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OPINIÓN
Los dos papas: la ficción de Netflix inspirada en hechos totalmente irreales
Daniel Satur | @saturnetroc

Una apología del papado de Bergoglio contando hechos que nunca sucedieron. O que, peor, sucedieron al revés. Un enjuague del verdadero Francisco, mientras cruje la Iglesia en su país.

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Alerta de spoiler: este artículo, inevitablemente, anticipa pasajes del film. Se recomienda, para mayor profundidad de análisis, mirar la película primero.

Los años 2018 y 2019 fueron intensos para la Iglesia católica argentina. Por un lado, la jerarquía eclesiástica salió a defender sus privilegios con uñas y dientes frente a una marea social que reclamaba la legalización del aborto. Hacía rato que su capacidad de lobby no se desplegaba tan al máximo. Finalmente su imbricación con el Estado pudo más. Pero aunque el Senado rechazó el proyecto votado en Diputados, el prestigio del episcopado (como otras veces en la historia) quedó maltrecho.

A su vez los operadores eclesiásticos están atareados frente a duros golpes internos. Las condenas a 42 y 45 años para los curas Corradi y Corbacho por abusar de niñes sordes en el Instituto Provolo de Mendoza; el “suicidio” del excapellán penitenciario Eduardo Lorenzo en la sede de Cáritas de La Plata el mismo día en que una jueza pidió su captura por abusar y corromper menores; y los traspiés judiciales del exobispo de Orán (Salta) Gustavo Zanchetta, procesado por delitos similares y protegido por el propio Jorge Bergoglio; entre muchos otros casos, también enchastran cada vez más a la curia.

Ninguno de esos hechos reales aparecen en el film Los dos papas que acaba estrenar Netflix, con las actuaciones memorables de Anthony Hopkins y Jonathan Price en las pieles de Joseph Ratzinger y Jorge Bergoglio. Pero puede afirmarse que acontecimientos como esos, que se proyectan de Argentina al mundo, son los verdaderos inspiradores del guión escrito (con revisión desde Roma) por el neozelandés Anthony McCarten y dirigido (también con supervisión vaticana) por el brasileño Fernando Meirelles.

Para decirlo de entrada, la trama se monta íntegra sobre una consciente estafa intelectual. Con letras bien visibles se especifica tanto al inicio como al final del largometraje (de dos horas cinco) que está “inspirado en hechos reales”. Lo cual, como se demostrará, es falso. Para sintetizar, la mayor falsedad (y el mayor objetivo de los realizadores) es mostrar una biografía bergogliana cargada de valentía, arrojo y hasta espíritu “revolucionario”. Eso que no se trata de una comedia.

Un artículo publicado este viernes en BBC News y reproducido por La Nación, ya detalla varias irrealidades en las que se “inspira” Los dos papas. Por empezar, desmiente la veracidad de la escena central de la trama: una estadía de varios días de Bergoglio en Roma, en 2012, donde habría tenido larguísimas charlas con Ratzinger, tan intensas que casi terminan siendo amigos. Ese encuentro, según los propios registros romanos, nunca existió.

Pero incluso de haber existido, la película muestra que todas esas charlas fueron a solas y en lugares reservados. Tratándose de una institución oscurantista y vertical, que hace del secreto un valor supremo, lo que se contó de esa supuesta charla es lo que sus propios protagonistas quisieron que se sepa. Es decir, todo una posible mentira. Por ejemplo, los papas de ficción todo el tiempo hablan de Dios como si realmente creyeran en él, algo que no pasa en las conversaciones reales de esas esferas, donde esas referencias casi ni se registran (y vaya si eso lo demostraron los Vatileaks).

BBC News detalla otros hechos de pura ficción del film (o cuanto menos, relatados muy confusamente). Por ejemplo, no sucedió casi nada de lo referido a 2005 durante la elección del sucesor de Juan Pablo II. Tampoco pasó que un Bergoglio atormentado le escribiera una carta a Benedicto XVI rogándole que aceptara su renuncia al cardenalato y al arzobispado de Buenos Aires. Eso es algo que deben hacer, por ley canónica, todos los que llegan a los 75 años, edad que tenía en 2012, cuando se lo veía exultante haciendo política desde la Plaza de Mayo.

El artículo agrega que no serían nada reales las muestras de arrepentimiento de Ratzinger por su tibieza en el tratamiento de los escándalos de abusos sexuales cometidos por curas de todo el planeta. Y que si bien el director Meirelles se empecina en aclarar que todo “está tomado de discursos o entrevistas o de sus escritos” (de los dos papas) y que “lo que dicen en la película es lo que dijeron en algún momento” (así lo afirmó al USA Today), lo cierto es que acá hay pura ficción.

Así lo dice el tráiler oficial de la película
Así lo dice el tráiler oficial de la película

Operativo salvemos a Pancho

Como se trata de propaganda más bergogliana que ratzingeriana, las mayores falsificaciones atañen al pasado de Francisco, sobre todo a aquellas zonas en las que el argentino ha mostrado sus mejores performances conservadoras, reaccionarias y hasta apologéticas del crimen. Pasados por el tamiz de Meirelles y McArten, esos hechos terminarán mostrando a un Bergoglio rebelde, en extremo carismático, reformista y hasta revolucionario. Se insiste, no es una comedia.

