SUPLEMENTO

Qué significa para Alemania la elección de Biden en EE. UU.

Mark Turm

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Foto: Klasse gegen Klasse

Qué significa para Alemania la elección de Biden en EE. UU.

Mark Turm

[Desde Alemania] Presentamos un artículo aparecido el 19/12/2020 originalmente en alemán en la nueva revista mensual, de la cual acaba de salir el número cero, de Klasse gegen Klasse (“Clase contra clase”), parte de la red internacional de La Izquierda Diario en Alemania. En ella se aborda el lugar del proyecto imperial de Alemania como eje de la Unión Europea frente a la competencia mundial entre EE. UU. y China, y así como las tensiones de la potencia germana con sus socios como Francia, el desafió del Reino Unido con el Brexit, ahora acordado, y el “estado de rebeldía” de algunos de los países de Europa Oriental incorporados más recientemente. También se abordan las diferentes visiones en su personal político estatal y el proyecto de reconversión de su economía teniendo en cuenta sus limitaciones tras haber intentado disputar (fracasando) dos veces la hegemonía durante el siglo XX, no obstante lo cual continúa siendo un poder de primer orden.

Fue la segunda elección presidencial más polarizada en la historia de los EE. UU. hasta la fecha, en un país profundamente dividido en lo social, en medio de la pandemia, mientras que los gobiernos capitalistas vienen fracasando completamente en contenerla. El vencedor, el demócrata estadounidense Joe Biden, alimenta las esperanzas del gobierno alemán de que, tras su victoria electoral, mejoren las relaciones transatlánticas.

“Nos alegramos de trabajar con el próximo gobierno de los EE. UU.” afirmó el Ministro de Asuntos Exteriores alemán Heiko Maas (SPD) en Twitter. Ciertamente, con Biden en la Casa Blanca, el tono será menos áspero, más agradable. Biden, a diferencia de Trump, reconoce la necesidad de la cooperación internacional y de sus instituciones, en primer lugar las Naciones Unidas, algo que trae tranquilidad a las capitales europeas.

Sin embargo, las esperanzas de los europeos podrían desvanecerse rápidamente, ya que el triunfo de Joe Biden deberá lidiar con la oposición en la Cámara baja, el Senado y el Tribunal Supremo:

El elevado número de votos que recibió Trump (más de 73 millones) y su insistencia en que hubo fraude socava la legitimidad de la futura administración, que, por derecha, tendrá que enfrentarse a los republicanos (y a la facción del trumpismo) y, por izquierda, a una amplia vanguardia juvenil que fue la base del “fenómeno Sanders” y que expresa una tendencia a la radicalización política y a la lucha de clases [1].

Con esta presión interna pisándole los talones, los EE. UU. es posible que sigan retirando sus tropas de las “zonas calientes” del mundo como Afganistán. Biden ya abogó por una rápida retirada de las tropas de EE. UU. de Irak bajo la administración de Barack Obama. Por lo tanto, es de esperarse que la relación entre Alemania y los EE. UU. pueda incluso deteriorarse con Biden. Además, se mantienen importantes puntos de fricción, por ejemplo la construcción del oleoducto Nord Stream 2, que haría superflua la dependencia energética de Alemania de las costosas importaciones desde los Estados Unidos y, por ende, representa la manzana de la discordia entre ambos países.

También Biden seguirá presionando para que los europeos aumenten el gasto militar, recordándoles su promesa a la OTAN de destinar el 2 % del PBI al gasto militar. Estos elementos resaltan las crecientes dificultades de la UE para poder llenar el vacío estratégico dejado por EE. UU. Y es que EE. UU., que a pesar de todo sigue siendo el hegemón mundial [2], Europa en la actualidad no es la región decisiva en términos de política exterior.

Washington es consciente de los obstáculos aparentemente insuperables a los que se enfrenta la Europa burguesa hoy en día. Aunque ha superado la perspectiva de un Brexit duro, aún están por verse sus repercusiones político-económicas, las tensiones entre Alemania y el Sur de Europa –especialmente Grecia e Italia– y las tensiones con los Estados del Este como Polonia o Hungría. Además, la cuestión de Ucrania sigue sin resolución. Y es que, como lo afirmara en su momento el consultor político Zbigniew Brzeziński, EE. UU. tiene la ventaja de que “todo el continente (euroasiático) está plagado de vasallos de EE.UU. y Estados tributarios, algunos de los cuales estarían muy contentos de estar atados aún más estrechamente a Washington” [3]. Al menos bajo Trump mantener a Europa fragmentada equivalía a una razón de Estado para EE. UU. Es probable que aspectos clave de esta orientación geopolítica se mantengan bajo Biden.

