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Protestas contra el toque de queda: ¡no regalemos las calles a la extrema derecha!

Barcelona, Burgos, Bilbao, Santander, Málaga, Logroño, Madrid. Desde el sábado en distintas ciudades del Estado tuvieron lugar protestas contra el toque de queda decretado por el Gobierno central. En muchos casos terminaron en represión y enfrentamientos con la policía y las imágenes recorrieron las redes sociales como la pólvora. ¿Qué expresan estas manifestaciones? ¿Qué política debe levantar la izquierda radical para que la extrema derecha no capitalice el descontento?

Diego Lotito

@diegolotito

Irene Ruiz

@IreneYpunto

Domingo 1ro de noviembre | 15:33

Barricadas en la Gran Vía. Una postal de la protesta este sábado 31/10 en Madrid.

La primera reacción de la mayoría era preguntarse quién era esa gente que había tomado la calle y se enfrentaba a la policía. En las imágenes y videos se mezclaban jóvenes precarios, gente con pancartas del 5G, banderas de España, personas de calle y hasta inmigrantes, con militantes de VOX y otras organizaciones de extrema derecha.

En algunos casos, fueron directamente perfiles en las redes sociales vinculados a la extrema derecha, muchas conocidas por promover las protestas del Barrio de Salamanca y afines a Vox o grupos neonazis, los que motorizaron las protestas.

Vox salió a apoyar públicamente las manifestaciones. "Pido a la Policía que proteja el derecho de manifestación", escribió Santiago Abascal en su cuenta de Twitter al inicio de la manifestación en Madrid en la noche de este sábado. Esta fue una de las protestas más virulentas del fin de semana, en la que no faltaron enfrentamientos y barricadas improvisadas en la céntrica Gran Vía, varios heridos y más de 30 detenidos por la policía. Por ello Abascal y las redes sociales afines a Vox comenzaron a recalcular su discurso echando mano de la difamación, acusando a la “extrema izquierda” y a “menas e inmigrantes” de los disturbios.

Lo que no cuentan los medios, en cambio, es que este fin de semana hubo también otras manifestaciones, con un carácter totalmente diferente, ya que tuvieron un contenido claramente progresivo, como la del sábado por la tarde en Barcelona, que fue además la más numerosa. Unos 2000 jóvenes tomaron la plaza de la Catedral y otras calles del centro en protesta por el reciente desalojo del centro social “La Buenos Aires” y la oleada de desahucios que ha dejado a cientos de familias en la calle en plena pandemia solo en las últimas semanas. Una movilización que demostró que el malestar social acumulado en la juventud y otros sectores sociales puede expresarse también detrás de demandas que exigen una solución a la crisis sanitaria y social que no pase por la represión sino por tomar medidas contra los privilegios de los grandes capitalistas, en este caso los grandes tenedores de vivienda.

En el mismo sentido, en el último tiempo hemos visto concentraciones para paralizar desahucios en otras ciudades, las movilizaciones en los barrios de Madrid contra el “confinamiento de clase”, por más inversiones en la sanidad pública y con la consigna progresiva de “Fuera la policía de nuestros barrios”, o el pasado 25-O en defensa de los servicios públicos “gobierne quien gobierne”

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Desde el gobierno quieren utilizar el rechazo que genera la extrema derecha para fortalecer la idea de que solo ellos son una alternativa, un “mal menor”, y que todo el que se oponga al gobierno estaría haciéndole el juego a la derecha. "Solo desde la responsabilidad, la unidad y el sacrificio lograremos vencer a la pandemia que asola a todos los países. La conducta violenta e irracional de grupos minoritarios es intolerable. No es el camino", declaró el presidente del Gobierno Pedro Sánchez, a través de su perfil en Twitter. Pero ni el Gobierno central, ni los autonómicos, ni la derecha ni mucho menos la extrema derecha, pueden dar una respuesta progresiva a lo que está pasando.

