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DEBATES EN EL FEMINISMO
Ni feminismo “carcelario” ni escraches como estrategia: cómo combatir la violencia patriarcal
Andrea D’Atri | @andreadatri

La denuncia de Thelma Fardín y el colectivo Actrices Argentinas provocó una oleada de testimonios de mujeres en las redes sociales, muchos de ellos acompañados de escraches a los agresores. Muchas voces, desde distintas posiciones políticas, con diferentes fundamentaciones teóricas y perteneciendo a diversos feminismos, se hicieron oír contra el punitivismo y los escraches como estrategias para combatir el machismo. Las feministas socialistas, que combatimos todas las opresiones y la explotación, nos oponemos a considerar a los hombres como enemigos de las mujeres ¿Por qué somos contrarias al punitivismo y a transformar a los escraches en una estrategia contra la violencia machista?

Foto Enfoque Rojo

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La vida judicializada: cuando el Estado nos estigmatiza en el lugar de víctimas

Ya hemos señalado, en “El agresor, los hombres y el patriarcado”, que la estrategia punitiva se ha demostrado ineficaz para evitar que ocurra lo que sanciona. “El Estado capitalista-patriarcal, a pesar de reconocer a las mujeres como víctimas y aumentar las normas punitivas -en un distorsionado reconocimiento a la existencia de una violencia diferenciada contra ellas-, no solo las revictimiza en comisarías, fiscalías y juzgados, sino que además es incapaz de prevenir o al menos disminuir la tasa de femicidios”.

Aunque en Estados Unidos, un feminismo cuestionado por su puritanismo propone a las mujeres de clases medias -dicho irónicamente- “dormir con un abogado debajo de la almohada”, esperando que sea el Poder Judicial el que resuelva todas las contrariedades de la vida de las mujeres en una sociedad capitalista, competitiva, machista y racista, la mayoría de las mujeres jóvenes, trabajadoras y del pueblo pobre saben, por experiencia propia, que el Poder Judicial y la Policía no son instituciones que vayan a actuar en su defensa y protección frente a las agresiones machistas: su función es la de defender el orden social capitalista y patriarcal, donde la propiedad privada vale más que nuestras vidas.

En Argentina, mientras se cometen cinco femicidios por semana, los pibes de las barriadas populares son asesinados, casi en la misma proporción, por la policía del gatillo fácil; las movilizaciones y las luchas obreras son reprimidas.

El Estado capitalista, que nos ofrece una vasta nomenclatura de agravios para ser punidos con la cárcel, no cae “con toda la fuerza de la ley” sobre las mafias del narcotráfico y las redes de trata, que siempre actúan amparadas por o con la coparticipación de funcionarios políticos y fuerzas policiales. Tampoco contra los brutales vejámenes perpetrados por la jerarquía de la Iglesia, cómplice de la dictadura genocida, encubridora de abusos sexuales contra niñas, niños y adolescentes.

Las cárceles se llenan de pobres, que a fuerza de encierro y múltiples torturas, “aprenderán” a deshumanizarse y terminarán estigmatizados socialmente, mientras con los poderosos se hace la vista gorda, salvo cuando las causas se manipulan arbitrariamente para perjudicar a uno u otro sector político.

Y mientras condenan a algunos pocos hombres por su responsabilidad en actos de violencia contra las mujeres, el Estado se exime de culpa y cargo sobre el asunto. Respetamos y acompañamos el derecho de las mujeres a reclamar, de todos modos, que los tribunales hagan justicia ante cada denuncia. Pero, la hipocresía de este sistema nos asquea.

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Pero es justamente en esta visión de que no hay Justicia, donde algunos feminismos encuentran la justificación para establecer la estrategia de los escraches como un modo de "justicia por mano propia" para los más diversos casos. “Allí donde no hay Justicia, hay escrache”, suele decirse, lo que plantea una guerra virtual o simbólica pero que, en ocasiones, puede tener consecuencias tan reales como el aislamiento social y la estigmatización de un adolescente hasta el suicidio de un agresor que se siente acorralado por el escrache público.