Europa entre la subordinación y las aspiraciones propias

Los vínculos entre Estados Unidos y la Unión Europea son producto de la derrota del fascismo en Europa y del ascenso de Estados Unidos como hegemón mundial en el plano económico, político y cultural. Nueva York se convirtió en el centro de las finanzas mundiales, y el dólar en la moneda que dominaba las transacciones comerciales y financieras. Las tropas norteamericanas estaban estacionadas en todo el mundo, el “estilo de vida americano” era una especie de faro, al menos para las masas del mundo occidental, orden que ninguna clase dominante (de ningún país) era capaz de desafiar. En otras palabras, el ascenso de EE. UU. como potencia hegemónica fue la base para el resurgimiento “pacífico” y estable de las potencias europeas. Esto ocurrió bajo la mano protectora del Estado norteamericano, que se extendía sobre aquellos países dispuestos a integrarse en su sistema de alianzas en un papel subordinado. La arquitectura mundial después de 1945 fue concebida y construida según las concepciones y necesidades del imperialismo de EE. UU., andamiaje que hasta ahora no ha encontrado ningún competidor a la altura, ni siquiera Europa. Para la UE en su conjunto, EE. UU. es el socio comercial más importante y, de momento, lo seguirá siendo. Sin embargo China (ver Esteban Mercatante, “China y el imperialismo, elementos para el debate”.) ha conquistado posiciones importantes que la han convertido en el socio comercial más importante de Alemania, por delante de EE. UU.

Es natural entonces que los principales esfuerzos de EE. UU. sean mantener y profundizar la división en el núcleo duro europeo, formado por Francia y dirigido por Alemania, por un lado, y Polonia y Ucrania por el otro. Además, pretenden seguir asegurando el área económica euroasiática desde Lisboa hasta Vladivostok como proveedor de materias primas y mercado de consumo, mantener a Rusia fuera de Europa y así contener las tendencias expansionistas chinas. Marginar a Rusia, el Estado puente euroasiático más importante entre Europa y China, sigue siendo el principal objetivo de Estados Unidos para mantener su dominio frente a su principal rival, China, y frente a una Europa achacosa porque “en general, Europa occidental actual da la impresión de una serie de sociedades atormentadas, desarticuladas, dormidas y, sin embargo, socialmente insatisfechas y angustiadas que ya no tienen una visión de futuro” (Brzeziński 1997). Por lo tanto, no es sorprendente que EE. UU. bajo Trump se basara en acuerdos bilaterales con pequeños Estados europeos en lugar de negociar con la UE.

La falta de estrategia de Europa

Europa se enfrenta a muchas tensiones y dificultades. Además de los elementos mencionados anteriormente existe la necesidad de adoptar una línea política común de seguridad europea. Es justo en este punto donde se hace evidente la falta de estrategia por parte de las principales potencias de Europa. Perry Anderson señaló en la introducción de su libro El Nuevo Viejo Mundo que Europa “parece un objetivo imposible”. Se refería al hecho de que allí siguen existiendo tensiones no resueltas entre una estructura supranacional y los distintos Estados nacionales. Podría describirse como un conjunto de visiones distintas, de carácter nacional, para un proyecto “común”.

