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TRIBUNA ABIERTA
Crónica del último invierno: un repaso a la transición
Juan Argelina

El pasado jueves fui invitado por mi amigo Luis Quiñones para presentar su última novela, "Crónica del último invierno", en el Centro Cultural La Corrala, junto a Cristina Almeida.

Portada del libro de Luis Quiñones, "Crónica del último invierno" (Bohodón Ediciones).

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La vida y la historia, con y sin mayúsculas, se entremezclaron con recuerdos de tiempos difíciles y espacios desbordados de melancolía, tristeza, rabia y dolor por un país en suspenso crónico, durante los terribles años posteriores a la dictadura militar. Decía Cristina que mereció la pena todo ese trauma en pos de una libertad ganada a pulso de sacrificios, la mayor parte anónimos, en una "transición" montada a lomos de siniestros cancerberos, que determinaban los límites de lo posible. Ella, testigo y protagonista de su desarrollo, no podía sino defenderla, pero pese a mostrar un pasado lleno de compromiso con ese pueblo machacado de los suburbios de la inmigración, con la defensa de los derechos de los trabajadores, y con un necesario y rotundo feminismo, no podía ofrecer la experiencia directa de la vida vista "desde abajo", desde esa oscuridad que Luis, en una mezcla de furia y poesía, expresaba en un relato marcado por la muerte, en pasado y en presente, de personajes guiados por un destino trágico.

Me vi involucrado en la historia de esos jóvenes perdidos en el marasmo de las chabolas de El Pozo y Entrevías; de esos padres arrastrados a un mundo sórdido y miserable por los dictados tecnocráticos de los "planes de desarrollo"; de ese profesor, entregado a un trabajo infame de desgaste mental y que solo se siente humano al rescatar la memoria de los muertos, su memoria; de ese periodista jubilado, que en sus días finales ya no tiene miedo a las amenazas de los sicarios de la represión y la tortura; de esa puta caribeña que cayó en la trampa de las promesas de una vida mejor en una España que no le supo ofrecer más que la desgracia de la venta de su propio cuerpo; y, en definitiva, de ese narrador que desgrana minuciosamente el drama de los acontecimientos de aquellos años y recuerda a familiares, amigos y amantes que claman desde ultratumba por una voz que les libere del olvido. Me vi involucrado, si, de tal manera que volví a revivir aquel tiempo, tiempo de silencio, de miedo, de frontera de mundos, de suciedad e ignorancia, de supervivencia y resistencia. Tiempo de final de dictadura y comienzo de lo que se ha dado en llamar "transición a la democracia". Tiempo de mi infancia y adolescencia.

Luis nació entonces, en 1977, coincidiendo con el asesinato de los abogados de Atocha. Quiso empezar así su relato, con el inicio de su vida, como si se tratase del resultado de un maquiavélico sacrificio ritual. Una magia negra que necesitaba la sangre de seres inocentes para que surgiera este "nuevo" mundo, continuador del anterior. Se piensa que no lograron su objetivo, que su crimen fue inútil, y que aquella multitudinaria manifestación de repulsa, sobre la que gira toda la novela, fue el "punto de no retorno" para los cambios que se debían producir. Pero no. Los extravagantes procuradores del viejo régimen se autodisolvieron, dejando paso a un nuevo Congreso democrático que aprobaría una constitución al año siguiente. Sin embargo, ninguno de ellos abandonó sus cuotas de poder conquistado. Siguieron influyendo a través de la judicatura, la policía y el ejército. El miedo surtió su efecto, y la ruptura soñada se convirtió en reforma pactada, dando como resultado una palabra que entonces estaba en boca de todos, pero que ahora parece olvidada: el desencanto. Fue ni más ni menos que una "democracia otorgada". El fin de las esperanzas de una izquierda atomizada, y el principio de la locura neoliberal. "La gente empezó a hablar, a perder el miedo", dijo Cristina. Pero también a someterse a un nuevo tipo de dictadura, que ahora está en punto crítico: la del consumismo capitalista, generador de espejismos, productor de desigualdades, alentador del individualismo, y destructor de la memoria.