Catástrofe sanitaria, crisis económica y rabia social

Nos encontramos en un escenario de crisis sanitaria y desbordamiento del sistema público de salud, de una crisis económica brutal para la clase trabajadora, con decenas de miles de personas que tienen que acudir a las colas del hambre, al paro y que no saben cómo llegarán a final de mes, mientras que los bancos siguen desahuciando en plena pandemia con la connivencia del Estado, las empresas aprovechan para precarizar aún más las condiciones laborales de la clase trabajadora y encima reciben multimillonarios subsidios.

Decenas de miles de jóvenes perciben, aunque sea de manera intuitiva, que esta situación dramática no es un fenómeno natural sino la consecuencia directa de las políticas que han ido tomando los diferentes gobiernos hasta hoy: políticas privatizadoras de los servicios públicos, reformas laborales que les condenan a tener peores condiciones laborales que sus padres, y leyes mordaza para cuando se les ocurra protestar, de las cuales son directamente responsables junto al Partido Popular, el PSOE, partido mayoritario en el gobierno, y cuya gestión de esta crisis va en la misma línea. Una visión del futuro desalentadora para generaciones que ya han crecido en crisis con una falta de alternativa política abrumadora, si esto que gobierna es “la izquierda”.

En este escenario, la respuesta del Gobierno central (el “más progresista de la historia”) y de los Gobiernos autonómicos, ya estén gobernados por el PP, el PSOE, el “trifachito”, los “procesistas” o el “progresismo neoliberal”, es la misma: ninguna medida de fondo y gestión policial de la crisis mediante restricciones, los confinamientos y cuarentenas.

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Este es el caldo de cultivo que abona la posibilidad de un estallido social, mientras al ofrecer como política casi exclusiva frente a la pandemia la restricción de las libertades de movilidad, sin tomar otras medidas de fondo, le deja el campo abierto a la derecha para que haga uso cínicamente del discurso de la “libertad” contra el Estado de alarma.

Operaciones políticas, criminalización y mano dura

Ante las protestas que estamos viendo hay en curso dos operaciones políticas. Por un lado, una campaña de Gobierno del PSOE y Unidas Podemos de reducir las protestas a operaciones montadas de la extrema derecha y, en general, de considerar cualquier cuestionamiento al Gobierno como una política funcional a Vox y la extrema derecha.

Por el otro, la extrema derecha intenta explotar el desencanto y la desesperación de todo tipo de sectores sociales, desde comerciantes que se han hundido con la crisis, clases medias arruinadas, autónomos, hasta cientos de miles de jóvenes trabajadores que no ven más futuro que pobreza, precariedad, represión y falta de oportunidades. Pero seamos claros, aún no ha logrado este objetivo. Las manifestaciones de este fin de semana en que la extrema derecha ha jugado un papel protagonista más importante, aunque en algunos casos han participado jóvenes precarios e incluso inmigrantes que sufren más que nadie las consecuencias de la crisis, han movilizado esencialmente a pequeños sectores con objetivos reaccionarios. El problema es que, si se le regala la calle a la extrema derecha, esta sí que puede lograr su objetivo y ser la que canalice el descontento.

Mientras tanto, la criminalización de la protesta social y los aprestos represivos están pegando un nuevo salto perverso. Porque si las operaciones políticas son distintas, hay un común denominador en lo que agitan tanto el Gobierno como la derecha en las redes sociales: todos quieren legitimar a la policía y fortalecer el aparato represivo. Mientras Abascal pide por Twitter a la Policía que “identifique y detenga a la extrema izquierda, los menas e infiltrados que están provocando disturbios y saqueos”, Podemos e Izquierda Unida piden “palos para los fachas” y el PCM se queja de “la pasividad de unos cuerpos policiales que reprimen más violentamente a las movilizaciones en las zonas obreras que reivindican más recursos para la sanidad pública”.

