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XXI Congreso del PCE: crisis, división y compromiso en la izquierda del Régimen

El fin de semana del 9 y 10 de julio se celebró el XXI Congreso del PCE cargado de polémica y división interna. La dirección de Enrique Santiago afrontó una batalla presentada por sus “críticos” para dirimir el futuro del partido, que en el último periodo ha perdido un tercio de su militancia y cuya integración en el régimen capitalista ha dado un salto cualitativo con su entrada en el Gobierno del PSOE.

Diego Lotito

Roberto Bordón

Martes 2 de agosto
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El reelegido secretario general del PCE, Enrique Santiago, interviene durante el XXI Congreso del Partido Comunista de España. PCE

El último congreso del Partido Comunista de España dejó varios momentos picantes que se viralizaron en redes sociales, antes, durante y después del evento. Desde el veto a periodistas y no dejar participar a delegaciones de otras fuerzas políticas aliadas, a supuestos enfrentamientos físicos entre delegados, el XXI congreso del PCE trascendió más por el escándalo que por sus debates políticos. Pero sí hubo un debate, fundamentalmente entre dos posiciones discursivamente antagónicas, encarnadas en las figuras de Enrique Santiago, secretario general del PCE, y Alberto Cubero, dirigente aragonés y concejal en el ayuntamiento de Zaragoza. Los críticos dirigidos por Cubero y apoyados por la Juventud Comunista (UJCE) quisieron plantear el debate como una pugna entre reformismo y política revolucionaria. Santiago y la mayor parte del aparato se ubicaron como defensores del curso actual del partido y, sobre todo, de su participación en el gobierno imperialista del PSOE junto a sus socios de Podemos. Pero, como veremos, dentro del PCE nada hay más lejos que un debate entre reforma o revolución. Lo que hay es un debate entre distintas fracciones de la dirección sobre cómo garantizar la supervivencia de un aparato político neorreformista completamente integrado en el Régimen del 78.


Antecedentes del XXI Congreso


El clima que precedió al evento revelaba un malestar evidente en algunos sectores de las bases del PCE por el acuciado desgaste de la organización, que en el último período ha perdido un tercio de su militancia, y el temor a verse diluidos en el proyecto de Unidas Podemos, y ahora, en el de Sumar de Yolanda Díaz. Algunas voces, que posteriormente han apoyado públicamente a Alberto Cubero, destacaban la alianza con Podemos y la entrada al gobierno como dos errores graves de la formación cuya dirección se habría dejado “engatusar” por Pablo Iglesias.

El relato es que el exsecretario general de Podemos, junto con Alberto Garzón, dirigente de Izquierda Unida y bajo el liderazgo de Enrique Santiago, habrían maniobrado para subordinar al PCE a Unidas Podemos, destacando la expulsión de un importante sector de militantes críticos en Madrid en 2015. Bajo esta narrativa, parecería que el partido habría sido secuestrado por unos advenedizos que han dilapidado el capital político del PCE y diluido su perspectiva revolucionaria en pos de un giro reformista. Un discurso a la medida del sector crítico que busca depositar la responsabilidad de la deriva del partido en una minoría de dirigentes, obviando la verdadera historia de su organización, que desde el aplastamiento sangriento de la revolución social en 1937 o el desvío del ascenso obrero de los 70 para imponer la Transición pactada, hasta su entrada en el Gobierno “progresista” en 2020, está plagada de traiciones a la clase obrera.

Para apuntalar este relato se publicaron diversas notas en distintos diarios progresistas. Un ejemplo la columna de Miguel Montero, ex secretario de la UJCE en Madrid, aparecida en Público pocos días antes del Congreso. En ella se vislumbran varios de los elementos que configuran buena parte del discurso del sector crítico.

Por un lado, destaca una reivindicación de la estructura partidaria, de su supuesta tradición histórica combativa y de su implantación territorial, así como una preocupación de que dicho patrimonio político haya sido hipotecado en aventuras políticas de corte “socialdemócrata”. A ello se le suma una inquietud por la falta de un Programa que consolide la organización y establezca su línea política, algo que se había acordado en el anterior congreso.