Francia –o al menos Emmanuel Macron– sueña con un papel más significativo con sus armas nucleares, estratégicamente sin EE. UU., el sueño de la soberanía europea. Macron representa hoy una política europea común en materia de seguridad fuera del paraguas protector de la OTAN y EE. UU. Sin embargo, Francia tiene poca inclinación a invertir más en la seguridad europea. Para Macron, las potencias europeas deben seguir una línea de intervención geopolítica más independiente. Respecto a EE. UU., mientras que Francia aspira estratégicamente a independizarse cada vez más, Alemania sigue considerándose un socio menor, pero dispuesta a asumir algo más de responsabilidad, es decir, seguir navegando tras su estela en los próximos decenios. El objetivo estratégicamente factible de Alemania hoy en día es emerger como una gran potencia activa a nivel mundial, también en lo militar, pero detrás de los intereses norteamericanos. Lo que le impide llenar el vacío dejado por EE. UU. es el hecho de ser una gran potencia sin aspiraciones hegemónicas, muy consciente de sus propias debilidades objetivas frente a Norteamérica e incluso China también en el plano militar. Malas condiciones de partida para un proyecto europeo hegemónico liderado por el núcleo duro bicéfalo Alemania y Francia.

Los escollos dentro de la UE y en las puertas de sus fronteras

La crisis económica y la intensificación de las fuerzas centrífugas en Europa ponen de relieve el hecho de que la UE no puede seguir como antes. “Las decisiones concretas se prolongan en el tiempo debido a lo obligatorio de la unanimidad. A menudo, la OTAN sigue enfrentándose a un desafío, mientras que en otros lugares surgen nuevos conflictos que en realidad requerirían una respuesta rápida. La alianza no ha podido hacerlo durante años”, escribe el Rhein-Zeitung, comentando las crecientes dificultades entre los países de Europa septentrional, meridional y oriental. Y es que la Europa de los Estados nacionales representa hoy un obstáculo aparentemente insuperable en el camino hacia una política hegemónica común capaz de jugar un papel preponderante ante EE. UU. y China en el contexto de las crecientes tensiones entre estos dos Estados.

El Brexit es un escollo cuya perspectiva dura se ha logrado conjurar, aunque aún están por verse las consecuencias y efectos que tendrá la implementación del nuevo acuerdo. En términos comerciales lo que se juega son alrededor del 3,5 % del comercio mundial o de mercancías importadas por valor de 604.000 millones de euros. Sobre todo, China y Estados Unidos podrían haberse beneficiado enormemente de un Brexit desordenado. Hay que ver ahora que sucederá con el acuerdo recientemente firmado entre el gobierno británico y la UE.

Otro escollo que parece haber sido removido por el momento es el bloqueo por parte de Polonia y Hungría del presupuesto de la UE para los próximos siete años y el fondo de reconstrucción por el covid-19. En el centro de la controversia se encuentra el trato hacia la judicatura y los medios de comunicación en ambos países, donde las tendencias bonapartistas han aumentado considerablemente. Se manifiestan en ataques a las libertades democráticas elementales, como el derecho al aborto, así como en la persecución de las personas LGTBI y otras minorías. En esto, Merkel hace el papel del policía bueno mostrando una voluntad de compromiso, mientras que el policía malo recae en la figura de la Comisión Europea, que ejerce una enorme presión. Ahora, Polonia y Hungría se han doblegado ante las amenazas, y no bloquearán el presupuesto de la UE. Sin embargo, la “victoria” de la UE se logró evitando cerrar el grifo de dinero de la UE a Viktor Orbán hasta las elecciones de 2022, permitiendo así su supervivencia política. El denominado “Estado de derecho” solo era importante para Alemania en la medida en que permitía que la economía funcionara sin problemas.

El recurrente ruido de sables entre Grecia y Turquía, dos socios de la OTAN, está desestabilizando no solo a la UE sino también a la propia OTAN. Esto es un subproducto de las dificultades de la UE para llenar el vacío dejado por EE. UU. La Deutsche Welle escribe: “Desde 2013, EE. UU. ya no tiene un papel protagónico en el Mediterráneo oriental. Turquía, Rusia y otras potencias pueden operar allí más o menos sin obstáculos”, Francia y Alemania observan sin actuar. Están atrapados en el acuerdo con Turquía (y Grecia) para detener a los refugiados ante las puertas de Europa y dejar que se ahoguen.

EE. UU. insiste en una rápida retirada de sus tropas de Afganistán para obligar a las grandes potencias como Alemania a liberar más fondos para el ejército, sacándolos de su cascarón y poniéndolos ante un hecho consumado. De esa manera, tendrán que invertir más para proteger a sus soldados del fortalecimiento de los talibanes y del Estado Islámico. Por esto es que el New York Times escribe que ahora “La administración Biden tiene tiempo para planear una retirada más responsable”, lo que habla de una continuidad de la política exterior de Trump.

