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IMPERIALISMO ESPAÑOL
Cierre de filas con la “Conquista” para defender el saqueo imperialista de hoy
Santiago Lupe | @SantiagoLupeBCN

López Obrador, como Catalunya, une a la Corona, PP, PSOE, Cs y Vox. Podemos se desmarca pero sin cuestionar el saqueo de las multinacionales españolas hoy en día. Solo una política anti-imperialista consecuente puede resarcir los agravios históricos.

Foto: montaje ID.es

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Se acaba uno de los inviernos más secos de la historia. Tres meses de cielos azules y despejados. Sin embargo, desde el pasado martes se han cubierto de una espesa nube. Lo meteorólogos no se ponen de acuerdo ¿cirrocúmulos? ¿cirrostratos? ¿nimbostratos?... No, es solo caspa.

Una espesa y extensa nube de caspa salida de la unánime reacción de los partidos del Régimen del 78 a la petición del presidente de México, Manuel López Obrador, a la Casa Real española y el Vaticano para que pronuncien una disculpa por la “Conquista”.

Cuando parecía que poco podría superar al garrulismo ibérico puesto en escena con las rojigualdas XXXL de Sánchez; los “viva el rey” para agradecer que el médico nos firme una receta de Casado; los joseantonianos “ni obrero ni empresarios, españoles” de Rivera; los fichajes franquistas de Vox o el “a por ellos” de los cuatro con Felipe VI a la cabeza; ahora salen a defender la obra civilizatoria que la Monarquía Hispánica y la Inquisición llevaron al “Nuevo Mundo”.

Pablo Casado le espetó al presidente mexicano que “España podría pedir a México que le diese las gracias” y su número dos, Adolfo Suárez Illana, añadía que “España se puede sentir tremendamente orgullosa de lo que hizo en América”. Por si fuera poco, si gana las elecciones el líder del PP prometió que celebrará en 2020 el V centenario de la llegada de Hernán Cortés a México. Solo le faltó añadir un viril “como Dios manda”.

Vox por su parte emitió un comunicado que parece escrito por algún cronista del Consejo de Indias: “López Obrador, México y toda América deberían agradecer a los españoles que llevaran la civilización y pusieran fin al reinado del terror y barbarie al que estaban sometidos. Nada más que decir. España dejó Nueva España como un territorio rico y próspero”.

El líder de Ciudadanos, Alberto Carlos Rivera –así se ha rebautizado en listas electorales temeroso que su nombre catalán le reste votos- ha acusado a Obrador de proferir una “ofensa intolerable al pueblo español" y estar tratando de falsear la historia para buscar el enfrentamiento con España.

El PSOE, por medio de un comunicado del gobierno ha dejado claro que “la llegada, hace quinientos años, de los españoles a las actuales tierras mexicanas no puede juzgarse a la luz de consideraciones contemporáneas" y que, por supuesto, de pedir perdón por diezmar su población originaria, tres siglos de ocupación o el expolio continuado de sus recursos naturales, ni hablar.

La única fuerza parlamentaria que se ha pronunciado a favor de la petición del presidente mexicano ha sido Podemos, declarando que "tiene mucha razón en exigirle al rey que pida perdón por los abusos en la ’Conquista’” y que si gobiernan "habrá un proceso de recuperación de la memoria democrática y colonial que restaure a las víctimas".

Ahora bien, lo interesante en esta polémica y verborrea imperialista es indagar qué hay detrás. En primer lugar detrás de la nube de caspa que todo lo inunda. Pero también cuales son los profundos límites de las políticas memorialistas que hacen de lo simbólico el fin último.

La importancia que puede tener hablar de la “Conquista” y sus consecuencias no es solo un debate historiográfico, aunque también. Algo completamente ausente en los planes de estudio del Estado español, en los que se da por buena y casi incuestionable la tesis de que todo es parte de la “Leyenda Negra”. Un argumentario que, aunque data de la época de la Contrarreforma, en estos días enarbolan sin complejos Casado y compañía.

La clave es ver que de aquella relación de colonización y dominación, provienen las actuales relaciones de dependencia que siguen condenando a México, y los países latinoamericanos en general, a una condición de semicolonialidad de la que el imperialismo español y sus empresas siguen siendo uno de los grandes beneficiados.