El autor achaca esto último a “la degeneración del partido en las últimas décadas”, mientras reivindica programas como el de 1975, cuando el PCE dirigido por Santiago Carrillo. Toda una declaración política, considerando que este es el momento en el que Carrillo despliega hasta el final su estrategia de conciliación de clases denominada de “Ruptura democrática”, que en los hechos terminó siendo una verdadera “Reforma pactada” que hizo de partera del Régimen del 78. Para los desmemoriados, así fue como el PCE liquidó el ascenso huelguístico de 1976-1977 y obtuvo a la legalización del PCE a cambio de aceptar la restauración de la Corona, la consolidación de la unidad incuestionable de España, la continuidad impune del aparato estatal, judicial y policial franquista, y la revalidación del poder económico y social de todas las élites enriquecidas con la dictadura, que constituyen el ADN del Régimen del 78.


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También las juventudes del PCE salieron a la palestra con su visión “crítica” ante el XXI Congreso. En un artículo de Alfonso Armesto Prósper, publicado en Tercera Información, el “Secretario General” de la Juventud Comunista, argumenta que asistimos a un agotamiento de los proyectos socialdemócratas y su incapacidad para ofrecer una perspectiva de mejoramiento de las condiciones de vida de las masas en un marco de crisis histórica del capitalismo imperialista. Una caracterización que da pie a una crítica directa a su propio partido, del que afirman que ha degenerado en las últimas décadas -con la aceptación de las tesis eurocomunistas de por medio- como resultado de “una crisis ideológica del marxismo-leninismo con 70 años de recorrido”. Nótese la fecha: el marxismo estaría en crisis y habría degenerado en una corriente oportunista ¡desde la muerte de Stalin! Nada que decir de la monstruosa degeneración burocrática de la URSS y el partido bolchevique desde la muerte de Lenin en adelante. Nada de la liquidación de la democracia soviética. Nada de los crímenes de Stalin contra la clase obrera mundial. Nada de la traición del estalinismo a la revolución española. Nada de la liquidación de la Tercera Internacional para complacer al “imperialismo democrático”. El enterrador de la Revolución de Octubre como ejemplo a seguir. Despreciable.


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Así, con el rostro del “líder bienamado” en el estandarte, el “secretario general” de las Juves sostiene que la dirección del movimiento obrero habría sido cooptada por una aristocracia obrera que lo habría desviado hacia el reformismo y habría perdido toda independencia de clase. En última instancia, el PCE se habría liquidado como herramienta revolucionaria del movimiento obrero.

No podemos más que coincidir con esta última afirmación, aunque su liquidación data de hace 100 años, ¡no 70! Pero insólitamente, frente a tamaña degeneración de su propio partido, que lleva décadas adaptado al Régimen del cual fue padre fundador y que ahora es parte nada menos que con ministros y secretarios de Estado del gobierno imperialista del PSOE, la UJCE no plantea ningún tipo de ruptura. Al contrario, la intervención de las Juves en el Congreso, que se consideran a sí mismas una resistencia revolucionaria a dicho proceso y se propone la “Reconstrucción” del glorioso Partido Comunista, fue una crítica leal. Eso sí, que daría comienzo a un giro “revolucionario” del PCE. ¿Cómo? Recuperando el rol de la UJCE como escuela de cuadros políticos. Cualquier posicionamiento radical sería puro “maximalismo”. El nivel de impostura es sorprendente.

El planteamiento de los “críticos” dentro del PCE, que van desde una reivindicación de los mejores momentos del eurocomunismo hasta una apología nefasta del estalinismo en sectores de la UJCE, tiene como común denominador una fuerte reivindicación fetichizada de la tradición histórica de su organización, independientemente de cuales hayan sido -según sus propios análisis- sus errores políticos, de cuantos años lleve degenerando y de cuán podrido y asimilado al régimen capitalista esté el aparato, del cual los propios críticos son parte. Por eso los cuestionamientos no son más que balas de salva. A la hora de la verdad, nadie saca los pies del plato.