Si lo pensáramos sólo desde el punto de vista de la eficacia, los escraches tampoco son capaces de acabar con la violencia patriarcal que queremos desterrar. Hoy denunciamos públicamente a un abusador, mañana a un violador, pasado mañana aparecerá un acosador y la semana próxima algún otro habrá cometido un nuevo abuso. Y esto es así, porque la violencia contra las mujeres, incluso la más letal que termina en femicidios o la de los abusos sexuales y violaciones que, en ocasiones, ocurren en la mayor intimidad de un vínculo personal, son el último eslabón de una larga cadena de violencias patriarcales contra las mujeres fundadas, legitimadas y reproducidas por el Estado capitalista y las instituciones de su régimen político.

Impidiendo el derecho de las mujeres a decidir sobre sus propias vidas y su cuerpo, relegándolas a ser “ciudadanas de segunda”, condenándolas a ser el sector más explotado, precarizado y con peores condiciones de trabajo, con salarios menores a los de sus compañeros, repitiendo hasta el hartazgo los estereotipos que la cosifican como un objeto, a través de la industria cultural y los medios de comunicación, etc.; se construye la condición de posibilidad para que esa violencia -que después es presentada como un acontecimiento singular entre dos individuos- se ejerza, desde sus más sutiles manifestaciones hasta las más brutales y aberrantes.

La violencia contra las mujeres, incluyendo la violencia sexual, se devela no como una alteración del orden social, sino como un engranaje que lo constituye. Y eso no es abstracto: la responsabilidad recae en instituciones, leyes y un régimen social concretos.

Mientras la Iglesia mostró todo su poder político impidiendo que se aprobara la legalización del aborto -por lo tanto, garantizando que sigan muriendo mujeres pobres por abortos clandestinos e inseguros-, atraviesa el escándalo más grande de su historia con las denuncias de centenares de miles de abusos de niñas, niños y adolescentes que fueron cubiertos con el sagrado manto de la más siniestra impunidad.

Así como Actrices Argentinas denunció la situación de desigualdad laboral y la precarización como el telón de fondo de los abusos de poder, son millones de trabajadoras las que no tienen siquiera la posibilidad de comunicar públicamente los ultrajes de los que son víctimas por parte de capataces, jefes y gerentes.

¿Cuántos son los abusos y humillaciones a las que son sometidas las trabajadoras domésticas, que se encuentran viviendo solas en medio de familias ajenas, cuyos patrones son jueces, políticos, empresarios, funcionarios públicos?

Si esta opresión patriarcal de las mujeres persiste es porque el capitalismo necesita de su subordinación para apropiarse, gratuitamente, de su trabajo de reproducción de la fuerza de trabajo. Y, además, porque para las clases dominantes, inculcar, sostener y legitimar el machismo que divide a hombres explotados de mujeres explotadas les permite mantener su dominio, como también le son funcionales la xenofobia, el racismo, el heterosexismo y todas las formas de discriminación.

Para las feministas socialistas, los hombres no son nuestros enemigos. Nuestro enemigo es ese capitalismo patriarcal y sus agentes: el Estado de la clase empresaria, el régimen político y los gobiernos que garantizan y perpetúan la explotación de las grandes mayorías de donde aquellos extraen sus millonarias ganancias.

De ahí que la violencia patriarcal no tenga una solución individual, ni por la vía punitivista, ni por la de los escraches de la venganza personal. Y que necesitemos forjar una alianza con nuestros compañeros para enfrentar juntos al machismo y a combatir, no sólo contra ese sistema que lo legitima y reproduce, sino también contra aquellos varones que perpetran las más aberrantes violencias contra las mujeres.

Una alianza poderosa de mujeres y hombres de la clase trabajadora con todos los sectores oprimidos contra este régimen social infame

Tampoco consideramos que es posible “reformar” este régimen político y social mediante la educación “con visión de género” a las Fuerzas Armadas, la Policía, el sistema judicial, el régimen penitenciario, etc. Lo que es necesario es enfrentar este sistema capitalista-patriarcal, para derrocarlo y sentar las bases de una sociedad verdaderamente igualitaria.

Pero eso requiere de una fuerza que reúna a las grandes mayorías explotadas que tienen el poder de hacer saltar por los aires los resortes de su funcionamiento, con todos los sectores socialmente oprimidos. ¿Cómo se construye esa alianza?

