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La Izquierda Diario
28 de abril de 2019 Twitter Faceboock

SEMANARIO IDEAS DE IZQUIERDA
El nuevo giro proteccionista del imperialismo alemán
Oskar Fischer

Ilustración: Klasse gegen Klasse

[Desde Alemania] ¿Qué tienen en común la crisis del gasoil, el intento de golpe de Estado en Venezuela y la profunda crisis terminal de la UE? Un comentario sobre la historia de éxito de la "vía china".

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Fue un trueno que casi nadie escuchó: Peter Altmaier, ministro de economía de Alemania, anunció un giro proteccionista del gobierno de Angela Merkel en febrero cuando publicó su documento sobre estrategia industrial. La propia Merkel, junto con su sucesora designada, Annegret Kramp-Karrenbauer (AKK), planearon un proyecto de rearme militar con la construcción de un portaaviones europeo de grandes dimensiones. Ambos proyectos tienen el mismo contenido estratégico: el regreso de Alemania a un mundo de rivalidades imperialistas en el que hay frentes en constante cambio, es decir, un mundo de política de acorazados de guerra.

Un proteccionismo contra el proteccionismo

En su autocrítico documento de estrategia, Altmaier evalúa negativamente el hecho de que sus predecesores se hayan quedado dormidos ante la evolución de la política tecnológica e industrial. Pide a Alemania "que diseñe activa y eficazmente esta evolución... en vez de soportar pasivamente, sufrir y dejar que suceda". Específicamente, propone que las inversiones extranjeras en compañías alemanas sean auditadas por el Estado cuando superen un diez por ciento –en lugar del 25 por ciento como sucede hasta ahora– y que se bloqueen las adquisiciones extranjeras nacionalizándolas temporalmente para luego volver a privatizarlas.

El carácter indispensable del Estado-nación burgués como capitalista total ideal se explica en el preámbulo del documento de Altmaier sobre política industrial:

En algunos casos, encontramos que la suma de las decisiones comerciales individuales de las empresas de un país no es suficiente para compensar o evitar los cambios globales de poder y riqueza: Porque una empresa tiene en mente su progreso, no el de todo el país. En estos casos –y solo en estos casos– la activación, promoción y protección de la política industrial encuentra su justificación.

Todos los liberales de izquierda y pos-liberales que reclamaron la desaparición del Estado-nación, una transnacionalización del poder, un imperio supranacional que lo abarca todo o neokautskyanismos [1] similares para la época posterior a la orden de Yalta, están recibiendo así una bofetada de Altmaier. El Estado-nación –que en realidad nunca se fue– ha vuelto y es indispensable para el capital. Al mismo tiempo, el ministro y viejo confidente de Merkel insinúa la tendencia a la bonapartización, que Europa ha captado cada vez más profundamente desde la crisis de 2008, cuando habla sobre cómo los cambios en el orden mundial han tenido "(dramáticas) consecuencias para nuestro modo de vida, para la capacidad de acción del Estado y para su capacidad de configurar casi todos los ámbitos de la política, y en algún momento también para la legitimidad democrática de sus instituciones".

Se trata de la supervivencia de los grandes capitalistas alemanes. El Ministerio Federal de Economía menciona a sectores en los que Alemania ostenta el liderazgo mundial, como las industrias del acero, el cobre y el aluminio, la industria química, la mecánica y de instalaciones, la del automóvil, la óptica, la de equipos médicos, el sector de la tecnología ecológica, la de defensa, la aeroespacial y la impresión en 3D. Se mencionan con nombre y apellido a Siemens, Thyssen-Krupp, Deutsche Bank –que ahora busca una fusión con el Commerzbank– y los fabricantes de automóviles. Allí dice que, “en función del interés político y económico nacional", tendrían que sobrevivir. La frustrada fusión entre Siemens y Alstom puede haber alentado la necesidad de cuidar el propio capital nacional frente a China cuando la UE no tenga capacidad de hacerlo. El documento también aborda la fusión de Siemens y Alstom en el sector del transporte ferroviario, que fue impedida por la Comisión de la UE, y hace un llamamiento a "facilitar las fusiones en áreas donde el tamaño es un requisito previo indispensable para el éxito empresarial".