El XXI Congreso: el PCE se divide, pero no se rompe


Con el desplazamiento de los debates a la opinión pública, el Congreso del PCE ya comenzó crispado. Y por si faltaban elementos para aumentar la crispación, pocos días antes la dirección del PCE anunció una serie de medidas “originales” para este tipo de procesos: no habría prensa, no habría delegaciones invitadas de fuerzas aliadas y habría un día menos de Congreso para poder acudir al acto de Yolanda Díaz en el Matadero. Todo ello despertó la ira de los críticos, dando fuerza a sus tesis sobre las intenciones de Enrique Santiago de diluir la formación en una plataforma electoral “socialdemócrata” en beneficio de una camarilla burocrática.

Días antes del Congreso, Alberto Cubero publicó una carta abierta a la militancia, en la que sintetizaba los argumentos de la “oposición de izquierda”. En resumen, una crítica a la falta de programa político y estrategia del PCE que explicarían su sumisión a otras fuerzas políticas. Así, frente al proyecto Sumar de Yolanda Díaz, Cubero planteó recuperar un programa de “izquierda” junto con una estrategia de “ruptura con el capitalismo”. Este discurso abstracto, que llama a romper con el capitalismo, pero no a romper con el gobierno imperialista del que forman parte, sumado al temor a desaparecer del panorama electoral -y con ello a que desaparezcan miles de cargos existentes o potenciales en ayuntamientos y diputaciones-, motivaron la fuerza de los críticos en el Congreso.

Estos lograron que 12 de las 18 organizaciones territoriales apoyasen sus tesis en los respectivos congresos territoriales previos al XXI Congreso. Pero ello no garantizó que tuviesen la mayoría. Enrique Santiago se aseguró el respaldo de importantes territorios como Andalucía (donde está el peso mayoritario de la organización). La diferencia con la que se llegaba era lo suficientemente ajustada como para alimentar los ánimos del sector crítico que planteaba la batalla como una lucha contra la dirección “liquidacionista”, pero no alcanzó.

El XXI Congreso fue una consistente victoria para Enrique Santiago, que ganó cada una de las votaciones a pesar de los momentos de tensión y la amenaza velada (pero falsa) de ruptura por parte de los sectores críticos. Si bien hubo momentos de alta tensión en los que parecía que el debate se iba a resolver a hostias entre delegados, acusaciones de “tongo”, de delegados extra que no estaban acreditados y otras maniobras, la realidad es que el aparato mantuvo el “control” en todo momento, en el sentido más estrictamente estalinista del término.

En lo fundamental, los debates giraron en torno al apoyo o no al proyecto de Yolanda Díaz y la labor de Unidas Podemos dentro del Gobierno del PSOE, junto al estado del PCE y su futuro en las diversas alianzas que mantiene. O al menos así se transmitió a redes sociales.


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De forma significativa, la actitud de las diversas delegaciones críticas y de la UJCE, que fue humillada antes y después del Congreso al reducir su capacidad de intervención en forma arbitraria, desvelaba de forma pública el serio malestar interno que preanunciaban los distintos debates precongresuales. No obstante, como era de esperar, no hubo ruptura. Los críticos se conformaron con sacar el 45,8% y 41 miembros en el Comité Central frente a los 54,16% y 49 de Enrique Santiago, confirmando la división del partido casi a la mitad.

De este modo, la pantomima del crudo debate congresual se saldó con una nueva dirección en la que convivirán los supuestos “liquidacionistas y anticomunistas” y los aún más supuestos “críticos y revolucionarios”, que reafirmaron intención de continuar como oposición leal a la estructura partidaria.

Tal vez resulte extraño a ojos ajenos que tras el espectáculo del propio Congreso no haya habido rupturas. Sin embargo, más allá de las apelaciones a la historia del partido y a la bandera del socialismo (ensuciada al relacionarse con la monstruosa degeneración totalitaria que fue el estalinismo), la posición de Cubero y sus afines no va más allá de un intento de retornar a las buenas épocas de Izquierda Unida, como ya pidieron algunos tras las elecciones andaluzas, aliñado con un discurso de corte obrerista y una épica abstracta de lucha contra el capitalismo.