La UE tiene otro escollo que salvar en el conflicto en Ucrania. Allí la OTAN sigue tirando en la misma dirección pero no puede persuadir a Rusia de cambiar de rumbo, mientras que los europeos actúan bajo el manto protector de los EE. UU.

Por último, los efectos de la crisis financiera y del euro están provocando un aumento de las diferencias en materia económica entre los países de la Unión Europea. Alemania salió fortalecida de la crisis de 2008, pero a expensas de sus socios europeos, y así su cuota industrial es ahora aproximadamente el doble de la del Reino Unido o Francia, para tomar dos importantes variables europeas como comparación. Sin embargo, al mismo tiempo, el superávit de la cuenta corriente de Alemania es una espina clavada para sus socios comerciales y, paradójicamente, un gran obstáculo para su economía, ya que la otra cara de ese superávit es el aumento de las exportaciones de capital que van de la mano de una rentabilidad comparativamente menor según las normas internacionales y de la consiguiente reducción de las inversiones en el país. El diario destinado a la economía y finanzas Manager Magazin resume las dificultades y el posicionamiento de Europa de la siguiente manera:

Es evidente que EE. UU. ya no quiere proteger a sus aliados de forma incondicional contra grandes potencias como China o Rusia. Esto significa que dos pilares de nuestra prosperidad están amenazados: los mercados mundiales abiertos y la protección militar, ambos garantizados por EE. UU. El modelo de negocio como nación exportadora está amenazado.

El liderazgo de Alemania, entre el atlantismo y el europeísmo

Alemania, por su parte, intenta capitalizar el proceso de pérdida de la hegemonía de Estados Unidos, pero sin desafiar su liderazgo. La razón es que Alemania tiene el tamaño suficiente para ser una potencia mundial, pero no para ser un hegemón. Hans Kundnani, autor del libro El poder alemán, cree que es un error atribuirle a este país el peso de un verdadero hegemón. En Alemania se observa con preocupación que su economía solo desempeña un papel comparativamente pequeño en las industrias orientadas al futuro, como la tecnología de la información o las comunicaciones. Por eso Alemania cayó al séptimo lugar el año pasado detrás de Hong Kong, los Países Bajos, Suiza y Japón en el “Informe de Competitividad Global 2019”, una clasificación de competitividad anual del Foro Económico Mundial (FEM) mientras que la productividad laboral germana es un 1,4 por ciento inferior a la de Francia.

El poder económico de Alemania es, según Hans Kundnai, “demasiado grande para un equilibrio en Europa, pero no lo suficiente para la hegemonía”. Para él, el peligro reside en el hecho de que el gobierno está tratando de convertirse en un hegemón, en parte debido a las expectativas de los otros Estados de la UE. Si bien, hasta ahora, estos han contribuido al ascenso de Alemania gracias al euro, a la vez ha impulsado a algunos de ellos a forjar coaliciones antialemanas. Actualmente, Hungría y Polonia lo están haciendo, pero más o menos sin éxito. Durante el primer confinamiento por el covid-19, Italia se vio obligada a lanzar duras amenazas durante la crisis a causa de la pandemia. En lugar de desempeñar su papel hegemónico autoimpuesto, Alemania decidió imponer una prohibición de exportación de implementos sanitarios y luego declaró que las ideas de Italia de implementar unos eurobonos, o “coronabonos” eran irrealizables, llevando a cabo una especie de política de subyugación hacia Italia. China y Rusia, por el contrario, enviaron aviones enteros de suministros médicos a Italia para exponer al “hegemón egoísta” mientras lanzaban una ofensiva mediática destinada a perfilarse como socios más fiables en momentos de necesidad. En el momento más oscuro, Alemania no lideró Europa, sino que cerró sus fronteras y dejó solos a los socios europeos como Italia. Así, millones de personas pudieron ver en tiempo real que la “unidad” europea parecía más bien un castillo de arena. Con el cierre total de las fronteras, cada gobierno intentó salvarse sin preocuparse por los demás, aunque después pidieran cooperación. El daño es inmenso para Alemania y sus aspiraciones hegemónicas. Aún no se ha determinado el precio que pagará por sus políticas criminales durante el primer confinamiento. Lo que es seguro, sin embargo, es que los italianos ahora consideran a China y Rusia “más amigables” que Alemania con sus políticas egoístas de “ayuda humanitaria”.

