Mundo Obrero Estado Español

TRIBUNA ABIERTA

Un día cualquiera en un centro de salud de la Comunidad de Madrid en plena pandemia

Mientras Ayuso tiene la desfachatez de decir que las y los sanitarios no trabajan, una médica relata en primera persona como es una jornada en la asfixiante (y asfixiada) atención primaria madrileña durante la sexta ola.

YCC

Médica de Atención Primara en Madrid

Martes 28 de diciembre de 2021 | 07:12

Ya es la hora (bueno, aún podría quedarme cinco minutos para reposar la comida, pero no es útil) y noto como mi corazón late cada vez más rápido, paulatinamente, sin poder detenerse, a pesar del betabloqueante ingerido. Como si fuera un reloj mental o una alarma vital que me tortura, que se apodera de mí.

He comido y ya me he puesto el pijama, blanco. No pienso ir vestida a trabajar, no quiero que nada pueda contagiarme. El latido en el pecho se hace más patente, es un tambor mental o, más bien, un recuerdo de las próximas ocho horas de trabajo. Pensar que no sabes cuándo saldrás del trabajo y volver a casa es algo que no se podría permitir.

Recojo los trastos y salgo corriendo hacia el coche para llegar cuanto antes al abarrotado centro de salud. Aparco y cuando subo las escaleras una persona me detiene y me pregunta por sus pruebas. ¿Cómo voy a saberlo si aún no he entrado en mi computador? Así todos los días: es desesperante, explicar a los pacientes que no damos abasto, que reclamen a los mandamases de la consejería para que contraten a más personal.

Al fin, llego a mi consulta y cierro con llave. Antes, he atravesado la sala de espera helada por las ventanas abiertas que ventilan ese habitáculo en el que se pueden reunir más de cincuenta personas. Ahora, con la Covid, está más vacía, pero por la organización interna que hemos dispuesto, para evitar un mayor número de contagios.

Enciendo el ordenador y, de nuevo, las trabas burocráticas, el privatizado servicio informático de la Comunidad de Madrid, que cada día funciona peor, con el consiguiente empeoramiento de la atención médica.

Al fin, la pantalla se enciende y veo mi saturada agenda: setenta pacientes, esa que un gerifalte no daba por buena aun teniéndola delante de las narices, antiguos sanitarios convertidos en nuestro peor enemigo, impidiendo la contratación de más compañeros que agilicen la atención y estas listas interminables de pacientes a los que hay que llamar, rastrear, atender, escuchar y derivar. Y si esto fuera poco, aún hay que añadir, las personas que vienen sin cita y que hay que meter a capón, las urgencias y las visitas a domicilio. Sólo de pensarlo al repasar el listado mi corazón se acelera ante el pensamiento realista de no poder acabar a tiempo, dentro de mi jornada laboral que concluye a las nueve de la noche. Algún día, nos hemos quedado hasta las 10, trabajando en un edificio que da una calle silenciosa y nocturna.

Son las 13:45, he entrado quince minutos antes de mi horario y sé que no voy a poder levantarme, ni para orinar, en más de tres horas, y cuando tengo la regla, peor aún, pues cambiarme el tampax y la compresa es prácticamente un ejercicio de funambulismo femenino.

¿Por qué voy antes? Me pregunto. Para quitarme trabajo administrativo que no debería hacer. Durante estos años he tenido que aprender a manejar el word como si fuera un compañero de admisión. No me gustaría estar en su pellejo, la primera barrera para los males humores de algunos pacientes enfadados que acuden a una atención primaria abandonada y derrotada, entendible su enfado, pero muy mal gestionado, porque los verdaderos culpables están muy lejos de ese mostrador

La burocracia nos aplasta, bajas, recetas, informes, certificados varios, como si los médicos de familia fuéramos únicamente redactores, gran parte de nuestra jornada se resume en eso, con urgencias, además, Kafka debió de trabajar en la atención primaria española. Nos han dicho que han aumentado los rastreadores covid para este tipo de cosas, pero en la práctica casi todo recae en nuestras agendas. Decir a una paciente que su dolor de dedos ya lo veo más adelante porque hoy no tengo tiempo para más, después de haberle atendido dos motivos de consulta, me da una vergüenza ajena horrible, pero es lo que hay.