Los mismos que diseñaron y condujeron el proceso de la transición, salvaron a los asesinos y torturadores del régimen anterior, y les ofrecieron la oportunidad de beneficiarse de ese nuevo capitalismo depredador, que nos sigue causando tanto daño y está en su estertor. Dicen ahora que necesitamos una "segunda transición", que acabe lo que la primera dejó inconcluso. Las élites son expertas en perpetuarse. Cánovas marcó el camino allá por 1875 con el "turnismo" de la Primera Restauración. También entonces decían que la estabilidad y el orden debían prevalecer frente a una democracia real. No es extraño que sea el modelo político de la derecha española. No hay nada nuevo. En el presente, la necesidad de esa "segunda transición" viene dada por el agotamiento del modelo capitalista que ha dirigido nuestra sociedad durante los últimos cuarenta años y que ha mantenido a sus clases dirigentes, que, apoyadas en la Unión Europea, ven ahora como ésta dicta la finalización del proceso, al obligar incluso a realizar cambios en la propia Constitución (recordad la modificación del artículo 135), iniciando así la ruptura del consenso político y dejando en crisis el bipartidismo dominante. Volvemos a la inestabilidad social y el 15-M nos abre de nuevo el camino a la autorreflexión: ¿Quiénes somos como país? ¿A dónde nos llevan a partir de aquí? Lejos de ser de nuevo marionetas, la sociedad civil se pregunta si realmente tiene la posibilidad de decidir sobre su futuro. Y aquí es donde se hace necesario echar un vistazo al pasado.

A veces las revoluciones se producen no tanto por la capacidad y la fuerza de aquellos que las impulsan, sino por la crisis de aquellos que mandan y crean un vacío, pero eso no nos tiene que llevar nunca a olvidar su capacidad de reacción. Durante la Transición esto fue evidente: un rey, que hasta los suyos consideraban un tonto; y Adolfo Suárez, que había sido dirigente de la Falange, acabaron convirtiéndose en la salida del atolladero de la crisis del fin de la dictadura. Ahora se está intentando lo mismo: el caso de Ciudadanos lo demuestra con el "recambio" que pretende en la dirección de la derecha política. Las claves del proceso de la Transición estaban en la anulación de cualquier "experimento" o alternativa política que pretendiera ir "más allá" del proyecto político y económico que se estaba construyendo, y para ello se cerraron filas en torno a la Unión Europea y la OTAN. En estos momentos, es la crisis del modelo europeo lo que marca el final de ese proceso, lo cual me lleva a pensar en el sentido de tantas tragedias personales que la ilusión del protagonismo de las bases populares en la ruptura política con la dictadura se dejó por el camino. Evidentemente no nos encontramos en una situación parecida a la de 1977. La legitimidad de una democracia no existía con la dictadura, y la crisis actual no es sólo política.

En aquel tiempo, no llegamos a construirnos individualmente en los nuevos valores democráticos. La mayoría de la población no tenía cultura política de ninguna clase y sobre todo los nacidos en los 60 tuvimos que ensamblar como pudimos los valores que habíamos aprendido con los nuevos que estaban surgiendo, pero vimos con tristeza e impotencia como la vieja cultura política perduraba a pesar de las transformaciones democráticas. La Constitución del 78 fue un pacto entre élites, que en nuestros días se manifiesta dogmática, por ejemplo con respecto a la obligatoriedad de la representación de la provincia con dos escaños fijos por cada una, lo que aseguraba que siempre ganaran los partidos que apostaron por la reforma sin ruptura, y así pudiera repartirse el poder en dos familias políticas, que, como en aquel "turnismo" canovista, perpetuaran esa cultura política que interpreta la victoria electoral como una licencia para el "caudillaje". Y ahí nos encontramos con las mayorías aplastantes y aniquiladoras del PSOE y el PP, con sus cuarenta años de poder en Andalucía o en Castilla-León, que no son sino las manifestaciones de la continuidad de las viejas prácticas caudillistas, hasta la crisis actual. Una crisis que ha provocado una revisión del "mito" de la Transición, y que nos ha permitido reivindicar nuestra memoria y la de nuestros padres. Esto es lo que ha hecho posible "Crónica del último invierno", una obra valiente y brillante, aunque igualmente pesimista e intrigante con respecto a la incertidumbre del "invierno que vendrá".

 
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