SUPLEMENTO

Un contrapunto con Nancy Fraser sobre la contrahegemonía y el feminismo del 99%

Josefina L. Martínez

Un contrapunto con Nancy Fraser sobre la contrahegemonía y el feminismo del 99%

Josefina L. Martínez

Ponencia presentada en la mesa "Estrategias a debate en un mundo en crisis" en la IV Conferencia Internacional Marxista Feminista.

Hay una dimensión múltiple de la crisis en el capitalismo que se expresa de forma desigual, temporal y espacialmente: existen elementos de crisis económica, crisis políticas, crisis en el ámbito la reproducción, crisis geopolíticas y también una crisis ambiental.

El capitalismo ha generado desastres para la mayoría de la humanidad, como vemos con la crisis pandémica. Hay una dimensión económica, aunque desigual, con la crisis inflacionaria y energética que afecta a varios países y también con la crisis en las cadenas de suministros, que está generando atascos en los puertos y escasez de algunos productos, con cierres de plantas y miles de despidos.

Las compañeras han explicado lo que son procesos profundos de crisis políticas o crisis de representación, elementos de lo que Gramsci definía como crisis orgánicas, dando lugar a nuevos fenómenos políticos, por derecha y por izquierda. En esta conferencia varias feministas han señalado en especial la existencia de una crisis de la reproducción social, que ya estaba presente desde antes, pero que se agravó con la pandemia y que afecta especialmente a las mujeres. Y, por último, estamos ante una crisis ecosistémica, como denuncian miles de jóvenes que se movilizan en todo el mundo. El capitalismo, con su afán de ganancias rápidas y crecientes, horada sus propias condiciones de reproducción a largo plazo, mediante el agotamiento de recursos y un conjunto de procesos ecodestructivos.

Alejandra Decap ha explicado también, con el ejemplo de Chile, que, en este contexto, se produjo un retorno de la lucha de clases, con tendencias hacia la revuelta. Y esto ha abierto un espacio de combate social y político en el que se vuelve más urgente el debate estratégico sobre cuál es la salida de fondo.

En este marco, abordaré aquí un breve diálogo y contrapunto con las teorías feministas de la Teoría de la reproducción social (TRS) y con el feminismo del 99%, un sector que ha ganado mucha repercusión en los últimos años. En estos debates sobre la TRS existen diferentes posiciones. Está el ala más autonomista, cuya figura más destacada es Silvia Federici. Por otro lado, están las teóricas que se definen de la Teoría de la Reproducción Social en su vertiente marxista, como Cinzia Arruza, Tithi Bhathacharya, Sue Ferguson y otras.

Podemos decir que lo más interesante de las elaboraciones de la TRS es poner el foco en la relación “necesaria, pero contradictoria, entre el trabajo de reproducción social y los procesos de acumulación del capital” (en términos de Sue Ferguson.). Es decir, que permite desentrañar un aspecto de la relación entre clase y género en el capitalismo. Y explicar el papel que ocupan las tareas domésticas, invisibilizadas y no remuneradas que se realizan en el hogar, mayoritariamente en manos de las mujeres, para la reproducción de la fuerza laboral: desde la reposición de energías diarias, el cuidado de las personas que están por fuera de esa fuerza laboral activa (como ancianos, niños y enfermos), y la reposición generacional de la fuerza de trabajo.

También es importante destacar que muchas mujeres trabajadoras que pertenecen a sectores asalariados de la reproducción social (como enfermeras, maestras, cuidadoras) se encuentran a la vanguardia de procesos de lucha. Y en ocasiones han logrado establecer lazos de solidaridad muy fuertes con otros sectores de la clase trabajadora, por ejemplo, cuando los padres de los estudiantes apoyan una huelga de maestros, porque se trata de la educación de sus hijos. En ese sentido, tienen una “capacidad hegemónica” importante, si se despliega una orientación combativa que busque crear esa unidad obrera y popular de forma consciente (esto es algo que las burocracias sindicales siempre intentan bloquear).

