Política Estado Español

A UN AÑO DE VISTA ALEGRE

Podemos, el “teorema de Baglini” y una nueva hipótesis política

Balances a un año de la consolidación de Podemos como partido. La moderación política en la búsqueda de la “centralidad” y el fracaso de la estrategia de Iglesias. La vuelta al “Podemos de los orígenes” y sus límites. Movimiento y partido después del 15M. Una nueva hipótesis política revolucionaria y anticapitalista.

Diego Lotito

@diegolotito

Miércoles 21 de octubre de 2015

Foto: ID/Diego Lotito

A un año de la asamblea fundacional de Podemos en Vista Alegre se han escrito diversos reportajes, más o menos profundos, haciendo un balance del corto pero intenso recorrido de la formación morada. Los enfoques son diversos, aunque todos coinciden en señalar la metamorfosis política que sufrió Podemos en tan sólo 12 meses, moderando hasta hacer irreconocible su programa inicial y su discurso para ubicarse en el “centro político”, eje central de su estrategia de crecimiento electoral.

A esta altura, este hecho ya no es novedad para nadie. Sin embargo, nos hizo recordar un tristemente célebre teorema de uso habitual en la política argentina: el “teorema de Baglini”. Este concepto, formulado en el año 1986 por el entonces diputado de la conservadora Unión Cívica Radical (UCR), Raúl Baglini, viene a decir que el grado de “responsabilidad” de las propuestas de un partido o dirigente político es inversamente proporcional a su distancia del poder. Se entiende aquí la “responsabilidad” en un sentido burgués, es decir, “responsabilidad de Estado”. La proposición tiene variaciones, pero todas redundan en lo mismo: cuanto más cerca está del poder, más conservador se vuelve un grupo o líder político.

Obviamente llamar “teorema” a esta formulación tiene algo de excesivo y existen varios casos en la historia en que esta es desmentida. Sin embargo, en el caso de Podemos y Pablo Iglesias, su comprobación es evidente. Lo curioso es que Iglesias se volvió cada vez más conservador en una operación política por la cual creía garantizada una vía fast track de acceso a la Moncloa. Pero como sabemos, la operación salió mal. El último barómetro de octubre elaborado por Celeste-tel para eldiario.es, otorga a Podemos un humilde 10% de intención de voto.

La estrategia de Podemos fracasó en los propios términos planteados por sus líderes. En su viaje al “centro” no pudo evitar perder, por derecha, con Ciudadanos -promovido por el establishment como expresión liberal de las ilusiones democráticas- y con el propio PSOE, que ha mostrado una gran capacidad de resistencia a pesar de su decadencia como fiel partido del régimen; y también por izquierda, con un amplio sector de gente que vio cada vez más defraudadas sus expectativas en el nuevo partido.

La pregunta es ¿y ahora? Distintos sectores dentro de Podemos, con más o menos críticas, plantean que la salida del atolladero pasa por “volver al Podemos de los orígenes”. Así lo dijo hace pocos días la secretaria general de Podemos en Andalucía, Teresa Rodríguez, cuando defendió que la formación debe “volver a la raíz de lo que fue en un principio, una herramienta de empoderamiento popular y ciudadano”.

“Podemos fue un discurso en los medios de comunicación muy potente, capaz de conectar con la ilusión y las ganas de cambio de la gente”, y también “miles de Círculos que se organizaron en pocos meses para hacer política como se hacía en el 15M, en las mareas”, dijo la joven dirigente de Anticapitalistas, haciendo un difícil equilibrio entre sus críticas a la cúpula y su virtual subordinación a la misma (la cual incluyó, como sabemos, la propia disolución de su antigua organización, Izquierda Anticapitalista, dentro de Podemos).

¿Hay un origen primigenio al que retornar que permitiría regenerar a Podemos como una organización útil para conquistar las demandas más sentidas de los trabajadores y el pueblo? Como escribía hace un tiempo Alejandro Arias, del momento emergente de Podemos pueden rescatarse aspectos positivos, “como la organización política e incorporación de amplios sectores populares, no sólo activistas, sino también sectores que estaban sumidos en la pasividad”. Pero en el Podemos de los orígenes anidan también las bases del Podemos actual, que no se consolidó ahora, sino hace un año, sin que entonces se cuestionara -salvo escasísimas excepciones-, el liderazgo de Pablo Iglesias y su proyecto político.

