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La Izquierda Diario
24 de enero de 2022 Twitter Faceboock

CINE
“El vientre del mar”, una historia de explotación y autodescubrimiento
Eduardo Nabal | @eduardonabal

A partir de un texto de Alessandro Barrico, ambientado a finales del siglo XIX, el realizador Agustí Villaronga (más conocido por filmes como “Pa negre”) vuelve a recuperar esa independencia y personalidad creativa que lo definen.

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Posiblemente un exceso de filosofía y regusto teatral -salvado por la fuerza plástica de un realizador que aquí mezcla las tonalidades del blanco y negro, el sepia, y el color- no lo lleven a ninguna posición de altura en la inminente gala de los Goya, a pesar de estar avalada por numerosos galardones y aplausos en el Festival de Málaga.

“El vientre el mar” comienza como un juicio en el que Thomas (Oscar Kapoya) uno de los marineros rasos más rebeles acusa al oficial Savigny (un esforzado trabajo de Roger Casamajor, habitual del director) de estar entre los que los han abandonado a su suerte dejando morir e incluso asesinando a algunos de los más débiles, desheredados, racializados o derrapados, aunque ambos acaban siendo, cada uno a su manera, víctimas de la visión de ese “vientre del mar” que da título al filme.

Un lugar que, a pesar de estar filmado con extraña belleza, en algunos momentos nos recuerda a esa gran tumba donde también hoy reposan cientos y miles de inmigrantes dejados a su suerte por aquellos que pudieron rescatarlos.

La elegancia y peculiaridad visual del realizador, su morbosa poesía, sus ráfagas de homoerotismo y algunos instantes de crueldad y desesperación atraviesan un filme que va de largos monólogos interiores y enfrentamientos verbales a imágenes donde se mezcla la turbiedad de la pobreza y el hambre (que los lleva hasta el canibalismo) con ecos mágicos de ese mar infinito que acaba siendo, en definitiva, el protagonista de una historia de explotación, expolio humano, rencor y autodescubrimiento, mezclando imágenes del pasado y el presente de los dos protagonistas principales.

Los ramalazos de denuncia histórica del filme y de retrato de un genocidio quedan así, en cierto sentido, en segundo plano, en favor del estilo onírico, discutido y envolvente del director mallorquín que exige, al espectador, cierto esfuerzo, para entrar en la ambivalencia de un relato sólo aparentemente simple pero que vuelve a revelarnos el carácter visceral e inconfundible de su cine.

La fragmentación del tiempo y el espacio impiden que los largos monólogos de algunos interpretes se hagan pesados y, su mezcla de dolor y elementos mágicos la convierten en una pieza única en nuestra cinematografía reciente. El elaborado guión del propio Villaronga incide en los aspectos literarios de la tragedia, aunque la cambiante fotografía de Joseph M. Civit y Blait Thomas lo convierten en un perturbador experimento con el lenguaje mismo del séptimo arte.

 
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