Ahora bien, partiendo de reconocer que estos aportes son enriquecedores para el desarrollo de la teoría marxista feminista y para analizar la nueva composición feminizada de la clase trabajadora, hay otras cuestiones que considero que están insuficientemente determinadas o ambiguas en la TRS. Por ejemplo, la propia definición de esta esfera de la reproducción social (¿incluye a trabajadoras y trabajadores de las cadenas de comida rápida, del delivery, del transporte o no? ¿Y si es así, cual es el sentido de delimitarla de la esfera directamente de la producción y circulación?). Pero, además de esto, hay otros debates aún más importantes, que hacen a la estrategia política.

En este plano, se ha planteado la idea de un feminismo del 99%. Esta es una formulación sugerente, que se apoya en las luchas de movimientos como Occupy Wall Street, y que apunta a un gran movimiento desde abajo contra los más ricos. Sin embargo, ya se ha señalado que esta formulación tiene un problema grande, porque en realidad la clase dominante es más que el 1%, y dentro del 99% hay sectores sociales que tienen intereses directamente antagónicos o contradictorios. Desde sectores capitalistas más o menos grandes, en los países imperialistas o semicoloniales, hasta sectores de clases medias acomodados, clases medias ilustradas, sectores urbanos empobrecidos, campesinos, pueblos originarios, y por supuesto, la clase trabajadora en sus diferentes sectores. La estrategia del 99% deja de forma indefinida qué sector de clase es el que va a darle la tonalidad general a la mezcla. Porque ¿es posible una alianza social de este tipo donde tengan prioridad los intereses de la clase trabajadora y los sectores más oprimidos?

Nosotras creemos que no. Y para profundizar en esto, voy a tomar otras definiciones más concretas que hace Nancy Fraser en sus últimas intervenciones y en especial en una entrevista -dialogo con Sunkara, director de la revista Jacobin de EEUU.
Fraser retoma su definición sobre el neoliberalismo progresista, esa confluencia entre el feminismo y las políticas neoliberales, encarnado el Partido Demócrata norteamericano, el laborismo de Blair o las experiencias socialistas de Zapatero. Y señala que “el bloque neoliberal progresista conjugaba un programa económico expropiador y plutocrático con una política meritocrática liberal de reconocimiento.”

Este se contraponía al neoliberalismo reaccionario, como dos caras del neoliberalismo. Y plantea que, ante una crisis general del neoliberalismo, han emergido los populismos reaccionarios (Trump, Bolsorano, etc) y los populismos progresistas, entre los que incluye a Syriza, Podemos, Corbyn, Sanders, etc. La apuesta de Fraser para el feminismo del 99% pasa por lo tanto por desarrollar la perspectiva de estos últimos, para articular lo que define como un “bloque contrahegemónico” a la hegemonía neoliberal.

Lo plantea así: “De este modo, el populismo progresista resulta el candidato más probable para crear un nuevo bloque contrahegemónico. Al combinar la redistribución igualitaria con el reconocimiento no jerárquico, esta opción tiene al menos una oportunidad razonable de unir a toda la clase obrera. Más aún: podría posicionar a esta clase, entendida en términos amplios, como la fuerza dirigente de una alianza que también incluya a segmentos sustanciales de la juventud, la clase media y las capas profesionales y gerenciales.” Vemos que la formulación del 99% adquiere valores concretos.

Ahora bien, las experiencias de Syriza en Grecia, aplicando los planes de la Troika; de Podemos en el Estado español, como ministros de un gobierno imperialista junto con el PSOE o del Bloco de Esquerda en Portugal, ya deberían dejar claro que los populistas de izquierda no son ninguna alternativa real frente a los populismos reaccionarios, porque lo único que hacen es subordinarse a los “neoliberales progresistas”, en una cadena de adaptaciones a los regímenes políticos. Otro caso paradigmático es el de Bernie Sanders, que Fraser toma como ejemplo. Este hablaba de socialismo, pero se subordinó al establishment del Partido Demócrata y terminó apoyando la campaña de Joe Biden, un representante directo de Wall Street y las multinacionales. Y no nos olvidemos de otras perlitas como votar como senador las medidas que penalizan a los gobiernos locales que reducen los presupuestos policiales (algo que exigía el movimiento BLM). Es decir, al contrario de lo que sugiere Fraser, con Sanders no hay ni redistribución, ni reconocimiento.

