Cultura

120 ANIVERSARIO DEL NACIMIENTO DE BORGES

Un manuscrito, una melena cobriza, mi propio Aleph

En el 120 aniversario del nacimiento de Borges, la escritora y obrera de la alimentación Carina Brzozowski nos dice “esta mañana volví a leer el cuento de Borges. Volví a reencontrarme con la misma melancolía que sentí al leerlo por primera vez, hace más de treinta años...”

Carina A. Brzozowski

Agrupación Bordó Leo Norniella en Alimentación

Viernes 23 de agosto | 20:43

Imagen: El Aleph, de la artista María Cristina Vega

La candente mañana de febrero en que Beatriz Viterbo murió después de una imperiosa agonía que no se rebajó un solo instante ni al sentimentalismo ni al miedo, noté que las carteleras de fierro de la Plaza Constitución habían renovado no sé qué aviso de cigarrillos rubios; el hecho me dolió, pues comprendí que el vasto universo ya se apartaba de ella y que ese cambio era el primero de una serie infinita…

Este es el comienzo del cuento “El Aleph”, de Borges. Volví a leerlo esta mañana. Volví a reencontrarme con la misma melancolía que sentí al leerlo por primera vez, hace más de treinta años. Una pena inmensa por ese Borges que visitaba cada año la casa de Beatriz para la fecha de su cumpleaños, como si visitara su tumba.

Este párrafo que cito aquí resume mucho un sentimiento muy fuerte que experimenté al enterarme también de la muerte repentina de alguien muy querido por mí. Cómo podía el mundo seguir su curso, cómo podía salir el sol y mostrar el cielo estrellas tan hermosas y que él ya no estuviera para hacer música, para tocar el bajo, para escribir historias, para cuidar sus cactus, para sonreír. ¿Dónde estaba él si todo lo demás estaba en su sitio?

Conocí este cuento mucho antes que a él, mucho antes de comenzar la facultad, de retomar la carrera de Letras por segunda vez.

Al releerlo, creo entender que “El Aleph”, para mí —siguiendo con la teoría de Borges de que había muchos Aleph en muchas partes—, era el arte, el conocimiento, la poesía, el amor, escribir sobre el amor, creernos, algunos años después, que éramos Alejandra y Martín, los protagonistas de Sobre héroes y tumbas, de Sábato, jugando a encontrarse casualmente en los parques, como tal vez también La Maga y Horacio en Rayuela de Cortázar.

El Aleph era vislumbrar, deslumbrarse, y todas las palabras que pudieran derivar de lumbre, de luz. Era descubrir palabras que a toda costa quería usar en mis poemas, aunque no pegaran, aunque no significaran nada en determinado contexto, como láudano. Amo la parsimonia, la cadencia de esa palabra, al escribirla y al pronunciarla (láudano) porque la L es bella y el acento en la “A” que le sigue la vuelve más bella y sonora.

El Aleph era leer a Borges, los laberintos, los espejos, los personajes borgianos, el amor. Y otra vez el amor.

No puedo precisar el año, podría googlearlo, pero si no aparece voy a creer que no existió. Quizás termine convenciéndome de que no existió y estaré recordando un hecho irreal. El dolor de la pérdida sería entonces irreal, nada tendría sentido.

Entonces, vamos de nuevo: no puedo precisar la fecha en que ocurrió, pero sí ubicarla entre los años 1996 y 2000. Tuvo lugar en el Palais de Glace, en el barrio de La Recoleta, en Buenos Aires, una exposición sobre la obra de Borges. Fuimos los dos, a él le gustaba Borges, su literatura. Yo quería, además, curiosear los objetos, sus pertenencias. Cosas que tenían también que ver con lo literario y con su periferia. No recuerdo tampoco el nombre de la muestra, sólo que estaba organizada por María Kodama, su viuda.

(Me vino a la mente su pelo rubio, largo, atado con una bandita, su barba cobriza, sus pecas. Supongo que ese día tenía puesta su campera color beige de corderoy. Entonces me levanté de mi escritorio y me puse a barrer, había migas en el living. Excusas. Tenía que parar unos minutos de escribir. Re pensar, “El Aleph”, Borges, la muestra. Vuelvo a escribir)

Comenzamos el recorrido. Era fascinante ver los diversos objetos exhibidos, todos tenían que ver con la creación, con su niñez, sus viajes. Había fotos familiares, fotos de lugares donde había residido, tapas de las primeras ediciones de sus obras, manuscritos con los borradores de sus cuentos.