Para los creadores, el papado de Bergoglio fue casi una imposición de Ratzinger, quien además de rechazarle la renuncia le confesó que dejaría en breve el sillón de Pedro (algo que no sucedía desde hacía 600 años) y pensaba en él como sucesor. Así, se intenta borrar de un suspiro la reconocida ambición político-institucional de Bergoglio, cuya trayectoria está plagada de roscas, contubernios y hasta zancadillas a adversarios y exaliados con tal de entronizarse en el Vaticano.

La escena que transcurre en un viaje en helicóptero, desde la residencia papal de verano hasta Roma, es altamente provocadora. Por un lado, tras un intenso contrapunto donde se termina de estereotipar al “papa malo” y al “papa bueno”, Ratzinger le pregunta a Bergoglio si “hay algún truco para ser tan popular”. El argentino le responde “solo trato de ser yo mismo”. Nada que ver con lo que aseguran quienes siguieron de cerca la trayectoria del verdadero Bergoglio. Precisamente casi nunca se muestra como es, tiene un rostro para cada interlocutor y no da ni un paso sin calcularlo milimétricamente.

Por otro lado, cuando se separan al bajar del helicóptero (Ratzinger se aboca a las urgencias que desata el escándalo Vatileaks), la “salida” de Bergoglio (destratado y “obligado” a heredar el trono papal) tiene como banda sonora nada menos que una versión coral de la mítica Bella ciao. ¿Se lo quiere hacer pasar por un partisano resistente a las fuerzas que “invaden” la Iglesia y le impiden ser todo lo buena que es? La historia de Bella Ciao choca de frente con el carácter monárquico de una institución opresora, cómplice de mil y una dictaduras y genocidios, como el perpetrado por el nazifascismo, ese que los partisanos de verdad enfrentaron con su vida. En casi siete años de papado, Bergoglio nunca criticó la historia criminal de la Iglesia que conduce.

El argentino Juan Minujín hace de Bergoglio joven
El argentino Juan Minujín hace de Bergoglio joven

La dictadura cívico-militar-eclesiástica

La idea de un Bergoglio antitotalitario, aliado de quienes enfrentan represiones y dictaduras, no se sostiene un minuto. Menos aún si se quiere explicar con ella su accionar durante el genocidio argentino. En la ficción, McArten hace que el personaje encarnado por Price le relate al encarnado por Hopkins las cosas que supuestamente hizo Bergoglio en aquella época. Y toma en especial el caso de los curas jesuitas Orlando Yorio y Francisco Jalics que, tras haber sido apartados de la congregación por orden suya, fueron secuestrados por la Armada y desaparecidos por cinco meses.

Un “detalle”. Así como en el film ni se habla del rol de los papas en las guerras mundiales, también se omite toda referencia a la complicidad y participación de la Iglesia católica argentina para con los planes de exterminio de Videla, Massera y el resto de los genocidas. Burda forma de lavarle la cara al mismo Episcopado que fue merecedor de que sobrevivientes y organismos de derechos humanos hablen de dictadura cívico-militar-eclesiástica.

Por el contrario, curiosamente se lo muestra a Bergoglio exaltando las figuras de obispos y curas que por tener un grado de simpatía con la insurgencia obrera y popular, en realidad terminaron siendo víctimas ninguneadas por sus superiores (preocupados por quedar bien con los militares más que por proteger a las “ovejas de su rebaño”). Entre los reivindicados están Yorio y Jalics, ahora usados para transformar a Bergoglio en santo salvador.

La maniobra es lineal: luego de reconocer que, sin quererlo, en cierta forma les soltó la mano, Bergoglio convence a Ratzinger de que él estaba del lado de los buenos y de los “sospechosos”. Al tiempo que confiesa: “no me siento orgulloso de lo que hice en aquella época”, le asegura al papa: “creía que mi trabajo era mantener a nuestros curas a salvo”. Acto seguido, habiéndolo escuchado conmovido, Ratzinger le dice: “quédese tranquilo, usted hizo todo lo que pudo”.

Ojo, en algunas cosas la película no miente. Es verdad que Bergoglio les soltó la mano, sabiendo que ese era el pasaporte a los chupaderos de la ESMA u otro centro de detención. Efectivamente se reunió con Massera, al menos, dos veces en su despacho (lo conocía de los buenos tiempos de la jesuita Universidad del Salvador, donde entre otras cosas le entregaron al almirante un honoris causa). Quizás, al no poder evitar esa parte del relato, se busca entonces naturalizar una relación que, en definitiva, denota complicidades.

También es cierto que, como dice el film, para intentar salvarlos Bergoglio le hiperjuró a Massera que sus curitas “no estaban involucrados en nada raro”. Es decir, sabía cuál era el destino de quienes sí andaban, según él, “en algo raro” y buscó separarlos de sus defendidos.