Y hace falta incorporar otra dimensión, que es el carácter imperialista de esos Estados. Plantearse que es posible políticas de redistribución en el marco de Estados imperialistas que mantienen la expoliación de los recursos de otros pueblos, que comandan misiones militares de ocupación, o que defienden políticas coloniales, es lo más parecido a un chovinismo del bienestar, o a recrear las políticas de la socialdemocracia de la posguerra, que buscaba construir pactos sociales con los sindicatos, en base a algún reparto de la renta, mientras se seguía robando los recursos del resto del planeta.

El debate sobre el feminismo del 99% busca resolver lo que es efectivamente un problema estratégico, que es la división interna en la clase trabajadora entre diferentes sectores, y las divisiones entre la clase obrera y otros sectores oprimidos. Pero la resolución que le da, ese “bloque contrahegemónico”, no es otra cosa que una política de suma cero. Querer agrupar en la misma coalición a los representantes políticos de la burguesía imperialista (aunque sean sus sectores más de izquierda), sectores gerenciales, clases medias y los trabajadores más precarios, las mujeres, los migrantes, etc. es una trampa sin salida. En esa suma, los únicos que pierden son los trabajadores y los más oprimidos, porque se les exige renunciar a sus reivindicaciones y rebajar sus exigencias para no “asustar” o “espantar” a los sectores de las clases medias más acomodadas, a los sectores de la burguesía pequeña, etc. Lo explicaba muy bien Diana en el caso de Brasil, con el papel del PT, donde cada retroceso táctico terminó fortaleciendo a la derecha.

Fraser dice en un libro reciente (¡Contrahegemonía ya!) que hace falta una estrategia de separación por parte del populismo progresista. Para precipitar dos grandes divisiones. Por un lado, para separar el movimiento de mujeres de las políticas del feminismo liberal meritocrático, para separar a los jóvenes de las políticas del capitalismo verde y a los movimientos antirracistas de las trampas multiculturales del neoliberalismo. Y, en segundo lugar, para separar a la clase obrera más tradicional golpeada por la crisis y otros sectores que podríamos definir como los perdedores de la globalización, de aquellas políticas conservadoras, reaccionarias y xenófobas del populismo reaccionario. Uniendo a esos sectores, piensa Fraser, el populismo progresista podría tener una base social sólida para avanzar en la redistribución y el reconocimiento.

Tiene razón Fraser en que hay una disputa política abierta entre diferentes fuerzas por cómo se configuran los campos políticos, las coaliciones de clase, las alianzas y representaciones políticas. Y nosotras también pensamos que hay que tener una estrategia de separación. Pero lo que hay que separar tajantemente es a las organizaciones de la clase trabajadora de todas las políticas y partidos que actúan como cadenas de transmisión y gestión del capitalismo. Hay que separar nuestro programa de aquellos que buscan conciliar con los sectores medios y grandes de los capitalistas, y que piden que nos conformemos con algunas migajas en los marcos del capitalismo actual. Solo sobre la base de esta separación, de esa reconfiguración del escenario político, es posible construir una fuerza unitaria potente que se articule alrededor de un programa que incluya demandas económicas, sociales y culturales transicionales, que apunten a cuestionar la propiedad privada, partiendo de las reivindicaciones más sentidas de la clase obrera, los movimientos antirracistas, los pueblos oprimidos y la juventud. Es decir, solo sobre esa base, de independencia de clase, será posible dar pasos para una estrategia hegemónica de la clase obrera hacia el resto de los oprimidos.

Esto permite superar esa polarización que hay en varios sectores de la izquierda mundial. Por un lado, los que hablan de clase, pero lo hacen de forma corporativa o economicista, no cuestionan a las burocracias sindicales y reformistas del movimiento obrero. Por otro lado, aquellos que se reclinan sobre las identidades, como parte del giro cultural posmoderno, como si fueran movimientos escindidos de la lucha contra el capitalismo y diluyendo el papel de la clase obrera.