Parece que el betabloqueante ha hecho su efecto y antes de abrir la puerta de la consulta me encuentro más calmada. Ante mí se presentan los pacientes con una mirada que va de la esperanza al miedo y la de otros al desdén.

En primer lugar, organizo la lista; comienzo a llamar y la fila se hace interminable. Antes de utilizar el teléfono prefiero atender a la gente que ha venido a consulta y antes de que entre la primera persona ya estoy haciendo un cálculo mental de los motivos de consulta a realizar, pues como mucho serán seis minutos por paciente.

Empezamos mal. Ya sé que voy a ir con retraso. Ha entrado Micaela, la anciana a la que fui a ver hace una semana, tan pequeñita, tan frágil, tan asustada desde el confinamiento. Se ha puesto a llorar. Su marido murió en una de las residencias abandonadas por la Comunidad de Madrid con ese protocolo que dicen que no existió.

¡Qué poca vergüenza! ¡Con lo que tardó esta mujer en conseguir la plaza para su marido! ¡Me hicieron repetir el informe de dependencia varias veces!

No puedo cortarla, pero tampoco me importa, soy médica del cuerpo y del alma, biopsicosocial como así la definió la OMS en Alma-Ata allá por los años 70. Es mi trabajo, por mucho que digan los políticos del PP que no hacemos nada, pero en este caso, me domina mi responsabilidad personal y moral.

Abro la puerta y ya sé que me va a caer una buena. El siguiente paciente entra como un burro y casi tira a Micaela: como si lo viera, es una baja, un proceso administrativo que la mutua privada de este paciente no quiere reconocer, cuando es esa empresa quien tiene que pagar.

Es un proceso desesperante, pues la mayoría del tiempo de mis consultas presenciales son de este tipo. Hace tiempo que hacemos medicina preventiva, de “por si acaso”.

El paciente se ha ido más calmado, ha entendido mi situación y que el problema lo ha creado la mutua, que no quiere pagar. También soy apaciguadora de malos espíritus.

Durante una hora y media he conseguido recuperar el tiempo de consulta provocadas por las lágrimas de Micaela. Ahora toca el rastreo de la Covid y las consultas telefónicas pendientes, lo que me supondrá estar sentada durante tres o cuatro horas, mirando continuamente el reloj para saber si podré acabar antes de cerrar el centro de salud, a las nueve y con el agobio de que mañana me toca doblar turno, otra vez aquí en menos de 12 horas, porque faltan compañeros de la mañana y no hay suplentes, dicen desde gerencia mientras les ofrecen contratos indignos y la jefa suprema suelta por su boca que somos unos vagos y no queremos trabajar.

Mi pensamiento es realizar el trabajo lo mejor que pueda y poder ver a los críos, pequeños, que cuando llego a casa, muchas veces están en la cama y conseguir llegar con la mente en blanco, alejar esa sensación de que he podido cometer errores por la falta de tiempo y la ansiedad con la que se trabaja y que esas ideas no contaminen mi vida familiar y descanso.

He pensado en marcharme, pero estoy esperando que me paguen mi historial profesional, llevo 10 años en la misma plaza y la administración me sigue considerando sustituta. Hay que ir a juicio para reconozcan que he trabajado. También, llevamos dos años esperando la solución a la oposición de 2019 y nos dicen que está detenida por en el marasmo del concurso, claro que si hicieran oposiciones cada dos años no habría mil documentos que baremar.

Me siento estafada, pero no puedo abandonar a mis pacientes, sobre todo a los más débiles que siguen dependiendo del médico de familia, ese al que años antes se respetaba y ahora se lo considera el último mono de la sanidad, sin reconocer que somos la base del sistema.

Son las 20:40 he conseguido terminar mi agenda.

Respiro, pero aún no he acabado: bajo a ayudar a una compañera que ya ha decidido emigrar a otro territorio donde le pagan mejor y, además, está cerca de su familia. Hay una señora en la entrada que no puede respirar, tal vez la ansiedad de haberse contagiado.

De una cosa estoy segura: hoy no salgo de aquí hasta las 21:30 horas.






Temas relacionados

Isabel Díaz Ayuso    /   Covid-19   /   Pandemia   /   Coronavirus   /   Comunidad de Madrid   /   Mundo Obrero Estado Español   /   Sanidad Pública   /   Trabajadores sanidad   /   Sanidad   /   Madrid

Comentarios

DEJAR COMENTARIO