Y es que la línea política de la burguesía alemana pareciera regirse por la dureza con los débiles y la sumisión con los poderosos o, dicho de otra forma, látigo para Italia y Grecia, “miel” para Estados Unidos. En este sentido es que muestra su disposición a negociar un acuerdo entre la UE y Estados Unidos tendiente al desmantelamiento de todas las barreras comerciales, que es al mismo tiempo una señal de advertencia a China, el competidor común. La Ministra de Defensa alemana Annegret Kramp-Karrenbauer (CDU) le prometió a EE. UU. aumentar el gasto de defensa alemán y relevarlos como fuerza de orden aumentando la participación militar en Europa y sus alrededores. También prometió la participación alemana en la disuasión nuclear contra Rusia. Le dio una negativa a Macron respecto a sus “ilusiones sobre una autonomía estratégica europea”. Según Kramp-Karrenbauer, este tema debería ser abandonado. Una perspectiva bastante modesta comparada con el deseo de Francia.

La cuestión sobre la orientación estratégica de Alemania y la UE en el próximo período revela la desorientación en la que se encuentra la clase dominante alemana. Así vemos opiniones opuestas no solo entre los partidos, sino dentro de las diversas formaciones políticas. En la CDU (democristianos) hay diferentes concepciones sobre la cuestión de Europa y/o Alemania como potencia nuclear. Florian Hahn (CSU – partido hermano de la CDU en la región de Baviera), vocero en temas europeos en el grupo parlamentario compuesto por la CDU/CSU, ve, en vista de los cambios en las relaciones transatlánticas, la necesidad de “una tecnología nuclear europea propia”. Según el portal de noticias RND (Redaktionsnetzwerk Deutschland), el experto en política exterior de la CDU, Roderich Kiesewetter, habla incluso de una “señal de desconfianza hacia EE. UU.” en vista de la retirada parcial de las tropas estadounidenses de Alemania. Así, la política burguesa en Alemania se mueve entre fantasías hegemónicas e ideas pragmáticas de “subordinación”.

En el SPD (socialdemocracia), a su vez, las voces a favor de un mayor desacoplamiento de Alemania de EE. UU. están aumentando. El grupo parlamentario del SPD en el Bundestag (Parlamento federal) aboga ahora abiertamente por la creación de un ejército europeo. El portavoz de defensa Fritz Felgentreu afirmó: “Nuestro objetivo es mejorar la capacidad de acción de la UE, independientemente de las cuestiones contenciosas sobre la soberanía”. El líder del grupo parlamentario Rolf Mützenich también pide una mayor independencia de EE. UU. Esto tiene como objetivo principal compensar la debilidad militar de Alemania frente a sus principales competidores, China y Estados Unidos. Y es que no cabe duda de que ese ejército europeo estaría también en gran parte bajo el liderazgo alemán. Pero este escenario no es realista. Las divisiones políticas son actualmente demasiado profundas en la UE, entre su núcleo duro (Alemania y Francia) y la periferia. El Brexit y la ubicación en rebeldía de Polonia y Hungría son claros signos de la fragilidad de la Unión Europea. El Ministro de Asuntos Exteriores, Heiko Maas (SPD), por el contrario, subraya la importancia de una cooperación estratégica más estrecha entre Europa y EE. UU. Sin embargo, él también subraya que hay que fortalecer “el pilar europeo en la OTAN”. Los intentos del gobierno alemán de disciplinar a los socios europeos díscolos, como lo hizo después de la crisis de 2008 con Grecia, Italia, etc., parecen ser mucho más difíciles hoy en día.