Para terminar, Nancy Fraser plantea acertadamente que la crisis no se resuelve de forma “politicista”, que hay cuestiones estructurales que corresponden no solo a un modelo de acumulación capitalista sino al capitalismo mismo. Y que, en ese sentido, habrá que ir hacia algún tipo de sociedad poscapitalista. Sobre esto, dos cuestiones.
En primer lugar, nos encontramos con un cierto reverdecer de posiciones que podemos llamar poscapitalistas, que plantean la idea de superar al capitalismo. Esto es un síntoma de un cambio importante en los modos de pensar, dejando atrás el periodo del triunfalismo capitalista. Sin embargo, priman tendencias que podríamos llamar neo utópicas, porque esa alternativa poscapitalista no se plantea sobre la base del trabajo de la estrategia, que implica una lucha concreta por articular fuerzas materiales, sino como una profesión de fe o una aspiración moral. Y como contracara de ese poscapitalismo abstracto, en el día a día, se terminan apoyando proyectos reformistas de izquierda o populistas progresistas, en términos de Fraser.

Alguien podría decir, bueno, es que hasta que llegue el comunismo tenemos que hacer algo… Claro, pero el problema no es si hacemos algo, sino qué hacemos. ¿Hay que intervenir en las luchas por demandas parciales, por derechos democráticos, en los movimientos sociales y sindicales e incluso presentarse a elecciones con candidatos de izquierda? Claro que sí. Pero no hay que hacerlo como si fueran fines en sí mismos. Como planteaba Rosa Luxemburgo, la estrategia de la reforma no es una vía más lenta hacia la revolución. La reforma, convertida en estrategia, es un muro para la revolución. Porque no hay modo de ir avanzando gradualmente, sumando pequeños cambios y mejoras, hasta que un día llegue el socialismo. Esa estrategia la podemos llamar neokautskiana (en referencia al teórico de la segunda Internacional que terminó enfrentándose con Rosa Luxemburgo y Lenin por sus posiciones reformistas). Esa estrategia, que hoy recuperan muchos sectores de la izquierda, ya llevó a tragedias en todo el siglo XX, y nuevamente, como vemos en el caso de los neorreformistas, solo termina abriendo el camino a la derecha. Hay que hacer algo, pero lo que hay que hacer, pensamos nosotras, es prepararse para esos momentos de ascenso de la lucha de clases, cuando la tortilla se puede dar la vuelta, organizando desde ahora corrientes revolucionarias afincadas entre la clase obrera, las mujeres y la juventud. Para que en los momentos claves, se plantee una perspectiva de lucha abierta contra el Estado capitalista, una vía revolucionaria.

Por otro lado, cuando se proponen alternativas poscapitalistas, no deberíamos partir de cero, ni borrar de un plumazo toda la experiencia histórica. A 104 años de la revolución rusa, es clave recuperar esa gesta que mostró la posibilidad real de una alternativa frente a la barbarie del capitalismo. Sobre las bases de la expropiación de los capitalistas y un sistema de democracia obrera, los consejos obreros, o soviets, se dieron pasos para la planificación de la producción en función de las necesidades de los productores, junto con otras medidas que apuntaban a liberar a las mujeres de las cargas del trabajo doméstico en los hogares, socializando gran parte de esas tareas. Claro que para recuperar esa tradición hay que deshacer esa amalgama entre estalinismo y comunismo, que aún hay resuena y confunde mucho cuando planteamos la perspectiva del comunismo.

Nosotras, como parte de otra tradición, antiestalinista y revolucionaria, queremos recuperar lo que escribió León Trotsky acerca de las mujeres en el programa de Transición de 1938, cuando señaló que las organizaciones oportunistas y conservadoras del movimiento obrero solo se preocupaban por las capas superiores de la clase obrera, y que ignoraban a la juventud y a las mujeres trabajadoras. Hoy podríamos decir, también ignoran a las personas racializadas y migrantes. Por eso, en nuestras banderas llevamos escrito: ¡paso a la juventud, paso a los pueblos racializados y oprimidos por el imperialismo, paso a las mujeres trabajadoras!

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Josefina L. Martínez

@josefinamar14
Nació en Buenos Aires, vive en Madrid. Es historiadora (UNR). Autora de No somos esclavas (2021). Coautora de Patriarcado y capitalismo (Akal, 2019), autora de Revolucionarias (Lengua de Trapo, 2018), coautora de Cien años de historia obrera en Argentina (Ediciones IPS). Escribe en Izquierda Diario.es, CTXT y otros medios.
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