A un año de la asamblea de Vista Alegre, lo que ha entrado en crisis no es sólo la estrategia electoral de la dirección de Podemos, sino el proyecto mismo: la “hipótesis populista” sin anclaje social, o peor aún, negando la necesidad de una estructuración orgánica en la clase trabajadora y de la propia lucha de clases como motor de cualquier trasformación social profunda; la sobrevaloración del discurso (y la televisión) como generador de “relaciones de fuerzas”; la indefinición política como método y la revalorización del viejo credo socialdemócrata como programa; la centralización burocrática de un partido de simpatizantes, organizado para la video-política y no para la militancia; la integración pasiva en las instituciones de la democracia liberal acatando su legalidad y sus reglas de juego. En esto ha resultado el “vacío” del significante Podemos.

Toda perspectiva crítica hacia el curso de Podemos exige el cuestionamiento del proyecto de conjunto, su liderazgo, su programa y su estrategia política. En este sentido, el fracaso de su estrategia también es atacado desde el ángulo “autonomista”. Una expresión es la reciente crítica de Emmanuel Rodríguez tras la implosión de Ahora en Común y las negociaciones para la “confluencia” de la izquierda hacia las elecciones generales.

“El éxito inicial de Podemos no se entiende sin el motor 15M, sin esa energía democratizante”, dice Rodríguez. El problema, sintetizando mucho, fue que la forma-partido (Podemos, y antes, Izquierda Unida) se cargó al movimiento (15M). Lo que hacía falta era desarrollar tal movimiento para dar lugar a una “ruptura constituyente”, que traducido en términos electorales, pudo expresarse como “una ‘alianza ciudadana’ con un único programa (proceso constituyente)”.

Emmanuel Rodríguez plantea críticas agudas a Podemos, aunque su visión se estrecha en una cierta idealización del 15M al que no le reconoce ningún límite, ni de perspectiva, ni de composición de clase. Incluso reivindica su composición “pequeñoburguesa” como la arena para el desarrollo de una “democracia radical” y al Podemos de los orígenes como un posible vehículo de “la mutación del movimiento democrático en opción constituyente de masas”.

Lo problemático de esta lectura es que, en última instancia, la emergencia de Podemos se inscribe en una dinámica en la que el fenómeno de los indignados, en tanto movimiento democrático, no buscó en la clase trabajadora el aliado fundamental para sus propósitos democratizadores (no fue “de las plazas a las fábricas”), limitándose a un cuestionamiento radical de las formas políticas del Estado.

En ese marco, Podemos fue un epifenómeno del bloqueo de un posible proceso ascendente de la lucha de clases. Una posibilidad que ciertamente no se desarrolló, pero en lo que tuvieron mucho que ver no sólo los partidos reformistas sino especialmente los líderes sindicales burocráticos. Así, el partido de Pablo Iglesias se fortaleció en forma directamente proporcional en que la movilización social y la lucha de clases tendieron a declinar. Aún más, terminó colaborando activamente con este proceso de pasivización.

La oposición entre “movimiento” y “partido”, lejos de ser productiva, corre el riesgo de postular una vuelta atrás, del fracaso de la “ilusión política” a la “ilusión social” originaria.

Antes que un combate contra la “partidocracia”, una conclusión alternativa es que hace falta un nuevo tipo de partido, democrático, revolucionario, anticapitalista, inserto orgánicamente en la clase trabajadora y los sectores populares. Un partido que en la misma medida que desenmascare los límites de las variantes neoreformistas, contribuya al desarrollo de organismos de auto organización de masas que cuestionen el poder y la propiedad de los capitalistas, es decir, que trastoquen las mismas relaciones sociales en las que se sustenta el Estado. Ese es el único modo de abrir paso a un verdadero “proceso constituyente” que pueda “discutirlo todo para cambiarlo todo”.

A lo largo de la historia, recordemos, este tipo de organismos de democracia directa (soviets, consejos, coordinadoras) han florecido por fuera y enfrentando con su legitimidad popular a las instituciones estatales capitalistas. No integrándose en ellas para “gestionarlas”.

Tras ocho años de crisis capitalista, ya va siendo tiempo de que cobre vida una nueva hipótesis política revolucionaria y anticapitalista, que establezca una relación subversiva entre movimiento social y partido, en la cual el partido avance en su influencia entre los trabajadores y sectores populares desarrollando el propio movimiento, haciendo fracciones revolucionarias en los sindicatos y organizaciones de masas, impulsando la auto organización y el frente único en la lucha de clases.

¿Podrá desarrollarse esta nueva hipótesis en el estado español en el mediano plazo? Está por verse. Pero sin duda es la única hipótesis realista por la que se puede “tomar el cielo por asalto”.






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