El Partido Verde ha sido hasta ahora mucho más reservados sobre la política hacia EE. UU. Sin embargo, tiene también un acuerdo fundamental con el objetivo del fortalecimiento militar de Alemania. Poco después de las elecciones norteamericanas, el portavoz de política exterior de los verdes, Omid Nouripour, dijo que “estas elecciones [deberían] ser la última llamada de atención, no solo para nosotros en Alemania, sino también en Europa, que tenemos que mantenernos en pie y estar juntos para llevar a cabo una política exterior y de seguridad, en caso de duda, sin los norteamericanos”. Figuras destacadas del partido como Cem Özdemir, Robert Habeck y Kathrin Göring-Eckardt exigieron recientemente una mayor inversión en la Bundeswehr (Fuerzas Armadas) y, bajo el disfraz “humanista”, más misiones en el extranjero, incluso sin un mandato de las Naciones Unidas si fuera necesario.

Negros nubarrones políticos se acumulan en el horizonte alemán poco antes de las próximas elecciones federales, en las que la cuestión del futuro de las relaciones transatlánticas estará a la orden del día y ya empieza a tensar el campo burgués.

El cambio estructural como condición previa para un proyecto alemán con ambiciones de poderío mundial

Desde una óptica alemana y para lanzar una ofensiva estratégica será necesario poner los cimientos para llevar a cabo el denominado “cambio estructural”. Se trata de establecer un nuevo patrón de acumulación que tenga en cuenta los “cambios constantes en las cuotas de valor de las distintas ramas y sectores de la economía a la renta nacional” a escala mundial. Con este objetivo en mente, el gobierno alemán convocó a la Comisión de “Crecimiento, Cambio Estructural y Empleo” a mediados de 2018 “para establecer un amplio consenso social sobre cómo dar forma al cambio estructural de Alemania basado en la política energética y climática”. El objetivo es garantizar la seguridad del suministro del país, la compatibilidad ambiental y la viabilidad económica de las medidas previstas. La generación de energía basada en el carbón se reducirá gradualmente hasta eliminarla por completo en favor de fuentes de energía alternativas como la energía solar o eólica. Otro aspecto del “cambio estructural” es el que apunta al denominado “pacto digital”, es decir, la ampliación de la infraestructura de educación online en las escuelas, que, como muestran los cierres de establecimientos debido a la pandemia, se está quedando tremendamente rezagada en términos internacionales.

Para la industria automotriz, uno de los pilares más importantes de la economía alemana, es necesario sustituir el motor de combustión por el eléctrico debido a la creciente competencia. Según los fabricantes, esto solo se puede financiar con programas de reducción de costos y menos empleados. El tablero de la competencia internacional está siendo agitado por jugadores como China. El sector industrial debe compensar la caída acelerada de la tasa de ganancia mediante la innovación técnica, la optimización o el acortamiento de las cadenas de suministro y el aumento de la automatización, a fin de profundizar la tasa de explotación.

Esta tarea gigantesca es dirigida desde el Estado, pero las decisiones son tomadas por capitalistas individuales, necesariamente preocupados por su beneficio privado. Esto puede conducir a tensiones y fracturas que podrían ralentizar los cambios necesarios o incluso hacerlos fracasar. A su vez podría socavar o incluso desafiar el proyecto de expansión del poderío mundial alemán. Las tareas y los costos sociales son tan enormes que el éxito de esta estrategia no debe darse por sentado a priori. Para muestra un botón: solo en la industria automovilística se perderían 110.000 puestos de trabajo que no se podrían asegurar con medidas de contención social y ni con el rescate de las firmas insolventes. La OCDE estima, solo para Alemania, que uno de cada cinco puestos de trabajo está en riesgo a raíz del cambio estructural, y según el periódico Spiegel Online ya en 2019 “esto incluye especialmente a los que trabajan en la manufactura, porque aquí muchos trabajos podrían ser realizados por máquinas. Alemania, como plaza industrial, se vería considerablemente más afectada en este contexto que otros países de la OCDE”. Al respecto, el periódico Manager Magazin escribe que:

En el sector manufacturero, que representa una parte significativamente mayor del valor añadido en Alemania que en la mayoría de las demás naciones industrializadas, la automatización y la robotización se están acelerando a un ritmo particularmente rápido.

El éxito de este cambio estructural previsto se confirmará o fracasará según la respuesta que pueda dar la clase obrera alemana. Las tensiones entre los jefes de los consorcios automovilísticos y la burocracia del mayor sindicato del mundo, el IG Metall, así como las primeras huelgas en Daimler y Volkswagen muestran que este proyecto está lejos aún de su realización.