El Ministro traza una interesante analogía histórica entre las empresas automovilísticas alemanas, cuya crisis del gasoil es emblemática por su ausencia de cambios estructurales, y Japón y la industria del entretenimiento:

La compañía japonesa Sony celebró sus mayores ventas de CD de música en un momento en el que ya se había alcanzado el punto más alto de estos dispositivos, que muy pronto fueron superados, sin ninguna posibilidad de llevar al Walkman tecnológicamente al nivel del iPod.

Hoy en día, Alemania también cuenta con una industria automovilística muy desarrollada que, sin embargo, ignoró las nuevas tecnologías, especialmente en su alto grado de desarrollo:

Si la plataforma digital para la conducción autónoma con inteligencia artificial para el automóvil del futuro procede de los EE. UU. y la batería de Asia, perderían tanto Alemania como Europa más del 50 por ciento de la producción de valor en este sector. Los efectos asociados irían mucho más allá de la industria automotriz.

El documento está dirigido en un primer plano contra China, pero de hecho también puede leerse como dirigido contra los EE. UU.: se nombra al “America First” del trumpismo como una amenaza a los intereses alemanes. Después de todo, el modelo a seguir para Alemania es la propia China; de hecho, en la parte del documento donde se la menciona, se puede ver una admiración de parte de Alemania: “Un país particularmente exitoso en términos de política industrial es la República Popular China, que adoptó la agenda ‘Made in China 2025’ en 2015. Mediante una política industrial activa, se fortalecerán las tecnologías clave en diez sectores”. Y continúa:

Con el proyecto de la nueva Ruta de la Seda, China está tratando de asegurar los mercados de ventas y la logística con previsión. Esta estrategia, que combina los principios de la economía de mercado con políticas orientadas al futuro y de acompañamiento, ha dado hasta ahora grandes frutos. En China han surgido compañías de nivel mundial, y sectores industriales enteros podrían convertirse en los monopolios tecnológicos de estas compañías en los próximos años.

Alemania querría “fortalecer y expandir el multilateralismo porque es la mejor garantía contra cualquier tipo de proteccionismo”. Pero eso es lo que casi todas las naciones dijeron en la Conferencia de Seguridad de Múnich a principios de febrero. El problema es a quién pertenece ese “multilateralismo” y quién lo dirige, mientras todos los acuerdos internacionales, desde el libre comercio hasta el desarme, tambalean. Y eso significa en última instancia que el sueño multilateral liberal solo podría ser una breve fase de la historia mundial, en el período entre la caída del orden bipolar de Yalta y el surgimiento de un nuevo orden capitalista más brutal (o revolución mundial si la clase obrera triunfa). En otras palabras: ¿cuáles “cadenas cerradas de producción de valor” se mantendrán y cuáles estallarán?

Consecuencias de la compra de industrias alemanas de capital por parte de inversores chinos

Las muy lamentadas desventajas competitivas no asustan a las grandes empresas: BMW y Allianz ya poseen una participación mayoritaria en distintas empresas de China. Volkswagen fundó junto con otras empresas una compañía de servicios digitales para todos sus modelos. Y el capital alemán no solo invierte en China, sino que también aprende de ella. Este país demuestra que se puede exportar e invertir a gran escala y al mismo tiempo hacer una política proteccionista contra la competencia imperialista: el productor de electrodomésticos chino Midea (que acaba de comprar la mayoría de las acciones de la empresa alemana Kuka AG, productora de bienes de capital) tiene plantas de producción en Vietnam, Bielorrusia, Egipto, Brasil, Argentina e India.