… No podía vernos nadie; en una desesperación de ternura me aproximé al retrato y le dije:

  •  Beatriz, Beatriz Elena, Beatriz Elena Viterbo, Beatriz querida, Beatriz perdida para siempre, soy yo, soy Borges…

    Hoy, releyendo el Aleph, con este párrafo en especial, se me hizo un nudo en la garganta. Siempre me gustó la manera en que la nombra, le habla a la fotografía de Beatriz con esa ternura con la que se le habla a los muertos amados. Le dice que es él, que ahí está, siempre para ella. Aunque ya no nos amen. No importa que ya estén muertos. No nos aman. Eso es lo terrible.

    Yo no lo había visto, pasé de largo por esa vitrina y precisamente él fue quien me la señaló, me dijo: “mirá” y yo miré. “Ah sí, los borradores”. Me di cuenta de que eran los borradores de El Aleph cuando él volvió a señalar una de las hojas con tachaduras y anotaciones en sus márgenes. “Mirá”- me dijo de nuevo, y ahí estaba la frase:”Beatriz, Beatriz Elena, Beatriz Elena Viterbo, Beatriz querida, Beatriz perdida para siempre, soy yo, soy Borges”. Tan decidida y vertiginosa su escritura, su amor declarado. Estaba por bajar a ese sótano a ver las maravillas del universo en un solo punto y toda la maravilla que él ya conocía estaba ahora sobre ese piano, en ese retrato, de esa mujer “perdida para siempre”. Entonces lloré, pegada a la vitrina. Emocionada, triste y feliz a la vez, por tener la oportunidad de ver ese manuscrito, que muchos como yo pudieron ver, que muchos como yo también se habrán deleitado antes leyendo ese párrafo pero él me lo había señalado y por eso también lloraba.

    Entonces ya no sé si escribo sobre Borges, o sobre mi propio Aleph, que también fue él y su pelo cobrizo, al momento de soltárselo en la esquina de Puan y Pedro Goyena, mi propio Aleph antes de escuchar su nombre, y repetirlo ahora en el tiempo y la distancia abismal que puso la muerte, como repetía Borges: “Beatriz, Beatriz Elena…perdida para siempre”.

    Fue él quien me señaló la vitrina, sabiendo que yo amaba ese párrafo. Fue uno de los actos de amor más claros y contundentes que he recibido en mi vida.

    No suelo releer a Borges con asiduidad, pero cuando lo hago, no puedo dejar de extasiarme con la belleza de los vocablos, la exquisitez de sus metáforas, la erudición a la que hace gala en cada uno de sus cuentos. Eso también es el Aleph para mí, la literatura que se abre como una flor, “una rosa en Bengala” “…Vi en un gabinete de Alkamar un globo terráqueo entre dos espejos que lo multiplican sin fin…” Vio las palabras, la lengua, infinitamente rica, inabarcable. Sin embargo, arriba, sobre ese piano, estaba el retrato de ella, de Beatriz Viterbo. También vio su cáncer en un pecho y fue terrible. Carlos Argentino quiso que lo viera. El tipo al que el Aleph le había hecho ganar el segundo premio de Literatura.

    Pero para Borges, los carteles de Constitución cambiaban de avisos y Beatriz no estaba. “Vi todos los espejos del planeta y ninguno me reflejó

    Creo que a mí, también con el tiempo la memoria me falla y se me borran algunas cosas precisas, pero sé que él era una especie de Aleph. Vi en un sueño premonitorio que Leandro había muerto, me enteré fehacientemente después de lo sucedido. También fui a la que había sido su casa y no lo hallé. También fui a cantarle canciones de Silvio y a llevarle flores, a repetir su nombre, su nombre y su apellido y a decirle: “Leandro, Leandro Matías…perdido para siempre… soy yo, soy yo”.

    No tuve que reclinarme en un sótano para ver un trozo del Aleph en el que transcurrió el momento de la creación: cuando Borges escribió el Aleph, y dentro del Aleph: “Beatriz, Beatriz Elena, Beatriz Elena Viterbo…”






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