor jerarquía es imposible avanzar.

5) Lucha política y lucha de partidos

El partido se construye a partir no solo de su intervención en la lucha de clases, sino de la lucha política de partidos y tendencias. Según Marcel Liebman, Martov señaló en la época de la vieja Iskra que “la pelea entre los ‘Iskristas’ y los oponentes de la centralización a veces tomaba la forma de una ‘guerra de guerrillas’ en la cual ‘tácticas subversivas’ debían emplearse y en la cual, finalmente, ‘la ley del más fuerte terminaba imponiéndose’.” En efecto, la historia del bolchevismo es la de una encarnizada lucha de tendencias, fracciones y también fusiones que dieron lugar a la formación del partido.

Nuestra concepción es que el partido es el resultado de estas luchas políticas. Por eso no tenemos una visión autoproclamatoria diciendo que nosotros “somos” el partido, cuestión que es evidente. Lo que si decimos es que somos un embrión revolucionario de ese partido que hace falta construir. Y nuestro método para hacerlo es el del combate franco por nuestras ideas -a diferencia de la mayoría de los grupos de la izquierda española que son profundamente diplomáticos y a veces hasta se ofenden porque uno les haga una crítica política fundamentada-, al mismo tiempo que proponemos permanentemente bloques políticos o frentes progresivos, en base a un programa revolucionario.

Este fue el método de Trotsky para construir la Cuarta Internacional: tener políticas de bloques con agrupamientos centristas que evolucionaban hacia la izquierda y pudieran llevar a fusiones revolucionarias. En el año 1933, Trotsky y la Oposición de Izquierda Internacional, firmaron "la Declaración de los Cuatro" y constituyeron el "Bloque de los Cuatro" junto a tres partidos obreros centristas. La forma en que lo hicieron no fue mediante declaraciones generales, sino un manifiesto programático basado en las lecciones revolucionaria de los principales procesos de la lucha de clases internacional que fuera la base principista de la nueva Internacional. El proceso fracasó, pero permitió a la Oposición de Izquierda afianzarse y pocos años después, en 1938, fundar la Cuarta Internacional. Con esto, quiero enfatizar también que la construcción del partido para nosotros no es una tarea nacional, es parte de la lucha por reconstruir la Cuarta Internacional.

6) Propaganda, elaboración teórica y formación de cuadros

Por último, no se puede construir un partido revolucionario sin formar cuadros y desarrollar la teoría marxista. El partido, dirá Lenin, es la fusión de la intelligentzia marxista y el proletariado revolucionario. Conquistar esa intelligentzia implica fortalecer muchísimo la propaganda, la lucha ideológica y el estudio personal, así como profundizar en la elaboración teórica para responder a los nuevos problemas que plantea la revolución en nuestro siglo. Para ayudar a ello hacemos las escuelas de verano, hemos construido el campus virtual -que tenemos el plan de relanzar organizando una universidad marxista permanente-, tenemos que lanzar un nuevo proyecto editorial, así como seguir publicando Contrapunto que es una excelente revista marxista, junto con todas las herramientas de elaboración y propaganda de nuestra corriente internacional.

Pero la formación de cuadros no es una tarea intelectiva, o no solo intelectiva. Es una combinación de sólida formación teórica y experiencia práctica. Como explica Lenin en “El ‘izquierdismo’, enfermedad infantil del comunismo”, el bolchevismo surgió en 1903 sobre la más sólida base de la teoría del marxismo. Y la justeza de esta teoría revolucionaria fue demostrada tanto por la experiencia internacional, como por “la experiencia de las desviaciones, los titubeos, los errores y los desengaños del pensamiento revolucionario en Rusia”. Pero, al mismo tiempo, dice Lenin, el bolchevismo “pasó por quince años de historia práctica (1903-1917) sin parangón en el mundo por su riqueza de experiencias.”.

Por eso la necesidad del estudio y la propaganda no debe concebirse con una actividad propagandística. La CRT es todavía una pequeña liga de propaganda que comienza a adquirir algunos rasgos de acción, en la que todavía la propaganda tiene un enorme peso en nuestra actividad. Y está bien que así sea. Pero para nosotros no hay una separación tajante entre un momento propagandístico de nuestro desarrollo y un momento político. En la política y la construcción de partido también opera la ley más general del desarrollo histórico, la del “desarrollo desigual y combinado”: hay momentos en los que, incluso siendo un pequeño grupo, si nuestra política es correcta y audaz, se puede avanzar a “saltos”, sin tener que pasar largos períodos propagandísticos hasta lograr la construcción de bastiones en el movimiento obrero y la juventud oprimida y hacer política a gran escala.

