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Zoya Kosmodemyanskaya: la partisana rusa que se convirtió en leyenda

Un 29 de noviembre de 1941 era ejecutada en manos nazis Zoya Kosmodemyanskaya, partisana soviética, joven adolescente, mujer. Esas tres condiciones, sumadas a que su ejecución fue, como tantas otras, objeto de un acto público de escarmiento por parte de los nazis, llevaron a que Stalin la erigiera en símbolo del rol de la mujer en la llamada "gran guerra patria" de defensa de la URSS contra la invasión alemana en la Segunda Guerra Mundial.

Paula Schaller

Lunes 29 de noviembre de 2021
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Como millones de hombres y mujeres, Zoya se alistó como combatiente en octubre de 1941. Desde junio de ese año la URSS había sido invadida por tropas alemanas, en el marco de la más completa desorganización del mando militar y político stalinista que no esperaba una ruptura del "pacto de no agresión" por parte de la Alemania hitleriana. El avance inicial fue tan fulminante que ya desde septiembre Moscú peligraba: los nazis estaban a punto de invadir la capital soviética en la llamada Operación Tifón. Para octubre, las tropas alemanas llegaron a menos de 100 km de una capital que ya comenzaba sus planes de evacuación frente al inminente desenlace, y Zoya, con sus 18 años, abandonó sus estudios en el Instituto de Moscú para alistarse en la resistencia. Para diciembre ya había sido frenado el avance alemán hacia territorio moscovita, pero la vida de Zoya corrió otra suerte. Para fines de noviembre había sido destinada a una misión en la aldea de Petrishevo, en el área soviética ocupada por el ejército alemán, con órdenes de incendiar el pueblo para sabotear al ejército alemán, aquella antigua táctica de "tierra quemada", cuyo más remoto antecedente fuera establecido por Heródoto para la guerra perso-escita del 514 a.C., consistente en arrasar todo recurso que pueda ser usado por el enemigo en su avance. Así, entre el minado de carreteras y el corte de las líneas de comunicación, el grupo de partisanos de Zoya comenzó a quemar casas y edificios ocupados por alemanes. Hasta que el 27 de noviembre, delatada, Zoya cayó en manos alemanas. Durante dos días fue salvajemente torturada, hasta que el 29 de noviembre los nazis dispusieron un acto público para su ejecución ante la presencia de todo el pueblo. "Incendiaria de hogares", rezaba el cartel que le colgaron y con el que la obligaron a desfilar antes de colgarla definitivamente, un viejo método de martirio y humillación muy popular en el medioevo europeo. Antes de morir dio una nueva muestra de valentía y, desafiando a sus verdugos, gritó a sus compañeros:

"Camaradas, ¿por qué estáis tan tristes? Yo no tengo miedo a morir, soy feliz de morir por mi pueblo [...] Me vais a colgar, pero no soy la única. Somos más de 200 millones, no podréis colgarnos a todos. Mis compañeros vengarán mi muerte. Alemanes, rendíos antes de que sea demasiado tarde. La victoria es nuestra."

La historia de Zoya no tuvo nada de especial, formó parte de una experiencia colectiva compartida por millones de hombres y mujeres que con admirable valentía en cada ciudad y aldea rusa pelearon contra la invasión nazi, fortaleciendo las acciones del Ejército Rojo. Fue a base de esa heroica resistencia popular, que le costó más de 26 millones de vidas, que Rusia ganó la guerra. Consciente de la superioridad técnica alemana, Stalin alentó permanentemente el "factor popular" en la guerra, aunque a riesgo de avivar la actividad independiente de las masas -algo a lo que el stalinismo, que había instaurado un régimen burocrático y condenaba al pueblo a todo tipo de penurias, le temía como a la peste-, lo hizo acudiendo no a los valores y conquistas de la revolución sino al imaginario más conservador: la reaccionaria idea de la defensa de la "madre patria rusa" que había caracterizado el período imperial, cuando Rusia dominaba a decenas de nacionalidades oprimidas.

Precisamente para consolidar esa idea Stalin decidió, al leer la historia de Zoya relatada por el periodista Piotr Lidov en la Pravda en febrero de 1942, nombrarla "Héroe de la Unión Soviética" y elevar su historia a leyenda: "joven", "valiente", "mujer", "madre", "patria", una secuencia de sentidos que se encargó de edificar el régimen. En su famoso Berlín, la caída, el historiador británico Antony Beevor cuenta "muchos miembros del Komsomol seguían llevando consigo recortes de periódico con la fotografía de Zoya Kosmodemyanskaya, la joven guerrillera de la organización torturada hasta la muerte por los alemanes. No eran pocos los que escribían: ’por Zoya’, en sus tanques o aeronaves." Su figura fue replicada en numerosos monumentos y utilizada en las variadas historias que propagandizaron la gran guerra patria al interior de la URSS.

Sería una ironía de la historia, si no fuese una derivación coherente de la política reaccionaria del stalinismo que quiso imponer una suerte de "ideología religiosa" como forma de dominación sobre el pueblo ruso, que en el 2010 se propusiera que esta joven partisana fuese canonizada por la Iglesia Ortodoxa rusa. Lo cierto es que más que "inspirada por Dios", lo estuvo por la causa de la emancipación y la libertad.


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Paula Schaller

Licenciada en Historia, conductora del programa Giro a la Izquierda de Córdoba y miembro del comité de redacción de Ideas de Izquierda.

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