Por lo tanto, el proteccionismo es parte integrante del modelo chino. Y en una fase en la que los propios EE. UU. han llegado a los límites del modelo de acumulación neoliberal con Trump y están adoptando un tono más proteccionista, Alemania también combatirá el fuego con fuego: después de todo, la mayor queja de las numerosas delegaciones económicas alemanas en China es que simplemente no se permite exportar capital allí libremente como uno desearía. Una historia contada reiteradamente entre los empresarios, que apuesta a justificar una política industrial más agresiva, es la de Kuka.

Cuando en 2016, Kuka, el fabricante de robots de Augsburgo, fue adquirido por el grupo chino Midea, causó una verdadera conmoción en Alemania. Se trataba del miedo de perder todas las ventajas en los nichos de la industria altamente desarrollada, que las pequeñas y medianas empresas alemanas mantienen tan fervientemente. Como fabricante de robots, Kuka también representa simbólicamente el intento del capitalismo chino de terminar con su dependencia de las potencias imperialistas en la industria del procesamiento. Lo mismo ocurrió con el tradicional fabricante de máquinas de Múnich Krauss-Maffei (no confundir con el fabricante de tanques de guerra Krauss-Maffei Wegmann, que se separó de Krauss-Maffei a finales de los años noventa), que fue vendido por un inversor británico al grupo estatal ChemChina, que está ampliando así su cadena de producción.

El dicho común de que China roba el know-how alemán pero termina construyendo todo barato es, por lo tanto, engañoso. Por supuesto que hay espionaje industrial a gran escala –especialmente por parte China, pero no solo de ese país–. Pero el conocimiento todavía no fabrica máquinas, sino solo el trabajo en el nivel más alto de la cadena de producción, en la que el trabajo sedimentado de la producción internacional más avanzada ya ha pasado a estar bajo el control de los conglomerados de corporaciones con la mayor concentración de capital. Los robots industriales como los de Kuka son necesarios para la producción de otros bienes industriales y, por lo tanto, son tan insustituibles que pueden ser importantes para la “seguridad nacional” económica.

Por eso, Rusia, por ejemplo, con todo el gas del mundo no puede competir contra Alemania o incluso contra los Estados Unidos, sino que debe recurrir a medios militares desesperados en su patio trasero, porque la estructura económica de Rusia simplemente no está suficientemente desarrollada y, puesto que la inversión en ella no vale la pena, lo seguirá siendo. El capital ruso se pudre en cuentas off shore y contribuye poco al desarrollo de la industria nacional rusa; de hecho, no solo el nivel de vida de Rusia ha caído considerablemente, sino también su nivel industrial, desde la caótica restauración capitalista de los años noventa.

China, por otro lado, está tratando de dar un salto económico para convertirse en un país que produce incluso los bienes más desarrollados, y ya ha dado ese salto parcialmente. Ya no es un banco de trabajo extendido del mundo; recientemente Altmaier incluso llamó a Alemania un “banco de trabajo extendido” de China en la producción de baterías. El salto de China no es posible sin una confrontación con los intereses hegemónicos de otras potencias, especialmente de Estados Unidos.

La UE en la encrucijada

¿Qué significa la confrontación china del orden mundial para una UE atravesada por el Brexit? Donald Tusk, presidente del Consejo Europeo, desea que los que abogan por un “Brexit duro” terminen en “un círculo especial del infierno”. Ese Brexit sería una opción que podría poner en peligro, entre otras cosas, el “tesoro” franco-alemán Airbus, que hace tiempo que ha perdido su brillo. Es muy simbólico que el mismo Tusk sea un hombre caído en desgracia, condenado al ostracismo y demonizado desde hace diez años en su país de nacimiento, Polonia. Y su guerra santa por la “vieja Europa” –como Donald Rumsfeld denominó el bloque franco-alemán al principio de la (también fracasada) guerra de Irak– no solo fracasa en el Reino Unido.