Dos años antes de ese inexistente encuentro en Roma, en noviembre de 2010, Bergoglio declaró en serio en un juicio por delitos de lesa humanidad contra Massera y otros genocidas. Allí el entonces arzobispo de Buenos Aires dio su versión de los hechos de Yorio y Jalics, pero además tuvo otras definiciones que lo incriminan. Dijo, por ejemplo, que recién a fines de los 90 supo (por información de los medios) del plan represor se apropió de 500 niñas y niños. Pero, como lo informó ya este medio, hay sobrevivientes que tienen en su poder manuscritos de la época en los que él se muestra muy informado del tema y hasta ofrece gestiones (aunque nunca los ayudó a recuperar a sus seres queridos). Esa lavada de manos tampoco forma parte de los “hechos reales” en los que se basa Los dos papas.

Otra provocación. Ratzinger le termina diciendo a Bergoglio que toda su dedicación y empeño en transitar villas y regentear la pobreza de las últimas décadas bien podría ser tomado por Dios como una “penitencia”, siguiendo los caminos de aquellos curitas a los que no supo ni pudo salvar. Y termina “absolviéndolo”, librándolo de culpa y cargo sobre semejante actuación prodictadura (Bergoglio le devolvería el favor más tarde, absolviéndolo a Benedicto por otros pecados existenciales).

Los violadores

El tema de los crímenes sexuales cometidos por curas y obispos se lleva una buena parte de las conversaciones entre Hopkins-Ratzinger y Price-Bergoglio. Y aquí también, se falsea la realidad a tal extremo que Francisco termina siendo presentado como su opuesto.

Ratzinger cuestiona a Bergoglio por ser permisivo con la homosexualidad y con que los curas quieran casarse. A lo que Bergoglio le responde que no es exactamente así, que lo sacaron de contexto. Al mismo tiempo agrega que la gente puede cambiar. Y remata cuestionándolo a Benedicto por ser un tibio con los casos de pederastia eclesiástica.

El extremo del cinismo es cuando le hacen decir a Bergoglio que él mismo le sugirió a un obispo “apartar” a un cura pedófilo, quitarle el ministerio y hacerle un juicio canónico de inmediato. Todo lo contrario a lo que en verdad ha hecho. Como es sabido, los gestos vaticanos de “preocupación” por el tema van acompañados de una acción decidida por garantizar silencio e impunidad. Argentina es un claro ejemplo.

Bergoglio defendió con uñas y dientes al cura Julio Grassi, condenado a 15 años de prisión por abusos. Hoy defiende con el mismo ahínco a Gustavo Zanchetta, a quien sacó de Salta y se lo llevó refugiado a Roma.

Bergoglio avala que su amigo Víctor Fernández, arzobispo de La Plata, defienda y encubra personalmente a curas abusadores. El aparente suicidio de Eduardo Lorenzo el pasado 16 de diciembre, evitando ir a prisión por diversos crímenes, lo demuestra. Para no hablar del accionar cómplice de la curia platense durante décadas para con los curas del Provolo.

Hoy sigue muy cerca de “Tucho” Fernández, en la Pastoral Social y en la Universidad Católica de La Plata, Rubén Marchioni, sobre quien este diario ya difundió denuncias por delitos similares.

En siete años de papado, Bergoglio no excomulgó a ninguno de los sacerdotes criminales ya condenados por el Poder Judicial. Ni siquiera a Christian Von Wernich, el excapellán policial condenado por delitos de lesa humanidad. Grassi sigue dando misa en la cárcel. Lorenzo había sido alojado en una “suite” de Cáritas. Y Zanchetta sigue paseando por Europa.

Paralelamente, se multiplican por miles las y los sobrevivientes de abuso eclesiástico a quienes el Vaticano y todas sus sucursales les dan la espalda, los ningunean, los maltratan y hasta les arman causas en contra por “calumnias” y “difamaciones”.

¿Habrá parte 2?

Es curioso que en antes de despedirse de su viaje a Roma, Bergoglio reciba de Ratzinger (según McArten y Meirelles) el pedido de que guarde secreto de todo lo conversado en esos días. Evidentemente alguien falló al acuerdo o bien todo ese relato es mentira y nadie ha pecado.

Quienes le rinden pleitesía al Vaticano y con esta película pretendieron mejorar la imagen de Jorge Bergoglio y Joseph Ratzinger, al final terminaron violando y pisoteado el octavo de los mandamientos de las tablas de Moisés “no darás falso testimonio ni mentirás”.

A fin de cuentas, eso a quién le importa, pensarán Netflix, el Vaticano, Meirelles, McArten y, quién sabe, tal vez también Hopkins y Price.

Por eso no hay que descartar próximamente la segunda parte de semejante mentira. Tal vez allí Bergoglio, ya alivianado por una primera entrega en la que se lo libró de todo mal, aparezca como el nuevo superhéroe celestial que con sus poderes logrará unir a los pueblos, evitar las guerras y contener hasta al último afligido de este mundo.

Por lo pronto ya sabe que cuenta con guionista, director y productora plenamente consustanciados con la elaboración de obras fantásticas basadas completamente en hechos irreales.

 
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