Que la Policía siempre le paga más a la clase obrera que a los fachas es una verdad de perogrullo. Pero pedir que sean duros con “la extrema derecha negacionista genera disturbios y pone en riesgo la salud de todos y todas” solo puede pedirlo una izquierda completamente adaptada al Régimen y la gestión del Estado capitalista. Un discurso que solo puede servir para legitimar la represión, como vimos por ejemplo con el super dispositivo de los Mossos d’Esquadra contra la manifestación antidesahucios de este sábado en Barcelona, con cacheos, identificaciones y finalmente cargas y detenciones.

Seguir apostando por el “mal menor”, o cómo hacerle el juego a la extrema derecha

El intento de la extrema derecha de capitalizar la protesta social es coherente con la posición que se les ha cedido, de única oposición visible al Gobierno, que contrasta escandalosamente con el silencio cómplice de la izquierda pro Gobierno y de los sindicatos al respecto de las medidas tomadas y de la falta de tantas otras. Pero lo peor de todo es que no sólo hay silencio, sino que hay una campaña permanente desde las usinas del neorreformismo que considera a todo aquel que critique las medidas del Gobierno como negacionista, irresponsable y afín a Vox.

Esa lógica criminalizadora, pesimista y derrotista, lamentablemente está instalada incluso entre personas y organizaciones que se muestran críticas con el gobierno, pero que ante la falta de perspectiva política acaban cayendo en la apatía y cediendo ante cualquier medida con justificación progre que venga desde arriba, porque cualquier otra cosa es “hacerle el juego a la derecha”.

La realidad sin embargo es la opuesta. Quienes dicen que no hay que movilizarse, que hay que quedarse en casa por responsabilidad, quienes piden que se paralice todas actividad lectiva presencial de la educación porque ésta “no es esencial”, quienes defienden que cuestionar al Gobierno central “es de fachas”, que hay que “apoyar lo bueno y criticar lo malo”, que en Madrid solo hay que ir contra Ayuso por su gestión psicopática de la crisis pero que el gobierno central no tiene competencias y no puede hacer nada… todos ellos, con mayor o menor responsabilidad, son quienes le hacen el juego a la derecha y la extrema derecha, regalándole la calle y el monopolio de la crítica a la política criminal del Gobierno de coalición.

Que las calles sigan siendo nuestras

La extrema derecha se nutre de la desesperación y la falta de futuro de millones que no sólo han sido los perdedores de la “globalización” y las políticas neoliberales que el PP y el PSOE aplicaron durante décadas, sino que todavía más lo son en la crisis pandémica. Como escribió León Trotsky: el fascismo es “el partido de la desesperanza contrarrevolucionaria”. Por eso no basta con denunciar a los fascistas y la extrema derecha. Es necesario ofrecer una alternativa y un programa a la rabia social.

Es necesario romper con las lógicas conservadoras y mal menoristas que nos han traído hasta aquí. Es absolutamente urgente y necesario que los sindicatos de clase, la izquierda radical que se reivindica anticapitalista y revolucionaria, los movimientos sociales, las organizaciones juveniles, llamemos a la movilización para no cederle la calle y la oposición política a la extrema derecha. Hay que poner en movimiento la fuerza y la rabia de cientos de miles de trabajadores, mujeres y jóvenes en los trabajos, las escuelas, las universidades y los barrios, para disputarle la calle a la extrema derecha e imponer a las burocracias sindicales de CCOO y UGT la convocatoria de una huelga general por un plan de emergencia para la mayoría obrera y popular.

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El camino de la esperanza al desencanto que recorrió la izquierda neorreformista ha culminado hace rato. El falso discurso y la demagogia reaccionaria de la extrema derecha es más más radical que el discurso del “progresismo”. Es urgente reconstruir las bases de una izquierda radicalmente anticapitalista, internacionalista y de la lucha de clases, que ante la catástrofe siembre nuevamente la esperanza de la transformación social contra el capitalismo y la solidaridad de los trabajadores y los pueblos.






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