De hecho, el paraíso capitalista de la integración europea es solo un brillo lejano de tiempos pasados, porque la estrella de la integración europea se apagó con la crisis de la deuda soberana. Durante algún tiempo, los “altos cargos” de la UE afirmaron que quienes injustamente los desacreditaban eran populistas y, por lo tanto, subjetivistas irracionales que odiaban a las élites. Pero la realidad se choca con Bruselas cuando quien más saca provecho de la UE –Berlín– cuestiona públicamente las barreras supranacionales que se le han impuesto con respecto a la fusión Siemens-Alstom. Inmediatamente después de su propio documento sobre la política industrial alemana y el fracaso de la fusión Siemens-Alstom en Bruselas, Peter Altmaier y su colega francés Bruno Le Maire aumentaron la apuesta y pidieron más “soberanía económica” en un artículo titulado “Europa necesita campeones industriales” publicado en el diario alemán Tagesspiegel. Le Maire comentó sobre el bloqueo de la fusión: "Las decisiones industriales en el siglo XXI no pueden tomarse sobre la base de las reglas de la competencia establecidas en el siglo XX".

Esta afirmación es contradictoria en la situación política actual, ya que Francia intervino casi simultáneamente del lado estadounidense contra el proyecto alemán Nord Stream 2, y logró al menos una concesión simbólica de Alemania frente a Estados Unidos en materia de gas licuado. Ante esta nueva irritación de las relaciones franco-alemanas, el medio oficialista "Tagesschau" no tuvo más remedio que decir que la relación era aún más estable que la existente entre Francia e Italia, donde acababa de ser retirado el embajador. También en este caso se trataba superficialmente de desacreditar al Gobierno francés, pero en realidad se trataba más bien de que Italia se retirara del eje de la UE contra Venezuela, ubicándose del lado de Rusia y China.

En los últimos 20 años, China ha invertido miles y miles de millones de dólares en Venezuela, una inversión dirigida contra los Estados Unidos. Desde la asunción de Hugo Chavéz, y más tarde con Nicolás Maduro, el intercambio siempre se trató de créditos por petróleo. Sin embargo, este acuerdo también forma parte de una estrategia para avanzar en América Latina en su conjunto, por ejemplo en Argentina o Brasil. Esta es una confrontación aguda contra la doctrina norteamericana de que el hegemón imperialista de EE. UU. según la cual este último tiene un derecho casi natural a dominar América Latina, pudiendo Washington saquearla a gusto, así como someterla a golpes de Estado y restablecer regímenes adictos a discreción. Por supuesto, aquí no hay en absoluto una motivación "antiimperialista" de China, aunque a Xi Jinping le guste rodearse de tal aura, sino que, por el contrario, es parte de su propio avance hacía el club de los imperialismos.

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Mucho dependerá de si Alemania puede utilizar una nueva estrategia para mantener y restaurar la hegemonía sobre Europa con la presión exterior de los bloques EE. UU./China si la UE ya no es garante de esta posición. El proyecto del gobierno de construir un portaaviones europeo –algo muy controvertido, en un momento en que Alemania ni siquiera utiliza sus destructores disfrazados de fragatas, e incluso las pequeñas misiones en el exterior demuestran los límites de capacidad de la Armada– puede crear un margen de maniobra en ese momento, especialmente porque China también está construyendo varios de sus propios portaaviones. La competencia económica en el Pacífico o en el disputado continente africano no permanecerá “pacífica” para siempre.

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Sin embargo, existen barreras para Alemania que no desaparecen tan fácilmente solo con la política industrial y los esfuerzos militares. Entonces, ¿cuáles son las fuerzas que están detrás del fracaso pasivo actual de la “vieja Europa”?