Pero todo ello es pura retórica. En el campo de la estrategia política, no hay diferencias. Ambos sectores representan dos almas de una perspectiva reformista. Prueba de ello es que nadie, absolutamente nadie, peleó seriamente en el Congreso porque el PCE rompiese con el Gobierno imperialista español y condenase la integración al mismo como una traición histórica a los intereses de la clase obrera. Al contrario, Cubero afirmó recientemente que no estaba a favor de romper el pacto de gobierno con el PSOE y que veía bien sus políticas.


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En el mismo sentido, el documento publicado por la UJCE tras el congreso, destila el mismo conformismo. Envuelto en una épica que a la luz de la política -no de las palabras- resulta una farsa, el panfleto dedica más párrafos a describir los obstáculos burocráticos de la dirección que a cualquier conclusión política de lo que supone seguir siendo parte de un partido completamente degenerado -en sus propias palabras- que tiene ministros en la “junta de negocios de la burguesía” que es el Gobierno del PSOE.


La necesidad de una alternativa política de independencia de clase


El XXI Congreso del PCE y su crisis interna es una expresión más de las dificultades del neorreformismo en el periodo actual para ofrecer, no digamos una alternativa política -que está fuera de sus posibilidades-, sino al menos una relativa esperanza reformista. En efecto, sectores de la propia base social de IU y el PCE comienzan a cuestionarse el rol que han jugado como sostén del Gobierno del PSOE y burocracia política dentro del movimiento obrero.

El debate del XXI Congreso del PCE puede leerse como la discusión interna de un aparato político que teme su propia desaparición tras años de políticas de conciliación de clases y que busca salvarse mediante un “giro a izquierda” impostado, que le permita reconectar con una parte de la clase trabajadora, que hasta hace poco lo apoyaba en parte por su relativa fuerza territorial y su defensa de una vaga idea de socialismo.

Sin embargo, ante una situación de creciente militarismo, crisis energética, climática y aumento galopante del costo de vida al calor de la inflación, costos que los capitalistas y sus gobiernos descargan una vez más sobre las mayorías sociales, ni los oficialistas ni los críticos tienen nada que ofrecer a la clase trabajadora, las mujeres, la juventud oprimida. Ni un programa ni mucho menos una estrategia para superar el capitalismo.


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Más allá de sus discursos para la tribuna, todos ellos son defensores del gobierno imperialista. Todos son valedores y parte orgánica de las burocracias sindicales que pasivizan y traicionan a la clase obrera que sufre los costos de la crisis. Todos defienden, en última instancia, los privilegios que otorga un aparato que durante décadas ha actuado de sostén “por izquierda” del régimen monárquico.

Las y los jóvenes y militantes comunistas honestos que quieran pensar con su propia cabeza y apostar por una salida de izquierda a la crisis de su organización, tienen ante sí una encrucijada. O seguir siendo un engranaje más de un aparato conservador, insistimos, integrado completamente al régimen imperialista español, o “romper la baraja” y abrir un debate serio sobre la necesidad de construir una izquierda de clase, socialista, antiimperialista y revolucionaria, que tenga como centro de gravedad la lucha de clases y no el parlamentarismo burgués y el ministerialismo.

Qué actuales y aleccionadoras resultan hoy las palabras de León Trotsky, el gran constructor del Ejército Rojo, cuando recomendaba a los jóvenes comunistas y socialistas que querían pensar: “No perdáis el tiempo; estudiad; reflexionad; discutid honestamente; ¡luchad incesantemente por la claridad revolucionaria!”


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Diego Lotito

Nació en la provincia del Neuquén, Argentina, en 1978. Es periodista y editor de la sección política en Izquierda Diario. Coautor de Cien años de historia obrera en Argentina (1870-1969). Actualmente reside en Madrid y milita en la Corriente Revolucionaria de Trabajadores y Trabajadoras (CRT) del Estado Español.

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