En nuestra lucha contra la violencia, necesitamos diferenciar la actitud reprochable e incorrecta de un adolescente que dice una obscenidad o acosa insistentemente a una compañera de su escuela, de la maquinaria institucional que ponen en juego las jerarquías eclesiásticas para proteger a los curas abusadores o la prepotencia de poder de un superior jerárquico contra una trabajadora que, si no se calla, es quien termina poniendo en juego su propio sustento.

No es todo lo mismo. Pero, además, no podemos permitir que nuestra lucha contra la opresión y la violencia sea utilizada para hacernos retroceder de los derechos y libertades que conquistamos para nuestras propias vidas, nuestras sexualidades, deseos y placeres.

Por eso, en la construcción de esa fuerza social y política para enfrentar el machismo, nuestra lucha feminista no puede convertirse en aquello mismo que cuestionamos y queremos erradicar de raíz.

Proponemos la implementación de protocolos que permitan intervenir en casos de violencia en las instituciones educativas, en los ámbitos laborales y sindicales, teniendo en cuenta las diferencias que existen cuando se trata de pares menores, de pares adultos o de relaciones de poder. Estos protocolos, que permiten la resolución de conflictos con el consentimiento de la víctima, también establecen claramente el derecho elemental y democrático a la defensa del acusado. Pero también impulsamos la organización de comisiones de mujeres en todos los lugares de trabajo, en los centros de estudiantes y los sindicatos.

La fortaleza que se consigue en la organización permite a las mujeres, junto a sus compañeros, luchar por todas sus demandas, enfrentando a las patronales, las autoridades y hasta a las burocracias sindicales, como mostraron las compañeras estatales que repudiaron a los dirigentes de la CTA por aliarse a la Iglesia mientras ellas peleaban por el derecho al aborto; como lo vimos recientemente con las trabajadoras de SIAM que buscaron activamente la solidaridad de las periodistas del colectivo Ni Una Menos con su lucha porque saben que el movimiento de mujeres es un respaldo que las fortalece para enfrentar a la patronal vaciadora y la represión de la gobernadora Vidal.

La experiencia de las comisiones de mujeres tiene un antecedente ejemplar cuando, hace algunos años, una obrera de Kraft denunció el acoso de un capataz y, ante la empresa que decidió suspender a la trabajadora, sus compañeros y compañeras respondieron con un paro total del turno, resuelto rápidamente en asamblea por iniciativa de las delegadas de la comisión interna antiburocrática, que logró que separaran al acosador y la obrera no fuera sancionada.

¿Cómo no vamos a apostar a la alianza con nuestros compañeros si hemos visto cómo, en la multinacional gráfica Donnelley, donde sólo tomaban hombres, fueron los delegados combativos y antiburocráticos los que enfrentaron a la patronal para que permitiera a una mujer trans acudir a la fábrica vestida como ella decidiera y le exigieron la construcción de un baño y un vestuario exclusivamente para ella?

La política y los métodos que hoy elegimos para combatir la violencia patriarcal, la forma en que proponemos castigar, controlar, punir o resolver los hechos de los que las mujeres son víctimas en esta sociedad capitalista-patriarcal, no pueden estar en oposición a la sociedad futura que anhelamos y por la que estamos peleando.

Un feminismo que se plantee derrocar el orden capitalista-patriarcal y aspire a una sociedad liberada de todas las formas de opresión y explotación que hoy corroen las relaciones humanas no puede proponerse usar los métodos de los opresores para resolver las consecuencias deletéreas de esa opresión.

En la acción colectiva y la construcción de una fuerte alianza entre las explotadas y explotados que constituyen la clase mayoritaria socialmente, junto al pueblo pobre y todos los sectores oprimidos y agraviados por este sistema, se encuentra el germen de una sociedad futura en donde unos seres humanos dejen de ser los enemigos de otros seres humanos.

Una sociedad donde el género, el sexo, la edad, el color de la piel o cualquier otra razón que hoy sea esgrimida como fundamento de discriminación, terminen siendo datos tan irrelevantes para las relaciones entre las personas, que hasta las palabras que hoy nombran esas diferencias se enseñen a las futuras generaciones como arcaísmos del perimido lenguaje de la prehistoria humana.

 
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