Las fuerzas motrices del fracaso pasivo

Una dificultad capitalista central es que los Estados-nación no pueden unificarse ni mucho menos suprimir a sus burguesías nacionales: la UE está obstaculizando la extensión de las fuerzas productivas que alguna vez promovió, como ejemplifica Siemens-Alstom, en flagrante contradicción con la reivindicación de la Comunidad Europea del Carbón y del Acero (CECA), que se suponía que haría que el capital nacional más fuerte de Europa fuera competitivo y pacífico a nivel mundial. Pero todavía podemos ver cómo el enfrentamiento entre la China de Xi Jinping y los EE. UU. de Trump muestra en su conjunto una tendencia al fracaso del multilateralismo neoliberal, que Alemania, con su conservadora concepción exportadora e industrial, había ignorado durante mucho tiempo, y que es la fuente material más importante de sus crisis políticas.

Con el fracaso pasivo ante la competencia de China y los Estados Unidos, la UE está históricamente condenada al naufragio. Es una organización de Estados que, con sus organizaciones antecesoras, es un intento capitalista de curar las consecuencias de la Segunda Guerra Mundial, cuyos resultados devastadores hicieron cuestionable al propio Estado-nación burgués, pero que, desde Cataluña hasta Yugoslavia e Irlanda, tampoco fue capaz de resolver satisfactoriamente ninguno de los principales problemas nacionales de Europa. Las fuerzas impulsoras del Brexit y de los nuevos soberanismos, que después de la crisis del euro (el último punto álgido de la hegemonía alemana en el bloque) socavaron a la UE con la “crisis de los refugiados” (en realidad: crisis imperialista), indican la imposibilidad de unir los intereses nacionales en un marco capitalista.

El problema frente a la crisis del orden mundial no es tanto si la UE se derrumbará, sino cómo lo hará: desde Italia hasta Hungría, pasando por el Reino Unido, con su última colonia real, Irlanda del Norte, hay demasiados frentes en los que el multilateralismo liberal no tiene ninguna ventaja en la era de las soluciones chinas. Con la tendencia general bonapartista con su manifestación europea más fuerte en la Francia de Macron, esto también ha sido entendido –aunque muy tarde– por el (también moribundo) régimen de Merkel.

Una nación como Alemania, que lleva décadas construyendo su hegemonía regional y su posición en el mercado mundial a través de la UE, está marcando un primer hito en el tortuoso replanteamiento de los intereses del capital alemán con el documento de estrategia industrial proteccionista de Altmaier, que se dirige principalmente contra China pero también contra los Estados Unidos a mediano plazo. Es por ello tortuoso, porque no hay una salida fácil para Alemania, que sigue necesitando a la UE por el mercado interior y la seguridad internacional, en asuntos económicos y militares, por ejemplo en África, mientras que, al mismo tiempo, esta UE la deja cada vez más sola. La reorientación que Altmaier anunció como la última jugada de Merkel tiene lugar en una fase de crisis todavía pasiva, no en una fase de guerras y luchas de clases que profundizaran la forma de la agresión alemana, cuyo contenido ya ha sido anunciado.

Para nosotros, socialistas internacionalistas, la futura desaparición de la vieja Europa no es motivo para llorar. En lugar de sus soberanismos, estamos por los Estados Unidos Socialistas de Europa. No solo la vieja Europa y los Estados Unidos, sino también la ambiciosa China, están tan llenos de contradicciones –de clases, de cuestiones nacionales y democráticas, de ecología– que no pueden tener estabilidad interior. Así que mientras las diversas formas de la socialdemocracia y sus apologistas quieren, ya sea perecer con el barco hundido del multilateralismo o aferrarse al del proteccionismo chovinista, nosotros defendemos un internacionalismo proletario, para que sea la clase obrera quien se ponga al frente de las próximas luchas que el capitalismo y sus rivalidades imperialistas nos impondrán.

Traducción: Klasse gegen Klasse

Publicado originalmente en: https://www.klassegegenklasse.org/der-neue-protektionismus-von-wirtschaftsplaenen-und-kanonenbooten

 
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