Perspectiva socialista

Para terminar, la construcción del partido solo puede avanzar en un sentido revolucionario si se relaciona estrechamente con la defensa de nuestras convicciones socialistas. Esto, que hacemos permanentemente en el terreno de la propaganda, es a su vez una gran tarea política que debe expresarse también en el plano de la agitación y el discurso.

En este sentido, nuestros camaradas del PTS argentino, que es una organización mucho más avanzada, hoy se está planteando como dar un nuevo salto en su construcción desplegando un discurso político socialista más pedagógico y popular. Y digo un discurso político, no propagandístico. ¿Qué significa esto? Que el discurso y la práctica socialista no se pueden limitar a hacer cursos o escuelas de cuadros en el verano, que es lo que hacen los pequeños grupos.

Aunque el PTS aún no es un partido en el sentido que venimos planteando, es decir con influencia de masas, si es una organización en transición a partido: tiene miles de militantes y centenares de cuadros, implantación y experiencia en la lucha de clases, con trabajo en decenas de sindicatos, barrios y centros de estudio, con figuras políticas reconocidas, que en las últimas elecciones sacó más de 1 millón de votos como parte del Frente de Izquierda Unidad levantando un programa anticapitalista. Estas conquistas materiales son la base para desplegar un discurso político socialista que profundice los fundamentos de campañas como la que se lleva a cabo desde 2017 en torno a la reducción de la jornada laboral a 6 horas y el reparto de las horas de trabajo.

Como dice Emilio Albamonte en una entrevista junto a Matías Maiello que publicamos hace dos semanas en Contrapunto, “No se trata de hablar genéricamente de socialismo como hacen algunas organizaciones sino de formular un discurso que al mismo tiempo que tenga base teórica marxista sea entendible por la mayor cantidad de compañeros y compañeras. Es decir, no solo por quienes militan en nuestra organización sino por capas más amplias de trabajadores y trabajadoras que simpatizan con el PTS o militan con nosotros en diversas cuestiones y más de conjunto tratar de llegar a los cientos de miles a los que nos dirigimos en las elecciones”.

La perspectiva del socialismo tiene múltiples enemigos. Si por un lado es necesario remontar la catástrofe que implicó la derrota del proyecto socialista del siglo XX a manos del estalinismo, por otro lado, es necesario responder a los cuestionamientos actuales, que vienen tanto desde la academia y el neorreformismo o los movimientos populistas, como desde la extrema derecha y los llamados “libertarios”.

Para combatir a estos enemigos es muy importante el trabajo de elaboración teórica, para determinar desde donde partimos y cuáles son los fundamentos para avanzar. Por ello en nuestra corriente, a partir del trabajo de estudio y elaboración de camaradas como Emilio Albamonte, Juan Dal Maso o Matías Maiello, estamos profundizando en el estudio y contrapunto entre el pensamiento de Gramsci y Trotsky para pensar la dinámica de la construcción de partido. Este ejercicio teórico es clave en un marco en el que, como decíamos antes citando a Gramsci, el Estado capitalista interviene en la “sociedad civil” ejerciendo un papel de contención, controlando mediante las burocracias a las organizaciones de masas (tanto sindicatos como partidos) para que no se desarrollen de un modo independiente y avancen hacia la revolución. Profundizar nuestro discurso político socialista como parte integral de nuestra actividad es un elemento fundamental de la batalla por forjar fracciones revolucionarias en oposición a estas burocracias. Una orientación que no sólo es válida para organizaciones más desarrolladas como el PTS, sino que lo es, a su escala, para el conjunto de los grupos que integramos la FT.

La voluntad de construir partido

La clave de esta larga exposición no está en los detalles ni en la descripción de tales o cuales momentos del desarrollo del movimiento comunista. La clave está, o al menos ese fue el intento, en transmitir la inmensa voluntad que nos une en la tarea de construir un partido revolucionario de la clase trabajadora. Una tarea que exige un gran sacrificio, pero que nos llena de la más profunda felicidad guiada por la convicción de luchar por un futuro socialista.

Como dice Trotsky en su discurso grabado después de la fundación de la Cuarta Internacional, que se trasmitió en una reunión masiva en Nueva York: “Sí, nuestro partido nos toma por entero. Pero en compensación nos da la mayor de las felicidades, la conciencia de participar en la construcción de un futuro mejor, de llevar sobre nuestras espaldas una partícula del destino de la humanidad y de no vivir en vano.”


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Diego Lotito

@diegolotito
Nació en la provincia del Neuquén, Argentina, en 1978. Es periodista y editor de la sección política en Izquierda Diario. Coautor de Cien años de historia obrera en Argentina (1870-1969). Actualmente reside en Madrid y milita en la Corriente Revolucionaria de Trabajadores y Trabajadoras (CRT) del Estado Español.
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