Que en México, y el resto del continente, hubo una liquidación de gran parte de sus poblaciones originarias es un hecho innegable. Como lo es que a día de hoy el 95% de la población originaria de dicho país se encuentra por debajo del umbral de la pobreza y sufre múltiples formas de discriminación. Una opresión establecida en los tres siglos de ocupación española y mantenida también en los diferentes regímenes caciquiles y cipayos posteriores a la independencia.

Que hoy en México el problema no es Cortés o la Inquisición es totalmente cierto. Pero sigue habiendo grandes colonizadores, muchos españoles. Como el BBVA -que posee el 21,5% de su sector bancario-, Gas Natural Fenosa -en cuyo consejo de administración se sienta Felipe González y que es la mayor distribuidora de gas-, Iberdrola – que ocupa el 20% del mercado eléctrico – o Repsol – una de las grandes petroleras del mundo, aunque sea de uno de los países con menos reservas en su propio subsuelo-.

También los gigantes del ladrillo y las concesiones públicas, esas firmas que desde el inicio de la crisis ocupan más espacio en las noticias de corrupción que en las de economía, vienen sacando buena tajada de los negociados con el Estado mexicano. Hablamos de ACS -no podía faltar Florentino Pérez en el sarao-, Abengoa, OHL, Elecnor, Dragados, Acciona o Cobra, entre otras.

Estos son los Hernán Cortés del siglo XXI. Y la defensa del hidalgo no es más que la contracara de la defensa de los intereses de estos pulpos imperialistas en el país y la región. Cuando Casado, Abascal, Rivera o Sánchez salen en defensa de Su Majestad y la obra de la Hispanidad, incluso cuando revierten sus declaraciones de llamamientos a la hermandad entre los pueblos, lo que están haciendo es defender que estas empresas multinacionales puedan seguir beneficiándose de contratos millonarios, los bajos salarios y condiciones laborales del país y sus ricos recursos naturales.

De ahí también los propios límites de la carta de López Obrador o de las palabras de apoyo de Podemos a la petición de disculpas. Cuestionar la colonialidad como relación entre los pueblos pasa por cuestionar el saqueo que se sigue produciendo a día de hoy por estas empresas con el respaldo del Estado español y todos sus gobiernos.

El perdón simbólico u otras iniciativas de memoria histórica se convierten en meros gestos de cinísmo de parte de los Estados imperialistas. El mejor ejemplo, que ayer Rafael Mayoral de Podemos reivindicaba, es el de Francia en relación a Argelia. Su disculpa por décadas de colonialismo y las barbaries cometidas durante la guerra de liberación nacional, fue mera palabrería que no puede ocultar el rol de gendarme armado que sigue jugando este país en la región -como vimos en Libia o en la misión militar en Mali- y de principal expoliadora de los recursos económicos y naturales de su antigua colonia.

Considerar que gestos como estos son suficientes es coherente con el programa de la formación morada que en ninguno de sus puntos sostiene un cuestionamiento al imperialismo español del siglo XXI. He ahí su apoyo recurrente a las Fuerzas Armadas y sus misiones en el extranjero, su aceptación de la OTAN o su propuesta de una suerte de “OTAN” europea, que defendería justamente los intereses de los imperialismo del viejo continente. Pero también la renuncia a cualquier medida de expropiación -y menos aún de devolución a los legítimos Estados- de las empresas multinacionales y todos sus recursos.

La única política coherente para denunciar el saqueo de la “Conquista” es la lucha contra el imperialismo del siglo XXI, empezando por el nuestro. Por lo tanto, combatir tanto el imperialismo armado, es decir por la retirada de las tropas de todas las misiones militares en las que toma parte directa o indirectamente el Ejército español, la salida de la OTAN y el cierre de todas sus bases. Y también contra el imperialismo empresarial, el de mayor importancia en México y la región, peleando por la nacionalización bajo control obrero de todas las multinacionales españolas y que, como primera medida, devuelvan los activos y recursos naturales que posee en todos los países semicoloniales.

 
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