La UE entre una recaída en el Estado nacional y la perspectiva socialista

La economía de toda Europa está de capa caída como resultado de la recesión, exacerbada por la pandemia, especialmente en el sur. Este es un punto de inflexión histórico y sus consecuencias podrían ser desastrosas. La UE está tratando de adoptar programas de reconstrucción en el marco de su presupuesto, pero se alzan voces disidentes que hacen tambalear todo el andamiaje.

En el marco de la intensificación de la competencia entre EE. UU. y China, Europa corre el riesgo de quedarse atrás pues ningún Estado europeo tiene el tamaño para enfrentarse a ellos. La Europa del capital en su versión fundacional está en la etapa final de su desarrollo, no en el principio. Los costos sociales ya son gigantescos, y una gran parte de la población europea está cayendo cada vez más en una crisis vital.

Los relatos burgueses de la Unión Europea se basan en la visión de una Europa unida, fuerte y capaz. La realidad muestra una falta de unidad entre desiguales. Las tensiones sobre el Brexit y sobre el nuevo presupuesto de la UE, que incluye el fondo de rescate por el covid-19, indican que la Unión Europea corre riesgo de desintegrarse. La salida nacional parece estar convirtiéndose en el Santo Grial, tanto del campo de la derecha como del de la izquierda reformista. En su narrativa, son la Unión Europea, los dictados de Bruselas, y no los gobiernos y las burguesías nacionales los responsables de la crisis. Los profetas del Estado-nación en los parlamentos y sindicatos ocultan el hecho de que las soluciones de que las soluciones en ese marco no tienen ninguna base económica en el contexto de una red de producción internacionalizada.

La Unión Europea es una estructura que no es progresiva en absoluto y no puede ser reformada de ninguna manera. Más bien es una construcción que alimenta las ambiciones imperiales de Alemania y Francia a expensas de los otros países. Mejorar la UE sin cambiar su carácter de clase es una tarea imposible. Librarse de la condición depredadora y saqueadora de la UE no significa otra cosa que destruirla, en la lucha contra su carácter imperialista. La ampliación de la UE en beneficio de los grupos imperialistas significa subyugación y no trae nada más que pobreza y miseria a los pueblos de Europa del Este y del Sur. Mientras tanto, los de la periferia capitalista se ven obligados a emigrar, ya sea por el lanzamiento de bombas fabricadas en Europa o por la política de expoliación de los distintos imperialismos de la Unión. Al servicio de los intereses de estos últimos, dictadores como Recep Tayyip Erdoğan detienen a toda persona que quiera ingresar a Europa ante las alambradas de púas, persiguiéndolos, torturándolos o arrojándolos por la borda a las negras aguas del Mediterráneo para que se conviertan en alimento de tiburones y peces.

Las clases dirigentes de Europa no tienen respuesta ni a la pandemia ni a la crisis. Están preparando el camino para ataques aún más brutales a las condiciones de vida de las masas, mientras que al mismo tiempo dejan que el planeta arda. Se han declarado en bancarrota y cualquier “solución” dentro de la lógica capitalista mantiene vivo este sistema podrido. Los trabajadores, en todo el continente, deben luchar contra los planes de miseria que se les imponen. Lo que está en juego es la supervivencia lisa y llana, no solo de ellos mismos sino también de las generaciones futuras. Nunca ha sido más urgente que hoy no solo desarrollar una clara oposición a los planes del Estado burgués y de los capitalistas, sino también librar una lucha contra las direcciones sindicales, una de sus últimas líneas de defensa en las fábricas. La única perspectiva es la de los Estados Unidos Socialistas de Europa.


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NOTAS AL PIE

[2Para que un Estado sea considerado una potencia hegemónica se requieren tres requisitos previos, que en el caso de EE. UU. están debilitándose: 1) preponderancia de poder, 2) voluntad de utilizar ese poder para fines específicos, y 3) liderazgo basado en el consentimiento explícito de los demás.

[3Brzeziński, Zbigniev (1997): The Grand Chessboard: American Primacy and Its Geostrategic Imperatives, Nueva York: Basic Books, p. 41.
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Mark Turm

Traductor y docente en Alemania.
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